01 Abr Entrevista con Dominique Boullier
Español / Français
Dominique Boullier inauguró en México una serie de seminarios sobre las ciudades del futuro y aceptó conversar con Otros Diálogos.
Vicente Ugalde | Traducción de Huitzili Rangel*
Vicente Ugalde (VU): Usted ha sido un observador atento de las implicaciones del uso generalizado de las redes en las prácticas sociales, de cómo participa la revolución digital en la organización de nuevas prácticas y en la transformación de los modos de vida de los individuos. Recientemente, también se ha interesado por el impacto de estas tecnologías en los modos de observación y, en particular, en la práctica de las ciencias sociales. En Propagations: Un nouveau paradigme pour les sciences sociales [‘Propagaciones: un nuevo paradigma para las ciencias sociales’] (Armand Colin, 2023), se interesó en cómo se propagan la información, los datos, las opiniones y los rumores, así como en el estatus de este fenómeno como punto de vista legítimo que compite con el análisis de las estructuras sociales y las preferencias individuales para acercarse al estudio de lo social. De cierto modo, esta constatación sería un cambio profundo en las ciencias sociales, pues los registros de trazabilidad de los comportamientos de los individuos y la disponibilidad de datos gracias a la big data [‘grandes datos’] inducen grandes cambios en la manera de pensar numerosos temas de interés para las ciencias sociales. ¿Qué aspectos de los fenómenos sociales contemporáneos permiten identificar este nuevo modo de lectura de la sociedad?
Dominique Boullier (DB): Los trabajos de sociología urbana en los que he contribuido han abordado el tema de la proximidad, los ambientes de cada demarcación o los eventos urbanos y todo lo que circula entre los habitantes sin que seamos conscientes de ello, tan sólo por la cercanía espacial. En cambio, había quienes no le daban tanta importancia, porque la proximidad no parecía estar sujeta a los efectos a largo plazo de las estructuras sociales. No obstante, ahora, a partir de las redes sociales y la conectividad digital en general, esta proximidad se ha vuelto de alguna manera omnipresente, pues ocupa toda nuestra atención, da recompensas y señales de reconocimiento y, al amplificar los procesos de rumores que siempre han existido, difunde tanto lo mejor como lo peor de la información. La propagación viral se convierte así en un rasgo constitutivo de nuestro espacio mediático digital.
Lo que en el año 2000 se podía percibir como una proximidad extendida, desde 2010 se ha transformado, a partir de las plataformas —y la omnipresencia de los ingresos publicitarios— en una industria de estrés general y viralidad que explotan las peores entidades desestabilizadoras de la vida pública de las naciones. Es necesario, entonces, dotarse de medios de análisis que reconozcan los efectos de la proximidad acelerada y emocionante, de la difusión de contenidos que, a veces, se resumen en un meme, que ocupan nuestras mentes y que difundimos sin pensar que estamos saturando la atención de nuestras relaciones en línea.
La proximidad, ya sea en línea o in situ, puede transformar incluso el estado de ánimo de todo un colectivo o una localidad, por lo que, en gran medida, las cuestiones de seguridad dependen del desafío de la proximidad. Si bien son microelementos influyentes, que se propaguen y repten puede tener efectos que impactan tanto como la educación o el nivel de ingresos. Debido a su falta de interés en la convivencia, a menudo, las ciencias sociales son incapaces de tratar los verdaderos problemas de la experiencia cotidiana.
De hecho, deberíamos teorizar estos procesos, tal como empezó a hacerlo Gabriel Tarde a finales del siglo xix. Aunque la influencia de Durkheim y, sobre todo, la falta de herramientas para trazar los comportamientos y las propagaciones descalificaron sus estudios, ahora, las plataformas digitales nos proporcionan esos datos. Este nuevo equipo de trazabilidad puede plantear problemas de vigilancia, pero constituye también un dispositivo inédito de cuantificación social, diferente de las encuestas y los censos, puesto que identifica de manera muy precisa los procesos de propagación.
VU: En Comment sortir de l’emprise des réseaux sociaux [‘Cómo escapar del control de las redes sociales’] (Le passeur, 2020) nos alerta sobre el modelo económico de las empresas de comunicación que son las redes sociales, con base en lo que llama el calentamiento mediático: las redes sociales captan la atención de los usuarios con una frecuencia intensa de mensajes, que son muchas veces violentos y no necesariamente ciertos.
Esta capacidad de las redes sociales para captar la atención de sus usuarios parece reforzar el apego a dispositivos como los teléfonos celulares e inducir estrés, pero, sobre todo, disminuye la capacidad de reflexión, lo que resulta en una cierta incapacidad de participar en el espacio público debido al impacto de la propagación incesante y acelerada de información, incluidas las fake news [‘noticias falsas’].
Frente a este flujo descontrolado de información, donde la ausencia de lo veraz importa menos que la viralidad incontrolada, usted propone medidas como regular la reactividad. ¿En qué podría consistir esta regulación? ¿Qué medidas concretas considera necesarias para atenuar la rapidez y la viralidad ininterrumpida de la información?
DB: En el análisis de las redes sociales contemporáneas, a menudo nos contentamos con criticar a los emisores malintencionados de fake news, pedir que se les rastree y bloquee, una tarea muy complicada e infinita. En realidad, lo perverso es la arquitectura de la atención que crearon esas plataformas, porque fomenta la reactividad, un sistema de atención de muy alta frecuencia que llamo régimen de alerta mediante notificaciones de todo tipo. Este régimen proporciona huellas cuyo nivel de interacción y captación pueden calcularse y venderse para anuncios publicitarios. Al mismo tiempo, también incentiva a los emisores a difundir aún más mensajes que desencadenen reacciones, ya sean de risa o de enojo. Por último, termina de fragmentar la atención, pues estimula las emociones extremas y favorece los contenidos que polarizan, lo que impide cualquier debate y fomenta una autopublicidad por completo narcisista, que, como lo han señalado estudios clínicos, destruye otras capacidades de atención. En este contexto, nuestras reacciones producen un efecto de viralidad que desestabiliza a los individuos, los grupos y los debates. Se impide así cualquier clase de jerarquización, un trabajo que hacían los periodistas.
Para encontrar espacios habitables en estas plataformas, es necesario acabar con la viralidad, es decir, romper la cadena de contagio —como se decía respecto al covid—: instalar dispositivos que nos frenen y obliguen a pensar antes de publicar algo o dar like [‘me gusta’]. La situación es idéntica a la convivencia de los conductores en el tráfico urbano: deben desacelerar para adaptarse a los otros y, para ello, deben disponer de un tablero de indicadores, una señalización de velocidad, sin esperar el control de la policía. Al instalar un dispositivo obligatorio en cada aplicación, sabríamos cuántas veces hemos dado like, comentado o compartido en 24 horas y podríamos definir un umbral por nuestra cuenta, con nuestro grupo (como se hace con los trolls), según la plataforma de que se trate o, incluso, de acuerdo con las autoridades políticas en situaciones específicas. Pero, cuidado, un dispositivo así no impediría el free speech [‘la libre expresión’], sólo lo pospone un poco cuando hemos reaccionado demasiado, con lo que frena su propagación, el free reach [‘la viralidad’]. El autocontrol de los individuos y de los colectivos puede funcionar como ya lo hace en las demarcaciones, siempre y cuando se imponga un diseño de interfaz que lo permita, antes de que intervenga una autoridad.
VU: El urbanista François Ascher observaba que apenas unos años antes del final del siglo xx, en entornos campesinos u obreros, las familias acumulaban muy pocos objetos y se vestían de manera muy similar, los oficios eran limitados, con horarios de trabajo muy similares, y la comida, según cada estación, se conformaba de platillos muy poco variados durante la semana. En contraste, hacia el final de siglo, los objetos de las familias, la elección de alimentos y las oportunidades profesionales se multiplicaron, con lo que se generaba una paradoja: si bien hay más opciones para decidir el estilo de vida, la creciente estandarización parece marcar las prácticas cotidianas y hasta el aspecto de las ciudades.
En su opinión, ¿cuáles fueron los principales efectos en la configuración del estilo de vida de la gente común, de que se generalizaran los teléfonos inteligentes y las plataformas de economía colaborativa, como Uber o Airbnb, así como las plataformas asociadas a numerosos servicios bancarios, servicios públicos, de transporte, etcétera?
DB: Fue posible que se estandarizaran los bienes de consumo gracias a la mercadotecnia y a la publicidad, que se extendían a los estilos de vida como clubes vacacionales o gustos culturales. Desde entonces, cada una de nuestras interacciones en redes contribuye a la reputación de los bienes, servicios e ideas que encontramos. La viralidad está por todas partes y genera importantes efectos de imitación, que algunos influencers [‘influenciadores’] han captado para su beneficio y el de las marcas que los patrocinan. Ya ni siquiera el pequeño restaurante tradicional duda en pedir a sus clientes de paso que dejen una opinión, un comentario y estrellas en los sitios de reseñas y, a menudo, el cliente lo hace sin esperar que se lo soliciten.
Publicar nuestras experiencias más personales en línea es una manera de participar en el gran casino de la reputación al que todos contribuimos. En Le temps des investis [‘Tiempo de invertir’] (2019), Michel Feher afirma que ahora todos buscamos inversores, para el crédito hipotecario, para un artículo, para nuestra bonita foto vacacional o para encontrar un trabajo mediante la visibilidad y el prestigio. Esta economía de la reputación —que resulta ferozmente competitiva porque la atención del público no es ilimitada— se importa directamente del mundo financiero, donde las expectativas se basan en señales de reputación muy contagiosas pero muy poco sustentadas. Esto puede tener efectos poderosos en el mundo fuera de la red, como cuando el público paga por operaciones de cirugía plástica para corresponder a los estándares de belleza y físicos de sus propios filtros de Instagram o como en el caso de los principales paisajes de las ciudades, que ahora se señalan con esculturas del nombre de la ciudad en grande para crear una imagen lista para circular en Instagram. Y es que las ciudades también están involucradas en esta competencia por la reputación, que incentiva la rápida creación de sitios artificiales y con formatos predeterminados que distan mucho de la experiencia de vida de sus habitantes.
En el crédito social chino, esta reputación alcanza extremos muy peligrosos en las ciudades, donde hay 700 millones de cámaras de vigilancia —es decir, una por cada dos habitantes— con reconocimiento facial que registran todos los comportamientos. Así, por ejemplo, el puntaje de ese crédito puede disminuir al tirar un cigarro al suelo o cruzar un semáforo en rojo, lo que provoca rechazos de préstamos hipotecarios y prohibiciones de viaje, entre otras consecuencias. Los objetos conectados o ‘internet de las cosas’ (idc), cuya llegada se anunció desde hace tiempo, ahora forman parte del paisaje urbano y conducen a normalizar las sociedades de vigilancia generalizada.
VU: Las funciones de las redes sociales, que surgieron entre 2002 y 2004 y evolucionaron de manera considerable entre 2008 y 2010, se han vuelto irreconocibles al punto de que, para usted, parece más apropiado hablar de medios sociales. Aunada a estos cambios, la monetización incontenible de los servicios que ofrecen las plataformas ha borrado del panorama el hecho de que su finalidad original era servir al bien común. No obstante, parece que ya nada es capaz de gobernar el internet en la actualidad, como lo atestiguan numerosos escándalos: Cambridge Analytica, las elecciones presidenciales rumanas o las sospechas sobre el uso electoral de Trump de las redes sociales.
Lejos de funcionar como un espacio favorable para debatir sobre asuntos de interés general, el internet se convirtió en un vector de manipulación capaz de influir no sólo en la vida de las personas comunes, sino también en las instituciones políticas, situación que se amplifica por las capacidades de los sistemas de inteligencia artificial generativa que, como señala en un artículo reciente,1 son por completo opacas, fuera de toda regulación y controladas sólo por las mismas plataformas.
Después de una década y media de uso generalizado de las redes sociales, ¿es posible equilibrar un balance que parece negativo? ¿Cómo podría hacerse esta rectificación?
DB: Lo primero y más importante es recordar que no todos los sistemas de información siguieron el camino de la monetización y la trazabilidad en beneficio exclusivo de los grandes grupos. Todavía existe el pluralismo técnico, muchos activistas y colectividades locales mantienen esta diversidad, que es vital para las decisiones democráticas del sistema técnico. Por eso Wikipedia sigue funcionando como el principal sitio de referencia para contenidos fiables. Ahora bien, esta enciclopedia digital está construida sobre la base de contribuciones abiertas y horizontales, y no sobre la tradición enciclopédica de artículos escritos por expertos seleccionados a priori, ni sobre algoritmos de ia opacos y estadísticos que pretenden responder todo, y que a menudo se equivocan. Esta base es muy importante para todas las alternativas existentes o futuras; en contraste, podemos ver que las ia generativas y las plataformas de redes sociales no respetan ninguno de estos principios. Wikipedia es de código abierto, y es posible examinarlo. Los artículos siempre citan sus referencias; de hecho, como en cualquier actividad científica o periodística, es una condición para aceptar los artículos. Las contribuciones son abiertas, sí, pero las controlan editores que se pueden convertir en wikipedistas; la moderación funciona, aunque a veces sea difícil aplicarla. Existe un espacio de discusión en el que se conserva un rastro histórico y público de todos los debates y contribuciones, pues no hay una sola versión de cada artículo, sino más bien un debate. Este registro es indispensable para responsabilizar a quienes escriben, a diferencia de lo que ocurre en las redes sociales. Sin embargo, todo lo anterior requirió veinte años de montaje institucional progresivo, basado en procedimientos cada vez más sofisticados que aseguran la robustez y habitabilidad de los espacios de conocimiento.
Ahora bien, ni los operadores de ia ni las redes sociales se dignaron a tomarse el tiempo de hacer este trabajo institucional porque rechazan la ley, tienen una cultura de golpe disruptivo, de impulsividad, que deja a los demás la tarea de reparar los daños. Las ciudades conocen esta actitud de primera mano por los efectos indeseables de compañías como Airbnb o Uber. Por eso se necesita voluntad política para rechazar los abusos de poder, no elegir aplicaciones ni servicios que no respeten un pliego de condiciones diseñado para el bien común. Luego, es necesario apoyar alternativas actuales que ofrezcan soluciones en todos los ámbitos, como Open Street Maps. La resiliencia de las ciudades en particular, pero también de los individuos, ante el colapso de estos sistemas, que centralizaron algunas plataformas todopoderosas, se convierte en un criterio para elegir tecnologías, porque su centralización y opacidad provocarán que se pierda esa resistencia. Todo el mundo sabe que gafam (Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft) no respeta ninguno de sus compromisos, que cultivan la opacidad en las redes con sus ia y que sus actitudes no pueden constituir la base técnica de una vida democrática orientada al bien común. Por ende, resulta esencial compartir todas las experiencias que permitan hacer las cosas de otra manera, como lo hacen las ciudades que han implementado diferentes versiones de plataformas participativas independientes de las grandes empresas.
1 Boullier, Dominique, ‟Distribué et fédéral, le monde qui nous manque”, AOC, 27 de enero de 2025; consultado el 12 de marzo de 2025.
* Vicente Ugalde Saldaña es profesor-investigador en el Centro de Estudios Demográficos, Urbanos y Ambientales de El Colegio de México. Es titular de una licence en philosophie por la Universidad Sorbonne Paris IV. Su trabajo se centra en el estudio de la gobernanza metropolitana, las políticas ambientales, la juridización del medio ambiente y los conflictos socioambientales.
Dominique Boullier es un sociólogo y lingüista francés. Es profesor de Sociología en el Instituto de Estudios Políticos de París. Fue coordinador científico del Medialab, junto con Bruno Latour (2009-2013), y del Forccast (2012-2015). Sus investigaciones recientes se centran en las condiciones técnicas e institucionales de supervivencia en los universos digitales, en las relaciones entre las ciencias sociales y los métodos de la ciencia de datos, en especial respecto a las huellas digitales, así como en los enfoques de las ciencias sociales sobre los procesos de propagación a alta frecuencia en redes sociales.
Huitzili Rangel Castillo es licenciada en Letras Clásicas por la Universidad Nacional Autónoma de México. Sus líneas de interés son la tradición clásica y la lengua francesa. Actualmente es estudiante de la Maestría en Traducción de El Colegio de México.