La izquierda oficialista

¿Será la izquierda partidista la que termine por ahogar el pluralismo institucionalizado?

 

Mariano Sánchez Talanquer*

 


 

El hombre de cultura no se echa en brazos de la arrogancia del poder. Y el poder se vuelve arrogante cuando no reconoce sus límites, cuando no sabe reír de sí mismo, plegarse ante sus carencias, reconocer sus debilidades, frenar sus ambiciones o, peor aún, su propia vanidad.
Norberto Bobbio, “Sobre la presencia de la cultura y la responsabilidad de los intelectuales”

 

Los resultados de las elecciones del 2 de junio han sido motivo de sorpresa. Se esperaba la victoria del partido en el poder, pero no su contundencia. El margen de victoria en la elección presidencial, de 32 puntos, es el más amplio desde 1982, cuando en México no había democracia. En la Cámara de Diputados, la coalición formada por Morena, el Partido Verde y el Partido del Trabajo gozará no sólo de una cómoda mayoría para aprobar leyes, sino de una mayoría calificada. La misma coalición está a un paso del número suficiente de senadores para modificar la Constitución sin acuerdo con las oposiciones. Gobernará, además, en 24 de las 32 entidades, y tendrá mayoría en 27 congresos locales. Si en las primeras décadas de democracia las elecciones dispersaron el poder, ahora han producido una gran concentración.

El nuevo orden ha suscitado múltiples interpretaciones y posicionamientos. Más que los resultados mismos, aquí me interesan esas reacciones públicas, sobre todo las provenientes de un sector de la izquierda. No me refiero a la postura de líderes políticos y demás integrantes del partido triunfante, entre quienes el júbilo y la militancia pertinaz son respuestas esperables. Tampoco a la de funcionarios gubernamentales. Éstos no deberían comportarse como militantes en el desempeño de sus cargos, ni hacer trabajo de partido, como parece ocurrir con creciente frecuencia. Separar al Estado del partido mayoritario fue una de las agendas centrales de la transición democrática, un proceso político borrado de la nueva historia oficial (según la cual, en México, la democracia se inauguró en 2018). En espejo, fusionar Estado y partido mayoritario es una de las señales contemporáneas de erosión democrática. Aun así, es difícil que los integrantes de la burocracia, razonablemente preocupados por su trabajo, tomen distancia y se pronuncien respecto de la situación política.

Hablo, en cambio, de la postura de comentaristas, periodistas y líderes de opinión que se sitúan a sí mismos en el campo ideológico de las izquierdas. La categoría es admisiblemente difusa, pero describe a un grupo medianamente identificable, bastante vocal y de presencia pública creciente. Evito singularizar porque —por si fuera necesario aclararlo— estas reflexiones no se refieren a personas, sino a un tipo de opiniones, ideas y argumentos que circulan con amplitud en la esfera pública. Mi objeto concreto es una forma de intervenir en la deliberación que, sin llegar a ser la única, ha proliferado bajo la polarización política de los últimos años y, ahora, se ha reafirmado con las elecciones.

Es posible que quienes participan de la conversación pública en el modo que aquí discuto objeten la categorización como un asunto de principio. En sintonía con el poder político, y casi siempre sin reparar en la ironía, renegar de la “comentocracia”, los “opinócratas” y cualquier gesto de elitismo cultural es una seña de identidad entre comentaristas, opinadores y élites culturales que hacen gala de su progresismo en la arena pública. De tal modo que este sector de la élite intelectual se vuelve presa de una contradicción equivalente a la que envuelve a los movimientos populistas electoralmente triunfantes: renegar del establishment mientras se convierten en un establishment; reclamar externalidad al poder con el poder en las manos.1

La mayor presencia mediática de analistas que se presumen de izquierda obedece al menos a dos razones. Primero, si bien las redes sociales digitales han vuelto la esfera pública más agresiva y cacofónica, también han servido de plataforma para nuevas voces de dicha orientación ideológica. Estas voces se disputan intensamente la atención y las funciones de comentario político entre sí, pero también con intelectuales “tradicionales” (otra categoría difusa, pero analíticamente defendible). Segundo, por motivos que ameritarían mayor estudio, los medios de comunicación tradicionales han acompañado y seguido a la opinión pública, las tendencias electorales y las prioridades del poder político, quizá más que haberlas configurado unidireccionalmente, como a veces se asume. Especialmente desde 2018, periódicos, revistas y programas de opinión han otorgado mayor espacio a comentaristas que, invocando un ideario progresista, simpatizan con el gobierno en turno.2

Esa reconfiguración tiene una cara virtuosa. Existe hoy mayor diversidad ideológica en los medios de lo que solía ser la norma. Sin embargo, la misma reconfiguración ha reflejado, y posiblemente reforzado, un fenómeno mucho menos benigno, incluso preocupante, que nos remonta a viejas discusiones de la Guerra Fría sobre la figura del intelectual comprometido.3 Me refiero a la propensión de un sector de la intelligentsia progresista a asumir —por convicción o conveniencia, unas veces de manera abierta, otras implícita— funciones de defensa y legitimación del oficialismo.

Existen niveles distintos de intencionalidad al desempeñar este papel. También varias formas de hacerlo. Éstas responden a diferencias naturales de temperamento, y en parte, al grado de convicción ideológica, apego partidista o encandilamiento con el liderazgo político: para abreviar, de “compromiso con la causa” (dejo de lado la ambición por algún cargo, motivos económicos personales, etc.).4 Sin embargo, en una esfera pública competitiva, y dada una cierta diferenciación respecto de la élite política, las formas de intervención de la élite cultural dependen de otros factores, además de la sola ideología. La variedad nace también de una diversidad de estrategias personales, más o menos deliberadas, para acumular lo que Bourdieu llamó “capital simbólico”: prestigio, notoriedad, acaso capacidad de influencia.

En los casos menos sutiles, los comentaristas-capitalistas simbólicos aparecen como portavoces cuasioficiales. En términos llanos, esto implica subordinar el análisis (si hace falta, la evidencia misma) a las predilecciones políticas, aunque nadie en su sano juicio plantee, de forma abierta, que eso es lo que hace.5 El abanico retórico es amplio. Incluye no sólo exaltar los logros de la fuerza política en el poder, sino hacer hincapié en las buenas intenciones, dar sentido a incoherencias y relativizar errores, sea cual sea su gravedad. Destacadamente, implica también hacer esfuerzos retóricos para descubrir el significado “profundo” de la política oficial, además de exculpar los abusos.

En otros casos, no se llega tan lejos. A fin de cuentas, mantener el status dentro de la élite intelectual-cultural, y amasar capital simbólico, requiere evitar una transfiguración completa en militante. Eso exige una muestra periódica de independencia —pero calculada, a modo de consejo, para no arriesgar la ruptura—. Es importante, además, evitar quedar envuelto en la defensa de las facetas más sombrías del oficialismo. En búsqueda de este delicado equilibrio, se subrayan entonces los méritos y virtudes, mientras se pasan por alto las acciones más cuestionables. La legitimación se da aquí no mediante la defensa abierta de toda la política oficial, sino mediante la enunciación y el silencio selectivos. Criticar frontalmente sería ya ir demasiado lejos: una cosa es no comulgar con todo; otra, prestarse a perjudicar a la causa.

El apoyo intelectual al oficialismo se da así en un espectro, de la militancia ciega a la racionalización más elaborada que admite, incluso, cierto disenso (sin pasarse de la raya). Donde sí reina la uniformidad es en la condena airada, y lo más visible posible, de “la oposición”. Ésta se construye discursivamente como un bloque hermanado por sus vicios morales-intelectuales y, en el plano ideológico, por un conservadurismo cómplice, cuando no causante, de la injusticia social. El bloque incluye a los ya referidos “comentócratas”, más las élites políticas de los partidos no aliados al gobierno, la mayoría de los medios de comunicación, etc. De manera importante, se extiende también al sector de la izquierda intelectual no alineado con el oficialismo. Éste puede ser minoritario, pero es particularmente incómodo, pues pone en entredicho el monopolio legítimo del progresismo que reclaman los comentaristas afines al gobierno e, incluso, el propio progresismo gubernamental.

Para lidiar con esta circunstancia, el sector oficialista de la izquierda cultural, al igual que el gobierno, realza las posturas opositoras más pedestres, aberrantes y estridentes. En parte porque, en términos intelectuales, es menos demandante responder a los argumentos contrarios más endebles. Además, reducir a “la oposición” a las posturas más grotescas sirve para revalidar, por contraste, las convicciones propias, ayudando así a mantener la buena conciencia.

Sin embargo, éstas no son las únicas consideraciones cuando el gobierno y sus simpatizantes intelectuales destacan las posiciones opositoras más extremas. Éstas cumplen una función propiamente política. En particular, se instrumentalizan para “revelar” y recordar machaconamente al público los verdaderos atributos de “la oposición” toda (elitista, clasista, racista, etc.). A partir de ahí, se establece una (falsa) equivalencia entre disentir o criticar al gobierno y compartir, o al menos convalidar, las taras mencionadas. La caricaturización de la oposición funciona así para estrechar el campo de la disidencia legítima, incluyendo la disidencia de izquierda, pues quien cuestiona al oficialismo está, por asociación, “haciéndole el juego” a los intereses más retrógradas imaginables.

La condena hiperbólica de “la oposición” —llevada hasta la parodia— es, por lo tanto, central en el repertorio de la izquierda oficialista. No sólo porque sirve como señal indirecta de lealtad (de estar ubicado en el “lado correcto”), sino por sus efectos moralizantes. Traza en el campo político una sola línea divisoria, honda, que se presenta también como una frontera ética. Desde este dualismo intelectual —emulador del maniqueísmo promovido desde el poder6—, el gobierno puede tener sus problemas, pero “los otros” son, de plano, inaceptables. El oficialismo queda así legitimado por reflejo, mientras los comentaristas, elevándose sobre una oposición ética e intelectualmente minimizada, cultivan reconocimiento, influencia, status: acumulan capital simbólico.

Vuelvo con esto a las reacciones que despertaron las elecciones del 2 de junio en la esfera pública. El escenario político es el que se mencionó al inicio: el partido en el gobierno consiguió un triunfo rotundo. Tiene en sus manos casi todo el poder. Están además anunciadas reformas a gran escala a la estructura constitucional del Estado, a la proporcionalidad del sistema electoral, a los aparatos coercitivos para su control militar definitivo y a los organismos autónomos del ejecutivo, incluido el de administración electoral. En medio del regocijo, no sobra además recordar que una mirada somera a los indicadores oficiales es suficiente para encontrar grandes rezagos, que se han vuelto más profundos en los últimos años, en derechos ciudadanos prioritarios para una agenda progresista, empezando por la protección pública de la salud y el acceso universal a educación de calidad. Esto por no hablar de las endebles bases fiscales del Estado, de su precarización administrativa, de su sostenida incapacidad para proteger la vida y la tranquilidad pública, de su giro militarista o de su ceguera medioambiental.

Frente a ello, ¿cuáles han sido las aportaciones a la deliberación pública de las élites intelectuales que reclaman el manto del progresismo, pasado el 2 de junio? Con valentía, buena parte ha usado su filo y espíritu crítico para exaltar los méritos gubernamentales. Como antes, esto va de la mano de la vituperación de “la oposición”, “la opinocracia”, etc. Con variantes en una u otra nota, la partitura suele tener la misma estructura: la oposición-élite es incapaz de comprender al país real o al “México profundo”, que, apoyado en ganancias redistributivas excepcionales, ha hecho suyas las elecciones y tomado el control del Estado (se sobreentiende que antes no hablaba la verdadera mayoría, ya fuera por los fraudes, la compra de votos o la falsa conciencia).

Quizá sea inevitable, pero la conversación pública se beneficiaría de algo distinto. Por la concentración del poder que han producido las elecciones, la situación es inédita desde la democratización. El viejo-nuevo gobierno deberá decidir si utiliza ese poder para acabar con la división de poderes, atornillarse en el Estado y hacer lo que rechazaría como oposición: cerrar las vías para que posibles mayorías futuras lo derroten en elecciones democráticas. La izquierda intelectual, por su parte, habrá de considerar si su papel es la legitimación del oficialismo. Sería una cruel paradoja que sea la izquierda partidista la que termine por ahogar el pluralismo institucionalizado. Y sería escalofriante que lo haga entre vítores y aplausos.

 


 

1  Sobre la externalidad al poder como base de la pretensión populista de superioridad moral, véase Nadia Urbinati, Me the People: How Populism Transforms Democracy (Cambridge: Harvard University Press, 2019), p. 57. La misma autora identifica el establishment como la externalidad gracias a la cual y contra la cual “el populismo se concibe a sí mismo” (p. 5). Mi argumento aquí es que, de manera simétrica a lo que ocurre en la arena político-electoral, un sector de la élite intelectual se forja un nicho y una identidad renegando de la élite intelectual.
2  Hablo en específico de los medios privados, pues los públicos, de menor audiencia, se han convertido, con matices apenas, en órganos de propaganda partidista.
3  En el ambiente discursivo actual, resulta ilustrativo desempolvar obras de otro tiempo, como El opio de los intelectuales de Aron, o los ensayos de Orwell sobre el efecto disolvente de la polarización política sobre la honestidad intelectual.
4  Esto se afirma no porque no sean resortes importantes detrás de la legitimación intelectual del oficialismo por parte de algunos participantes en la esfera pública, sino porque analíticamente son menos interesantes. Pasa en esos casos lo que describió Orwell: “cuando hablo con alguien o leo los escritos de alguien con un interés personal [an axe to grind: “agua que llevar a su molino”], siento que la honestidad intelectual y el juicio equilibrado han simplemente desaparecido de la faz de la tierra”. George Orwell, The Orwell Diaries, ed. Peter Davison (Londres: Penguin, 2010), p. 335.
5  En algunos casos, se hace de manera deliberada, estratégica y consciente. Ésta es la esencia de la propaganda. Es posible también que ocurra de manera inadvertida para el propio emisor. Es vasta la evidencia empírica sobre los sesgos cognitivos causados por el partidismo, entre los que se incluye el “razonamiento motivado”. A pesar de estar mejor informadas, las élites intelectuales no están exentas de estos efectos.
6  En efecto, los analistas reproducen el antagonismo élite vs. pueblo que se encuentra en el núcleo de la política populista. El populismo político muda en populismo analítico.

 


 

* Mariano Sánchez Talanquer es profesor-investigador en el Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México desde marzo de 2021. Ha sido también investigador en la Academia de Estudios Internacionales y de Área de la Universidad de Harvard, y profesor-investigador en la División de Estudios Políticos del cide. Obtuvo su doctorado en Gobierno de la Universidad de Cornell. Su tesis doctoral fue acreedora al premio William Anderson 2018 a la mejor tesis doctoral en el campo general de federalismo o relaciones intergubernamentales, estado y política local, otorgado por la Asociación Americana de Ciencia Política (apsa). Su trabajo ha sido publicado en libros y revistas nacionales e internacionales, entre los cuales se encuentran American Political Science Review, Journal of Democracy, Politics & Society y Latin American Politics and Society.