Tierra y libertad: biografía fílmica de Zapata

José Revueltas escribió un guion sobre Emiliano Zapata, “una biografía cinematográfica” —que nunca se filmó, y no es difícil imaginar por qué. A 100 años de la muerte de Zapata, José Manuel Mateo analiza ese guion y nos propone una interpretación: para Revueltas, Zapata no representa la revolución: la encarna. Zapata es la revolución. El mito —alega Mateo— tiene un lugar legítimo en la obra de Revueltas, un escritor y pensador marxista.

 

JOSÉ MANUEL MATEO*

 


 

Al parecer, José Revueltas escribió el guion de cine Tierra y libertad en 1960. Así lo indican Andrea, su hija, y Philippe Cheron, quienes asumieron la tarea de editar la obra completa de un escritor que desde muy joven se ocupó de efectuar una revisión crítica de la historia de México. Aun cuando ambos, Andrea y Philippe, toman el dato de una etiqueta suelta, éste se confirmaría si tomamos en cuenta un breve apunte donde Revueltas refiere experiencias vividas entre 1960 y 1964; entre ellas recuerda haber escrito “una biografía cinematográfica de Emiliano Zapata” que, a su parecer, constituía hasta entonces (diciembre de 1964) “su mejor obra de cine”. En ese lapso de intensas vivencias íntimas y militantes, José Revueltas publicó también el volumen de cuentos Dormir en tierra (1960), concluyó el Ensayo sobre un proletariado sin cabeza (1962) y dio a la imprenta su novela Los errores (1964). Tierra y libertad forma así parte de un periodo de arduo trabajo en el que se integran, en un mismo sistema o dispositivo literario, diferentes géneros que hacen del ejercicio narrativo un medio y una finalidad artística. Y si incluso en su ensayo sobre la configuración del proletariado en México Revueltas muestra su capacidad para el arte narrativo, esa misma facultad se despliega con espléndida solvencia en el guion de cine sobre Zapata, al que significativamente llama biografía cinematográfica. No se trata de una denominación puramente descriptiva, si recordamos que el propio Revueltas cuenta con escritos teóricos sobre el montaje cinematográfico, con reseñas de películas, ensayos críticos sobre la industria del cine o sobre directores que marcaron épocas y géneros: Chaplin, Griffith, Welles o Antonioni. Se trata más bien de una denominación que hace del tiempo de vida un índice: Tierra y libertad narra la vida de Zapata, y porque cuenta esa vida es que también nos aproxima a un momento de la historia donde se juega el concepto mismo de la palabra revolución.

Lo primero que llama la atención en la estrategia narrativa que sigue Revueltas es la decisión de generar, de entrada, dos secuencias que tienen la función de enlazar un acto colectivo y una escena íntima: el guion o la película (puesto que para Revueltas el guion cinematográfico es ya, en sí mismo, la película, o su prefiguración) comienza con una larga escena donde grupos de mujeres y hombres campesinos acuden al sitio donde el cadáver de un hombre ha quedado expuesto. Cuando la multitud se encuentra en torno del cuerpo, un anciano lanza una mirada anhelante hacia un personaje femenino que enseguida comprende lo que debe hacer: ella debe aproximarse al cadáver para confirmar si éste es el cuerpo de Emiliano Zapata. Ella se aproxima al cuerpo y, después de mirarlo detenidamente, como con desconfianza, se inclina sobre él y le abre la camisa para descubrirle el pecho; palpa el cadáver, busca con la mirada como si estuviera segura de encontrar algo muy particular, mientras la multitud se mantiene expectante. Por fin, la mujer niega con la cabeza y luego lanza un grito rotundo: “¡Nooo! ¡No es Emiliano! ¡No es Emiliano Zapata! ¡No tiene la señal que yo le conocí en el pecho! […] ¡No tiene la señal… no tiene ninguna señal!”. Las manos de la mujer palpan enseguida el torso del cadáver y sobre este acercamiento se hace una disolvencia que opera una retrospectiva de diez años. De este modo, en la segunda escena veremos a la misma mujer, pero con apenas 19 años, que, recostada junto a Zapata, desliza las manos sobre el pecho del futuro caudillo. De pronto las manos de la joven se detienen, “como obedeciendo al asombro y la curiosidad”, porque sobre el pecho de Zapata es “bien visible una mancha de la piel que configura con toda exactitud el contorno de una mano abierta”. La escena final de la película comenzará con ese momento donde la mujer que amó a Zapata en 1908 o 1909 se niega a reconocerlo en el cadáver de 1919. De este modo, Revueltas concentra en una acción femenina el ciclo vital de un hombre para quien todo se encuentra previsto, lo mismo por la marca en la piel ya descrita que por otros signos y augurios que se incorporan como parte de la ficción cinematográfica, pero que se han mantenido presentes, aunque con peso distinto, en el relato historiográfico y en la tradición oral.

Desde mi punto de vista, son al menos tres las razones por las que Revueltas decidió comenzar de este modo su biografía fílmica de Zapata: en primer lugar, como parte de una estructura narrativa que por sí misma se vuelve significante; en segundo, por las implicaciones históricas y mitológicas que dicha estructura narrativa sugiere; y en tercer lugar, por el sentido que adquiere Zapata como signo no exclusivo de la Revolución mexicana, sino como un signo denso donde adquieren peso y sentido la historia, la experiencia subjetiva y el concepto mismo de revolución.

Digo que la estructura narrativa se vuelve significante porque, si bien la operación de reunir dos secuencias como las descritas no es en sí misma original, sí se vuelve notable en función del asunto que se narra y del personaje cuya presencia inerte adquiere una valencia (casi) contraria. José Revueltas abre su relato fílmico con un movimiento retrospectivo que no habrá de cerrarse sino hasta la secuencia final, en la que se produce el movimiento inverso practicado al principio del guion: a una escena íntima (donde Zapata se encuentra igualmente en compañía de una joven), sigue ese momento de 1919 donde una mujer se niega a reconocer que el cadáver expuesto en los portales de la Inspección de Policía de Cuautla sea el de Emiliano Zapata. Esta negativa forma el acto presente, el cual encapsula todo el curso vital de Zapata; mediante este recurso, la vida del héroe resulta saturada por ese acto femenino que consiste en rehusarse a asignar el nombre de Emiliano a un cuerpo muerto. Dicho lo anterior, nos veríamos animados a declarar: Zapata vive; sin embargo, la sentencia que el enunciado fílmico sugiere —y que de hecho es pronunciada por otra mujer— está formulada (otra vez) de modo negativo: “Emiliano Zapata no ha muerto” y “tampoco morirá… porque Emiliano no ha sido solamente un hombre… y un hombre verdadero, sino una Causa… Y esa causa florecerá en una tierra que a todos pertenezca… en una libertad de que todos gocen… dentro de un amplio mundo, nuevo…”. Quien así se expresa en el guion es Dolores Jiménez y Muro, escritora, pensadora y revolucionaria que coincidió en intereses y afinidades libertarias con Camilo Arriaga, los hermanos Flores Magón y con Zapata. Pero, antes de abordar la presencia de Jiménez y Muro en el guion, conviene terminar de proponer lo que empezamos a sugerir: la estructura del guion escrito por José Revueltas le asigna a Emiliano Zapata un estado de vida latente que lo asemeja a una semilla: toda su historia está narrada en forma retrospectiva y puesta en una especie de paréntesis temporal; encapsulado así en un acto y exhibido como un cuerpo inerte que será puesto en la tierra, el nombre de Zapata emergerá de nuevo, no tanto bajo el signo de la resurrección sino de ese devenir que escapa al dominio de los sujetos tomados cada uno por separado. Zapata no ha muerto ni morirá porque es el signo evidente de una causa: la lucha por la tierra, que empezó durante un nuevo intento por hacer valer títulos de propiedad comunitaria expedidos en el virreinato a favor de Anenecuilco y alcanzó una expresión más amplia en los artículos 6 y 7 del Plan de Ayala, donde se propone la restitución a los pueblos y ciudadanos, que tengan sus títulos correspondientes, de los terrenos, montes y aguas usurpados de tiempo atrás por hacendados y caciques, así como por funcionarios e intelectuales afines al régimen de Díaz; junto a la restitución se encuentra la desarticulación del monopolio sobre la tierra para distribuirla entre pueblos y ciudadanos de México a fin de que “obtengan ejidos, colonias y fundos legales para pueblos o campos de sembradura o labor y se mejore en todo y para todo la falta de prosperidad y bienestar de los mexicanos”. La lucha por la tierra, que ha tenido una expresión jurídica fundamentalmente agraria, en realidad consiste en una lucha por hacerse de un lugar común y comunitario sobre la tierra. No en balde el lema “Tierra y Libertad” asumido por los zapatistas procede de los magonistas, que a su vez lo comparten con luchadores de otras latitudes, lo que da a estos movimientos un alcance internacional, global o universal.

Entramos, pues, al terreno de las implicaciones históricas y mitológicas que la estrategia narrativa del guion escrito por José Revueltas sugiere. Revueltas es quizá el único escritor mexicano del siglo xx capaz de darle al mito un fondo materialista sin mistificaciones. Para él no existe un acontecimiento capaz de sustraerse de su sentido cósmico y humano, y el mito, en cuanto relato fundante, nunca se abstrae de la historia, sino que pone en términos simbólicos algo complejo y contradictorio: un antagonismo interno del que no es posible separar los elementos sin traicionar el enunciado. Zapata aparece como un hombre marcado que cumple un destino, pero esa apariencia de héroe maravilloso tiene como raíz y razón una lucha real que no ha tenido tregua: la de hacerse un sitio sobre la tierra, la de una búsqueda del equilibro que adquiere siempre una manifestación antagónica: “nace el orden y con el orden la tragedia”, afirmaba José Revueltas en 1945 como parte de un ensayo que tenía por objeto “narrar tan sólo las vicisitudes, los dolores, los desengaños y las esperanzas de México”; y añade Revueltas: “[México,] verdadero Ulises en viaje sin medida —y tan fantástico como el de los Argonautas— hacia su integración nacional, hacia su vellocino de oro”. Para el escritor, en aquel año México se encontraba lejos de ser una nación para todos los comprendidos en sus límites geográficos; era más bien una entidad enemiga para los pueblos originarios a los que debía sus antecedentes y, más aún, era algo así como la constatación de una ausencia. Y porque el México independiente estuvo ausente, porque no supo ser nación para los pueblos originarios, a pesar de toda una herencia intelectual y material que hacía posible la tarea, la lucha por manifestarse como parte del orden nacional adquirió, en el caso de Anenecuilco, en el caso de un pueblo, el aspecto de un hombre. Jesús Sotelo Inclán nos sugiere esta idea porque, en su investigación titulada Raíz y razón de Zapata (Anenecuilco, México, Etnos, 1943), ocupa más de dos terceras partes a exponer los “cerca de siete siglos de lucha ejemplar y admirable” que un pueblo sostuvo para hacer valer su derecho a la tierra. Su libro sobre Zapata es así, más bien, un libro sobre Anenecuilco, y aunque muy probablemente sus apreciaciones históricas pueden estar ligeramente superadas, queda intacta la identidad entre Zapata y su pueblo, entre Zapata y el Pueblo. Alguien dirá también que pueblo es una categoría ya inoperante; sin embargo, me parece todavía aplicable para este caso un pasaje del guion escrito por Revueltas. El jefe político, en compañía de los representantes de las haciendas de Mapastlán y Hospital, se ríe de los documentos presentados por los representantes de Anenecuilco; observa que esos papeles fueron expedidos por reyes de España “y como sabrán —les dice— la República Mexicana no reconoce a ningunos reyes, porque para eso es República y para ella no existen los reyes…”. “Pos no existirán los reyes”, responde el representante de Anenecuilco, “pero nosotros sí existimos, señor… y nuestra tierra también existe, sólo que en manos ajenas”. Tal vez el pueblo, o el proletariado, incluso, no existan ya como categorías, pero los sujetos sin posibilidades de tener una parcela, una casa habitable en la ciudad, o un cuarto propio, los que viven de un sueldo y no son dueños de los monopolios, los que han sido despojados de sus tierras, aguas y montes, ésos sí existen, y siguen ahí. Es en este flujo de la historia y de las implicaciones mundiales de la situación en que viven mujeres y hombres donde también adquiere sentido la presencia de otras dos figuras que completan la línea de pensamiento revolucionario que a Revueltas le interesa destacar y vincular con Zapata: me refiero a las presencias de Ricardo Flores Magón y de Dolores Jiménez y Muro. Los vínculos entre Flores Magón y Zapata han sido testimoniados por militantes, combatientes, y más o menos referidos por los historiadores; todos se dieron por la vía epistolar o mediante intermediarios, pero Revueltas hace que Ricardo y Emiliano se conozcan, conversen y coincidan en intereses. En Dolores, Emiliano reconocerá la inteligencia y valentía de una mujer con la que desea unirse porque, dice, “el hombre y la mujer están hechos para luchar por las mismas ideas; eso le quita al matrimonio todo el carácter humillante y despreciativo que tiene para la mujer”. Dolores celebra que el general procure librarse de los prejuicios masculinos y declara, a su vez, que el camino de ambos no es el de marchar juntos para vivir una vida amorosa; no están llamados a una felicidad de esa clase, “sino tan sólo a combatir”. La redistribución de la tierra sin monopolios, el pensamiento que hace de la prensa militante su principal medio de lucha y la actividad intelectual y militante de las mujeres se encuentran aquí, no por capricho de José Revueltas, sino porque identifica en esas vertientes una misma lucha y un horizonte compartido, al menos en ese momento preciso de la historia. Un mundo sin guerra, sin temor, sin pobreza y sin ignorancia es el que imagina o augura el personaje fílmico de Dolores Jiménez y Muro. Y, aunque las palabras sean otras hoy, se anhelan todavía esas condiciones de vida, me parece.

Para concluir, añadiré algo sobre esta idea de ver en Zapata un signo denso, si bien ya la he perfilado en parte.

Revueltas ha escrito un guion de cine que es al mismo tiempo una secuencia verbal que sugiere o prefigura una biografía hecha de imágenes en movimiento. Una biografía que, además, ofrece un signo de vida complejo que trasciende su propia circunstancia; un signo que adquiere densidad en cuanto concentra un mundo o una cultura, es decir, un conjunto de sistemas significantes en interacción, que son susceptibles de ser interpretados, como diría Clifford Geertz. Como sujeto de la historia, Zapata no representa un acontecimiento social, una conducta, una institución o un proceso; Zapata no está en lugar de algo o alguien, porque él mismo es la entidad animada de un modo de pensar y de vivir la tierra y la libertad que, además, hunde sus raíces en la historia y lanza sus refracciones hacia el futuro. Tal vez esa reiterada presencia de personajes femeninos en el guion sean parte de un nuevo augurio: una mujer se niega a aceptar que Zapata y el cuerpo inerte sean los mismos; esa mujer comparte la intimidad con el personaje y colabora en sus trabajos. Otra mujer abre la puerta que lleva al encuentro entre Zapata y Flores Magón y esa misma joven será la que sueñe con la muerte del héroe. Al lado de esta joven, Zapata tendrá un sueño que es una especie de utopía agraria. Cuando ella, por la mañana, intenta advertirle que no acuda a la cita en Chinameca, él procura tranquilizarla. Esto ha de ser, dice, “un cambio de sueños… Y si me matan como lo soñaste… entonces querrá decir que mi sueño también se convertirá en realidad tarde o temprano”. Muerto Zapata, Dolores Jiménez y Muro debe huir y se refugia en una escuela desde donde dirige a los niños algo que es un elogio funerario, pero también una especie de manifiesto: Zapata no ha muerto y tampoco morirá. Él es la causa que habrá de florecer tarde o temprano. No creo que todos estos personajes femeninos sean sólo comparsas del héroe; al contrario, son ellas quienes lo llevan por el viaje que ya está prefigurado como un signo corporal, como una señal marcada en el pecho. Son ellas quienes abren las puertas cotidianas y las de la historia, y también quienes tienen la última palabra, que no es sino esa especie de semilla que se coloca de nuevo sobre la tierra. Resulta casi proverbial, decía Revueltas en su Ensayo sobre un proletariado sin cabeza, que a lo largo de la historia de la humanidad las sociedades divididas en clases, en la medida en que más envejecen, más se olviden de un principio básico: el hombre —léase la humanidad, la gente, los pueblos, los sujetos, el conjunto diacrónico de las mujeres y los hombres— es un acontecimiento, un acontecer revolucionario, una lucha por la conciencia y por la reapropiación de sí mismo, por la desenajenación definitiva de una prehistoria conformada por los extremos coincidentes de la propiedad y la violencia. De ahí lo significativo de que Tierra y libertad no sea un guion donde la revolución tenga el aspecto de las batallas sucesivas entre facciones sino el aspecto de un hombre: el de Emiliano Zapata.

 


* JOSÉ MANUEL MATEO

Es profesor-investigador en el Centro de Estudios Literarios del Instituto de Investigaciones Filológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (unam).