Sobre la enálage

Las figuras retóricas tienen fama de no ser sino enredos de la lengua que los autores de mala fe usan para confundir a sus lectores —o, peor, para hablar mucho y no decir nada. Pero Emiliano Delgadillo nos muestra aquí cómo son también juegos de la lengua que, a más de ampliar el sentido de lo dicho, nos sorprenden y dan placer y gozo.

 

EMILIANO DELGADILLO MARTÍNEZ*

 


 

surcar pudiera mieses, pisar ondas
sin inclinar espiga,
sin vïolar espuma.
Góngora, Soledades

 

Dice el Diccionario de Autoridades que la enálage es una “figura rhetórica, en fuerza de la qual se mudan y cambian entre sí las partes de la oración, o los accidentes o atributos de las partes: como la tercera persona por la primera, el tiempo presente por el pretérito, el artículo masculino por el femenino, y éste por el otro, y así de otros modos y tiempos”. En su ensayo sobre esta figura del lenguaje en la Eneida, Gian Biagio Conte destaca el efecto inaudito y extraño que produce en una expresión formal compuesta de un léxico ordinario, familiar: el sentido transparente de un verso se tuerce y se confunde a causa de un trastrocamiento de sus partes. En esta ars combinatoria anómala, un nuevo significado emerge de la expresión poética y distorsiona el sentido esperado por el lector. Si bien todas las figuras retóricas inciden formalmente en el significado de una expresión poética, la enálage consigue un efecto de mayor intensidad, tanto porque permite otras figuras (como la aliteración, la prosopopeya, el quiasmo, el hipérbaton, entre otros) como porque conjuga el sentido inminente con uno inesperado y súbito. Esta “economía intrínseca” de la enálage produce un extrañamiento que redobla o intensifica la percepción de la imagen poética, no sólo porque obliga al lector a descifrar el nuevo y extraño sentido, sino porque nunca abandona la percepción convencional esperada.

El ejemplo más célebre del enroque de adjetivos, mejor conocido como hipálage, o enálage de adjetivos (aunque esto bien solicita una sesuda discusión), es el verso 268 del libro sexto de la Eneida, en el que expresiones corrientes intercambian adjetivos para ofrecer una intensidad, rayana en lo sublime, que suena tan original como familiar:

 

Ibant obscuri sola sub nocte per umbram

(por la sombra, iban oscuros bajo la noche sola).

 

Pese a lo familiar o transparente que pueda resultar la expresión, hay una incongruencia semántica que nos incita a prestar atención a cada una de las palabras del hexámetro y, sobre todo, a las nuevas relaciones de sentido. Por ejemplo, el enroque de adjetivos produce dos nuevas metáforas: 1) Eneas y la Sibila caminan oscuros, esto es: ‘caminan dudosos, confundidos’; 2) bajo la noche sola: ‘la noche está desierta, es inhóspita, no hay luna’. Todo ello trastrueca el sentido de “sombra” (no olvidemos la palabra final de la Eneida), que sólo en apariencia se suspendía como telón de fondo o escenario de ambientación: por un lado, se intensifica su oscuridad; por otro, resulta también desolada.

El significado del hexámetro se asemeja al de la expresión sintáctica normal: “por la sombra, iban solos bajo la noche oscura”. Sin violentar la congruencia semántica, nos enfrentamos a un par de lugares comunes de la literatura de todos los tiempos: la soledad del caminante y la oscuridad de la noche. Pero la enálage suspende el sentido inminente y ofrece una expresión inaudita que me atrevo a llamar de tópico extremado, es decir, llevado al extremo de su significación y de su realización formal, pues los elementos de la expresión se conjugan para dar lugar a una complejidad de lo simple, en la cual los sentidos denotados y connotados se mezclan en la mente del receptor, dando lugar, en su interior, a sensaciones igual de novedosas y recónditas. Esto es lo que Conte llama, siguiendo al Pseudo-Longino, una sublimación del estilo.

En el ámbito de la poesía de lengua española, acaso el primer gran discípulo de Virgilio fue el cordobés Luis de Góngora y Argote, quien echó mano de este procedimiento en repetidas ocasiones. Pienso ahora en su Fábula de Polifemo y Galatea; por ejemplo, en sus primeras estrofas (II y III):

 

tascando haga el freno de oro, cano,

del caballo andaluz la ociosa espuma.

 

La impaciencia del caballo por desbocarse en el coto es expresada por Góngora mediante la espuma. Pero ese ímpetu está contenido por el freno, palabra que denota el bocado de fierro a la vez que connota su sujeción e inmovilidad. Esta idea, que yace un tanto oculta detrás de la imagen, se materializa en el adjetivo que, como pedirá Vicente Huidobro siglos después, enriquece y da vida al concepto: la espuma es ociosa porque el caballo, el lebrel y el azor, aunque apercibidos para la caza, se mantienen en vilo, como el conde de Niebla, a quien dirige el poeta el encomio inicial de su poema (Carreira lee el adjetivo ocioso como “quietud forzosa”, seguramente porque el caballo está atado, como el lebrel). Este ocio, si se permite aquí la sustantivación, apuntala la idea principal de la octava, señalada por Dámaso Alonso: “pide quietud y silencio a los animales de la caza”. No olvidemos que las obras de ingenio, como bien dijo fray Luis de León, nacen al descanso de las labores de utilidad, esto es, en el seno reposado del otium. La “ociosa espuma” es, pues, una enálage de adjetivo que, a su vez, funge como una metonimia: la ociosa espuma del caballo por la espuma del ocioso caballo; pero como el ocio es una ocupación humana, también participa de una prosopopeya: el caballo no está ocioso, sino su dueño. (Nota bene: tal vez también se pueda defender una aliteración en la enálage gongorina, sobre todo si pensamos en las sibilantes z y s de “… andaluz ociosa espuma”).

El sentido inaudito y complejo de esta enálage gongorina se afianza y aclara en la octava siguiente, con su “desfile” de hipálages (David Huerta dixit):

 

Treguas al ejercicio sean robusto

ocio atento, silencio dulce, en cuanto

debajo escuchas de dosel augusto

del músico jayán el fiero canto.

 

El ocio y el silencio son las treguas que pide el poeta para dar lugar a la poesía: que el conde de Niebla cese la caza (su “ejercicio robusto”) y que preste atención bajo la comodidad de su egregio dosel (de ahí el “ocio dulce”), pues comenzará el canto musical (aquí “músico” es adjetivo, según anota Carreira) acerca del fiero jayán o gigante.

El primer trueque de atributos altera las expresiones de uso corriente: “ocio atento” combina la idea de templanza y regusto del adjetivo “dulce”, el epíteto esperado para el ocio, con la idea de curiosidad y comedimiento del adjetivo “atento”. La cualidad moral del ocio dulce, atribuible al conde de Niebla, refuerza la hipálage de la octava anterior, en la que el adjetivo “ociosa” calificaba no sólo a la espuma y al caballo, sino además al conde. Sólo que en esta estrofa se confunde (ya volveremos a este verbo) con el ambiente propicio para que empiece el canto: el silencio atento. No creo equivocarme al señalar que estas enálages son una muestra de un concepto gongorino, afianzado en una metáfora pura, o de segundo grado, si se prefiere, por lo que aventuro una cavilación: ¿no será la enálage una forma de engarzar los conceptos? Sólo cabe decir que estas expresiones llegaron, ya desengarzadas (es decir, en su forma familiar), a la poesía de la España de la Edad de Plata: Juan Ramón Jiménez escribió en su Diario de un poeta reciencasado: “Y la rosa emana, en el silencio atento, una delicada esencia…”; mientras que otro andaluz, Luis Cernuda, recogió la otra expresión: “Tú conoces las horas / Largas del ocio dulce, / Pasadas en vivir de cara al cielo”.

El segundo enroque de adjetivos, “del músico jayán el fiero canto”, podría abonar a la tesis de Mercedes Blanco sobre la épica gongorina. Pero ésa es harina de otro costal. Baste decir, por ahora, que esta enálage abona a la poética expresionista de la Fábula de Polifemo y Galatea. Y quién, si no don Luis, como el mantuano, es un Sprachschöpfer, un acuñador de palabras.

La idea de síntesis o de la “economía intrínseca”, que Conte propone como la índole de la poesía épica virgiliana, queda muy bien representada con uno de mis poemas favoritos de Luis de Góngora: “Este de mimbres vestido”. En esta sabrosísima décima se confunden dos ámbitos tan caros a la poesía ¡y al paladar! del cordobés: la miel y las abejas, y el queso y las ovejas. Si hasta aquí todavía prevalece algún lector dulce y atento, ya se habrá imaginado por dónde van los tiros poéticos. Mas antes de cederles la palabra a don Luis y a tal solitario lector, quiero apuntar algunas palabras sobre el juego conceptista entre un verbo gongorino y las ideas de duda y síntesis.

El sentido lato de confundirse es tal vez el de ‘desconcierto, duda, equívoco’, pero también traigamos a cuento el sentido latente de ‘mezcla, unión, síntesis’. Cuando aparece este verbo en la Fábula (octava décimo segunda, verso 93), parece referirse estrictamente al primer sentido: “la selva se confunde”, es decir, la selva tiene duda, desconcierto, ante la música de Polifemo. Pero, si repasamos la octava, hallamos el segundo significado en el acto del jayán, quien une y fabrica una zampoña hiperbólica, cuya música perturba la naturaleza. ¿Será esta octava, así sea mínimamente, el primer experimento de su bellísimo concepto expresado en estos diez versos que datan de 1621? Quede, pues, el confundido lector ante esta décima compuesta con la más plena libertad en el vestido más rígido de la poesía de lengua española:

 

A DON ANTONIO CHACÓN, QUE DESDE COLMENAR VIEJO

LE HABÍA ENVIADO UN REQUESÓN

 

Este de mimbres vestido

requesón de Colmenar

bien le podremos llamar

panal de suero cocido.

A leche y miel me ha sabido:

decidme en otro papel

lo que se confunde en él,

que sin duda alada oveja,

cuando no lanuda abeja,

leche le dieron, y miel.

 


 

Bibliografía

 

Conte, Gian Biagio, “Anatomy of a Style: Enallage and the New Sublime”, en su libro The Poetry of Pathos: Studies in Virgilian Epic, S. J. Harrison (ed.), Nueva York, Oxford University Press, 2007, pp. 58-122.

Góngora, Luis de, Antología poética, Antonio Carreira (ed.), Barcelona, Crítica, 2009.

Huerta, David, “Iban oscuros…”, en Revista de la Universidad de México, núm. 131, enero de 2015, pp. 99-100.

Micó, José María, Para entender a Góngora, Barcelona, El Acantilado, 2015.

 


* EMILIANO DELGADILLO

Es alumno de doctorado en el Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios de El Colegio de México.