México, 1750-1850: el tormentoso paso de colonia a república (con Lucas Alamán como guía)

Roberto Breña invita a una lectura atenta, a debatir de manera seria y a analizar críticamente la reciente obra de Eric Van Young, Stormy Passage. Mexico from Colony to Republic, 1750-1850, una “bocanada de aire fresco para la historiografía mexicana”.

 

ROBERTO BREÑA*

 


 

Menos de un año después de que Yale University Press publicara la magna biografía de Eric Van Young sobre Lucas Alamán, titulada A Life Together, la casa editorial Rowman and Littlefield publicó, en la primavera de este 2022, Stormy Passage. Mexico from Colony to Republic, 1750-1850, del mismo autor.1 En esta ocasión, estamos, lógicamente, ante un libro de naturaleza distinta. Si A Life Together fue el resultado de veinte años dedicados a seguirle la pista a la trayectoria vital de un solo hombre, Stormy Passage es la visión de conjunto de un periodo de la historia de México que Van Young ha estudiado desde diversas perspectivas durante casi medio siglo.

Sin suponer que la historia puede dividirse en compartimentos estancos, el orden temporal de los campos y enfoques de la historia que el autor ha privilegiado en su trayectoria intelectual son: el económico, el social, el sociocultural, la llamada “historia desde abajo” y la biografía. Como esa misma trayectoria lo muestra, Van Young ha centrado su interés en la centuria que es objeto de su último libro, la que va de 1750 a 1850. La originalidad del enfoque, en puros términos cronológicos, es evidente. Acostumbrados como estamos a estudiar “la Colonia” por un lado y “el México independiente” por otro (justamente, como compartimentos estancos), acercarse a la historia de ese territorio que hoy denominamos “México” a horcajadas entre las dos etapas mencionadas es, en términos historiográficos, algo poco común.

El resultado es una síntesis que me parece extraordinaria por varios motivos (además de los ya sugeridos): relativamente breve, bien escrita, equilibrada y que, además, pone a reflexionar al lector sobre diversos aspectos de ese tránsito, tan accidentado, entre el Virreinato de la Nueva España y México.2 Conviene aclarar que hay otra diferencia importante entre ambos libros. Aunque sólo sea por su extensión, A Life Together no es un libro para una audiencia amplia o para estudiantes de licenciatura. Todo lo contrario con Stormy Passage, como lo expresa el propio autor en la primera oración de los “reconocimientos” (acknowledgments). El primero es un libro que solamente leerán personas con cierta formación, que no les temen a los libros abultados y que se sienten muy atraídos por Alamán, por su pensamiento y por su papel en la historia del México posindependiente.3 El segundo, me atrevo a vaticinar (presuponiendo, para el mundo de habla española, que el libro será traducido dentro de un plazo relativamente breve), pronto se convertirá en un texto de consulta y será lectura obligatoria en no pocas universidades para estudiar el recorrido histórico que va, por poner fechas exactas, de la expulsión de los jesuitas en 1767 a la caída del último gobierno de Santa Anna en 1855. Dicho de otra manera, el libro que nos ocupa en esta ocasión no está dirigido a historiadores profesionales, sino a un público mucho más amplio.

Ahora bien, la distancia entre ambos libros no es tan grande; en cierto sentido, no puede serlo. No sólo porque el rango de la vida de Alamán (1792-1853) coincide en gran medida con el periodo estudiado en los once capítulos que conforman Stormy Passage, sino porque, como lo plantea Van Young expresamente en la introducción, Alamán funge, a lo largo del libro, como una especie de Virgilio, en una comedia (no en el sentido más común de la palabra, sino como obra dramática de cualquier género) que de divina no tiene nada, pero que los lectores a quienes les guste la historia, sobre todo la historia nacional, disfrutarán desde la primera página. A quienes se animen a leer este paso tormentoso de cien años de duración les espera un camino que no por transitado resultará menos interesante.

Conviene adelantar que estas líneas no pretenden ser una reseña, sino una invitación a leer Stormy Passage. Los lectores versados en el prolongado periodo final del Virreinato de la Nueva España y en los primeros seis lustros de la vida del México independiente no encontrarán muchas novedades en lo que concierne a los hechos referidos en el libro, pero creo que estamos ante una combinación poco común de historia política, económica, social y cultural, ante una serie de planteamientos historiográficos a menudo originales y ante interpretaciones sobre algunos aspectos del siglo en cuestión que están bien argumentadas y que, por lo tanto, resultan persuasivas (en la mayoría de los casos). Décadas de estudio y de trabajo de archivo se ven reflejadas en el volumen. A lo anterior hay que agregar un aspecto de la trayectoria de Van Young que no debe pasar desapercibido, que me parece poco común y que los lectores atentos percibirán aquí y allá: su atención a las cuestiones teórico-metodológicas e historiográficas.4 El resultado es lo que puede considerarse un precipitado que, sin esfuerzo aparente, resulta de estudiar durante muchísimos años el periodo histórico abarcado en Stormy Passage. El acercamiento es, al mismo tiempo, riguroso, esmerado, equilibrado y con esa dosis de pasión que todo buen libro de historia debe tener.

Expongo aquí algunos aspectos que, dependiendo del bagaje de quien lea, llamarán la atención (ya sea por vía positiva o negativa), aclararán, contribuirán a repensar o incluso iluminarán algunos pasajes de esa centuria que cabalga entre el siglo xviii y el xix en el territorio que fue, durante un par de siglos, la diadema de la Corona española en América y que en 1821 se convirtió en el más grande de los países de la región en los que esa Corona se desintegró entre 1810 y 1824. Sin pretender ser exhaustivo (algo imposible, si estamos hablando de cien años de historia y de un enfoque que pretende abarcar facetas diversas, como quedó dicho), va una lista de algunos de los hechos-procesos históricos que yo destacaría: las motivaciones políticas de la Corona detrás de las “dos repúblicas”, la indígena y la española, que recorren toda la historia colonial; el peso de la plata para explicar el desarrollo (y el “subdesarrollo”) de la economía novohispana;5 la adversa situación para muchos novohispanos, durante la última etapa de la Colonia, en lo que se refiere a un aspecto decisivo para la vida cotidiana como son los salarios (sobre todo si se tiene en cuenta que algunos destacados historiadores quieren seguir retratando dicha etapa en clave idílica); el carácter muy extendido en el tiempo, notablemente fragmentario y, en ocasiones, poco racional (en términos políticos) de las traídas y llevadas “reformas borbónicas”; la futilidad de los intentos de hablar en términos de estructura de clases a partir de 1821, cuando sería más adecuado hablar de estructura de razas; la profunda continuidad que es posible percibir en aspectos culturales fundamentales en la sociedad novohispana/mexicana durante el siglo que va de 1750 a 1850; la “rebelión” como una categoría más adecuada que “revolución” para referirse a lo acontecido en la Nueva España entre 1810 y 1821; las enormes dificultades de hablar de “un movimiento insurgente” si tomamos en cuenta las notables disensiones en el interior de la insurgencia novohispana; la práctica imposibilidad de considerar lo acontecido durante esos once años como una rebelión “agraria” (o “agrarista”); el carácter eminentemente cultural y comunitario de las reivindicaciones de la inmensa mayoría de los indígenas que participaron en la lucha contra las autoridades virreinales; la existencia de dos proyectos claramente diferenciados a lo largo de esa lucha (el de los indígenas y el de los criollos); las claves ideológicas y los dilemas políticos que encapsuló el fugaz imperio de Iturbide y que, en cierto sentido, prefiguran lo que sería el futuro político de México durante mucho tiempo; la falta de legitimidad política que acompañó al emperador como una sombra y que seguiría acompañando a los presidentes republicanos, casi todos militares, durante todo el periodo estudiado en Stormy Passage; la ubicuidad, la aparentemente inexplicable recurrencia y el predicamento del que gozó Antonio López de Santa Anna durante el periodo 1821-1855;6 la inestabilidad política crónica o galopante que caracteriza las primeras tres décadas de nuestra vida independiente (algo de sobra conocido, pero que no está de más enfatizar cuando cierta historiografía extranjera y mexicana planteó, hace algunos años, una especie de “estabilidad no evidente” o “estabilidad tras bambalinas”; al respecto, la tabla de las páginas 231-232 dice más que un millón de eruditas disquisiciones); la triste, en casi todos los sentidos, figura de Santa Anna (sobre todo, en este caso, cuando una biografía que apareció hace tres lustros pretendió reivindicarlo en más de un sentido); la práctica imposibilidad de que la economía mexicana despegara después de un conflicto que había minado las bases de cualquier posible desarrollo en el corto plazo y de un contexto internacional que pareció ser una panacea en un primer momento, pero que pronto se convirtió en un lastre tan pesado que el país tardaría más de medio siglo en deshacerse de él (me refiero a la deuda contraída con los banqueros ingleses en la primera mitad de la década de 1820); la importancia de la primera etapa de la Guerra de Castas, 1847-1853 (esta guerra se prolongaría hasta…1901; se dice pronto, pero fue más de medio siglo de conflicto bélico) y todo lo que esta guerra nos dice sobre los arreglos sociales y políticos de un México que, para cuando comenzaron las hostilidades, tenía ya casi tres décadas de ser independiente; para no extenderme más y casi en el punto final del periodo histórico estudiado en el libro, el hecho de que la Guerra con Estados Unidos (1846-1848) fue un “violento robo armado” (violent armed theft), pero un robo ante el cual los mexicanos mostraron una falta de cohesión y de unidad que no puede dejar de llamar la atención, por lo menos a quien esto escribe (de hecho, puede hablarse de algo más que “falta de unidad”, pues los mexicanos pelearon entre ellos cuando ya Estados Unidos nos había declarado la guerra). A este respecto, y para cerrar este párrafo (ya demasiado extenso), es casi inevitable recordar aquí las célebres palabras de Alamán, incluidas en la parte final del tomo V de su célebre Historia de México y que aparecen en más de una ocasión en el libro que nos ocupa: “no hallando en Méjico mejicanos, y contemplando a una nación que ha llegado de la infancia a la decrepitud sin haber disfrutado más que un vislumbre de la lozanía de la edad juvenil”.7 El pesimismo alamanista alcanza aquí, y en otros pasajes de esta parte de su Historia, sus cuotas más altas (excepto, quizá, algunas comunicaciones privadas de esta misma etapa de la historia nacional), algo que se explica, en gran medida, porque las líneas citadas fueron escritas no mucho tiempo después de que México perdiera la mitad de su territorio ante “el coloso del Norte”. Por cierto, Van Young  no parece compartir este pesimismo cuando se refiere al México actual al concluir su libro.

Sobra decir que el párrafo anterior pudo haber sido bastante más breve o bastante más extenso. Además, sobra decirlo también, refleja mis intereses y algunas de mis lagunas históricas en lo que se refiere al periodo estudiado en Stormy Passage. Su objetivo principal, en todo caso, fue “picar” la curiosidad de los lectores para que vayan directamente al libro y pongan a prueba, por decirlo así, sus virtudes y sus defectos. En cuanto a estos últimos o, más bien, en cuanto a aspectos del libro que me parecen discutibles o cuestionables, menciono en el siguiente párrafo dos de ellos que creo que vale la pena consignar (cada lector, por supuesto, hará su propia lista). De manera similar a lo que hice en el párrafo anterior, lo que haré enseguida, básicamente, es poner dichos aspectos sobre la mesa, aunque en esta ocasión añadiré un par de líneas para tratar de justificar mis reservas en cada caso.

De entrada, dar a categorías tan manidas, difusas y polisémicas como “modernización” y “descolonización” el papel heurístico central que el autor les concede en la introducción de su libro. En mi opinión, hay pocos términos tan confusos y que con frecuencia terminan siendo tan poco útiles en las ciencias sociales y en las humanidades contemporáneas como el de “modernidad” (y sus derivados o variaciones). Pocas veces sé bien a bien lo que los autores (sean filósofos, sociólogos, politólogos o historiadores) quieren decir cuando emplean el vocablo “modernidad”. Que, además, le adjudiquen un enorme poder explicativo, un alcance interpretativo muy ambicioso y no pocas veces un peso historiográfico desmedido (no es el caso de Van Young), me lleva a ser cada vez más cauto respecto a esa especie de intellectual infatuation (por emplear el idioma de nuestro autor) que existe desde hace tiempo en la academia occidental respecto a la “modernidad” y lo que considero sus desmesuradas pretensiones explicativas. En cuanto al término “descolonización”, tampoco creo que sea el más indicado para referirse a dos periodos históricos que, más allá de las continuidades que Van Young detecta a lo largo de su libro, son notablemente distintos en aspectos fundamentales. Al respecto, bastaría mencionar que, por un lado, tenemos una monarquía tricontinental en decadencia (por más reformas que haya pretendido aplicar; reveladoras en sí mismas, por cierto) y, por el otro, una república sin experiencia alguna en el tipo de instituciones republicanas que pretendieron establecerse y aplicarse en el recién nacido país a partir de la caída del imperio de Iturbide (un republicanismo que, como cabe inferir de algunos pasajes de Stormy Passage y pese a lo que muchos historiadores siguen planteando, en aspectos centrales es casi imposible de distinguir o separar del liberalismo).8 ¿Cabe hablar en los casos de la Nueva España y de México de “descolonización”? ¿Es pertinente recurrir a un concepto que, además de lo ya expresado y considerando el público al que está destinado el libro, en la historia occidental posterior a 1945 tiene unas connotaciones históricas e ideológicas muy concretas? Tengo mis dudas.

Otro aspecto con el que difiero es conceder veinte páginas a Miguel Hidalgo (pp. 119-138) y solamente cuatro párrafos a José María Morelos (pp. 138-139). En términos cronológicos, y más allá de toda su importancia, real y simbólica, el primero representa seis meses de la lucha insurgente contra las autoridades virreinales, mientras que, entre la captura de Hidalgo (marzo de 1811) y el fusilamiento de Morelos (diciembre de 1815), transcurren cuatro años y nueve meses (o, para ponerlos en la misma unidad, cincuenta y siete meses). Pero no sólo se trata de una cuestión cuantitativa o cronológica, sino del papel que Morelos representó para la insurgencia en términos militares, políticos y constitucionales. Por motivos en los que no puedo detenerme aquí, pero que los historiadores conocen de sobra, cabe plantear que el legado de Morelos en estos tres rubros es notablemente superior al de Hidalgo.9 Si éste es el caso, el desbalance entre los dos personajes insurgentes en Stormy Passage no tiene justificación. Por cierto, y relacionado con la insurgencia, llama la atención que Van Young recomiende a un autor de la academia estadounidense que la ha demeritado histórica e historiográficamente desde hace tiempo, en lugar de haber considerado la obra de historiadores e historiadoras de México que, en mi opinión, han mostrado mucho más rigor y equilibrio al estudiarla.

Por último, un detalle sobre un personaje latinoamericano al que admiro (sobre todo, aclaro, por su notable intuición político-intelectual o político-analítica): Simón Bolívar. En el capítulo dedicado a la era de Santa Anna, el autor se refiere a la célebre frase de Bolívar sobre arar en el mar que aparece en la conocida misiva que “El Libertador” envió al general Juan José Flores el 9 de noviembre de 1830 (es decir, poco más de un mes antes de morir). En la página 267 de Stormy Passage, Van Young afirma que esa frase la aplicaba Bolívar a la implantación de prácticas democráticas en los países hispanoamericanos. Sin embargo, la frase original dice lo siguiente. “El que sirve una revolución [en la América española] ara en el mar”.10 No es que la cuestión sea muy relevante, pero me sirve para poner de manifiesto, en primer lugar, que la democracia, en términos institucionales, no desempeñó un papel destacado en el ideario de los procesos emancipadores hispanoamericanos (de hecho, de las revoluciones atlánticas más conocidas).11 Más importantes, en el contexto del presente escrito, me parecen ciertas analogías que, sin apenas forzar las cosas, pueden establecerse entre el más culto y perspicaz de los líderes emancipadores hispanoamericanos (Bolívar) y el más culto y perspicaz de los políticos e historiadores del México independiente de la primera mitad del siglo xix (Alamán). En la carta que ahora nos ocupa, Bolívar se refiere al tema de la democracia popular y a su relación directa (y, aparentemente, ineluctable) con el futuro de lo que quedaba en aquel momento (1830) de la llamada “Gran Colombia”. Esto lo hace cuando afirma que el país “caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada”. El pesimismo bolivariano no está muy lejos del que caracterizó al pensamiento de Alamán, también al final de su vida (particularmente, como mencioné, después de la guerra con Estados Unidos). Cabe plantear que el pesimismo de “El Libertador” alcanzó su punto más alto en la misiva referida, pues lo abarcaba prácticamente todo: América era ingobernable; los veinte años que había dedicado a la revolución le parecían tiempo perdido; lo mejor que podía hacerse era emigrar de América (la española, se entiende); inevitablemente, las multitudes se harán con el poder político en la región y, enseguida, lo harán “tiranuelos” de todo tipo; por último, ante el panorama que presenta el subcontinente, los europeos no se dignarán siquiera conquistarlo. Con diferencia de un par de décadas, y en latitudes hispanoamericanas distintas, pero no muy distantes (Barranquilla y la Ciudad de México), estamos ante dos diagnósticos muy parecidos sobre la realidad política de la América española y sobre lo que durante algunos años (digamos, la década de 1810 y parte de la década siguiente) pareció ser su promisorio futuro. La envergadura histórica de los dos personajes involucrados en el planteamiento analógico que acabo de hacer justifica, a mi parecer, el párrafo que aquí concluye.

Empiezo a cerrar estas líneas mencionando aspectos que Van Young trata en el capítulo 11 de su libro, que, a su vez, constituye la “Conclusión” del mismo (pp. 309-316). Sin recurrir a la expresión “herencia colonial”, que le parece determinista, el autor plantea aquí varias continuidades entre la Colonia y el México independiente: la corrupción, la concentración de poder autoritario, la dependencia económica (primero respecto a la metrópoli y, posteriormente, respecto a Estados Unidos) y, last but not least, el racismo que caracterizaba a la sociedad colonial y que caracterizó a la sociedad del México posindependiente, y que, cabe agregar, pervive hasta la actualidad (como lo señala el propio Van Young).

En el párrafo final del libro, el autor regresa a las categorías de modernización y descolonización que había planteado en la introducción y afirma algo que cabía esperar de acuerdo con lo que ya expresé sobre estos dos conceptos: el veredicto sobre ambas categorías es indeterminado (a mixed one, puede leerse en el original). Lo que no era tan esperable, por decirlo así, es un final en el que Van Young plantea la enorme inestabilidad del México actual.12 Los lectores —yo, al menos— esperaban una conclusión final que correspondiera a este planteamiento, que me parece imposible de rebatir en este 2022. Sin embargo, no es así, pues la última oración del libro dice lo siguiente (la traducción aparece en nota): “Given the country’s history, perhaps the most remarkable thing is not how much of the present is undecolonized, but rather how modern it has become”.13

Planteamientos de este tipo, que reflejan años de estudio y de reflexión, y que, en buena medida, por lo mismo, no son concluyentes, aparecen a lo largo de Stormy Passage. Si a eso añadimos la diversidad de campos de la historia que domina Van Young, la cantidad de lecturas que cabe colegir detrás de muchas de sus afirmaciones, la panoplia de perspectivas historiográficas que despliega a lo largo del libro (que se podrían dar por sentadas), la agilidad de su pluma y, por último, un bien dosificado sentido del humor, puede decirse que la mesa está puesta y dispuesta para los amantes de la historia y de la buena historiografía.

A Life Together y Stormy Passage de Eric Van Young representan, en conjunto, más de mil páginas sobre las últimas décadas del periodo colonial novohispano y sobre los primeros decenios del México independiente. La sombra proyectada sobre Alamán y sobre la Colonia por historiadores, ideólogos, panfletistas, periodistas y políticos de todo tipo desde que nuestro país inició su andadura como país independiente no es más que una cortina de humo y, en última instancia, una excusa para no conocer nuestro pasado con la profundidad que todo pasado histórico amerita. En su lugar, y como consecuencia natural de la densidad del humo esparcido voluntariamente por las cinco categorías profesionales mencionadas (y otras que podrían añadirse), lo que se repite y reparte a diestra y siniestra son simplificaciones, frases hechas, descalificaciones y tergiversaciones de toda laya.

En tiempos político-ideológicos y político-científicos como los que corren actualmente en México, me parece muy importante no solamente no caer en las actitudes aludidas al final del párrafo anterior respecto a la historia, en particular, y respecto al saber, en general, sino expresar, como cada quien pueda, nuestro desacuerdo con esta trivialización del conocimiento, presentando argumentos en sentido contrario. Dichas actitudes y la retórica que asumen y diseminan están completamente fuera de lugar desde una perspectiva académica e intelectual. Sin ánimo de reivindicar a nadie en particular, a ningún periodo de la historia (sea colonial o nacional) o a grupo político alguno, por mi parte, o por parte de Van Young (esto lo expreso después de haber leído los dos libros que ahora nos ocupan), me atrevo a decir que, más allá de las diferencias que puedan plantearse (y, sobre todo, argumentarse) respecto a su modo de ver a la Nueva España y a México entre 1750 y 1850, en varios aspectos ambos libros representan una bocanada de aire fresco para la historiografía mexicana. Se concuerde o no con este planteamiento, lo que corresponde al esfuerzo realizado por el autor desde una perspectiva académico-intelectual es leer A Life Together y Stormy Passage con atención, debatirlos seriamente y analizarlos críticamente. Creo que sólo así se construyen y fomentan las condiciones para seguir abriendo, ampliando y profundizando tanto la historia novohispana como la nacional; a fin de cuentas, la historia tout court.◊

 


 

1 El título completo de la biografía de Alamán es A Life Together (Lucas Alamán and Mexico, 1792-1853), New Haven, 2021 (Una vida juntos. Lucas Alamán y México, 1792-1853). La edición de Stormy Passage (Paso tormentoso. México de Colonia a República, 1750-1850) que empleo aquí fue publicada en Lanham, Maryland. Los lectores que quieran darse algo más que una idea sobre la biografía referida pueden recurrir al ensayo-reseña que escribí para la revista Nexos: “La nueva biografía de Lucas Alamán”, núm. 527, noviembre de 2021, pp. 58-65. Para empezar a calibrarla, baste decir que se trata de un retrato del líder del conservadurismo mexicano sin parangón en la historiografía.

2 Sobre el primer punto, no está de más notar que, mientras A Life Together rebasa las 800 páginas (lo cual incluye bibliografía e índices), Stormy Passage apenas rebasa las 300 (e incluye una docena de imágenes y un par de mapas).

3 Cabe apuntar aquí que el Fondo de Cultura Económica tiene los derechos de traducción y que ésta, hasta donde sé, va muy avanzada.

4 Una excelente muestra y testimonio de lo anterior es la antología de Van Young titulada Economía, política y cultura en la historia de México (Ensayos historiográficos, metodológicos y teóricos de tres décadas), San Luis Potosí, Colef/Colsan/Colmich, 2010.

5 El capítulo 3 de Stormy Passage se titula “The Economy of New Spain in the Age of Silver”, pp. 41-66.

6 El capítulo 9 (pp. 227-270) se titula “The Age of Santa Anna”. En la biografía de Alamán escrita por Van Young es claramente perceptible la opinión, muy negativa, que tiene el autor sobre este personaje de nuestra historia.

7 Como apunté en otro lugar, existe lo que me parece un claro precedente de estas palabras. La cita de Germaine de Staël que hago enseguida aparece en un interesantísimo (y poco leído) libro suyo sobre la Revolución francesa. Concretamente, se trata de una crítica a los diputados aristocráticos en la Asamblea Constituyente, quienes reaccionaban ante cualquier propuesta de cambio “como si el orden social sólo debiera estar sujeto a una doble enfermedad, la infancia y la vejez, y hubiera de pasar de la informe juventud a la decrepitud de la ancianidad sin aceptar conocimiento alguno adquirido a lo largo del tiempo”. Consideraciones sobre la Revolución francesa, Arpa Editores, 2020, pp. 240-241. Cabe añadir que las Consideraciones de Madame de Staël, como se le conoce comúnmente, formaban parte de la biblioteca de Alamán.

8 Sobre este tema, que me parece muy importante e interesante desde la perspectiva de la historia intelectual, escribí “Liberalismo y republicanismo durante las independencias americanas: un deslinde imposible”, en Las revoluciones hispánicas y la historiografía contemporánea (Historia de las ideas, liberalismo e Ilustración en el mundo hispánico durante la Era de las revoluciones), Peter Lang, Bruselas/Berlín, 2021, pp. 117-136.

9 Hace tiempo escribí dos artículos que se centran en el segundo y el tercero de los ámbitos mencionados: “Apuntes críticos sobre los Sentimientos de la Nación” y “La explosión constitucional hispánica y el Decreto de Apatzingán: liberalismo y republicanismo en una era revolucionaria”. Ambos se incluyen en el libro Liberalismo e independencia en la Era de las revoluciones (México y el mundo hispánico), México, El Colegio de México, 2021 (pp. 337-354 y pp. 355-378). Cabe añadir que la “seducción” que Hidalgo ejerce sobre la historiografía mexicana contemporánea y sobre el público en general nubla, hasta la fecha, la magnitud y la trascendencia de la vida y la obra de Morelos.

10 Simón Bolívar, Doctrina del Libertador, Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1985, p. 323.

11 En general, la democracia no tuvo “buena prensa”, ni prestigio ideológico, durante las revoluciones atlánticas aludidas: el proceso de independencia de las Trece Colonias, la Revolución francesa, la Revolución haitiana y las revoluciones hispánicas (es decir, la revolución liberal española y los diversos procesos emancipadores-independentistas de la América española). La breve etapa revolucionaria francesa conocida como “el Terror” (1793-94) no hizo más que acentuar una desconfianza respecto a la democracia que ya los líderes de la independencia de las Trece Colonias habían expresado meridianamente.

12 Conviene citar textualmente el original, pues la construcción lingüística con la que Van Young se refiere a esta cuestión es muy peculiar: “…not all pasts have been colonial, nor all presents as unstable as Mexico’s”. Stormy Passage, p. 315.

13 “Considerando la historia del país, quizás lo más extraordinario [o notable, o digno de mención] no es qué tanto del presente no ha sido descolonizado, sino qué tan moderno [México] se ha vuelto.” Stormy Passage, p. 316.

 


 

* Es profesor-investigador en el Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México. Sus dos últimos libros son Las revoluciones hispánicas y la historiografía contemporánea (Bruselas/Berlín, Peter Lang, 2021) e Independencia y liberalismo en la Era de las revoluciones (México y el mundo hispánico) (México, El Colegio de México, 2021).