Martha Elena Venier

El 26 de diciembre pasado murió Martha Elena Venier, profesora-investigadora del Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios de El Colegio de México. En el texto que sigue publicamos el breve homenaje personal que le ofrece Luis Fernando Lara, compañero suyo en El Colegio durante muchos años.

 

LUIS FERNANDO LARA*

 


 

Menuda, delgada, irritante, Martha Elena no dejaba de tener un rasgo de coquetería: zapatos de altos tacones, algún prendedor de plata y su pañuelo ribeteado de encajes sobresaliendo de su manga larga. Era como una biznaga: espinosa por fuera y dulce por dentro, como lo atestiguan decenas o quizá centenas de quienes fueron sus alumnos, sobre todo en el Centro de Estudios Internacionales (cei) de El Colegio de México. Nacida en Tucumán, Argentina, aunque siempre se sintió o se dijo salteña, era hija de una maestra de escuela. Ella misma lo fue durante años en una escuela lejana de su casa, a la que llegaba en motocicleta. Tenista en su juventud, hasta sus últimos meses no se perdía los torneos de Grand Slam que pasaban por televisión, en particular el Roland Garros de París, así se transmitieran durante la madrugada. Nunca la vi jugar, pero sus comentarios revelaban un conocimiento del tenis que sólo la práctica ofrece. Dedicada acuarelista y pianista —recuerdo el tiempo que pasó ensayando y disfrutando Las estaciones de Tchaikovski—, desde su cubículo solía resonar alguna aria de ópera con Rolando Villazón, que la cautivaba. Fumaba como chacuaco y El Colegio supo tolerárselo, reconociendo que para ella, como para varios de sus profesores, el cigarro forma parte de su productividad. Hablaba inglés con acento británico; citaba con gusto a varios poetas en esa lengua, en particular a E.E. cummings; también había aprendido ruso, y el italiano formaba parte de su herencia véneta (hubo un dogo de la Serenísima apellidado Venier); su conocimiento del latín era profundo; en los últimos años cursó griego.

Quizá le habría gustado vivir cien años antes y disfrutar la época de la gran filología románica, la de Ernst Robert Curtius y Erich Auerbach, cuyas obras leía y releía. Yo diría que su divisa académica era una cita de Alfonso Reyes: “El Colegio no acostumbra publicar folletos de propaganda, trabaja en silencio, en cenobio. Se evitan las solemnidades ociosas, pues el estado de civilización no requiere nunca un ceremonial excesivo. El buen entendimiento preside las labores de esta modestísima casa”.

Llegó a México en 1966, becada, para formar parte de la segunda generación del doctorado en lingüística y literatura del Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios (cell). Sin duda sus conocimientos eran superiores a los de varios de quienes fuimos sus compañeros de generación: latín, lectura de los clásicos, conocimiento profundo de la literatura hispánica, desde Garcilaso hasta Juarroz. Un espíritu así tenía que entenderse bien con Antonio Alatorre. Terminados los cursos en El Colegio, pasó algunos años en la Universidad Johns Hopkins de Baltimore, cerca del hispanista Elías Rivers. A su regreso, ya casada con Crescencio Ruiz, ingresó al cell como profesora-investigadora. Muy pronto Antonio la reclutó como secretaria de la Nueva Revista de Filología Hispánica (nrfh).

Después de Antonio, quien sostuvo la devoción por la nrfh fue ella. Como secretaria de redacción, durante diez años tomó el relevo en las tareas que la convirtieron en una “revista de culto”: la correspondencia constante, llena de contenido, con los grandes hispanistas, que requería exigencia, rigor y tacto; el extremo cuidado en la selección de artículos y la corrección rigurosa de los textos; el balance entre los temas de cada número, la preparación de la bibliografía (una obra de la revista que merecería un premio, si no fuera por lo obtuso de los administradores de la ciencia y de muchos académicos). “Criatura migratoria” (nrfh, 1, 1947, núm. 1), un artículo que publicó en la misma revista en ocasión de su cincuentenario (nrfh, 50, 2 (2002), 396-404), es una entrañable crónica del nacimiento de la revista como sucesora de la Revista de Filología Hispánica, cuando el peronismo se cirnió sobre el Instituto de Filología de Buenos Aires y Amado Alonso, con Alfonso Reyes, la rescataron en México. Martha Elena escribió en ese artículo: “golpear sobre la cultura, para que —sabedor el resto del mundo sobre el caso de este pequeño grupo  destinado  al  exilio— nadie  levante  cabeza.  Pero bien visto, no fue un golpe a la cultura, sino a una de sus manifestaciones —es la paradoja— más frágil y más peligrosa, la del libro. ¡Por dios!, filosofía y letras, y, sobre esto, filología, aristocracia sin otra heráldica que los títulos de páginas acumuladas en milenios, mundo aparte, ‘proud of his scientific attitude’ dice E.E. Cummings, y sin trincheras”.

La mala fe y el ansia de poder de una infausta directora la expulsó de la secretaría de la revista, pero no obstó para que ella siguiera colaborando, por ejemplo con reseñas. Cuento veintidós en la revista, aparte de los dictámenes que seguramente escribió. Siempre trabajó “en silencio, en cenobio”; era extremadamente exigente con sus propios textos; basta leer los artículos que publicó en la propia nrfh para darse cuenta de su estilo muy conciso —a veces le decía yo que exageraba—, elegante, convencida de que al buen entendedor, pocas palabras. Después de muchos años, y a causa de la presión administrativa —pues saber le sobraba—, presentó como tesis de doctorado una edición crítica del tratado Sitio, naturaleza y propiedades de la Ciudad de México, del médico Diego Cisneros, 1618. Obra singular ésta, cuyo interés para la historia de la medicina, de las enfermedades endémicas de la ciudad, y también para la historia del pensamiento científico novohispano, va a la par con la demostración del dominio de la filología en la edición de textos antiguos.

Quien debiera haber sido figura central de la colección de textos novohispanos del cell, y tenido a su cargo repetidos cursos de literatura de los Siglos de Oro, aceptó “reducirse” a los de redacción y técnicas de investigación, tanto en el cell como en el cei. Fue en este último en donde encontró a los estudiantes más receptivos y a la vez más agradecidos con ella. ¿Sólo corregir errores de ortografía y de sintaxis y enseñarles a escribir una reseña? No: cursos de cultura, de sabiduría, de conocimiento, particularmente de los clásicos del pensamiento griego. Quizá ninguno de nosotros tenga tantos alumnos tan sincera y explícitamente agradecidos como ella. El cei supo aprovecharla.

Martha Elena deja huella tanto en sus textos como en las muchas tesis que supo dirigir, así como también en la memoria agradecida de sus alumnos. Yo perdí a mi amiga, su conocimiento, su apoyo, su ironía y sus maldiciones. El cell y yo perdimos a esa gran filóloga para quien “el estado de civilización no requería nunca un ceremonial excesivo”.◊

 


* LUIS FERNANDO LARA

Es profesor-investigador en el Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios de El Colegio de México, donde también dirige el proyecto del Diccionario del español de México. Es, además, miembro de El Colegio Nacional.