Los objetos en el espejo

 

MARIANA SIERRA*

 


 

Estábamos haciendo base en la calle de siempre. Es buen lugar para un sitio de taxis porque adelantito está Periférico, entonces a cada rato llega gente que no quiere esperar camión, o que está apurada, o que está perdida. Esa tarde, sin embargo, no habíamos tenido mucho movimiento, tal vez porque era domingo. Todo estaba detenido y lo único que se escuchaba era el canto de los pájaros en el fondo. Habían pasado cuatro meses desde la muerte de mi esposa, pero no me sentía particularmente triste. Estaba más bien entumido, anestesiado por la tranquilidad de las casas a nuestro alrededor.

—¿No quieres nada? —me preguntó Toño.

Negué con la cabeza. Hacía un calor incómodo, húmedo. Sí, húmedo, del que se pega al cuerpo y deja una tierra invisible sobre la piel. Sólo el Muelas había tenido pasaje: una señora que arrastraba los pies e iba a la Clínica 27. Al Gordo le caló que le ganara el pasaje, pásele, jefecita, pero no le dijo nada. Sólo volteó a ver al nuevo y le dijo que se pusiera trucha con ese güey. Nada más. De repente sonaban unas pisadas en la banqueta, y todos pensábamos ahora sí, pero se seguían y desaparecían en la esquina o en la entrada de alguna casa. Era como si todo el mundo se hubiera puesto de acuerdo para no salir. Si acaso se oía el metal de una puerta chocando contra el marco, era para ocultar a alguien en sus adentros, y después sólo quedaban los pedazos de la sombra de los árboles sobre el asfalto.

El nuevo estaba pegando en su cofre con los dedos, plap, plap, plap, sin ningún ritmo, plap, plap, plap, sin parar.

—Ya, cállate.

Pinche nuevo. Había llegado una semana antes de algún estado de la costa y nunca dejaba de hacer ruido. Además se empeñaba en sacar plática: que si le paso mi whatsapp, que por qué nunca tuve hijos, que si siempre somos así de callados, duro y dale todo el mentado día. Él no sabe que así es aquí. Uno nada más se sienta a esperar pasaje y oye a todos respirar y hacer ruido y golpear con los dedos y plap, plap, plap y oye los celulares sonar de vez en cuando. Uno sólo puede sentarse y ver pasar a la gente y a los coches y pensar ahora sí y regresar del tráfico, los cláxones, los semáforos, y ver a los otros ignorar el ruido del radio. Así es aquí. Las personas se vuelven pasos en la banqueta, frentes en el retrovisor, en la esquina está bien, bla, bla, bla. El día que llegó no paraba de hablar de las marisquerías y la brisa y yo sólo pensaba en cómo sería estar tomando caguamas en la playa sin ese idiota a mi lado. Su optimismo juvenil me exasperaba porque era la muestra clara de su ignorancia, de su inexperiencia.

Al poco rato regresó Toño de la tienda y empezó a repartir las latas. Todos se metieron a sus taxis tan rápido que parecía que estaban escondiéndose de algo. Pues sí, del calor, ¿de qué más? Háganlo mientras puedan. Empezó a sonar la música de uno de los radios; no duró mucho. Fue más bien un estruendo que inició y paró de golpe. Luego hubo unas voces que hablaban del clima y esa risa que hace la gente para darse aires de importancia. Las voces del radio nunca dicen cosas importantes. Todo es bla, bla, bla. Los demás ni estaban escuchando; estaban todos en otra cosa. En eso sonó mi celular.

—¿Bueno…?

—Tío, nomás pa confirmar que paso a su casa por ahí de las nueve.

—Cómo no, Pepe. Ya saqué las fotos que me pidió tu mamá para que se las lleves.

—Órele, tío. Sí, mire, igual si quiere quedarse algunas de mi tía Lulú, dice mi mamá que no hay problema.

—Sale, pues —le dije, pero no quería volver a esas fotos; era mejor que se las llevara todas, y que de una buena vez se borrara la figura insistente de Lourdes de los pasillos.

—Un abrazo, tío. Hasta al rato.

Pepe no había dejado de buscarme desde aquel día en el hospital en el que los doctores nos pidieron que entráramos a despedirnos de Lourdes. Cuando salí del cuarto me fallaron las rodillas y Pepe corrió a levantarme; me juró que él iba a estar para mí siempre, aunque no le pedí que lo hiciera. Mi soledad le daba pena. Él tenía hijos y una esposa con riñones sanos, y una madre y un padre. Yo no. Desde entonces, cada semana recibía una llamada suya. Quizás el olor de mi casa lo incomodaba, y prefería estar presente desde la distancia e imaginarme saludando a los vecinos con una leve inclinación de cabeza.

Miré por el retrovisor; atrás, una fila de caras distraídas: el Muelas batallando con el sueño, respirando con trabajo por su panza inflada; el Gordo jugueteando con el aromatizante que colgaba de su retrovisor aquí, allá, Toño pasándose el dorso de la mano por el cuello para secar el sudor, el nuevo golpeando con los dedos. Así es la espera, ni qué hacerle. Uno se distrae con lo que puede. Es más, podría jurar que todos volteamos a ver al mismo gato subir y bajar de la barda del otro lado de la calle cuando se escucharon los pasos y las llantas. Después, un golpe seco que se nos metió hasta los huesos. El coche era viejo y blanco y ahora pienso que me hubiera gustado ver la defensa, para saber si estaba abollada, para saber si también se había transformado. Las placas estaban rodeadas de luces neón. Tampoco me fijé en ellas. La chica traía un listón rosa en el cabello.

El primero en bajarse fue el nuevo. Lo vi correr hacia allá, todo torpe. Las llantas rechinaron de reversa y el coche desapareció en la otra esquina. El nuevo empezó a gritar, no mames, no mames, y volteó a verme, a mí, a través del ruido y la sangre y el ruido, me miró directo a los ojos, a mí.

—¡Güey! ¡Güey!

Iba a bajarme del coche, y luego me detuve. El aire se hundía en el piso, como si de él colgaran yunques calientes. Sólo me quedé ahí, con la puerta abierta, con un pie sobre el pavimento, viendo a través de la ventana. La banqueta junto a mi taxi estaba despintada y rota. Entre las grietas, apenas amarillas, se colaban las fibras de un pasto marchito que no obstante insistía en salir, en crecer, en ir hacia arriba, arriba. A su lado, una mancha seca y probablemente pegajosa de un charco que no había tenido agua. Tal vez chamoy o los restos de un licuado.

—¡Muévete, cabrón! ¿Qué hacemos…? Señorita, señorita. ¿Me escucha? ¡Señorita!

El nuevo se hincó junto a la muchacha y pidió ayuda. Yo me quedé sentado percibiendo el olor a hierro hasta que pude levantarme y caminar hacia allá. Pensé que mi cara iba a pegar con el pavimento de la calle. También recuerdo escuchar al Gordo maldecir entre dientes y luego el sonido de mi respiración agitada y una sirena a lo lejos, pero no fue tan rápido. Pasó mucho tiempo antes de la sirena, mucho, o así lo sentí, en el que el nuevo nos gritaba y agitaba los brazos y se paraba y se volvía a hincar mientras el listón rosa seguía tirado en el pavimento.

Se fue la ambulancia y nos quedamos ahí parados alrededor de la sábana que le habían puesto encima. Nos dijeron los policías que había que esperar a los peritos, que mientras tanto nos iban a hacer unas preguntas. Así fue. Se quedaron anotando en sus libretitas mientras preguntaban nombres, horas, el color del coche, quién cruzó cuándo.

—Trate de recordar, señor.

No pude. Ese momento era un fantasma en mi memoria, o un mal sueño del que uno despierta y puede ver solamente algunas escenas rápidas, salteadas, transformadas en un túnel, parchadas de oscuridad. Los labios de Lourdes succionando una gasa, las cortinas que separaban su cama en el hospital, Pepe, el golpe seco, no mames, no mames, el pasto muerto. La muchacha no gritó. Todavía me pregunto si alguien lo hace al momento de morir, o sólo es algo que vemos en la tele.

Cuando terminaron, se pusieron a comer y a decir números en sus radios. Nosotros seguimos ahí parados, rodeados del olor a óxido. Nadie decía nada. Empezó a oscurecer. Los pájaros no cantaban, ya no.

—Hay que rezar por ella.

—Es que no me acuerdo cómo.

—Entonces agacha la cabeza.

Y así lo hice.

Un tiempo después llegó y se fue la camioneta de los peritos y luego los policías y otra vez quedamos nada más nosotros en la calle, que ya estaba toda cubierta de sombra. A esa hora ya no iba a salir pasaje; entonces decidí irme. Sólo quería alejarme. Alcé la mano para despedirme de todos desde lejos y me subí al taxi. Me despidieron con un chiflido, como siempre, y luego siguieron viendo sus celulares. Me imagino que estaban contando lo que pasó, o buscando la noticia. El nuevo no estaba con ellos; lo encontré parado a media calle, viendo la mancha en el asfalto. Pensé en despedirme, en decirle algo, lo que fuera. Preguntarle de qué estado venía o si era el primer muerto que veía. Dudé un segundo, y luego arranqué el carro.

En el camino pensé que iba a estar todo en silencio, pero escuchaba el ronroneo del motor y el crujir del metal al subir un tope y la música de los coches que pasaban a mi lado. Entonces prendí el radio, pero sólo estaba esa risa molesta otra vez. Lo apagué. Ya cállense todos. Manejé un rato hasta que en el eje un par de chavos me hicieron la parada. Pues ya qué. Al menos que salga lo del día.

—¿Cuánto de aquí al paradero?

—Lo que marque.

Se subieron. Los asientos rechinaron. En todo el camino lo único que hicieron fue reírse de lo que veían en el celular de uno de ellos. Me temblaban las manos. Fue estúpido aceptar el viaje, pero en ese momento mi cuerpo era el de un autómata. Por el retrovisor alcanzaba a ver sus mentones iluminados por la pantalla y sus dientes llenos de saliva. También escuchaba sus risas tontas entrecortadas por los güey, güey, te dije, mira. Pensé que tal vez iba a salirles la noticia del accidente; no sé por qué, igual y conocían a la muchacha porque era como de su edad, o igual y habían escuchado las sirenas y querían saber qué había pasado, pero la sirena sonaba sólo en mi cabeza como un grito desesperado. Me dije que si llegaran a preguntarme les contaría del nuevo y de los policías y de la mancha sobre el pavimento.

Pero no me dijeron nada. Seguí manejando un rato todavía y luego llegamos. Todo estaba desolado. Uno que otro perro callejero aparecía de pronto entre las sombras. En el fondo retumbaban los basureros. Había una música a lo lejos, pero no logré identificar de dónde venía. Me dieron náuseas de ver los charcos de aceite y gasolina brillar debajo de los postes, mezclarse con los vasos de unicel y las bolsas de plástico.

—¿Cuánto sería?

Señalé el taxímetro. Uno de ellos chasqueó la lengua.

—¡Pinche viejo!

Me aventaron unas monedas al asiento del copiloto y se bajaron. No eran ni veinte pesos. Después de recogerlas, los tipos ya se habían perdido bajo los puentes. Pensé en ir tras ellos, pero ni siquiera pude abrir la puerta. Me sentía débil; tenía las manos empapadas; tenía frío, aunque por la ventana seguía entrando el aire caliente que se había agazapado en el pavimento durante el día. Prendí el motor del carro. Lo sentí vibrar debajo de mí; me quedé ahí sentado, viendo hacia el frente como un idiota, tratando de ignorar la música y los chiflidos que salían de la calle solitaria. Ya era de madrugada. Aún no sé cómo fue que pasó tanto tiempo o qué hice entre una y otra cosa. Cuando vi el reloj en el tablero, me decidí a arrancar para seguir manejando otro rato por las calles de la ciudad. Comencé a darme cuenta de la oscuridad a mi alrededor, de que las fachadas de los edificios y las cortinas de metal se ven todas iguales cuando la luz de los semáforos las ilumina vagamente. Me detuve en un cruce y, de pronto, una cara apareció en mi ventana.

—Lo que quieras guapo, y nos arreglamos.

La chica tenía unos audífonos colgando del cuello, de los que salían ecos y murmullos.

—Hoy no.

Y arranqué de nuevo el coche. Al alejarme vi su reflejo solitario en el espejo lateral caminar de nuevo hacia el teléfono de monedas de la esquina, de esos que ya sólo sirven para poner anuncios o pintarrajear nombres. Parecía un espectro, o una aparición triste deambulando en la banqueta. ¿Qué habrá estado escuchando? ¿Ruido? ¿Las risas metálicas del radio? Plap, plap, plap, un sonido agudo y constante. No podía sacar el sonido de las llantas de mi cabeza. Cada vez que un auto pasaba a mi lado, sentía un escalofrío en la espalda.

Después de un tiempo, mi estómago comenzó a hacer ruido; se encorvaba sobre sí mismo, reclamaba comida, a pesar de las náuseas. Intenté ignorarlo, pero la debilidad del cuerpo me condujo hacia un Oxxo. Compré un burrito y una coca y salí para evitar la luz blanca y el zumbido de los refrigeradores. Volví a sentarme en el coche. Abrí el paquete de plástico. El calor se extendió hasta mis palmas. Sostuve la comida con ambas manos y la empujé hacia mi boca. Masticar, masticar, tragar, mi cuerpo vivo pidiendo más y más desde el fondo de la boca, desde el centro del estómago.

Luego seguí manejando porque era lo único que sabía hacer, porque para ese avanzar mecánico uno no tiene que entender ni decir nada. Di vueltas por las avenidas no sé durante cuánto tiempo. No lo medí; pasaba delante mío como una guillotina. Los faros del coche empujaban las sombras de ciertos peatones solitarios, alargaban el perfil de algunos animales furtivos. Me movía dentro de un túnel o un desnivel con paredes cada vez más estrechas, más oscuras, cayendo sobre mí, aplastándome el pecho. Y todavía el maldito calor entrando por las ventanas. Me dieron ganas de parar el coche y correr, correr y correr como cuando era niño y todo era un juego, las actuaciones y los enemigos y los raspones en las manos. Pensé en los charcos de gasolina y en los puentes, y mejor seguí manejando.

Estaba por amanecer. Al llegar a casa, distinguí una franja ligeramente amarilla en el horizonte. Saqué mi celular para ver la hora. Pepe me había estado llamando. También me mandó una serie de mensajes: ya llegué, tío, dónde anda, tío, todo bien, vengo otro día. Estacioné el coche y me puse a caminar y a escuchar las piedritas del asfalto traquetear bajo mis pies. Los árboles rozaban sus ramas y sus hojas contra las paredes de las casas. Todos dormían, menos los perros y los pájaros.

Al llegar a la esquina levanté la mirada hacia la puerta de la iglesia. Siempre pasaba por ahí, diario, pero nunca me había fijado de verdad en ella. Era, para mí, un edificio más, donde se ponen los esquites y entran las familias los domingos. Cuando pasó lo de mi esposa, su familia se hizo cargo del velorio y yo me fui a trabajar, con el radio y las voces de los clientes y los cláxones. Después de ese día, sólo Pepe había seguido llamándome. Ahora el edificio estaba ahí, iluminado y abierto, en calma. Dudé un poco y luego crucé los grandes portones de madera. Algo me hizo caminar hacia allí, una búsqueda. Nunca lo hacía, pero esta vez sí, quién sabe por qué. Al entrar no esperaba que el sonido de mi garganta aclarándose hiciera un eco tan pronunciado. El aire también se sentía distinto, más suave, más fresco. En la última banca había una señora buscando algo en su bolsa. Tenía un rosario colgando de la mano que la sostenía. Volteé a ver las paredes, desde las que me observaban imágenes de personajes con gestos misteriosos, seguramente santos, y luego me quedé mirando las lucecitas rojas atrás del altar. Un muchachito de túnica salió y empezó a mover unas sillas que estaban en la tarima. Qué altas son las iglesias.

Me senté en la banca del centro y luego junto a mí pasó un señor, ya grande, que fue a sentarse hasta adelante. Caminaba lento, y cada vez que pasaba una fila de bancas, se recargaba en una y hacía rechinar la madera. Me fijé en las flores que decoraban el pasillo. Apenas tomó su asiento, empezó a toser. Desde el mío alcancé a distinguir la tela de su saco, una lana café, vieja y deslavada, y no pude evitar pensar en lo solitario que es el acto de vestirse por las mañanas: elegir un saco, un pantalón, un listón, y verse al espejo, pasar las manos por la ropa y alisarla y esperar que los otros nos vean sabiendo que, quizás, sólo veremos ese espejo todo el día.

Alcé la cara hacia el altar. Luego me hinqué porque supuse que eso tenía que hacer.

Hay que rezar por ella.

Cerré los ojos, pero había mucho ruido, todavía, el maldito ruido, bla, bla, bla, y las estructuras rechinando y los pasos, Muévete, cabrón, y las llantas en mi cabeza. Ya cállense, cállense todos.

Intente recordar, señor, nos arreglamos.

No, eran voces distintas. También estaban las voces del radio. ¿Cuál radio? El de los policías. Esas voces no se reían; eran números y ruido blanco. Las otras, bla, bla, bla, como ruido blanco, ¿cuánto sería? Y luego las risas. Todas las voces sonaban igual. ¿Quién decía qué? Cállense. Por favor.

Abrí los ojos. El señor de enfrente se había quedado dormido y ahora estaba roncando. Miré las imágenes en las paredes, buscando no sé qué respuesta, luego la luz que atravesaba los vitrales de la cúpula. La señora de la banca del fondo ya no estaba ahí. Se había levantado y ahora caminaba lentamente hacia la figura de una virgen. Aunque la señora era vieja, supe que su marcha pausada confesaba respeto. No, esa no es la palabra, eso no era lo que nos unía. Se hincó frente a las rosas amarillas a los pies de la figura con una veladora entre las manos. La agarraba con firmeza, tal vez para no caerse. La prendió con otra de las que ya estaban sobre la mesita y la puso con cuidado en la superficie de mármol, sin hacer ruido. La luz oscilaba en sus facciones y después subía por la falda blanca y el cinturón azul celeste de la virgen hasta alcanzar las manos unidas frente al pecho. Pensé en el movimiento del oleaje y en el nuevo, pero el recuerdo de su rostro se detuvo cuando la señora bajó los párpados y empezó a rezar. Sus labios se movían y ningún sonido salía de ellos, pero lo que pronunciaban tenía un significado, o, más bien, envolvía a aquello que en apariencia no lo tiene. Su semblante era tranquilo; parecía que nada más importaba, que no había nadie más en la iglesia ni en la calle, ni siquiera ella, ni siquiera yo. De nuevo todo se detuvo: los pasos y las bancas. Ella movía los labios, una y otra vez y ese silencio se posaba sobre los desniveles y los postes, se desbordaba sobre las calles del pasado y los puentes, y cuando alcanzó mis músculos exhaustos, me pareció observarla a través de un vidrio limpio y claro que comenzaba a deshacerse y que yo no podía tocar.◊

 


* MARIANA SIERRA

Es narradora y ensayista. Actualmente es becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas.