Los niños que van a morir

 

SOCORRO VENEGAS*

 


 

Dos niños de la noche, terribles, expulsados del cielo,
cuya infancia era un robo de barcos y un crimen de soles y de lunas.
Duérmete. Ciérralos.

Rafael Alberti

 

 

Miro su fotografía, sus siete, ocho años. No tiene pelo. Sus ojos son negrísimos, como hundidos en algo que nunca alcanzaré a atisbar siquiera. ¿Se preguntaría por qué sus dos hermanos no estaban, como él, en el hospital…?

¿Cuáles son las preguntas de un niño enfermo?

Es obvio que en su sangre había algo que no estaba en la mía. Y resulta necio querer saber por qué.

Recuerdo los vestigios de la enfermedad, los moretones en sus manos, signos dejados ahí, como al descuido, por las agujas que le introducían, a fuerza, la vida. Se quitaba la camisa y nos mostraba la espalda. O extendía las manos. Esas marcas abrieron un camino hacia el asombro. Y nos asombraba el valor del hermano pequeño, de cinco años. Pero no era eso. No era valentía, sino el niño que no se da cuenta. Que no puede saber que ya visitó muchas veces el maldito hospital. Le es tan familiar, con el tiempo. Con el tiempo se convierte aquello en otra casa. La casa de uno no se visita.

En los últimos días, cuando él mismo rogaba que no lo llevaran al hospital, la madre corrió desesperada a una iglesia. No sabía qué hacer, sólo en su mente llevaba la imagen del niño en la cama, flaco, el ojo hinchado que ya no se abría. Estaba perdido. Eso era todo, la verdad se le rompía en el cuerpo, le reventaba bajo las uñas.

La madre tuvo la fuerza necesaria. Estuvo siempre a punto. El derrumbe la acechaba. Y esa noche fue a cantar alabanzas a un dios que no la miraba a los ojos. Clavado en su cruz, veía el suelo. No le dio la cara, no la miró.

Mientras tanto, él se dolía ya casi sin dolor y sin cuerpo.

Los tres esperábamos que volviera de la iglesia con el frasco de agua bendita que fue a buscar. Nosotros, los dos niños sanos y el enfermo.

Entonces, para aliviar el dolor de la espalda del pequeño, planchamos pedazos de tela. El calor de los trapos mitigaba el relámpago que llegó a habitarlo. Era muy noche. Yo planchaba y le colocaba el lienzo. Después lo hacía el otro hermano. Nos relevábamos para cumplir con una tarea que nos angustiaba: aliviarlo. Acomodamos en el suelo algunas almohadas. Uno planchaba y el otro se recostaba para descansar. Qué calor hacía ahí, con nosotros encerrados en el cuarto, la plancha caliente, el enfermo largo, huesudo, acostado boca abajo. Un infierno de nada. Una reunión de niños que juegan, cambian los papeles, se convierten en padres, en ángeles protectores. El hermano menor pedía silencio. Para eso, sólo pronunciaba una palabra. Y fue la única que le escuchamos durante sus últimos días. Decía por favor.

Por favor

aquí

quiero

quedarme

Pero se lo llevaron. Era precisa la vuelta al hospital, aunque él no quisiera porque ahí ya no iba a encontrar a su amiga. Alguien le había asegurado que la habían dado de alta, y él reconoció la mentira.

Otra vez en la cama de terapia intensiva. Sueña con la niña que estaba en el cuarto de al lado, ahora vacío. Ahí donde sólo duermen los niños que van a morir. Sabe que está muerta. Ella a veces lo llamaba a gritos, cuando ya no podía levantarse, para decirle: Se oye música, ¿habrá una fiesta otra vez? ¿Traerán regalos?

Estoy segura de que después la madre rozó la locura. Tenía la idea de que su hijo nacería otra vez. De que saldría al mundo con otro cuerpo. Y pensaba que lo reconocería. Miraba ansiosa los rostros de los bebés, escrutando, buscando su milagro.

Madre, estoy escribiendo la historia de mi hermano. Dicen que aquí la primavera dura eternamente. Él conoció estas tardes, llenas de sol, de aire vivo. Él estaba vivo. No sé por qué hago esto, y no puedo evitarlo. Me he levantado varias veces, como quitándome de encima vestidos que no sabía que vestía. Y regreso aquí, a continuar.

Madre, cuántas veces parpadeaste cuando lo viste muerto, envuelto en una sábana, aún tibio. Horrorizada porque no estabas con él, ya nadie estaba con él. ¿Cómo fue la última vez que te habló? ¿Es verdad que soñó a un payaso que lo amenazó con llevárselo? Tenía miedo. ¿Cómo era mi hermano, mamá? ¿Nunca has pensado en por qué fue él y no yo o mi otro hermano? Me he preguntado muchas veces qué tenía su sangre que no estaba en la nuestra. Y no sé. Por eso escribo, porque no alcanzo una razón.

Lo de él pudo ser mío.

Tú te quedaste partida, como árbol de monte que conoce la devastación. Te quedaste sin hijo, te arrebataron todo lo tuyo. Después, renunciaste de verdad a tu dios de mirada esquiva.

Antes no recordaba el principio de la enfermedad. Ha sido necesario indagar más para saber que una madrugada despertamos con sus bocanadas de sangre. Y ésa fue la señal definitiva que dejó el asesino en nuestras vidas. Como en mi sueño, en el que alguien mata a todos y a mí me deja, viva y culpable.

Ése es mi sueño. Y en él, mi hermano menor es una víctima más de la mano invisible. Una pesadilla monótona. El asesino me mata una y otra vez en la gente a la que amo. Muero todas esas veces. ¡Y el hermano menor! Lo acompaño hasta el final.

Un crimen impune.

El trazo firme de la ausencia se dibujó en nosotros.

Los dos niños que quedamos, a punto de terminar la primaria, lo lloramos.

No es bueno que un niño llore la muerte, no debe saber eso, mucho de su mundo puede acabar ahí. Lo hicimos, quizá, imitando a los demás. O por miedo. Y cambiaron muchas cosas: fuimos capaces de preparar solos nuestro desayuno, de cumplir con los deberes de la casa y la escuela sin que nadie nos lo pidiera. Nadie nos lo pedía. Quien tenía ese poder ya no tenía ninguno. Su luto fueron los ojos con los que nos vio crecer.

No sé si el amor es así, pero hasta hoy, lo único que se ha quedado para siempre, lo que no saldrá jamás de mi cuerpo, es el dolor.

Es eterno.

Y cuando yo muera, después de mí, seguirá su camino.

El dolor se insinuaba. Mostraba su tristeza.

No se fue nunca.

Porque ya dije que es lo único que se queda, para siempre y para después.

 


* SOCORRO VENEGAS

Es escritora y editora. Actualmente es directora de Publicaciones y Fomento Editorial de la Universidad Nacional Autónoma de México.