La violentología mexicana

 

SERGIO AGUAYO*

 


 

Historia mínima de la violencia en México.
Pablo Piccato.
México, El Colegio de México, 2022, 313 pp.

 

Las violencias mexicanas han provocado avalanchas de discursos, programas, reportajes, libros y series, aderezadas y reforzadas con chubascos de comentarios en las redes sociales. En ese fenómeno se ubica la Historia mínima de la violencia en México de Pablo Piccato (El Colegio de México, 2022), en la que lo único mínimo es el título. Es una obra ambiciosa porque ofrece una explicación panorámica y coherente de una parte integral de la vida mexicana. Empieza en la Revolución mexicana, sigue con las guerras cristeras, dedica bastante espacio a la guerra sucia y desemboca en las guerras del narco, mientras intercala el papel desempeñado por las mujeres en sus permanentes luchas contra los patriarcas mexicanos.

Uno de los aspectos que me resultaron más atractivos es la disposición del autor a enfrentar mitos arraigados. Lo ejemplifico con la violencia política de la guerra sucia, una etapa que inició con el ataque al cuartel de Ciudad Madera, Chihuahua, el 23 de septiembre de 1965, y concluyó alrededor de 1990. Piccato condena sin titubeos la represión desencadenada por el Estado, pero está dispuesto a revisar críticamente los razonamientos y los métodos de las organizaciones guerrilleras. La actitud revisionista se expresa claramente en dos frases. En la página 209 se pregunta si es válido utilizar el concepto de “guerra para caracterizar estos años”. Hacerlo, añade, es “aceptar una metáfora usada por guerrilleros y gobierno que revela más la relación simbiótica entre ellos que un verdadero estado generalizado de conflicto”. En la siguiente página, reescribe la hipótesis cuando asegura que los enfrentamientos se desencadenaron porque “confluyeron dos concepciones sobre el legítimo uso de la violencia”. En un bando estaban los dispuestos a morir en el altar revolucionario y en el otro los que torturaban, secuestraban y desaparecían para defender la preservación de un régimen autoritario.

Estas bombas de fragmentación conceptuales permiten anticipar que el texto de Piccato está preparando el terreno para la discusión que despertará el informe de la Comisión para el Acceso a la Verdad de la Guerra Sucia, creada en 2021 por el gobierno de Andrés Manuel López Obrador. Conociendo el compromiso con la verdad de los cuatro comisionados que están trabajando pro bono, la obra levantará ampollas porque hay indicios de que documentará la responsabilidad de las dos partes.1 Quienes integran esa comisión representan a los gremios que más se han interesado en estos temas. Activistas, religiosos, periodistas y académicos están enrolados, sin ser conscientes de ello, en la escuela mexicana de violentología. Piccato hace mención de quienes guardan distancia frente a la caricaturesca dicotomía de perpetradores y víctimas, y que abrevan de la Colombia de los años ochenta, cuando una generación de académicos defendió la tesis de que “en el país no había sólo conflicto armado, sino múltiples violencias”.2 Otro rasgo que comparten los mexicanos con los colombianos es el deseo de hacer investigación aplicada, es decir, pensada para influir sobre la realidad con una perspectiva civilizatoria (eso que en Italia llaman civiltà, o la civilidad opuesta a la barbarie).

Esta actitud cuestionadora tal vez venga de las dos principales motivaciones de los académicos que han investigado algún aspecto de la guerra sucia. Los padres de Piccato —me cuenta— se vieron obligados a abandonar Argentina en 1976 para huir de la dictadura militar que ensangrentó su país. Piccato continuó la forja de su sensibilidad hacia la violencia en un lugar apropiado: la Ciudad de México de los años ochenta. Otro caso es el de Alicia de los Ríos Merino, una joven académica chihuahuense que tiene que conciliar el rigor académico con la herencia de dos padres guerrilleros a los que jamás conoció. Enrique Pérez Mora murió en combate en junio de 1976 habiendo dejado embarazada a su pareja, también guerrillera, quien, cuando dio a luz, entregó a su hija a la familia y regresó al combate. La desapareció la Dirección Federal de Seguridad en enero de 1978. La segunda afluente de esta corriente son los investigadores que llegan con otros enfoques y motivaciones. Al historiador Ariel Rodríguez Kuri, de El Colegio de México, lo empujó su interés por “el conflicto en todas sus formas” y su fascinación por la historia militar. Verónica Oikon Solano, de El Colegio de Michoacán, se acercó para entender cómo se imbrica la violencia estatal con el “entramado del autoritarismo”.

Otro aporte del enfoque adoptado por Piccato en su libro es el esfuerzo por ver la violencia de una manera integral. Esto significa que el auge en el siglo xxi de la criminalidad organizada tiene como nutrientes las violencias de la Revolución y de la guerra sucia; eso explica la costumbre compartida por represores y sicarios de desaparecer a personas. Otro tipo de conexiones aparecieron porque la guerra sucia impulsó la transición política que ha posibilitado la libertad de expresión e investigación, lo cual permite la investigación y la difusión sobre las múltiples violencias que caracterizan la vida en México.

Estos últimos nexos están cargados de contradicciones. Una de las grandes paradojas del gobierno de la 4T es que, por un lado, crea y financia una Comisión para el Acceso a la Verdad de la Guerra Sucia, mientras que, por el otro, acosa a periodistas, académicos y activistas independientes que han mantenido el interés en el tema durante décadas. Al mismo tiempo, reduce drásticamente el presupuesto del Archivo General de la Nación, que en 2018 fue de 228 millones de pesos y en 2021 de 130.3 Estas contradicciones podrían resolverse o atemperarse si se adoptara el enfoque propuesto por Piccato: conceptualizar la violencia de manera integral y con una perspectiva de largo plazo. La violencia criminal del siglo xxi se entiende mejor si entendemos sus raíces en la Revolución mexicana y en la guerra sucia de la centuria previa.

Para que este enfoque se generalice, es necesario que los académicos asuman el liderazgo al aprovecharse de un hecho poco abordado: los criminales persiguen a los incómodos periodistas y activistas que iluminan sus violaciones a los derechos humanos, pero ignoran a los académicos y académicas que aprovechamos la libertad de investigación existente para profundizar en investigaciones sobre el peso de la violencia en la historia mexicana. Desde esa perspectiva, el libro de Pablo Piccato es una invitación a la adopción de una metodología propia de la escuela mexicana de violentología, que tendría como resultado lógico un brinco de historia mínima a historia general de la violencia mexicana.◊

 


 

1 Los comisionados son Eugenia Allier Montaño, Abel Barrera Hernández, David de Jesús Fernández Dávalos, Aleida García Aguirre (renunció en 2022) y Carlos Alfonso Pérez Ricart.

2 Semana, “Los violentólogos”, 14 de septiembre de 2007.

3 Información recabada de los Informes Anuales del Archivo General de la Nación.

 


 

* Es profesor-investigador del Centro de Estudios Internacionales en El Colegio de México, licenciado en Relaciones Internacionales por esa institución,  y maestro y doctor en Relaciones Internacionales por la Escuela de Altos Estudios Internacionales de la Universidad Johns Hopkins. Coordina en El Colegio de México el Seminario sobre Violencia y Paz. Entre sus más recientes publicaciones en El Colegio de México están Violencia criminal y coronavirus. Miradas desde el periodismo de investigación (2022), “Reconquistando” La Laguna. Los Zetas, el Estado y la sociedad organizada, 2007-2014 (2020) y El yugo Zeta. Norte de Coahuila, 2010-2011 (2017).