All people are legal. Piotr Pietrzak / Polonia / CNDH - 14ª BICM 2016

Imágenes de la sincopada migración

Las formas de la migración son muy variadas: se desplazan ricos y pobres, mujeres y hombres, jóvenes y viejos, letrados e iletrados… Sus razones son también diversas: laborales, económicas, políticas, sociales, familiares… Alain Derbez describe aquí un tipo peculiar de migrantes: los músicos, en particular los jazzistas. Y no sólo los que salen del país; también los que entran.

 

ALAIN DERBEZ*

 


 

Convengamos: jazzistas y mexicanos de distintas generaciones los hay que salieron para quedarse; los hay que se van o se fueron una temporada; los hay también que salen seguido a temporadas, entre otras actividades (las menos), para tocar jazz; los hay igualmente que se despiden con tan pregonada como ilusionada jam-session (coperacha para el viaje) y, luego de un lapso, ya corto, ya largo, se reinsertan en la escena local como quien nunca adiós hubiera dicho y tuviera esa palabra lista para la próxima, que ahora sí “será la buena”: “Start spreading the news Sobre ellos —unos cuantos, al menos (¡guay del tintero con sus escondrijos!)— algo averiguarás aquí, aunque nunca lo suficiente. Siempre hallarás más interrogantes que conclusiones (luego entonces, acicates, más que asideros, para que le sigas a la indagación)…

¿De qué y por qué se van y se han ido? ¿Y por qué no se devuelven? ¿Lo consideran siquiera? ¿A qué volver al terruño hoy, sin dejar, en todo caso, un pie en el estribo? ¿Cuántos hay que se fueron a estudiar a escuelas allá y se quedaron muchas veces dando clases en las mismas aulas donde alguna vez las recibieron? Pienso en el vibrafonista Víctor Mendoza (1955) estudiando en Boston, luego impartiendo clases ahí mismo, en Massachusetts, y ahora profesor en Valencia, España, y, por supuesto, me viene a la mente la fallecida cantante y compositora Mili Bermejo (1952-2017), también alumna y luego maestra, por décadas, de la Berklee School of Music. ¿Cuántos egresados hay de la carrera de jazz en México, impartida ya en estos casi fabulosos veinte del xxi en varias instituciones (las coyoacanenses Escuela Superior de Música de Bellas Artes y la independiente Escuela de música dim, la Universidad Veracruzana, la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas, entre otras) y cuántos lugares hay en cada entidad, para, pagado, tocar con enmarcado y colgante pergamino de licenciado o no? ¿Cuántos sigue habiendo que atienden el changarro —porque ni se lo plantean, ni hay por qué (aunque la burocracia de pronto se ponga sus purgantes moños)— sin título de farmacia que proclame su profesionalismo en lugar de la frase “nomás date el chance de oírme”?…

Y, si así están las cosas, entonces —piensa el curioso— ¿por qué (migración inversa) los hay que, jazzistas foráneos, vienen y han venido a hacer de México su patria y escenario desde distintas partes del mundo? ¿Qué puede atraerlos? ¿¡La escena mexicana de jazz!?… ¿El brinco del Bravo al Grande luego de horas sombra, costal y pera en el gimnasio? ¿La búsqueda de algo precisamente contrario a lo que el “sueño americano” decide que es el panorama del jazz allá? Y aquí me vienen nombres, desde distintas épocas, como los de los argentinos Hernán Hecht, Jorge Christians y Nicolás Santella; el guatemalteco Freddy Manzo; el canadiense Ken Basman; los cubanos José Novo, Gabriel Hernández, Fernando Acosta, Osmany Paredes, Ricardo Benítez, Humberto Cané y Chico O’Farrill; los italianos Paolo Marcellin y Franco Etti; el dominicano Waldo Madera; el alemán Frank Forke; el austriaco Stephan Oser; el suizo Andreas Luscher; la finlandesa Hanna Hippaka; los estadounidenses Nan Redi, Robert Mann, Savoir Faire, Peter Smith, Todd Clouser, Maya Burns y Joe D’Etienne; los brasileños Joao Henrique y Marcos Milagres; los chilenos Jaime Ferrada, Christian Mendoza y Gabriel Puentes; los franceses Micheline Chantin, Marc Fabbricatore, Gwenael Micault y Nathalie Braux; la irlandesa Louise Phelan; la haitiana Sylvie Henry; los polacos Jakub Dedina y Zbigniew Paleta, y muchos más etcéteras con sus particulares historias.

Otra pregunta hay que hemos de aunar o reservar para otro escrito: ¿Se nota en su entorno, y dentro del ámbito musical, su mexicana presencia de jazzista? ¿Suena “lo mexicano”, si es que hay algo que suene así? ¿A alguien de los involucrados le tiene con pendiente? (y aquí remito a mi ensayo “Jazz: Localidades no agotadas (Una lectura a brincos entre el jazz y la identidad aquí)”, vol. i de Culturas musicales de México, publicado en 2018 por la Dirección General de Culturas Populares). ¿O, acaso, más allá de “ismos”, el asunto es compartir un sonido, un concepto, un estilo, una propuesta única de escuchar la música y de verterla y compartirla en forma original, algo que nadie más tenga para ofrecer y por ello puede tornarse atractivo en cualquier escena del mundo? Pensemos en el argentino Gato Barbieri, el cubano Chano Pozo, el brasileño Hermeto Pascoal, el belga Django Reinhardt, el noruego Jan Garbarek, el nigeriano Fela Kuti, el canadiense Oscar Peterson o el mexicano Antonio Sánchez…

Leamos, para sacudir el hábito de nomás andar de preguntones, la dosificada respuesta que desde Bélgica me dio el jazzista Luiz (con zeta al final) Márquez en 2005: “Te comento que tengo más o menos 21 años viviendo en Europa. Llegué buscando espacios para expresarme, pues veinte años atrás en México no existía el movimiento que se tiene hoy día. Así, sin darme cuenta, el tiempo pasó y, al voltear la cara, han transcurrido ya dos décadas de mi vida. ¡A Dios gracias, sigo vivo y en la búsqueda!”.

¿Quién es este saxofonista, flautista y armonicista que —en flamenco, inglés o francés— anuncia sus conciertos como “etno-jazz”? Leo lo que escribí en El jazz en México: “Luis Gerardo Márquez, conocido también como El Nagual, nació el día Matlactli Ihuan Yei Actl del año Yei Tochtili (29 de diciembre de 1954) y forma parte del grupo Árbol y de la banda Ebbó que participó en el, para muchos, bienintencionado pero malogrado Concurso Nacional de Jazz que en los años ochenta organizaron la unam y la uam”. También leo la opinión sobre los resultados del concurso, del jazzófilo, escritor y maestro Evodio Escalante:

Una muestra fehaciente del subdesarrollo jazzístico del país fue el resultado del primer y último Concurso Nacional de Jazz. Todo había sido un éxito de organización y de público; parecía cundir un estimulante entusiasmo entre los músicos y entre los oyentes de jazz, que entre paréntesis ya no son una simple minoría, cuando para dar al traste con la fiesta un par de jurados de nefasta memoria se coluden y manipulan la votación final […] con resultados de desastre, pues estos votos en contra hicieron que el puntaje mayor, y por lo tanto el primer lugar, lo obtuviera el grupo definitivamente más mediocre y más conformista de cuantos habían entrado al concurso.

Márquez radica en Bélgica desde esa década en que, enamorado de la coreógrafa belga Kristel Stefens, decide migrar a Gante, donde —escribió Antonio Malacara en La Jornada— “empieza a abrirse paso sin ceder una sola micra en sus convicciones musicales y artísticas”. En Bélgica tocó primero con el grupo One race, con el que grabó el disco El Coyote, y en los noventa fundó el grupo Mezcal, en el que fusiona jazz y blues con música autóctona de su país”.

Desde su partida, Luiz se da sus vueltas, pero no se queda de este lado del Atlántico. Mantiene el contacto, eso sí. En mayo de 1995 —se leyó también en el diario La Jornada— toca en el Museo de El Chopo de la Ciudad de México con Mezcal; para el año 2002 se echa la “paloma” en la presentación, con concierto incluido, del mentado libro en la sala Carlos Chávez de la unam. Diecisiete años después (octubre de 2018), acabamos de tocar a dueto de saxofones soprano una larga improvisación pública en el gantés Taller de Américo y continuamos nuestra conversación a saltos alrededor de los proyectos a futuro, las nostalgias, las presencias, las realidades:

Mira que sí me encantaría regresar a México. Ya es mucho tiempo fuera y sigo extrañando mucho de sus colores, sabores, olores, ¡sus sonidos! No puedes imaginar el desterrarte por accidente, en este caso el amor. ¡Es loco vivir con el corazón partido en dos!… En fin, mientras tanto, volveré un rato en el 19, porque preparo la salida de un par de álbumes. El primero sería con un disco recopilación en la compañía mexicana Pentagrama, con diferentes piezas de los compactos que he sacado en Bélgica. Con esto realmente presentaría mi trabajo en mi país, ya que no me conocen. También estoy en la producción de un nuevo álbum que saldrá primero aquí y, dios mediante, el año próximo en México.

Volver y no quedarte, o quedarte para qué. ¿Para que “te conozcan”? ¿Para sumarte a la fila de aspirantes a conseguir “toquines”? ¿Para reafirmar un panorama promisorio? ¿Tendría Luiz más oportunidades de expresión y empleo que las que tiene un mexicano jazzista como él en los Países Bajos, o como su hijo Renato (belga y mexicano), ya de 33 años, guitarrista, violinista, percusionista?:

Mi hijo —detalla Luiz— se incorpora a mi banda cuando era muy niño. Una vez había problemas porque el percusionista no llegó y no encontraba a nadie para el estilo que estaba haciendo y Renato dijo que él podía tocar. Como siempre andaba de latoso con los instrumentos, y asistía a todos los ensayos, pues ya se había grabado todas las rolas y salieron de volada. Luego ya comenzó con la guitarra, y más tarde el violín en el Conservatorio Real de Gante, y se graduó como violinista de jazz. Cuando él tenía ocho años, ya tocaba lira en las calles con bastante éxito, porque cantaba y tocaba blues onda Elmore James y Robert Johnson, y también unas rolitas suyas muy graciosas. Como estaba muy chiquito y cantaba y tocaba muy bien, causaba admiración. Ahora es músico de sesión, arreglista y productor, y toca por todo el mundo acompañando. Nunca tocó con chavos de su edad —remata Márquez—, siempre con viejos, y por eso le crecieron los colmillos rápidamente.

¿Se plantearía Renato Márquez radicar en México? ¿Qué opciones tendría? ¿Las tienen ahí, muy cerca, en Holanda, el baterista duranguense, hermano de Evodio, Arturo Escalante? ¿El saxofonista Tobías Delius, holandés nacido en Inglaterra, que estudió en el taller de Jazz de la Escuela Superior, dirigida por el pianista Francisco Téllez? ¿Qué ofrecimiento haría volver a México al baterista, miembro fundador de la Banda Elástica mexicana (otro grupo con ese nombre y un concepto radicalmente distinto existe en Argentina), Rodolfo “Fito” Nava, radicado hace décadas en algún rincón de Escandinavia? ¿Volvería a este país a intentar hacer jazz-rock entre el free y Frank Zappa? ¿Lo haría Francisco (hijo del multiinstrumentista, gran jazzista guerrerense, Macario Luviano), quien se ha consolidado como un reconocido bajista de jazz en Toronto, donde radica desde hace décadas? ¿Lo consideran entre sus planes a mediano plazo el contrabajista coahuilense Carlos Maldonado, fundador del grupo Los Dorados y quien estudia en Montreal, o el bajista Enrique Toussaint (1954), miembro fundador de Sacbé, radicado en Minnesota desde hace décadas, o el baterista Rodrigo Villanueva, que desde Illinois visita México ocasionalmente, acompañado de grandes figuras como el contrabajista puertorriqueño Eddie Gómez, o el también bajista Abraham Laboriel (1947), afincado en California y en Manhattan, o la cantante Magos Herrera, el violinista Carlo Nicolau, el trombonista Rey David Alejandre o el baterista Carlos Cervantes?

Ha pensado abandonar Barcelona —antes radicó por años en Polonia— el pianista y compositor Mark Aanderud (1976), con quien la doble letra A me obligaría a empezar, si un listado alfabéticamente ordenado de jazzistas mexicanos idos a vivir al extranjero armara. ¿Por qué dos de los miembros de Sacbé, Eugenio (1954-2011) y Fernando Toussaint (1957-2017), más tarde o más temprano regresaron a México, y el otro hermano, el bajista, Enrique, decidió quedarse a vivir en Estados Unidos? “La gente —declara Enrique— piensa que porque estamos en Estados Unidos ya la hicimos. Eso no es cierto. Ahí está tan duro o más que aquí. No es fácil vivir haciendo jazz”.

¿Por qué, luego de cuatro años de tocar en cruceros por todo el mundo, tras haber salido de México, decidió el pianista Alex Mercado (1974) regresar a su país para echar a andar lo que hoy es una visiblemente destacada carrera jazzística aquí, y que ya comienza a ser reconocida en varios de los países que en aquellos barcos visitara? ¿Por qué, luego de su solidaria huelga de hambre y de su autoexilio en California y Texas, la pianista Olivia Revueltas decidió, décadas después, regresar a radicar a la Ciudad de México? ¿Cuál fue el destino del legendario saxofonista Ramón Negrete, gran músico que, ido a Estados Unidos hace décadas, se perdió en la bruma del rumor y el mito? ¿Trocaría hoy el joven baterista y cantante Israel Varela la península italiana, donde vive, por regresar a hacer su jazz a la península bajacaliforniana, donde nació? ¿Volvería a radicar el saxofonista Gerry López, tras haber probado las mieles del triunfo en París (2012), en su natal Ciudad Juárez?

“¿Lo harías tú? —le pregunté en 2005 al baterista Antonio Sánchez, la figura mexicana que hoy por hoy es el jazzista nacional más connotado en el panorama mundial—. ¿Regresarías a México para quedarte?”. Y Antonio (¿Ya viste, ya oíste la película Birdman? ¿Has escuchado a la banda de Pat Metheny últimamente? ¿Ya tienes tu disco de Migration de Bad Hombre?) respondió algo que, catorce años después, en el 2019, podría leerse como si estuviera fechado hoy: “Pues realmente creo que por ahora no. Estoy bien encaminado en la escena internacional, así que por ahora no regresaría. Pero no descarto la posibilidad en el futuro. Creo que ahora mismo sería un error”…

¿Qué contesta Hugo Fernández, guitarrista que en 1995 se fue (la primera de dos largas estadías) a estudiar jazz en Estados Unidos, y que en 2006 se mudó a España con todo y familia, y que en la actualidad radica en Berlín, Alemania, luego de haber grabado en 2015 el cd Cosmogram, al lado precisamente de su compatriota Sánchez?:

En el momento en que me fui a Madrid yo ya sabía que ya no radicaba en México, aunque sé también que la genética y todo es mexicano; y si bien no estás de cuerpo presente, nunca lo dejas completamente (Hugo vino a tocar al Festival Cervantino en 2017). Quizá volvería algún día para quedarme, pero por ahora lo veo demasiado lejano. Tal vez cuando me encuentre ya un poco más satisfecho en la búsqueda de todo esto que he tratado de hacer estando lejos. Tal vez…

Y vayamos a esa otra migración, con un botón de muestra desde el Cono Sur. En 2018 platico una vez más con Gabriel Puentes, dedicado baterista todoterreno, nacido en Santiago de Chile, que en 1999 llegó a México tocando rock, con 23 años recién cumplidos —algo similar ocurrió con otro gran baterista, el argentino Hernán Hecht— y que, conseguido el permiso de trabajo para un año, y tras participar (Lucha de gigantes en cover de Nacha Pop) en la pista sonora del filme Amores perros, de Iñárritu, decidió quedarse a radicar porque “ya estaba metiendo mis tentáculos en la escena del jazz y conocí a muchos músicos de altísimo nivel que me hicieron considerar: aquí puedo tocar, aquí puedo aprender y, si bien no hacerme rico, sí llevar un paso digno”. Hoy, a sus 41 años de edad, Puentes, quien terminó la carrera de Literatura en la Universidad Católica chilena y lee diariamente al poeta Nicanor Parra, es maestro en la escuela LaFaro de jazz, fue el primer jazzista chileno en tocar en el Lincoln Center y es uno de los bateristas más destacados en la escena mexicana, dueño de una amplia discografía como acompañante (con Eugenio Toussaint, con Alex Mercado, con Pancho Lelo de Larrea, etc.). Además, tiene dos compactos como líder: Simple (grabado a trío y editado en Barcelona en el 2000) y No somos dos (dueto grabado en el 2017 con el pianista argentino, radicado en Nueva York, Leo Genovese), donde el jazz libre, al igual que Nicanor, están más que presentes en piezas como Ubi Sunt, El Gaucho Martín Fierro, Don Nica’s Dream y Jazz Ain’t Nothin But Antipoesía:

Yo estudié literatura, quería ser profesor, aunque siempre toqué, desde chico. No tengo en la familia antecedentes muy musicales, no del lado materno. Mi papá tenía uno de sus grupos, donde guitarreaba. Crecí con mi madre y mi hermana, y oíamos cosas de rock, como Iron Maiden, lo mismo que pop del estilo romántico italiano como Cocciante o Rafaela Carrá. Crecí con esa falta de prejuicio. Yo escuchaba con el mismo amor, lo mismo eso que a Charly García y a Violeta Parra o Víctor Jara o Los prisioneros. Nací en la dictadura, tenía como trece años con el regreso a la democracia. En mi infancia, realmente no había conciertos, la censura era durísima, y también había un control de la Iglesia sobre quiénes se podían presentar en Chile, o no. Cuando llegó la democracia, por un momento hubo la esperanza de que la cultura iba a regresar, pero entró la globalización onda Mac Donald’s, y hasta ahí. Se dieron cuenta: la música pone a la gente a pensar y a fijarse en cosas en que no debía fijarse. Mi primera referencia del mundo del jazz fue a través del jazz rock, cosas de fusión como la Mahavishnu Orchestra, la batería de Billy Cobham, luego también la de Tony Williams. Me encantaba esa combinación de sonido poderoso con la improvisación. Yo no le hacía feos a la música comercial, oía a Police lo mismo que pop de clóset. No me gusta la idea de ser policía del jazz y pocas son las ocasiones en que, tocando o grabando algo de pop o folclor, o cualquier hueso, me pregunte: ¡¿Qué hago aquí?! Me iba bien en Santiago. No me vine huyendo de nada, pero entendí que México era una apuesta mayor. Chile está muy aislado, muy lejos de cualquier parte. Hay una escena saludable de excelentes jazzistas. Gente como La Marraqueta, el bajista Christian Gálvez, el guitarrista Nicolás Vera, con quien sigo tocando cuando regreso. Pero en Chile no hay muchos lugares, y tampoco hay hueso; no está esa posibilidad laboral que permite que tantos músicos vivan más o menos bien, digamos, como acá.

En esa otra migración, la de allá para acá, más casos como el de Gabriel Puentes resultan atractivos. Averiguar por qué, por ejemplo, un compositor, guitarrista e investigador como el estadounidense Todd Clouser (1981) —que abre el 2019 presentando una colección musical bautizada como Permanent Inmigrant, y que va y viene por todo el mundo, desde hace años, lo mismo tocando con el estupendo trío Love Electric (Hernán Hecht batería, Aarón Cruz bajo) que con representantes de la crema y nata del jazz contemporáneo estadounidense (el pianista John Medesky o el trompetista Steve Bernstein, como botones de muestra)— optó por venir a México y quedarse aquí, tomándolo como plataforma de lanzamiento hacia otros países, pero también para viajar por el interior, hallando y difundiendo riquezas como el canto cardenche (Los Cardencheros del Sapioriz) de Durango, o trabajando en regiones poco accesibles de Guerrero y Oaxaca (su labor con jóvenes del cecam), y otras.

La historia decimonónica de Lorenzo Tío, fundador de una dinastía que iba, desde Tampico, a dar un color mexicano a la escena del naciente jazz en Nueva Orleans, es también algo de mucho interés, que ya ha llevado a investigadores como el tamaulipeco José Castañeda a publicar las resultantes.

En fin, que esto debe continuar. La música de la migración, de las idas y vueltas, sus cómos, sus porqués, sus historias, prosiguen, para el enriquecimiento de quienes escuchamos. La migración, la creatividad, contra cualquier perversidad vuelta muro, no deben de ser pasto de la desmemoria…Indaguemos, sí… ¡Escuchemos! ¡Hagámoslo siempre! ¡Jazz mediante!

 


* ALAIN DERBEZ

Es músico y escritor. Recientemente ha publicado dos libros sobre música: El jazz en México (México, Fondo de Cultura Económica, 2012) y Pluma en mano (México, Turner, 2018); del primero proceden algunos de los testimonios citados en este ensayo.