Emigrant. Kazem Bokaei / Irán CNDH - 14ª BICM 2016

¿En el norte la mujer manda? Mexicanas en la migración internacional

Cuando a ser migrante se suma ser mujer, y mexicana, las huellas de la migración tienden a volverse invisibles tanto para las autoridades gubernamentales como para los investigadores académicos. Esto ocurre a pesar de que cuatro de cada diez mexicanos que viven en Estados Unidos son mujeres. En este texto, Silvia Giorguli plantea algunas hipótesis que pueden explicar tal invisibilidad, así como las perspectivas futuras de la migración femenina hacia el norte.

 

SILVIA E. GIORGULI*

 


 

En la historia de la migración entre México y Estados Unidos hay un sesgo que sobreestima la participación de los hombres y vuelve invisible la de las mujeres. A lo largo de la mayor parte del siglo pasado se pensó en la migración como un asunto masculino en el que participaban principalmente hombres jóvenes de zonas rurales que se insertaban en actividades de baja calificación, como la construcción, la agricultura o los servicios. Desde ese imaginario, las mujeres no aparecían en la discusión de los programas o políticas asociados a la migración, y lo hacían sólo marginalmente en la investigación. A pesar de lo anterior, al menos durante los últimos cien años las mujeres han representado más de 40% de la población mexicana en Estados Unidos (figura 1). ¿Por qué, entonces, no se veía a las mujeres cuando se pensaba en la movilidad entre México y Estados Unidos? A manera de hipótesis, puedo pensar en dos razones principales. Por un lado, la participación laboral de las mujeres mexicanas en ambos lados de la frontera se mantuvo baja hasta inicios de los años noventa (menos de 25% en México y de 50% en Estados Unidos). Dado el énfasis en el carácter económico de la migración, estar fuera del mercado de trabajo las hacía “invisibles”. La participación de las muchas que sí tenían empleo en actividades del ámbito doméstico las mantenía en el espacio privado, sin la visibilidad que daba la fábrica, el campo agrícola o el local de trabajo. Por otro lado, es cierto que una diferencia fundamental en el patrón de movilidad de hombres y mujeres mexicanos es que los primeros cruzaban la frontera en más ocasiones, mientras que las segundas tendían más al asentamiento, a llegar y quedarse durante más tiempo en Estados Unidos, incluso indefinidamente. Como resultado, los hombres eran más visibles en la definición de los programas orientados al empleo (como el Programa Bracero), en las deportaciones que ocurrían en los lugares de trabajo o en las detenciones en la frontera.

La mujer mexicana migrante se hizo visible en los flujos hacia Estados Unidos a finales del siglo pasado, cuando la construcción de los primeros muros cerró la puerta de regreso a México y, en consecuencia, comenzó un éxodo de familias completas. Al dificultarse el regreso a México, los migrantes no tuvieron más opción que buscar la reunificación familiar y pensar en una mayor duración de su estancia en el norte. Como resultado, la población mexicana creció de forma inédita a finales de siglo y siguió aumentando hasta que la crisis económica de 2007 cerró las oportunidades laborales (figura 1). En el mismo periodo se incorporaron a la migración nuevos actores, entre ellos los niños que viajaban al otro lado para reunirse con sus padres. Con el cambio en el perfil, la ruptura de la circularidad y el asentamiento de familias completas, se diversificaron también las razones de la migración; a las laborales se sumaron las de reunificación familiar.

 

Figura 1. Población mexicana residente en Estados Unidos por sexo, 1900-2015

 

Fuente: Estimaciones propias, con base en las muestras censales de 5% en 1900, de 1% de 1910 a 1970 y de 5% de 1980 a 2000, y en la American Community Survey, 2010 y 2015. Las etapas de la migración corresponden a la propuesta de Durand (2016) y la última etapa se retoma de Giorguli y Angoa (2019).

 

La dimensión familiar de la migración mexicana

 

Debido a los estereotipos de género predominantes, la incorporación de la mujer al entendimiento de las causas y consecuencias de la migración entre México y Estados Unidos trajo consigo una mirada sobre el ámbito familiar y los cambios que en ambos lados de la frontera ocurren como resultado de la movilidad de uno o varios de sus miembros. Las mujeres mexicanas han estado inmersas de muchas maneras en la migración. Están quienes se quedan en los lugares de destino y cuidan a los hijos propios y ajenos, administran remesas y resuelven las incertidumbres económicas cuando los principales proveedores están ausentes y no hay otra fuente de ingreso. En los casos de separación familiar —cuando sólo se va el hombre proveedor o cuando se van ambos padres—, se vuelven administradoras de la incertidumbre asociada a la migración. Durante las últimas dos décadas, esta incertidumbre se ha reflejado en lo económico, como resultado de las dificultades para encontrar empleo después de la crisis o por el endurecimiento en la supervisión de los lugares de trabajo. Se suman los riesgos en el momento de cruzar la frontera —las muertes y desapariciones, por ejemplo, o la incertidumbre sobre la reunificación familiar (¿cuándo podrán regresar los ausentes?, ¿será posible alcanzarlos en el norte?). No es casualidad, entonces, que una de las expresiones más recientes de los efectos negativos de la migración sea la depresión, la ansiedad y otros problemas que afectan la salud mental de las mujeres que se quedan en los lugares de origen, así como de los hombres y mujeres que son deportados y se ven obligados a dejar a sus familias del otro lado.

Quisiera subrayar aquí un cambio fundamental en la manera en que las familias viven la experiencia migratoria de alguno de sus miembros. Durante décadas, la migración al norte se “normalizó” en muchas comunidades con una larga tradición de participación en los flujos. Era esperable que los hijos adolescentes migraran en algún momento, que los jóvenes fueran al norte para buscar ingresos adicionales para la construcción de su vivienda o para empezar un negocio en México; la migración era vista incluso como una opción en caso de que una emergencia familiar hiciera necesario un ingreso adicional. La familiaridad con el coyote y el apoyo en los paisanos o en los parientes que habían cruzado antes daba cierta —no total— seguridad en el momento de planear el viaje.

En los últimos veinte años, la política restriccionista de Estados Unidos, de persecución y endurecimiento de la frontera, también ha traído cambios en la dinámica familiar. Para los mexicanos indocumentados —la mitad del total de migrantes en el norte—, hoy es más difícil, riesgoso y costoso cruzar la frontera de vuelta a México para visitar a los hijos, la esposa o los padres en las comunidades de origen. Al ambiente de criminalización del migrante indocumentado en Estados Unidos se suman los riesgos reales que ocurren en la frontera y el ambiente de violencia en México, que hace aún más incierto el trayecto. Lo mismo ocurre con la separación familiar cuando es resultado de la deportación forzada de algunos miembros del hogar, como se vio claramente con el aumento de detenciones y deportaciones forzadas durante el gobierno de Barack Obama. La dinámica migratoria de la última década del siglo pasado y de principios del actual llevó a la conformación de familias completas con situaciones migratorias mixtas. Por ejemplo, los padres y los hijos mayores pueden ser indocumentados, pero los hermanos menores nacieron en Estados Unidos y son, por lo tanto, ciudadanos estadounidenses. Si, por ejemplo, un miembro del hogar es deportado, la familia tiene que decidir si regresar a México, a sabiendas de que los padres y los hijos mayores difícilmente podrán volver a viajar a Estados Unidos en algún momento. Entre los nacidos en México, se trata sobre todo de personas que han vivido en el norte por al menos diez años (más de 80%) y que en muchos casos se fueron siendo niños y han perdido su conexión con sus lugares de origen. No está de más recordar que, si sumamos migrantes indocumentados, documentados y sus hijos, estamos hablando de más de 30 millones de personas que enfrentan el riesgo de deportación de algún familiar cercano (padres o hermanos).

 

Migración internacional y cuidados

 

Quisiera terminar con una reflexión sobre la forma en que la migración ha cambiado la distribución de roles y responsabilidades en los hogares mexicanos a ambos lados de la frontera. Cuando una mujer deja la comunidad de origen, normalmente las tareas de cuidado de los hijos o de los adultos mayores recaen en otra mujer: una hermana, su madre o la hija mayor. Hasta donde la investigación muestra, las tareas de cuidado siguen recayendo en otras mujeres y no se percibe un crecimiento notorio en la participación de los hombres, al menos en México.

En Estados Unidos la historia es diferente. Las mexicanas participan más en el mercado de trabajo del norte. Según datos del 2017, la tasa de participación laboral de las mujeres mexicanas es de 43% en México y de 58% en Estados Unidos. Además, en el norte no existen las redes de apoyo femenino que hay en México. Necesariamente ocurre una redistribución del trabajo doméstico y del cuidado de los hijos cuando ambos cónyuges trabajan. Pareciera entonces que los hombres mexicanos dedican más tiempo a estas tareas en Estados Unidos.

Existe, sin embargo, una paradoja en la reorganización de los trabajos de cuidado que se hacen, ya sea en las comunidades de origen o en las de destino. Aproximadamente cuatro de cada diez mexicanas migrantes que trabajan lo hacen en servicios de baja calificación, muchos de ellos orientados a actividades de cuidado en Estados Unidos. Las mujeres migrantes asumen, en general, las tareas de cuidado que las mujeres nativas que trabajan delegan en ellas. A su vez, las mujeres migrantes delegan las necesidades de cuidado de sus familias en otras mujeres en los lugares de origen. A esto se refiere el concepto de cadenas globales de cuidado.

Desde la perspectiva del futuro de la migración mexicana hacia Estados Unidos, es posible que la demanda de trabajo femenino aumente en dicho país. La generación de los babyboomers está llegando a la edad de retiro y existirá una mayor demanda de cuidados para los adultos mayores. En general, en otros países en situación similar esta necesidad se cubre parcialmente con trabajadoras migrantes. En el caso de Estados Unidos es posible que se busquen opciones para incrementar la migración femenina. Por un lado, esto podría abrir la puerta a una mayor migración de mujeres mexicanas con algún tipo de visa de trabajo asociada a tareas de cuidado. Estaríamos siguiendo, entonces, un modelo similar al de Filipinas, que por mucho tiempo se ha especializado en la migración femenina de enfermeras y cuidadoras bajo esquemas de trabajo temporal y documentado. Por otro lado, mientras que la migración mexicana ha disminuido durante los últimos diez años, otros flujos migratorios se han mantenido en aumento; de hecho, hoy la migración asiática a Estados Unidos supera en número a la mexicana, así que existe la posibilidad de que las crecientes necesidades de cuidado de los adultos mayores se cubran con flujos de países distintos de México.

De los tres procesos demográficos, fecundidad, mortalidad y migración, esta última es siempre la más incierta cuando se trata de mirar hacia el futuro. Entre todas las incertidumbres, podría darse también el caso de que haya una diversificación en los destinos y que las mujeres mexicanas que decidan migrar se inserten en las cadenas de cuidado de otros países, diferentes de nuestro vecino del norte. No es imposible; así sucedió hace veinte años en el caso de la migración de Sudamérica a Europa.◊

 

Referencias bibliográficas

 

Durand, Jorge (2016), Historia mínima de la migración México-Estados Unidos, Ciudad de México, El Colegio de México, 2016.

Giorguli, Silvia y Adela Angoa (2019), “¿Una nueva era de la migración internacional entre México y Estados Unidos?”, en Dinámicas demográficas de México en el siglo xxi, tomo II, S. Giorguli y L. J. Sobrino (coords.), Ciudad de México, El Colegio de México (de próxima aparición).

 


* SILVIA E. GIORGULI

Es profesora-investigadora en el Centro de Estudios Demográficos, Urbanos y Ambientales de El Colegio de México.