Europe 2016. Yossi Lemel / Israel / CNDH - 14ª BICM 2016

El laberinto europeo y las migraciones

Los países que formaron la Unión Europea abrieron sus fronteras interiores; a cambio de ello, no sólo fueron reforzando las exteriores sino que han intentado regular el flujo de inmigrantes, endureciendo los controles fronterizos en los países de origen de éstos. Pero algo no ha marchado bien. En este breve ensayo, Andreu Domingo nos lo explica.

 

ANDREU DOMINGO*

 


 

Esperando a Teseo

 

Reina el desasosiego. ¡En el despacho todo parecía tan fácil! Simplemente se trataba de satisfacer las demandas del mercado… Buenos lectores de Friedrich Hayek, los más pretenciosos jugaron a diseñarlo: atraer la migración de alta cualificación a la Unión Europea (ue), favorecer la movilidad intraeuropea para los trabajos no cualificados y, si no había más remedio, convertir la migración extracomunitaria destinada a trabajos no cualificados en circular o estacional (a poder ser, primando la semejanza cultural, lingüística e histórica). ¿No era ésa la voluntad que se plasmó en la creación del Espacio Schengen? El sueño de un mercado laboral unificado en condiciones de competir con Estados Unidos o, más tarde, con la emergente China.

Sin embargo, desde la recesión de 2008 y, más tarde, la crisis de los refugiados de 2015, el sueño parece haberse convertido en una pesadilla. La arquitectura europea se tambalea como un castillo de naipes. El terror parece justificar el cierre. El Brexit los despierta de golpe. Los avances del populismo xenófobo y antieuropeísta profetizan horizontes distópicos. La sensación de asedio crece. El mercado, minotauro mitad fuerza ciega, mitad racionalidad, sigue reclamando su sacrificio: ¿de dónde llegará su próximo tributo de redundantes? Y los tecnócratas de la ue se lamentan: ¿Cómo salir del lío en el que nos hemos metido? No parece fácil.

 

Bajo la primacía del ciclo económico

 

Según los datos de Naciones Unidas, en 2017 vivían en la ue 57.2 millones de personas nacidas fuera de las fronteras de cada uno de los 28 países que la componen, 36.9 millones fuera de las de la propia ue. Esas personas constituyen el vestigio viviente de los flujos que esos países recibieron antaño, en total 11.2% de la población actualmente residente en Europa, 7.2% si sólo contabilizamos los extracomunitarios.

Si atendemos a las corrientes desde el final de la Segunda Guerra Mundial, podemos discernir cinco periodos: 1) 1945-1973, posguerra y desarrollismo; 2) 1974-1982, crisis económica y ofensiva contra el Estado de Bienestar; 3) 1983-1992, recuperación económica y dualización del mercado laboral; 4) 1993-2007, globalización y unificación europea, y 5) 2008-2017, recesión y crisis migratoria. A lo largo de esos casi 75 años se han alternado tres tipos de movimientos: migración de repatriados —producto de la descolonización, especialmente en los dos primeros periodos—, migración de refugiados —desde los más de 11 millones de alemanes desplazados justo después de la guerra hasta los sirios, afganos e iraquíes que protagonizaron la crisis de 2015, pasando por los huidos del bloque comunista mientras duró la Guerra Fría, especialmente en la crisis de Hungría en 1956-1957 o la Primavera de Praga en 1968, o los ciudadanos latinoamericanos del Cono Sur que huían de las dictaduras de los años setenta— y migraciones económicas —que contaron con los propios países meridionales de Europa hasta mediados de los ochenta del siglo xx, de las excolonias, o descendientes de emigrantes europeos, de los países del Este, a partir de la caída del muro en 1989, para extenderse a todas las partes del planeta con la globalización. También han cambiado las políticas migratorias —del gestarbaiten a la fallida política circular, pasando por el incentivo al retorno en los ciclos depresivos—, todo con el trasfondo del reparto de los costos de gestión de los flujos y el asentamiento de la población entre el sector público y el privado. Igualmente, ha mutado la composición de las migraciones, no sólo por el origen, sino por el sexo, la edad y el nivel de instrucción: si primero eran en su mayoría hombres jóvenes —por lo general de bajo nivel de instrucción—, la reagrupación familiar que coincidió con la crisis de los setenta amplió el espectro de edades y sexo, mientras que en el nuevo milenio la feminización de los flujos ha acompañado tanto el crecimiento de la demanda en el sector de servicios como la dualización del trabajo reproductivo, y con ella la necesidad de mano de obra para tareas domésticas y cuidado de menores y ancianos. El aumento del nivel de instrucción de los migrantes, aunque a veces se traduzca en sobrecualificación, se ha ido incrementando hasta tal punto que la atracción de “talento” se ha convertido en objetivo prioritario de las políticas migratorias.

Por último, cambió, claro está, el contexto demográfico: del boom de la natalidad al progresivo alargamiento de la esperanza de vida que, coincidiendo con la drástica caída en la fecundidad (con diferente calendario e intensidad, según el país), explica el envejecimiento de la población. Esta transformación en la pirámide poblacional provoca un déficit relativo de jóvenes a la entrada del mercado de trabajo cuando el ciclo económico es ascendente (lo que no es óbice para que los mismos jóvenes puedan convertirse en excedentes en el ciclo descendente).

 

La construcción de la Europa fortaleza

 

La construcción de la ue condicionó desde el principio el marco legislativo en el que se fundamentaron las políticas migratorias. Pese a que el germen de la misma se encuentra en los años cincuenta con la voluntad de crear un mercado común que impidiera la repetición del enfrentamiento bélico —Bélgica, la República Federal Alemana (rfa), Francia, Italia, Luxemburgo y Países Bajos en 1957—, es la experiencia de la crisis de los setenta lo que motiva una primera aproximación a una definición de extranjería muy restrictiva, supeditada a la protección de la mano de obra autóctona, otorgando un papel decisivo a los gobiernos en los criterios de admisión, control y expulsión, con lo que se buscaba el ajuste a las necesidades del mercado laboral de cada Estado.

A mediados de los años ochenta —ya integrados Reino Unido, Irlanda y Dinamarca (1973), Grecia (1981), España y Portugal (1985)—, de la mano de la creación de un mercado único, se inicia el camino que llevaría a parte de la Comunidad Europea a asumir la gestión de flujos, la permanencia, residencia y expulsión de los inmigrantes, con el deseo de incentivar la movilidad interna dentro de la Unión y limitar la externa. Esa voluntad de definir comunitariamente los principios sobre la libre circulación de personas —que debía acompañar a la de bienes, servicios y capitales— se concretó en el Tratado de Schengen de 1985, aunque no entró en vigor hasta 1995. A pesar de que no todos los miembros lo ratificaran —Gran Bretaña e Irlanda se abstuvieron—, sí lo hicieron las recién llegadas Austria, Finlandia y Suecia (1995). En 1993, con el Tratado de Maastrich, se incorpora la cooperación intergubernamental en materia de migración, pero bajo una perspectiva de la seguridad que, a la vez que iba borrando los límites internos, fortalecía los externos. Con la entrada en vigor del Tratado de Ámsterdam, en 1999, constitutivo de la Unión Europea, se contempla una definición positiva de la integración de las personas inmigradas basada en el reconocimiento de su igualdad de derechos y agencia. La unificación de acción, concretada en un plan de armonización de políticas migratorias, se afirmó ese mismo año en el Consejo Europeo celebrado en Tampere. No obstante, y a pesar de que la ue siguió desarrollando una vía hacia la definición del proceso de integración, la visión en la que primaba la seguridad se impuso de forma reactiva a partir de los atentados ocurridos en Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001.

Con la caída del Muro de Berlín, y a pesar de las draconianas medidas de ajuste estructural exigidas, diferentes países del Este se fueron incorporando a la ue —en 2004, República Checa, Eslovaquia, Eslovenia, Estonia, Hungría, Letonia, Lituania y Polonia, además de Chipre y Malta; en 2007, Rumania y Bulgaria; en 2013, Croacia. En este contexto, Europa se construye como fortaleza, conjugando la lucha contra la irregularidad en el interior y el endurecimiento del control fronterizo en el exterior. En la política doméstica se contempla la represión y criminalización tanto de las personas en situación irregular como de aquellas que las ayuden, así como la expulsión y repatriación de extranjeros, con el establecimiento de los Centros de Internamiento. Mientras tanto, en la exterior destaca la creación, en 2004, de la Agencia Europea para la Gestión de la Cooperación Operativa de las Fronteras Exteriores (Frontex), junto con la externalización de las fronteras, que fuerza la coparticipación de los principales países africanos emisores de flujos, a cambio de programas de “cooperación” o de una admisión preferencial de sus conciudadanos a Europa, refrendada mediante la firma de convenios bilaterales y una política más amable de concesión de visados.

 

A la deriva

 

Con la recesión de 2008 llegó el turno al ajuste estructural de los países del sur de Europa que tenían altos niveles de deuda pública y corrupción política, lo que ahondó la vieja brecha y los recelos que separan a los países septentrionales de los mediterráneos hasta tal punto que se vio resurgir la emigración de autóctonos, el retorno de inmigrados y el descenso drástico de las entradas. ¿Sería esa migración la deseada solución a la anhelada movilidad intraeuropea? Algunos acariciaron esa quimera, aunque por poco tiempo. Incentivar el retorno de los extracomunitarios y limitar aún más las entradas parecía un ajuste más del mercado. Lo que empezó como evidencia de un exceso de la especulación financiera acabó con el rescate de las entidades causantes del descalabro y la conciencia de la creciente desigualdad: aumentó la población sobrante —migrantes y no migrantes—, la precarización de aquella que podría considerarse resiliente y se puso punto final a la promesa de la movilidad social ascendente.

Pero las cosas podían ir a peor. En 2015 estalló la llamada crisis de los refugiados. Las demandas de asilo se multiplicaron durante ese año, hasta alcanzar un máximo de 172 mil en octubre de 2015. Grecia, especialmente castigada por las políticas de austeridad, se veía desbordada por los migrantes que desembarcaban desde Turquía, la mayoría de ellos expulsada por el conflicto sirio que había empezado cuatro años antes. Pero también se le añadían refugiados de Irak, Afganistán o Eritrea, junto con migrantes del sudeste asiático. Europa se convertía en víctima de su política de externalización de fronteras —el flujo era promovido por el gobierno turco—, pero también del malestar en los países del Este, que uno tras otro activaron sus fronteras para oponerse a la columna de migrantes en su periplo hacia Alemania y Suecia. Ya había ocurrido en 2011, en la frontera franco-italiana, con la llegada de desplazados tunecinos por la Primavera Árabe. La crisis migratoria y humanitaria se saldó sin aplicar los acuerdos sobre reparto de refugiados entre los diferentes socios, con el auge de las democracias autoritarias en el Este y la reincidencia en las fórmulas de externalización, extendiendo la entente a los clanes libios, además de la dependencia de la autocracia turca.

 

¿Sin salida?

 

La externalización de las políticas migratorias ha nutrido además a las mafias y, con ellas, el mercadeo, la esclavitud y muerte de miles de migrantes. Su sangre, sudor y lágrimas son el precio necesario para garantizar el bienestar y la seguridad de los europeos, afirman. Alimenta a las empresas de seguridad, desde el control de las fronteras hasta el sistema penitenciario, que actúan como grupos de presión tanto en los Estados como en Bruselas con el fin de mantener sus sustanciales ingresos.

La salida del dédalo pasa por la resolución de una nueva política migratoria, que ha de ser especialmente sensible a la relación con los países del continente africano. La revisión del proteccionismo agrario europeo y de la política de desarrollo, que actualmente encubre la exportación de armas y el apoyo a regímenes totalitarios como pago a la contención de los flujos, se alzan como escollos insalvables. Círculo vicioso que anima el repliegue nacionalista y xenófobo. Los muros y las vallas cierran cualquier salida a un laberinto que protege a un mercado omnipotente erigido en centro de la política europea.◊

 


* ANDREU DOMINGO

Es profesor en el Centre d’Estudis Demogràfics de la Universidad Autónoma de Barcelona.