El joven Alfonso Reyes y la enseñanza de la lengua y la literatura

En medio de las turbulencias políticas y militares que sufría México en 1913, y a unas semanas apenas de la trágica muerte del militar porfirista Bernardo Reyes, su hijo, el joven Alfonso Reyes, emprende sus tareas como precursor en la enseñanza de la lengua y la literatura castellanas en México; el relato de tal aventura intelectual es narrado en estas líneas.

 

SERGIO UGALDE QUINTANA*

 


 

I

El año de 1913 fue clave en la vida de Alfonso Reyes. El 9 de febrero, su padre, el general Bernardo Reyes, fue asesinado al intentar tomar por asalto el Palacio Nacional. Como consecuencia de este hecho, seis meses después, el joven escritor decidió alejarse de México y se embarcó con rumbo a París para cumplir modestas funciones diplomáticas. Con este abrupto y doloroso cambio de ambiente, Reyes iniciaba una nueva etapa en su vida. Pese a lo traumático y doloroso del suceso, en los meses que siguieron a la muerte de su padre, y hasta antes de su partida a Europa, el joven de 23 años realizó de forma sistemática una actividad docente que ha sido poco explorada. A partir del 21 de abril, en medio todavía de una profunda desazón, Alfonso Reyes comenzó a impartir un curso en la Escuela Nacional de Altos Estudios de la Universidad Nacional de México. Se trataba de la primera cátedra de Lengua y Literatura castellanas que se dictaba en la flamante institución. De esta temprana experiencia docente sabemos hasta ahora muy poco. Y, sin embargo, fue muy significativa. Al menos eso puede deducirse por la cantidad de materiales que Reyes leyó y redactó para ese curso. En la Capilla Alfonsina de la Ciudad de México, entre los numerosos manuscritos, se encuentran cuatro documentos que permiten reconstruir con cierto detalle esa experiencia fundacional de la enseñanza de la lengua y la literatura en el México del siglo xx. Se trata de un texto mecanografiado, de poco menos de cien páginas, con el título “Historia de la lengua y la literatura castellanas. Apuntes para el curso”; de dos cuadernos con “Notas de lingüística”, y de un guion de sesiones de la clase 5 a la clase 18. En total, Alfonso Reyes preparó, pese a los días convulsos que vivía, alrededor de trescientas páginas para impartir su curso. Ese material, completamente heterogéneo, en el que se destacan notas, citas de libros, señalamientos propios y ajenos, apuntes y reflexiones fragmentarias, nos pueden dar una idea de las herramientas teóricas que el joven tuvo a su disposición para emprender esta tarea. En términos generales, estos documentos pueden dividirse en dos grandes secciones: por un lado, las reflexiones, apuntes, citas y notas que estructuran la historia de la lengua; por otro, la parte dedicada a la historia de la literatura. En cada uno de estos universos pueden identificarse los indicios y los trazos de un proyecto lingüístico e historiográfico.

 

II

No es difícil imaginar que, ante la tarea de organizar ese curso, Reyes intentara consultar a los principales filólogos españoles del momento. Para esas fechas, tanto él como Pedro Henríquez Ureña ya sabían de los trabajos de la sección de filología del Centro de Estudios Históricos de Madrid. Fue así como el joven mexicano se puso en contacto con uno de los miembros connotados de ese grupo: Federico de Onís. La razón: pedirle consejo y recomendaciones bibliográficas. En la carta de respuesta, escrita con varios meses de retraso, el ya profesor de la Universidad de Oviedo aseguraba al joven mexicano: “Con mucho gusto le serviré en lo que pueda para sus trabajos filológicos. Creo que es esencial para esto ponerse desde luego en contacto con las obras fundamentales, porque en filología —a pesar de que desde hace un siglo ha entrado en seguras vías científicas— se ha desbarrado mucho y se sigue desbarrando, especialmente en España”.1 Onís recomendaba a Reyes apoyarse en las perspectivas más recientes: en el manual de Meyer-Lübke, en la obra de Gustav Gröber, en el diccionario etimológico de Gustav Körting, en la gramática de Friedrich Hanssen y en los trabajos de Menéndez Pidal.

Por desgracia, las recomendaciones no llegaron a tiempo. La carta fue escrita cuando Reyes ya no se encontraba en México. Eso explica, en cierta medida, por qué una parte del universo temático y bibliográfico del curso del joven escritor no se funda en los trabajos contemporáneos a él, sino en la filología de mediados, e incluso principios, del siglo xix. Reyes organizó su curso a partir de temas como: “la naturaleza y el origen del lenguaje”, “las leyes del desarrollo de las lenguas”, “la clasificación de las lenguas” y “la gramática comparada”. Cada una de estas secciones se comentó a partir de las obras de Friedrich Schlegel, Ernst Renan, Max Müller, William Dwight Whitney y Archibald Henry Sayce. Todos estos autores habían sido figuras representativas de la filología de principios y mediados del siglo antepasado. Este anacronismo teórico resulta fundamental porque conformó un universo discursivo que impregnó el curso de Reyes.

Entre los personajes que el ateneísta utiliza para elaborar su programa hay dos muy recurrentes: Friedrich Schlegel y Max Müller. En el caso del primero resalta, por ejemplo, el tema de la configuración de las lenguas indoeuropeas. Schlegel, en palabras de Reyes, “no era un gran sabio, pero sí un hombre genial” que, gracias a su “intuición de poeta”, “agrupa las lenguas de la India, Persia, Grecia, Italia y Alemania bajo el nombre de familia Indo-germánica, llamada también aria e indoeuropea”.2 Este ordenamiento lingüístico de Schlegel, presente sobre todo en su libro de 1808 Sobre la lengua y la sabiduría de los indios, es, a juicio de algunos estudiosos, el momento fundacional de la filología moderna. Ese punto de partida, sin embargo, está marcado de forma indeleble por una perspectiva racista. Según Jürgen Trabant, el proyecto lingüístico de Schlegel, al conformar la familia lingüística aria en confrontación con las lenguas americanas, supone una diferencia biológica de las lenguas y de los hombres.3 La “intuición genial” señalada por Reyes es, en otros términos, el inicio de una lógica racial en el paradigma del saber sobre las lenguas.

El libro de Max Müller Lectures on the science of language (1862) es quizá la obra más citada y comentada a lo largo del curso de Reyes. El escritor mexicano la utilizó para todo: para hablar del origen del lenguaje, de la morfología, de las leyes de desarrollo del lenguaje, de la clasificación de las lenguas, de la gramática y de la etimología. Un tema, sin embargo, resulta persistente en los apuntes del ateneísta: la obsesión de Müller por distinguir, delimitar y definir la genealogía y los espacios de las leguas arias. En su libro Biographies of Words and the Home of the Aryans, Max Müller había asegurado que las lenguas pueden adoptar un vocabulario extranjero, incluso formas gramaticales ajenas, pero esos elementos siempre permanecerán extraños: “Son como niños adoptados dentro de una familia: podrán tener el mismo nombre, pero no tendrán la misma sangre”. La metáfora de la “pureza sanguínea” asociada a una lengua deja mucho que pensar.

 

III

Pero el curso de Reyes no sólo contenía una historia de la lengua. La otra parte sustancial del programa tenía que ver con el desarrollo histórico de la literatura. Cuando el joven mexicano ya tenía elaboradas varias de sus notas de trabajo, no únicamente se puso en contacto con Federico de Onís, también intentó entablar comunicación con otra figura asociada a la historia literaria de España. Me refiero a Adolfo Bonilla y San Martín, alumno de Marcelino Menéndez y Pelayo. A Onís lo consultó sobre asuntos de lingüística románica; a Bonilla, sobre historiografía literaria. Onís respondió tarde; Bonilla nunca lo hizo. La carta que el joven Reyes le escribió, el 22 de abril de 1913, revela muchos detalles sobre las condiciones de elaboración de su programa de clase:

En los cursos que acaban de inaugurarse (ayer he dado mi primera clase) yo tendré que estudiar la historia de la lengua y la literatura castellanas. […] Ud. comprenderá que el curso es superior a las posibilidades actuales, no digo mías, de cualquier mexicano. Casi no cuento, para mis trabajos, más que con la biblioteca particular de Pedro Henríquez Ureña (que es mi hermano mayor de labores) y con la mía. Ni una ni otra poseen maravillas. […] ¿Es honrado, en estas condiciones, emprender el curso que me propongo? Y, sin embargo, tengo que emprenderlo: es necesario comenzar alguna vez, y los que me sigan se aprovecharán hasta de mis errores. Nunca se ha hecho, por acá, lo que vamos a hacer. En nombre, pues, de nuestra común tradición literaria solicito los auxilios de Ud. […] Por acá hemos sentido la muerte de Don Marcelino casi con egoísmo. […] Ejercía sobre nosotros cierta especie de paternidad espiritual de que él tenía ya alguna noticia. A nosotros también se nos fue el maestro: por eso recurrimos a sus discípulos, que son ya maestros por ventura.4

Pese a que el filólogo nunca respondió, el programa de Reyes, en lo que se refiere a la historia literaria, tiene como guía tanto los trabajos de Bonilla y San Martín como los de Marcelino Menéndez y Pelayo. En términos generales, podría decirse que estos dos intelectuales enarbolaron por excelencia el proyecto nacional, conservador y católico. Los trabajos de historiografía literaria del polígrafo de Santander, desde su primer texto, “Programa de literatura española” (1877), hasta su Historia de las ideas estéticas, pasando por la Antología de poetas hispanoamericanos (1892-1895), sostienen la idea de una España eterna e inmutable cuyo eje central es el catolicismo y la Inquisición: “Soy católico apostólico romano sin mutilaciones ni subterfugios, sin hacer concesión alguna ni a la impiedad ni a la heterodoxia en cualquier forma que se presente […]. Comprendo, aplaudo y hasta bendigo la Inquisición como fórmula del pensamiento de unidad que rige y gobierna la vida nacional a través de los siglos, como hija del espíritu genuino del pueblo español”.5 Por supuesto, cuando fue necesario, Reyes manifestó a lo largo del curso sus desacuerdos estéticos con este “padre espiritual”.

 

IV

Sin embargo, el joven no pudo concluir su curso tal como lo había planeado. Las 20 semanas que había previsto para terminar su programa tuvieron que recortarse drásticamente. El 10 de agosto de 1913 tuvo que salir de México rumbo a Francia. El escenario era por momentos dramático. A pesar de la turbulencia nacional, familiar y personal, Reyes preparó las notas para su curso; leyó la filología europea del siglo xix en los libros que tuvo a la mano; entró en contacto con filólogos españoles; pidió consejos para sus estudios; redactó un programa; elaboró notas; describió el desarrollo de la lengua y de la literatura castellanas. Hay algo desconcertante en este afán por crear un espacio de profesionalización para las humanidades en un ambiente de turbulencia histórica. Un breve indicio en la escritura de esos documentos nos devuelve a la tragedia de esos días. El programa de “Historia de la lengua y literatura castellanas. Apuntes para el curso” está escrito en su totalidad en hojas membretadas con el nombre de Bernardo Reyes. De forma material, la imagen paterna está presente en el desarrollo de este curso. Quizá por la intensidad de esos momentos, la actividad de Reyes no pasó inadvertida. Uno de los pocos testimonios de esos días lo confirma. Una de sus alumnas, la educadora y promotora de revistas de mujeres, Laura Méndez de Cuenca, lamentó que las “interesantes lecciones” del “joven maestro” tuvieran que llegar a su fin. Está claro que, en ellas, la vida personal, la vida política del país y el deseo de profesionalizar los estudios literarios se entrelazaban profundamente.◊

 


1 Carta de Federico de Onís a Alfonso Reyes, 7 de enero de 1914, en la Capilla Alfonsina de la Ciudad de México (cacm).

2 “Historia de la lengua y la literatura castellanas. Apuntes para el curso”, en cacm, p. 55.

3 Cf. Jürgen Trabant, “Indien vs. Amerika. Über Friedirch Schlegels Sprache und Weisheit der Indier”, en Rassendenken in der Sprach- und Textreflexion, Markus Messling, Philipp Krämer, Markus A. Lenz (eds.), Padeborn, Wilhelm Fink, 2015, pp. 27-46.

4 Carta de Alfonso Reyes a Adolfo Bonilla y San Martín, 22 de abril de 1913, en cacm.

5 Marcelino Menéndez y Pelayo, “Mr. Masson redimuerto”, en Polémicas, indicaciones y proyectos sobre la ciencia española, Madrid, Imprenta de Víctor Saiz, 1877, p. 172.

 


* SERGIO UGALDE QUINTANA

Es profesor-investigador en el Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios de El Colegio de México.