El duelo, un territorio nuevo

 

ALICIA GARCÍA BERGUA*

 


 

Cuando alguien muy querido muere, uno entra en un duelo que es un territorio nuevo y desconocido desde el que lo vivido y la persona fallecida cobran dimensiones nunca exploradas y nunca pensadas. Eso es lo que sucede con este libro de poemas de Carmen Villoro, Liquidámbar, en el que relata cómo su padre cobró otra vida para ella después de que su hermano depositara sus cenizas en territorio zapatista, donde su padre estuvo alimentando un sueño de comunidad humana.

 

Vine, padre, a escuchar la tierra

donde mi hermano depositó tu nombre

como quien siembra una semilla

para que crezca el tiempo hacia su origen.

 

La muerte ensancha el tiempo, ahonda en él y lo vuelve profundo e inescrutable; pero a la vez, con la resignación con la que la aceptamos, la muerte se reasigna, cobra otros signos, la vemos al trasluz como a los fósiles atrapados en el ámbar, que es la resina de un árbol y como tal también resana, sana la herida, conserva lo que fue. Y la manera de sanar es entrar a una comunidad humana a la que solemos volvernos indiferentes:

 

Yo que vengo del desconocimiento

Yo que vengo de la indiferencia

miro a los sinrostro, cientos de ellos

desplegados ante mí

como un oleaje.

 

Es una maravilla la manera prolija en que está escrito este libro, su atención al lenguaje como un sembradío cuidado hasta en el último detalle, de manera que las palabras, pese a hablar de la comunidad zapatista, nunca son panfletarias y aluden a una experiencia muy concreta, la de entrar en ese mundo donde el padre estuvo y tuvo un papel esencial:

 

En dos grupos compactos se juntaron

y caminamos por en medio de ellos

sobrios, atónitos, enmudecidos.

 

Con las cenizas está el descubrimiento de todos esos ojos que también miran junto con nosotros, y el árbol, el liquidámbar, que se adentra en la tierra con sus latidos vegetales, “señor de lo que fluye y está quieto”, y en él —en sus hojas, sus ramas, todos sus tegumentos, sus células— está la familiaridad que nos convoca, la incendiada vejez, el entusiasmo, la gratitud final. Todo lo que no se veía a simple vista aparece transfigurado en la ceremonia que esa comunidad celebra para su padre en ese árbol.

Ese padre, presente todavía en su casa y en sus cosas, lleno de fisuras y ángulos también desconocidos, se hizo humo, se hizo humus, como rezan dos de los poemas, y regresó a la tierra como un fermento más, como una planta, como una piedra; él, que era huesos, páncreas, pulmones, intestinos y vasos capilares. El padre muerto y resucitado en ese cosmos es lo que explora Carmen en la segunda parte de su libro, ya sin la atadura que desdeña el asombro. Porque es asombroso ser las criaturas que somos, criaturas humanas, hijos de otros humanos; es un misterio nuestra biología, tan parecida a otras y también tan distinta, porque los seres humanos, al darnos la vida, también nos damos la muerte en su conciencia.

No sé si otros animales saben como nosotros que van a morir; no viven el tiempo de la misma manera; saben luchar por su sobrevivencia, pero no tienen siempre presente la muerte como nosotros, nuestra conciencia vive al filo de ella. Y la muerte también es humildad. Saber que perecemos nos reduce a lo que somos, a eso poco que es grande y también constreñido a los momentos. La muerte nos reduce también a nuestro miedo; sin él no somos nada, sin el miedo a perder todo lo que parece poco y es muchísimo. Pero la muerte de un ser querido pasa también como un vendaval, haciéndonos pedazos, y hay una sabiduría en aceptarlo:

 

Los pájaros, los zapatos, las ropas

tendederos de huecos derramados

vacíos y más vacíos entre escombros

recuerdos calcinados, rostros roídos

descuadradas la luz y las ventanas.

 

Pero también hay sabiduría, según los poemas de este libro, en recogerlos y volvernos a integrar al río de la especie:

 

Y ahora, ¿a dónde iremos?, preguntaste.

Hablabas de la vida de la especie

más larga que la tuya y que la mía.

Ponías tu foco allá

en la curva más amplia

donde se ve el amanecer de nuevos tiempos.

Fue tu final sellado de comienzo.

Salimos de Etiopía para siempre

Padre e hija tomados de la mano

y cruzamos la luz.

 

La muerte es además un aprendizaje. Los muertos —por supuesto, los que no mueren por violencia— nos enseñan a morir; hacen de nuestra idea de lo que es morir algo más llevadero, si es que esto es posible.

Ya al final del libro, los deudos acuden al jardín del filósofo, a su funeral, y este final me parece sorprendente, pues los deudos son como pájaros que revolotean en la sombra del follaje del árbol de quien dejó de existir. Dice el poema:

 

Cada uno trae consigo sus ofrendas

brotes de otros jardines

que visitaste

en momentos recientes o remotos.

Vienen con sus palabras

huellas de luz

en la penumbra de sus pensamientos.

Cargan en su canasta gestos, signos

heridas sociales y amores abatidos:

la soledad humeante

que saboreamos sin notarlo

en el café.

 

La muerte de alguien amado nos une a otros, nos lleva más allá de nosotros mismos, nos enlaza a la especie y hace que nos sintamos menos solos en las ciudades donde, pese a haber cada vez más gente y más redes sociales, estamos menos acompañados en verdad. Esta muerte en especial trae consigo ese sentimiento de comunidad humana que él, Luis Villoro, cultivó en sus acciones y en sus escritos. En uno de ellos dice:

 

Con la ruptura de la comunidad tradicional nacen, a la vez, el aislamiento y la autonomía del individuo. La persona ya no adquiere sentido por su pertenencia; ella misma se considera la fuente de sentido y de valor. Nace la libertad individual y con ella nace el desamparo.

 

Este libro de poemas parte necesariamente de ese desamparo, para incorporarse también a ese tipo de vida más alta donde la vida individual recobra valor y también sentido por estar al servicio de una comunidad humana y ser parte de ella.◊

 


* ALICIA GARCÍA BERGUA

Es poeta, ensayista y traductora.