El Colmex y las corrientes de pensamiento económico

¿Cuál ha sido el curso de las políticas económicas en México durante la vida de El Colegio de México? ¿Cuál es el reflejo de ello en los estudios económicos en nuestra institución y las escuelas de pensamiento que han tenido presencia y actividad en el país? En un breve pero sustancioso recorrido por el tiempo, Eduardo Turrent reflexiona sobre estas interrogantes en las siguientes líneas.

 

EDUARDO TURRENT*

 


 

Tuve el privilegio de ingresar a El Colegio de México en calidad de alumno para el programa de Maestría en Economía, promoción 1973-1975. Arribaba con dos desventajas muy importantes que sólo pude compensar como resultado de un esfuerzo de estudio muy grande: no haber estudiado economía en licenciatura y contar con una preparación muy superficial en matemáticas. Después de la prueba de fuego del curso propedéutico y ya avanzado el programa, se nos asignó como profesores —ambos excelentes— a Carlos Roces y a Francisco Gil Díaz. El primero, como una expresión muy pura de la corriente de pensamiento que emanaba de la Universidad de Cambridge, Inglaterra, y el segundo, un ejemplo muy representativo de la escuela monetarista de la Universidad de Chicago, en Estados Unidos. En su momento, aquel despliegue de eclecticismo por parte de las autoridades que administraban el programa de Maestría nos desconcertó debido a las diferencias tan marcadas en enfoque, fundamentos analíticos y fuentes bibliográficas. Posteriormente, y sobre todo ahora en la posteridad remota, he agradecido aquella experiencia profundamente.

La profesión de economista es difícil. Una de las razones de esa dificultad, aunque ciertamente no la única, es que esa rama del conocimiento humano a la que se le denomina Economía se desdobla en un abanico de corrientes de pensamiento. Pero la Economía no es la única disciplina en la que se observa ese fenómeno. Sólo a guisa de ejemplo, en la Medicina hay las corrientes alopática y homeopática que, en general, parecen irreconciliables. En Economía, han tenido lugar algunos casos de síntesis entre escuelas de pensamiento distintas, aunque un proceso de síntesis general se encuentra a siglos de distancia. En ese contexto, lo que les toca hacer a los economistas profesionales en lo individual es intentar una síntesis ecléctica al menos en un sentido pragmático.

En México, tengo para mí que ese esfuerzo de aplicación ecléctica ha tenido lugar de preferencia en el campo de la política económica. Así ha ocurrido, a pesar de que en muchos episodios los proponentes de las medidas en concreto no hayan tenido conciencia explícita de la naturaleza ecléctica de sus propuestas. En realidad, tampoco era indispensable que cobraran conciencia de su eclecticismo si contaban con otro fundamento todavía más importante: sentido práctico, a fin de encontrar las soluciones más funcionales para los problemas que se enfrentaban y que, invariablemente, han sido muy complejos. El eclecticismo es muy difícil de aplicar en la vida real, pero al menos ofrece la ventaja de poder convocar ese gran principio enunciado en su momento por el líder chino Chou En Lai: “Lo importante no es el color del gato, sino que cace ratones”. Y de esa manera, ha tenido lugar en nuestro país un proceso de selección natural de las propuestas de política económica en función de los resultados que han ido arrojando. A manera de ejemplo ilustrativo, hoy en día ya no hay nadie en su sano juicio en nuestro medio que proclame que debe volverse a un régimen de tipo de cambio fijo. En otras palabras, desde que la flotación cambiaria se empezó a practicar en México a mediados de los años ochenta, puede decirse que ese esquema llegó para quedarse.

En el ámbito académico, ha habido en México pocas instituciones en las cuales se haya ofrecido docencia e investigación en materia de Economía y en las que se diera una muestra de eclecticismo como aquella que constatamos mis compañeros de generación y yo en el Colmex durante nuestro período de formación profesional. En otras instituciones se ha observado, a diferencia, incluso la formación de verdaderas capillas de diletantes que predican de manera interminable ante sus auditorios de conversos. Es un hecho que en México ha habido muy poco debate en el ámbito de la economía y de la política económica. El resultado ha sido una gran oscuridad para la opinión pública y un motivo de empobrecimiento para nuestro campo de especialización en general. Es de lamentarse que así haya ocurrido. En alguna ocasión le propuse al periódico en el que he colaborado como editorialista ya por décadas que se organizara un foro de discusión de propuestas y visiones con el diario La Jornada. ¡Válgame Dios: qué herejía proponer tal cosa! ¡Vamos a terminar a las trompadas! Pero los debates de ese tipo son necesarios y debemos insistir en su realización y difusión. Hoy, para mí es un gran honor participar en la celebración del cumpleaños ochenta de El Colegio de México con una reflexión inicial sobre las corrientes de pensamiento económico que han tenido presencia y actividad en el país. En razón de la amplitud del tema, la cobertura será inexorablemente incompleta, con tan sólo una visión general, a vuelo del pájaro, sobre la inmensidad del bosque.

  

El (difícil) eclecticismo

 

En la civilización moderna, los países del mundo han tenido frente a sí, para elegir sistema económico —o, si se quiere, “modo de producción”, en la terminología marxista—, una muy amplia gama de opciones con dos enfoques radicales en los extremos del espectro de elección. En uno de ellos se ubica la economía estatizada, en la cual la totalidad de las unidades productivas se encuentran bajo el control del Estado, además de que las decisiones de inversión se acuerdan de manera burocrática, con frecuencia con base en una planificación muy pormenorizada. En el otro extremo, se encuentra el caso de la economía total de mercado, en la cual la totalidad de las unidades productivas son de propiedad privada y las cuales se administran con la idea de maximizar su rentabilidad. La vertiente de la economía totalmente estatizada encontró su fundamento doctrinal en los escritos del filósofo alemán Carlos Marx y de sus principales seguidores, como Sweezy, Baran, Lukács y Bettelheim. Por su parte, la corriente en favor de la economía total de mercado encontró su inspiración principal en la monumental obra de Adam Smith La riqueza de las naciones y también en las dos principales corrientes que la han alimentado: la llamada Escuela de Viena, con sus dos principales exponentes, Hayek y Von Mises, y la Universidad de Chicago, encabezada en lo principal por Milton Friedman.

Pero en medio de esos dos extremos del espectro ha existido una franja muy amplia de los enfoques que podríamos definir como eclécticos y que han podido variar, ya sea inclinándose al lado de la economía estatizada o al bando de la economía de mercado, o bien, ubicándose hacia la mitad del espectro. Con base en lo especificado en la Constitución de 1917, la vocación para México fue disponer de un espectro de fluctuación propio dentro de los extremos del espectro general, el cual se explica con tan sólo citar un pasaje fundamental en el artículo 27: “La nación tendrá en todo tiempo el derecho de imponer a la propiedad privada las modalidades que dicte el interés público”. Es decir, las sucesivas administraciones que gobernaron el país irían decidiendo esas modalidades aplicables a la propiedad privada y también la estrategia económica por seguir. Así, en la propia Constitución quedó marcada la posibilidad de la teoría del péndulo, según la cual la estrategia económica podía mantenerse en el “centro” u oscilar hacia la “izquierda” o hacia la “derecha”. De acuerdo con ese enfoque, los gobiernos de Obregón y Calles pueden considerarse de “centro”, como lo muestran las instituciones que promovieron: el Banco de México y el Banco de Crédito Agrícola. Sin embargo, con toda claridad el péndulo osciló hacia la izquierda con el cardenismo. Y en esa administración se aplicaron políticas tan heterodoxas como alentar huelgas desde el gobierno, un programa amplísimo de expropiaciones agrarias, la educación socialista y la administración obrera de los ferrocarriles. Con Ávila Camacho el péndulo volvió al centro del espectro y con toda claridad hacia la derecha en el gobierno de Miguel Alemán. Pero, con el fin de mostrar que la identificación con un extremo ideológico podía no ser absoluta, cabe destacar que en el régimen alemanista se mantuvo la política del expansionismo fiscal y monetario que el ministro de Hacienda Eduardo Suárez había apadrinado con tanto entusiasmo durante los dos sexenios precedentes. Por su parte, casi hay consenso en que los gobiernos subsiguientes (Ruiz Cortines, López Mateos y Díaz Ordaz) fueron todos de “centro”, al menos desde el punto de vista de la estrategia económica.

Aunque el recuento puede no resultar exhaustivo, es conveniente explicar las medidas heterodoxas de política económica cuya aplicación podía dar lugar a que se produjeran experiencias de eclecticismo. En ese menú sobresale el caso de unidades productivas en manos del Estado, las cuales pasaban a su poder por la vía de la expropiación (las compañías petroleras durante el gobierno de Cárdenas), la adquisición (las compañías eléctricas en el sexenio de López Mateos) o el salvamento de la quiebra (la embotelladora Garci Crespo con Echeverría). Otro instrumento típico de la heterodoxia era el proteccionismo comercial que en México llegó a tener, incluso, resabios mercantilistas. Y en ese menú también figuraban los esquemas para imponerle precios al mercado (precios de garantía a productos agrícolas o tasas de interés bancarias predeterminadas por la autoridad). Un caso muy importante fue, desde luego, la reforma agraria con todo lo que implicaba: dotación de tierras, obras hidráulicas, créditos blandos, apoyos técnicos, fertilizantes, semillas mejoradas, etc. Claramente, una variante de ese último enfoque ha sido la política de salarios mínimos. De manera complementaria, cabe insistir en el enfoque del expansionismo fiscal y monetario, causa principal de la inflación durante las épocas en las que se aplicó y también de las devaluaciones que estallaron.

El caso más exitoso que se ha registrado en México de eclecticismo fue el del llamado desarrollo estabilizador (1954-1970). Ese modelo de política económica puede considerarse ecléctico por sus componentes ortodoxo y heterodoxo. Con los objetivos de crecimiento económico sostenido y elevación también sostenida de los salarios reales, el componente ortodoxo se integró con políticas prudentes en el orden fiscal, monetario y salarial, y con un tipo de cambio fijo para que sirviera como ancla a fin de asegurar la estabilidad de precios. Por su parte, para el componente heterodoxo se recurrió a un menú amplio de mecanismos desarrollistas, como la protección comercial, los precios de garantía para los cultivos de exportación y los incentivos tributarios para impulsar la industrialización.

Durante sus últimas épocas se formó un movimiento de crítica académica en contra del desarrollo estabilizador. Uno de los argumentos más socorridos fue que el modelo se había “agotado”, aunque nunca pudo darse mucho sustento a esa tesis. En contrario, fue cierto que las importaciones crecían más rápido que las exportaciones, pero las autoridades crearon el muy exitoso programa de los polos de desarrollo turístico integralmente planificados (Cancún, Ixtapa, Huatulco) para financiar el déficit comercial. No obstante, la crítica más importante fue respecto a la inequidad en la distribución del ingreso. El problema era inocultable, pero ciertamente fue un error y una desmesura achacárselo en su totalidad a la estrategia del desarrollo estabilizador. De cualquier manera, de la anterior acusación se derivaron las bases para el llamado desarrollo compartido (1970-1976) y para el “espejismo petrolero” (1976-1982). Surgió así el gran desastre del período que se ha venido a conocer como “La docena trágica”, con los presidentes Echeverría y López Portillo.

 

La variante radical de la economía política

 

Visto en retrospectiva, con muy buen juicio las autoridades del Colmex se resistieron a incluir el enfoque de la Economía Política como uno de los fundamentos para sus programas de docencia e investigación en la materia de economía. La decisión debió haber tenido muchas razones y, desde la perspectiva actual, sólo vale plantear algunas conjeturas. Por ejemplo, nunca se supo de alguno de los intelectuales refugiados que fuera realmente un marxista ortodoxo. Y, de manera mucho más importante, dos de las figuras centrales en la formación del Colmex —Daniel Cosío Villegas y Víctor Urquidi— no tuvieron inclinaciones hacia esa corriente de pensamiento. En alguna ocasión, Cosío Villegas comentó con ironía que los marxistas eran poco útiles en razón de que tenían siempre las explicaciones a priori para todas las preguntas. Y en ese orden, también deben haber pesado mucho las instituciones del extranjero en donde los investigadores del Colmex habían realizado sus estudios. En general, provenían de universidades de la Gran Bretaña y de Estados Unidos, y naturalmente tendían a enseñar y a recomendar lo que habían aprendido. Es significativo que nunca se supo de algún economista del Colmex que proviniera de la Universidad Patricio Lumumba, en Moscú.

De manera adicional, en el Colmex se eludió cultivar y enseñar la Economía Política, tal vez porque ya eran muchas las instituciones universitarias que habían adoptado ese enfoque como su inspiración. En alguna medida, se trató, asimismo, de una moda intelectual. Pero, en realidad, el meollo del problema no era que hubieran adoptado ese enfoque, sino la forma en que lo cultivaban y enseñaban. Al convertirse esa forma en una suerte de religión laica, los economistas que formaban salían con una preparación muy pobre para el análisis y la investigación. De hecho, éste era el caso también para los profesores que los habían formado. En este respecto de la preparación práctica, cabe reconocer que ya de entrada la Economía Política ofrece a sus diletantes muy pocas de las herramientas operativas que requiere un economista moderno para hacer su trabajo.

Por su excesiva inclinación ideológica, los economistas que fueron formándose en la corriente de la Economía Política salieron, casi sin excepción, con muy escasa vocación para la investigación. De no haber sido ése el caso, tal vez habrían podido abordar desde su perspectiva doctrinal temas de verdadero interés colectivo. Por ejemplo, analizar los pros y contras de la política cardenista, que después fue practicada también durante la presidencia de Echeverría, de alentar huelgas desde el gobierno para, mediante la lucha de clases, mejorar la distribución factorial del ingreso en favor de los salarios. O analizar en qué forma fluctuaba el “ejército industrial de reserva” con el ciclo económico e, incluso, con una intención teórica, comparar el concepto de “ejército industrial de reserva” con “la tasa natural de desempleo”. Sin embargo, nunca se supo ni remotamente que haya habido esfuerzos de ese tipo.

Lo explicado ocurría en muchos medios académicos de México, mientras en el orden internacional se escenificaba la llamada Guerra Fría. Aunque ésta se desplegó en todos los campos imaginables, en materia de economía se trataba de demostrar cuál era mejor sistema: el de la economía estatizada con base en la planeación o el de la economía de mercado basada en la libertad de los agentes económicos. En México, los diletantes de la Economía Política se volvieron simpatizantes de la economía estatizada. Ése era el panorama, hasta que a finales de la década de los ochenta llegaron malas noticias de la realidad. La Perestroika y la Glásnost de Gorbachov no habían sido suficientemente eficaces y la Unión Soviética abandonaba el comunismo y se desmembraba. No obstante, en algunos recintos universitarios de México que habían acogido la Economía Política, los diletantes de la corriente continuaron impertérritos impartiendo sus cursos como si nada hubiese pasado.

 

Pragmatismo hacia el mercado

 

Sería difícil explicar sintéticamente el estado de desastre en el que se encontraba la economía mexicana al concluir el sexenio del presidente López Portillo. Un recuento de la severa problemática debe comenzar por el sobreendeudamiento de los sectores público y privado y el cierre del acceso al crédito voluntario del exterior. A ello cabe agregar un sector paraestatal hipertrofiado que operaba en números rojos y que era una causa importante del déficit fiscal de cerca de 16% sobre el pib. La inflación había escalado a 100% anual y las exportaciones se encontraban petrolizadas. A la quiebra financiera habría que sumar la quiebra moral, habiendo perdido el gobierno toda credibilidad frente a los ciudadanos. Para enfrentar esa problemática, surgió un período de la política económica mexicana que, a falta de una mejor denominación, llamamos aquí del “pragmatismo hacia el mercado”. Pragmatismo, porque la intención fundamental de las autoridades era enfrentar los problemas con un proactivismo básicamente funcional. Hacia el mercado, en razón de que la gran mayoría de las soluciones que se propusieron se inclinaron hacia el campo de le economía neoclásica.

Una constante en ese largo período del pragmatismo hacia el mercado fue la incapacidad manifiesta para lograr que la economía recuperase su capacidad para crecer rápido, a fin de lograr un crecimiento autosostenido como el del período del desarrollo estabilizador. Este objetivo se volvió muy difícil en razón de la gravitación de tres fuerzas antagónicas malignas. La primera, la muy severa problemática que enfrentaba la economía desde 1983. En adición, nuevos problemas se aparecieron en el camino que, además, eran prácticamente imposibles de anticipar. Y para cerrar el círculo, estuvo el fenómeno de una cadena de choques externos o internos desfavorables que afectaron la economía de México de manera muy dañina. El gobierno de López Portillo ya había tenido una probada de esta miel amarga en la forma de un efecto pinza, cuando en 1981 el precio del petróleo cayó contra todos los pronósticos y las tasas de interés internacionales se elevaron como la espuma.

En el sexenio de Miguel de la Madrid (1982-1988), los sismos de 1985 y el desplome del precio del petróleo en 1986 echaron por la borda todos los esfuerzos que se habían desplegado para combatir la inflación. Y en 1987, una severa crisis bursátil, seguida de una fuga de capitales masiva, dieron lugar a una nueva y profunda devaluación. En la presidencia de Salinas (1988-1994), las entradas masivas de inversión externa de cartera, que en un principio se vieron como una bendición, se tornaron en una maldición cuando en el traumático año de 1994 se interrumpieron y, de hecho, se revirtieron de manera perversa. Durante el gobierno de Zedillo (1994-2000), al menos en dos episodios el país sufrió corridas masivas de inversionistas con grave daño para la economía interna. En 2008-2009, México sufrió el coletazo de la muy intensa crisis financiera que puso en riesgo de quiebra al sistema bancario de Estados Unidos. Y, por último, ya en el gobierno actual del presidente López Obrador, el impacto por la pandemia de COVID-19 ha metido a la economía a un severo estancamiento como no se veía desde 1929.

La esencia proactiva del período del pragmatismo hacia el mercado se aprecia con claridad con lo que fue la política económica durante el sexenio del presidente Zedillo. En ese sexenio tuvieron que enfrentarse tres grandes crisis. En primer lugar, conformar, con la ayuda del gobierno del presidente Clinton, un gran paquete financiero de rescate para conjurar la gran corrida financiera que sufrió México en los inicios de esa administración. En segundo lugar, vino el programa para rescatar de la quiebra el sistema bancario del país. Aparte de los problemas de implementación, dicho programa enfrentó el reto comunicacional de explicar que el rescate había sido para los bancos y sus depositantes, no en beneficio de los accionistas de los bancos. Por último, en ese sexenio tuvo que reemprenderse con energía la lucha contra la inflación, la cual había quedado interrumpida a raíz de la devaluación de 1994.

La campaña en contra del proteccionismo comercial se destaca por el contenido de rompimiento de tabúes que conllevó. Las exportaciones de petrolíferos absorbían 70% de esa cuenta y sobrevino el desplome de los precios del petróleo. ¿Qué hacer? Surgió así la propuesta herética de abrir la economía para, por esa vía, remover el sesgo antiexportador que padecía la planta manufacturera nacional desde tiempo atrás. La primera acción de apertura fue la adhesión de México al gatt (General Agreement on Trade and Tariffs) en 1985. Y esa tendencia se reforzó en 1993 con la suscripción del tlcan (Tratado de Libre Comercio de América del Norte). En contra de los pronósticos más pesimistas, con la apertura comercial las exportaciones han florecido y, además, ha contribuido a hacer de México un gran exportador de manufacturas. Con el inicio del gobierno del presidente López Obrador llegó a temerse una regresión de la apertura comercial, pero prevaleció el buen juicio y a principios de 2020 se ratificó el tmec, que sustituyó al tlcan. La interpretación más lógica que puede darse a ese último hecho es que en México la apertura comercial ha adquirido el carácter de verdadera política de Estado. Incidentalmente, lo mismo puede decirse para el régimen de flotación cambiaria en vigor desde 1995.

Un rasgo importante de la etapa de pragmatismo hacia el mercado fue la capacidad de creación y de innovación, que se puso en evidencia particularmente en la solución que en su momento se alcanzó para la renegociación de la deuda externa privada. En muy buena medida, la dificultad provenía de la multiplicidad de deudores y acreedores, y de la asimetría de los incentivos. Se diseñó así un mecanismo que, además de empaquetar, por así decirlo, a deudores y a acreedores, quitó del escenario los dos principales problemas que les aquejaban: a los primeros, el riesgo cambiario; a los segundos, la incertidumbre sobre el pago. En sentido parecido, el programa de desregulación de mercados microeconómicos intentó fortalecer la competencia y la información en beneficio de los consumidores, en contraste, por ejemplo, con los esquemas de controles de precios típicos del enfoque dirigista, que en la práctica sólo generaban situaciones de escasez y el surgimiento de mercados paralelos o “negros”.

Durante los gobiernos del pragmatismo hacia el mercado, la teoría del péndulo dejó de tener aplicabilidad en cuanto a la determinación de la estrategia económica, en razón de que la agenda fue impuesta, en lo principal, por los problemas y por los choques exógenos. Posiblemente ese período concluyó al principio del sexenio de Peña Nieto (2012-2018), cuando la agenda volvió a ser principalmente programática. En ese sentido, la percepción fue que el péndulo se movió hacia la derecha, por las reformas de corte “neoliberal” que se emprendieron. Y, sin duda alguna, con el inicio del sexenio de López Obrador (2019-2020) ha oscilado en el sentido opuesto. Ésa es la percepción, en razón de la retórica, el estilo personal de gobernar y el ambiente de confrontación con los grupos empresariales que, en términos históricos, evocan el gobierno de Echeverría (1970-1976). Lo paradójico, hasta el momento, es que las acciones de política económica más exitosas de la actual administración han sido de corte “hacia el mercado”, como la suscripción del tmec o la reciente reforma concertada al régimen de pensiones.

 

La ortodoxia liberal

 

Un rasgo muy sobresaliente en el cuerpo principal de las corrientes de pensamiento afines a la economía de mercado ha sido su carácter evolutivo. Desde la década de los treinta, ese cuerpo de teoría había logrado procesar la revolución keynesiana, en particular la síntesis neoclásica a partir del famoso artículo de John Hicks de 1937, “El Sr. Keynes y los clásicos”. Como resultado de esa incorporación, de manera tácita quedaron obsoletos tres paradigmas que habían sido muy apreciados en el pensamiento previo a Keynes: la ortodoxia del patrón oro, la llamada Ley de Say (la tendencia automática al equilibrio en el nivel de pleno empleo) y la neutralidad del dinero.

La penetración en nuestro medio de las ideas de la Escuela de Viena ha sido analizada recientemente con profundidad por María Eugenia Romero en su libro Los orígenes del neoliberalismo en México. La escuela austriaca (fce, 2016). En general, la corriente de pensamiento orientada “hacia el mercado” ha tenido la capacidad para generar nuevos paradigmas que secuencialmente han significado avances indiscutibles de la economía teórica y práctica. Y en el camino, también cabe enfatizar la posibilidad que se ha tenido de que esos paradigmas de nuevo cuño se conozcan con oportunidad en México.

El recuento no puede ser exhaustivo, desde luego, pero ya en la posguerra cabe destacar, en primer lugar, la propuesta de Milton Friedman en favor del régimen de tipo de cambio flotante a principios de la década de los cincuenta, además del enfoque monetario de la balanza de pagos en el siguiente decenio, cuyo pionero fue el economista canadiense Harry Johnson. Por esa misma época, también consiguió gran lucimiento el economista de la Universidad de Columbia Robert Mundell, con su teoría sobre las áreas monetarias óptimas, que fue un apoyo determinante para la creación del euro en el Viejo Continente. Más adelante hizo su aparición el enfoque de las expectativas racionales bajo el impulso de los profesores Sargent, Phelps y Lucas, y recientemente el trabajo del profesor James Buchanan, en el cual, con apoyo en la teoría microeconómica, se formalizó la idea de que los funcionarios públicos son agentes maximizadores de sus propios intereses.

Según el testimonio del profesor Antonio Yúnez, del Centro de Estudios Económicos (cee) de El Colegio de México, durante la década de los ochenta, la docencia y la investigación en el cee se reorientaron más hacia la teoría económica neoclásica moderna, con énfasis en la microeconomía. En el programa de Maestría, la reorientación significó impartir más cursos obligatorios de teorías macro y micro, de matemáticas y métodos cuantitativos. En compensación, se redujeron o se pasaron como materias optativas las relacionadas con historia, pensamiento y desarrollo. En el mismo sentido, las contrataciones de profesores para el cee se hicieron más técnicas y especializadas. En algunos casos, con enfoque microeconómico; en otros, con enfoque empírico y sobre temas contemporáneos de la economía mexicana, conforme a lo que estaban haciendo los académicos estadounidenses y británicos.

Durante los últimos veinte años se han hecho muchas incorporaciones novedosas en el cee. Temáticamente, cabe destacar la economía ambiental, la organización industrial, las finanzas y la economía del comportamiento. En cuanto al aspecto empírico, merecen mención las evaluaciones de impacto de las políticas públicas con base en la economía aplicada experimental (en pobreza y desigualdad, por ejemplo) y en modelos multisectoriales aplicados, así como en los temas de género, racismo e informalidad. Más adelante, a raíz de la crisis financiera internacional de 2008-2009, se empezó a poner más atención, tanto en docencia como en investigación, en las teorías y estudios macroeconómicos.

 

Hacia el futuro

 

No es posible saber el futuro, pero hacia adelante una cosa es segura: los problemas económicos de la humanidad seguirán siendo muy profundos y muy complejos. Una manera de enfrentarlos será mediante el rescate de los principios básicos. Uno de ellos, el principal, que los recursos disponibles se mantendrán inflexiblemente escasos. Otro, también fundamental, que las políticas económicas son más eficaces cuando se logran alinear los incentivos de los agentes económicos con los objetivos de las autoridades. Este último principio puede ser clave para las políticas que se propongan en pro de una mayor igualdad. De lo contrario, sólo generarán discordia social.

La historia es maestra de la vida (Cicerón dixit) y será conveniente perseverar en las fórmulas que han tenido éxito. A manera de ejemplo, a nadie debería ocurrírsele en México resucitar el proteccionismo comercial, volver al régimen cambiario de la paridad fija o a privar de autonomía al Banco de México. En ese orden, debe darse siempre prioridad al pragmatismo: pensar y poner en ejecución las fórmulas que funcionan en detrimento de las que han probado su disfuncionalidad. Por ejemplo, el expansionismo fiscal y monetario como instrumento para acelerar el crecimiento sólo probó ser causa de inflación con estancamiento, con todas sus consecuencias dañinas.

Pragmatismo y capacidad de innovación deben ser también dos de las orientaciones básicas por seguir. Toda vez que seguramente aparecerán en el horizonte nuevos problemas, habrá que ser muy innovadores y creativos. Los economistas, en el papel de sastres, deberán crear nuevos trajes a la medida para enfrentar los problemas que vayan surgiendo. Por ejemplo, éste deberá ser el lineamiento con respecto a los problemas ecológicos y ambientales que plantea el desarrollo económico. Y hacia el futuro, también habrá que insistir incansablemente en el valor del análisis. Como una norma de procedimiento general, habrá que explicitar siempre el objetivo que se persigue con cada medida económica que se proponga, los instrumentos de intervención y las causalidades que se espere que lleven a las metas.

Tengo la convicción de que El Colegio de México ha hecho su parte en esta cruzada y que la seguirá cumpliendo. Desde luego, destaco la práctica de actualizar continuamente sus programas de estudio y el compromiso institucional de preparar economistas con todas las herramientas operativas necesarias para un desempeño eficaz en la profesión. Pero, sobre todo, quiero destacar una virtud que más que del orden intelectual es de naturaleza ética: el compromiso indeclinable con la excelencia profesional y una vocación de servicio a toda prueba.

Para concluir, en el orden meramente humano, habrá que practicar las viejas virtudes clásicas de la humildad y la prudencia. Estar siempre conscientes de que es muchísimo lo que nos falta por saber y que, además, nunca habrá recetas mágicas que resuelvan los problemas de manera sencilla. Nunca hay soluciones fáciles, sólo mejores o peores. En otras palabras, en economía nunca hay panaceas. Hay que cultivar la claridad para rescatar siempre las verdades esenciales. Cuando en la posguerra, el doctor Hjalmar Schacht (exbanquero central de Hitler, exonerado en Nuremberg y convertido en consultor) fue invitado a México para recomendar cómo impulsar el desarrollo económico, simplemente recetó: trabajar muy duro y ahorrar mucho. Hay que reforzar la convicción de que no hay otros caminos. En la propia Biblia se predica: “Te ganarás el pan con el sudor de tu frente”.◊

 


 

* EDUARDO TURRENT

Es maestro en Economía egresado de El Colegio de México.