El Colegio y sus publicaciones

En sus ya por cumplirse ochenta años de vida, El Colegio de México se ha destacado por una prolífica y constante actividad editorial que suma ya más de cuatro millares de publicaciones. Javier Garciadiego recorre en las siguientes líneas, de manera sintética, este abundante camino de páginas y páginas.

 

JAVIER GARCIADIEGO*

 


 

La historia de El Colegio de México está indisolublemente ligada a sus publicaciones. Más aún, éstas lo trascienden, tanto en lo temporal como en lo institucional. Las primeras aparecieron durante la breve existencia de su antecesora, La Casa de España. Sin pretender resolver aquí la competencia entre los colofones, no hay duda de que algunas de ellas fueron El payaso de las bofetadas y Español del éxodo y del llanto, ambas del poeta León Felipe; Cornucopia de México, del también poeta, además de pintor, José Moreno Villa, lo mismo que su delicioso estudio sobre las pinturas de Velázquez titulado Locos, enanos y niños palaciegos —del que al bromista don Luis González le gustaba decir que se refería, en verdad, a sus colegas—. El musicólogo Adolfo Salazar publicó Las grandes estructuras de la música y Música y sociedad en el siglo xx; la filósofa María Zambrano hizo lo propio con Pensamiento y poesía en la vida española; el filósofo y pedagogo catalán —muerto muy pronto en trágico accidente urbano— Joaquín Xirau publicó Amor y mundo, y José Gaos empezó entonces su larga relación con las imprentas mexicanas al publicar Antología de la filosofía griega, relación que sobrevivió a su muerte: en forma póstuma se publicó su admirable Historia de nuestra idea del mundo. Es obvio que este breve listado no es exhaustivo y sólo busca demostrar la vieja e intensa relación entre El Colegio de México y las imprentas. De esta relación, la mejor prueba es que desde entonces Alfonso Reyes empezó a publicar sus muchos libros en la institución. La coherencia editorial de El Colegio se hace evidente, pues sigue publicando a Reyes, así como estudios a él dedicados.

En términos editoriales, La Casa de España y, luego, El Colegio de México fueron parte de un proceso difícil de definir: ¿coterritorialidad, simbiosis, incesto? Sucedió que al fundarse La Casa de España no se le asignaron instalaciones propias, sino que se le facilitó un par de cuartos dentro de las oficinas del Fondo de Cultura Económica. La conveniencia pronto superó a la convivencia. Daniel Cosío Villegas, simultáneamente director del Fondo y secretario de La Casa, facilitó el arreglo. Su generosidad le fue retribuida con creces. Hasta entonces, el Fondo era una editorial pequeña y monotemática que publicaba una revista —El Trimestre Económico— y uno o dos libros de economía al año. Los españoles de La Casa sabían varios idiomas y practicaban otras disciplinas académicas, por lo que se les contrató para que tradujeran los principales libros de su especialidad. Claro está que aceptaron: tendrían al mismo jefe —Cosío Villegas— y no necesitarían desplazarse por una ciudad que aún no conocían.

Fue así como el Fondo de Cultura Económica se convirtió, gracias a La Casa de España y luego a El Colegio de México, en una editorial pluritemática. La lista de autores y títulos traducidos entonces es enorme, en calidad y cantidad: en Economía, Marx, Adam Smith y David Ricardo, entre otros; en Política y Derecho, se tradujo a Hobbes, Locke y Burke; en Sociología, a Max Weber, y en Filosofía, a Heidegger y Dilthey, entre muchos más. Fue tan simbiótica la relación que hubo colegas —pienso en Eugenio Ímaz— que no sabían con claridad cuál era la institución que pagaba su salario. Asimismo, hubo libros —como Letras de América de Enrique Díez-Canedo— en cuya página legal, o en el colofón, había confusiones sobre la institución editora. Fue gracias a esa irrepetible conjunción del Fondo, La Casa (o El Colegio) y los exiliados españoles que el mundo mexicano (y el latinoamericano) conoció a los clásicos del pensamiento moderno. Alfonso Reyes había dicho poco antes que América Latina “había llegado tarde al banquete de la Civilización”. Pues bien, gracias a esa colaboración entre el Fondo y la Casa o El Colegio, pudo recuperarse parte de esa brecha, a brincos y zancadas. Por cierto, esa vieja y entrañable relación sigue repitiéndose: hace pocos años, el colega Francisco Gil Villegas actualizó la traducción y la edición de Max Weber que 60 años antes había hecho José Medina Echavarría.

La evolución editorial de El Colegio tuvo tres directrices: publicaría monografías académicas, tanto obras de sus profesores como las mejores tesis de sus alumnos; asimismo, se distinguiría por aventurarse en la elaboración de varias obras colectivas de enorme impacto; por último, es indiscutible que El Colegio es la institución hispanoamericana que con más celo y rigor ha cumplido con la edición puntual de sus publicaciones periódicas, esto es, sus revistas, un par de ellas auténticamente célebres, indispensables.

Seleccionar las más destacadas monografías académicas individuales sólo puede hacerse desde la más personal de las perspectivas, gratamente subjetiva, aunque puedo asegurar que hay indicadores objetivos que avalan esta selección, como número de reimpresiones, reseñas, premios y hasta traducciones. Sin embargo, sin duda alguna el indicador más importante es el de su impacto académico, el de su permanencia en el tiempo. Tomando en consideración las particularidades de cada disciplina, en el Centro de Estudios Históricos destacan, de la época fundacional, El tributo indígena en la Nueva España, del refugiado José Miranda, y varias tesis, frutos del “Seminario” de José Gaos; cito sólo una, El positivismo en México, de Leopoldo Zea. Del periodo de consolidación del Centro, menciono Pueblo en vilo, de Luis González, origen de los estudios regionales; Nacionalismo y educación, de Josefina Vázquez, base de la moderna historia de la educación en México, y Precios del maíz y crisis agrícolas en México, de Enrique Florescano, fundamental en el desarrollo de la historia económica.

El Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios tuvo una etapa previa, la del Centro de Estudios Literarios, cuando se publicaron varias obras de Reyes —El deslinde, entre ellosy un par de títulos de Enrique Díez-Canedo, también pronto fallecido. Luego aparecería, de Ana María Barrenechea, La expresión de la irrealidad en la obra de Jorge Luis Borges, uno de los primeros libros de interpretación de la obra borgeana, tema que hoy genera una industria mundial. En su época moderna destacan Los 1001 años de la lengua española, de Antonio Alatorre, coeditada con el Fondo, que combina erudición con claridad; el Nuevo corpus de la antigua lírica hispánica, de Margit Frenk, y la fundamental Poética y profética, de Tomás Segovia.  

Del Centro de Estudios Internacionales, mis preferencias recaen en el “clásico” de Mario Ojeda, Alcances y límites de la política exterior de México, leído y releído por todas las generaciones de alumnos de El Colegio; en el libro de Olga Pellicer, México y la Revolución cubana; en México y Estados Unidos en el conflicto petrolero, de Lorenzo Meyer, y en El Partido Acción Nacional: la larga marcha, de Soledad Loaeza. Agrego el libro de Ma. Carmen Pardo, La modernización administrativa en México, tan leído en la carrera de Política y Administración Pública, como lo es el de Ojeda en la de Relaciones Internacionales.

En lo que respecta al Centro de Estudios de Asia y África, que también publica traducciones de obras clásicas de esas regiones del mundo, sin duda destaca el poema babilonio Gilgamesh, traducido por Jorge Silva. En este Centro también se pone atención a los problemas contemporáneos de esa parte del planeta: dígalo si no El pueblo quiere que caiga el régimen, coordinado por el prematuramente fallecido Luis Mesa, que fue uno de los primeros análisis de la llamada “Primavera árabe”.

Si bien los miembros del Centro de Estudios Económicos se caracterizan por publicar artículos, deben mencionarse los libros de Adalberto García Rocha, La desigualdad económica; de Alain Ize y Gabriel Vera, La inflación en México; de Nora Lustig, México: hacia la reconstrucción de una economía, y de Jaime Serra Puche, Políticas fiscales en México.

El Centro de Estudios Demográficos, Urbanos y Ambientales se caracteriza por publicar libros en coautoría, como La dinámica de la población de México, libro fundacional de esa disciplina, en el que estuvieron involucrados Víctor Urquidi, Francisco Alba —autor de la sintética obra La población de México—, Raúl Benítez, Gustavo Cabrera y el añorado José B. —Pepe— Morelos, así como El desarrollo urbano de México, también fundacional, de Luis Unikel, Cresencio Ruiz y Gustavo Garza.

Por último, en el Centro de Estudios Sociológicos destacarían dos obras distantes en sus fechas de elaboración, pero cercanas en su calidad y en la pertinencia de los temas tratados: el de Francisco Zapata, Las Truchas: acero y sociedad, y el de Marco Estrada, El pueblo ensaya la revolución. La appo y el sistema de dominación oaxaqueño. Con todo, de este Centro mis preferencias están con el espléndido Ciudadanos imaginarios, de Fernando Escalante, originalmente presentado como tesis doctoral en Sociología.

Finalmente, sería injusto no señalar uno de los grandes éxitos editoriales de El Colegio, publicado por un miembro de la Biblioteca y cuyas varias reimpresiones son prueba de su inmensa utilidad: Ario Garza Mercado, Manual de técnicas de investigación para estudiantes de ciencias sociales.

En cuanto a las revistas de El Colegio, escribir acerca de ellas es sin duda motivante. En orden cronológico, está primero la Nueva Revista de Filología Hispánica, que apareció en 1947, pero que en rigor es heredera de dos períodos previos: los de la Revista de Filología Española, en Madrid, y de la Revista de Filología Hispánica, en Buenos Aires; referir la evolución de esta célebre revista nos permite evocar a Raimundo Lida, Antonio Alatorre y Martha Elena Venier. Luego vino Historia Mexicana, fundada por Daniel Cosío Villegas en 1951 —por lo que está próxima a convertirse en septuagenaria—; algunos de sus principales directores fueron Luis Muro, Bernardo García Martínez, Solange Alberro y Óscar Mazín. Le siguió en 1960 Foro Internacional, fundada también por ese inagotable e imaginativo empresario cultural que fue Daniel Cosío Villegas y entre cuyos directores destacan Rosario Green y Reynaldo Ortega. La siguiente publicación periódica fue la Revista de Estudios Orientales, que apareció en 1966, pero que en 1975 cambió de nombre por el de Revista de Estudios de Asia y África. Después vio la luz Estudios Sociológicos, en 1983, creada al mismo tiempo que el Centro, sin duda mérito de Rodolfo Stavenhagen. Por último, si bien en 1967 empezó a publicarse Estudios Demográficos y Económicos, con Víctor Urquidi como animador, en 1986 se dividió, generando dos publicaciones distintas: Estudios Económicos y Estudios Demográficos y Urbanos, dirigida esta última por Manuel Ángel Castillo desde que inició la segunda mitad de su existencia. Aunque lo común es que cada Centro tenga una revista, problemáticas particulares han obligado a El Colegio, siempre atento a los nuevos retos y desafíos, a propiciar nuevas publicaciones periódicas, como Cuadernos de Lingüística de El Colegio de México, publicada por primera vez en 2013, y la Revista Interdisciplinaria de Estudios de Género, aparecida apenas en 2015.

Cualquier relación de las publicaciones periódicas de El Colegio estaría incompleta si no se hiciera una agradecida mención a Diálogos, dirigida por Ramón Xirau entre 1964 y 1985. Me pregunto dónde ubicar la colección Jornadas, nacida en 1943. Retirado de la institución su fundador José Medina Echavarría, aquellos inolvidables folletos azules pasaron a ser unos libros de bolsillo, para trabajos que no llegaban a ser libros, pero que eran demasiado largos para artículos; también ha servido, desde aquel cambio, para la publicación de muchas tesis.

En cuanto a las grandes aventuras editoriales colectivas de El Colegio, sin duda destaca la Historia moderna de México, publicada en diez gruesos volúmenes por la Editorial Hermes, elaborada por Daniel Cosío Villegas, Luis González, Moisés González Navarro y varios más. En su pospuesta continuación, la Historia de la Revolución mexicana, colaboraron, entre otros, Luis González, Berta Ulloa, Álvaro Matute, Enrique Krauze, Jean Meyer, Lorenzo Meyer, Alicia Hernández, Luis Medina, Blanca Torres, Olga Pellicer y José Luis Reyna. Publicada primero en 23 tomos —con cuatro faltantes—, el año próximo finalmente aparecerá completa, refundida en ocho gruesos tomos. En el Centro de Estudios Históricos se han hecho también dos libros auténticamente seminales: la Historia mínima de México, de 1973, pero rehecha 30 años después, publicada en varias versiones y traducida a una veintena de idiomas, y la Historia general de México, del año 1976, también reelaborada para las conmemoraciones del 2010. Otra obra colectiva de gran impacto académico es la Historia de la vida cotidiana en México, coordinada por Pilar Gonzalbo y publicada en seis tomos en coedición con el Fondo de Cultura Económica. Sería injusto no mencionar la colección de más de 30 Breves historias de los estados, coordinada por Alicia Hernández, pues muchos de sus autores eran miembros o exalumnos del Centro.

En el Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios destaca el reconocidísimo Diccionario del Español de México, coordinado por Luis Fernando Lara, siempre con la colaboración de Francisco Segovia, ahora ya en las plataformas digitales de las secretarías de Educación Pública y de Relaciones Exteriores, lo que prueba su permanente consulta. También de este Centro es el Atlas lingüístico de México, en seis volúmenes, coordinado por Juan Miguel Lope Blanch, y la Historia sociolingüística de México, de Rebeca Barriga y Pedro Martín Butragueño, que alcanzó ya su quinto volumen. Confieso que me emociona recordar que hace unas décadas este Centro publicó el entrañable Cancionero folklórico de México, en cinco volúmenes, producto de la paciente labor de Margit Frenk y de Mercedes Díaz Roig. Por último, en el Centro de Estudios Internacionales se publicó la obra México y el mundo, en nueve volúmenes, cuya coordinadora fue Blanca Torres.

En los últimos años, El Colegio se ha distinguido por dos grandes proyectos editoriales colectivos. Su contribución a las conmemoraciones nacionales del 2010 fue la elaboración, en 16 volúmenes, de la serie Los grandes problemas de México, con aportaciones de colegas de casi todos los Centros y coordinada por Manuel Ordorica y Jean François Prud’homme. Y, aprovechando que la Historia mínima se había convertido en una “marca de mercado”, hace unos años se decidió iniciar una colección titulada Historia mínima de… Su éxito ha sido rotundo, en lo académico y en lo comercial, con numerosos premios y reimpresiones. Más aún, es una colección que también se imprime y distribuye en el extranjero, experiencia inédita en nuestra historia editorial. Con autorías de colegas de varios centros, pero también de muchos externos, uno de sus objetivos era acabar con la endogamia autoral; otro objetivo era analizar temas no académicos, pero haciéndolo desde una perspectiva académica, como lo prueban los volúmenes dedicados al yoga y al futbol. Coordinada desde sus inicios por Pablo Yankelevich, la colección ya rebasó los 70 títulos.

Repito, más que una breve y rigurosa síntesis histórica sobre los libros y revistas de El Colegio de México, estas páginas reconocen mis preferencias librescas. Quien quiera un acercamiento cronológico o estadístico, no subjetivo, debe consultar la obra de José María Espinasa, La Casa de España y El Colegio de México. Catálogo histórico, 1938-2010.1

 


1 Agradezco la información que me suministraron los directores y directoras de los Centros, y las y los responsables de sus revistas, así como la ayuda de Omar Urbina, quien cotejó los títulos y las fechas de publicación.

 


* JAVIER GARCIADIEGO

Es profesor asociado del Centro de Estudios Históricos de El Colegio de México, institución en la que ha desarrollado labores académicas desde 1991.