Descubrir el mundo

En este texto autobiográfico, Flora Botton relata su experiencia como integrante de la primera generación de estudiantes egresados de la Maestría en Estudios Orientales, que años después se convertiría en el actual Centro de Estudios de Asia y África de El Colegio de México, y la importancia histórica que ha tenido este Centro desde sus inicios para el desarrollo diplomático de México con los países africanos y asiáticos.

 

FLORA BOTTON BEJA*

 


 

En febrero de 1964 emprendí una aventura que cambiaría mi vida. Ingresé, con 24 estudiantes más de México y otros países de América Latina, a una nueva Maestría, en Estudios Orientales, financiada por la unesco, y que tenía como meta tender puentes entre Asia y América Latina. La sede de este programa, disputada por centros universitarios de otros países del continente americano, fue otorgada a El Colegio de México, gracias a la labor de persuasión del Dr. Silvio Zavala, representante de México ante la unesco. Con un Centro de Estudios Internacionales, fundado por Daniel Cosío Villegas, El Colegio tenía ya una vocación internacionalista y estaba dispuesto en estudiar áreas del mundo hasta entonces casi ignoradas en nuestras universidades. La maestría, que tuvo como esquema los estudios regionales, no fue incorporada dentro de los programas del cei, sino que fue, más bien, un hijo adoptivo, una sección de dicho centro con un programa independiente que abarcaba el estudio de cuatro áreas: China, Japón, India y Medio Oriente (que incluía los países del Norte de África). La profesora Graciela de la Lama, quien había estudiado sánscrito y filosofía de la India, fue nombrada responsable del programa.

Entre los 25 estudiantes, que provenían de varias disciplinas de estudio, pocos tenían antecedentes en estudios de Asia; sus intereses iban desde la inquietud intelectual y la búsqueda de nuevas corrientes de pensamiento hasta la admiración por la Revolución china y la curiosidad por entender los conflictos de Medio Oriente. En mi caso, además de los intereses compartidos con mis compañeros, se trataba de ampliar mis conocimientos que, en cuanto a “Oriente”, se limitaban a lecturas incidentales y asistemáticas, desde Pearl Buck hasta Kipling, el mundo fascinante de Las mil y unas noches, Egipto y las antiguas civilizaciones de Medio Oriente, y, claro está, la Biblia. Había estudiado filosofía, pero nunca tuve una clase sobre filosofía más allá de Occidente; siempre había oído que en Asia no había realmente filosofía, sino “corrientes de pensamiento” a las que nunca dedicamos tiempo de estudio. Confieso que mis conocimientos sobre confucianismo se limitaban a los aforismos contenidos en las galletas de buena suerte de los restaurantes chinos.

Reunidos en el edificio de la calle Guanajuato, se nos habló de la importancia del programa de Estudios Orientales, cuyo propósito era capacitarnos para entender una parte esencial del mundo y nuestra meta debía ser compartir nuestros conocimientos tanto con el mundo académico como con el político. Nuestra primera obligación era aprender la lengua de la región en la que queríamos especializarnos, instrumento clave para lograr nuestro propósito. Podíamos elegir entre chino, árabe, japonés y sánscrito. De las aulas de Guanajuato y de otros edificios anexos salían extraños ruidos que llamaban la atención de estudiantes y maestros de otras áreas. La música de los tonos chinos, del árabe y del sánscrito se escuchaba en los pasillos. Mientras, nosotros tratábamos de imitar sonidos a los que nuestros paladares y gargantas no estaban acostumbrados y de aprender escrituras diferentes. Estábamos pasando por un proceso de alfabetización en lenguas sin alfabeto… Todos nosotros, adultos estudiantes del posgrado, cual niños de primaria, teníamos que someternos a la humillación de ser regañados por nuestra mala pronunciación, por escribir torpemente los caracteres chinos y japoneses, por equivocarnos en la ortografía del árabe o del sánscrito.

¿Quién nos enseñaría estas lenguas? El comienzo fue difícil. Antes de que llegaran maestros de lengua profesionales, enviados por la unesco, se buscó una solución temporal local. Salvo la maestra Maria Chuairy, la “malme”, quien había enseñado árabe a los hijos de inmigrantes de países araboparlantes, los demás maestros tenían poca experiencia docente, pero a todos nos sobraba entusiasmo. Pronto se corrió la voz de que en El Colegio de México se enseñaban lenguas asiáticas y llegaron a nuestras aulas varios curiosos e interesados. En las clases de chino se inscribió Carlos Monsiváis, quien nunca se presentó, y asistió brevemente Salvador Elizondo, cuya destreza para dibujar caracteres nos llenaba de envidia.

El resto del programa de dos años era sumamente ambicioso. Se trataba de aprender lo más posible sobre todos los aspectos de la historia, la cultura, la sociedad, la geografía y la situación actual de Asia y el Norte de África. Corríamos en las calles de la colonia Roma de un edificio a otro a oír sobre historia de Egipto, filosofía china, colonialismo en la India, nacionalismo árabe. Pedagógicamente podría haber sido un desastre, pero no podíamos resistir a la fascinación de saber todo, y estos dos años fueron los más enriquecedores de nuestras vidas. Al estudio abstracto se añadía una vivencia más, el contacto con nuestros profesores, la mayoría enviados por la unesco, y provenientes tanto de Asia como de Europa y Estados Unidos. Algunos eran eminencias en sus campos de estudio y, para ellos, el semestre que pasaban en México enseñando tal vez un solo curso significaba un respiro de las múltiples tareas que desempeñaban en sus universidades, por lo que podían desarrollar una relación más relajada con sus estudiantes. Para nosotros, esta convivencia fue un constante aprendizaje que nos acercaba a las culturas que queríamos conocer. Eran frecuentes los viajes de “estudio” que ideaban algunos profesores deseosos de conocer México. En camiones algo incómodos, visitamos Guanajuato, Oaxaca, Chiapas; no puedo olvidar la noche en que recorrimos los callejones de Guanajuato y el profesor Misra, brahmán de la India, cantó plegarias en sánscrito ante el asombro de los paseantes. Algunos profesores permanecieron más tiempo, como Prodyot Mukherjee, quien ayudó a revisar el programa e introdujo materias metodológicas que comparaban la problemática de Asia con América Latina. Y cómo no recordar al profesor Nyong’o, eminente político en Kenya, quien inició el programa de África. El flujo de profesores invitados fue constante durante muchos años hasta que pudieron ser reemplazados por egresados ya capacitados en el extranjero. A la par de cursos regulares, siempre se ofrecieron conferencias sobre temas pertinentes, dictadas tanto por los docentes regulares como por invitados; fue así como pudimos escuchar, entre otros famosos, a Mircea Eliade, el legendario especialista en religiones. Ya en años posteriores, Ōe Kenzaburō, escritor japonés, premio Nobel de literatura, quien había enseñado durante un semestre en El Colegio de México, compartió una mesa redonda con Octavio Paz.

Construir una biblioteca prácticamente de cero en una época en la que no había recursos virtuales fue un enorme reto. Compras, donaciones, regalos de universidades y de colecciones particulares fueron enriqueciendo el acervo que en la actualidad es el mejor en todo el mundo de habla hispana. Muy pronto surgió la revista Estudios Orientales, en la que, después de ampliar mi formación en el extranjero e incorporarme a la planta docente de El Colegio, publiqué mis primeros ensayos y traducciones.

En 1968, la Sección de Estudios Orientales (seo) había demostrado que podía ser independiente y que había llegado a la mayoría de edad. Así nació el ceo (Centro de Estudios Orientales). Ésta no fue la última vez que cambió de nombre. El de “estudios orientales”, que se le dio en sus inicios al programa, seguía la tradición europea y el modelo de la School of Oriental and African Studies de Inglaterra o de la École des Langues Orientales de Francia. Sin embargo, ver a Asia como “oriente”, visión totalmente eurocéntrica, tenía poco sentido considerando nuestra posición geográfica, y en 1975 se cambió el nombre de nuestro centro a ceaan (Centro de Estudios de Asia y África del Norte), para finalmente convertirse en ceaa (Centro de Estudios de Asia y África) al incorporar estudios de África subsahariana en 1982.

En 1975, el ceaan obtuvo la sede del Congreso Mundial de Orientalistas tras competir con la Unión Soviética, cuyos representantes nos tacharon de “advenedizos” sin experiencia, comparados con su larga tradición en estudios de Asia. En agosto de 1976, gracias al entusiasmo de Graciela de la Lama, y con el apoyo del presidente de El Colegio, Víctor Urquidi, quien siempre se interesó en temas de estudio novedosos, y del presidente de México, Luis Echeverría, quien favorecía el contacto con el “Tercer Mundo”, se realizó el trigésimo cichaan (Congreso Internacional de Ciencias Humanas de Asia y África del Norte). Llegaron a nuestro país estudiosos de todo el mundo y nos desempeñamos decorosamente como anfitriones. Después de este evento, los estudios que se realizaron en México sobre Asia ya tenían el reconocimiento del resto del mundo académico.

Desde su fundación, y a través de los años, la labor del ceaa no se redujo a un ejercicio académico. Si bien se consideró indispensable enseñar las lenguas y las culturas de las diferentes regiones, también era tema de estudio la situación actual de los continentes que nos interesaban. El conocimiento generado se difundía a través de conferencias, diplomados y cursos en otras universidades. El acervo de la biblioteca sobre Asia y África, ya en la comodidad del nuevo edificio, pronto fue una fuente indispensable para investigación y consultas. Desde sus inicios, el ceaa concedió una gran importancia a las traducciones literarias y a través de los años se tradujeron, por primera vez al español, cuentos, novelas y ensayos del chino, japonés, árabe, indonesio y swahili.

La Secretaría de Relaciones Exteriores, que siempre tuvo lazos estrechos con El Colegio de México, se apoyó frecuentemente en asesorías del ceaa. Cuando México estableció relaciones con China en 1972, el primer embajador mexicano, Eugenio Anguiano, encontró en el ceaa una fuente de información que, según considera, le fue de gran utilidad. En 1973, el presidente Echeverría viajó a China y se prepararon en el Centro documentos indispensables para apoyar a la delegación que lo acompañó. Con el tiempo, algunos de los egresados del ceaa se incorporaron al servicio exterior y así México tuvo diplomáticos conocedores tanto de la lengua como de la cultura de los países a los que fueron asignados.

Una consecuencia del viaje del presidente Echeverría fue el establecimiento de un programa para estudiantes chinos, quienes habían estudiado el español y recibirían clases para perfeccionar su conocimiento del idioma y de varios aspectos de América Latina. El Colegio de México aceptó ser anfitrión de este programa, que entre 1974 y 1984 recibió cada año grupos de veinte estudiantes chinos, algunos ya de edad madura, que habían sido víctimas del cierre de universidades durante la Revolución Cultural. El trato con estos jóvenes, que vestían el reglamentario traje Mao y se movían siempre como un grupo, no era fácil: las conversaciones se estancaban ante una retórica oficialista. Sin embargo, hubo contactos y se forjaron amistades; cuando unos años más tarde China se abrió al mundo, estos mismos estudiantes fueron académicos, funcionarios de alto nivel, y algunos tuvieron cargos diplomáticos en México y en otras partes de América Latina. Su estancia en nuestro país se reconoce por el acento y los modismos que usan al hablar el español, y por el trato preferencial que les dieron a los mexicanos en muchas instancias. Hasta la fecha conservamos amigos que ahora se ríen con nosotros de su dogmatismo obligado de antaño.

Cuando México se unió al Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (apec) en 1989, el ceaa tuvo una estrecha colaboración con la Secretaría de Relaciones Exteriores para elaborar documentos importantes que definían la posición de México y le fue encomendada la tarea de preparar cuadros en los temas relevantes de esta asociación. Una consecuencia fue la creación, dentro del ceaa, de un área de estudio del sureste de Asia que tuvo el aval, entre otros, de la iniciativa privada. También en El Colegio de México se creó un Programa de Estudios del Pacífico, que impulsó el desarrollo de programas similares en Guadalajara, Colima y la unam.

En el ceaa se formaron especialistas de otros países de América Latina, quienes, al regresar a sus países, desarrollaron estudios sobre Asia y África. Siempre contaron con el apoyo del ceaa y el contacto, la colaboración y los intercambios nunca se han interrumpido. La creación, por iniciativa del ceaa, de la aladaa (Asociación Latinoamericana de Estudios de Asia y África), con sus congresos nacionales e internacionales, fomentó el diálogo de los académicos en esa región.

El papel del ceaa no se ha limitado al estudio de la política y la economía: las humanidades y las ciencias sociales tienen un gran peso tanto en los temas de investigación de sus profesores como en la formación de los estudiantes. Quiero dar un ejemplo del alcance de la variedad de los intereses del ceaa. En la actualidad, la búsqueda de una respuesta a la inquietud existencial fomentada por un mundo inestable ha multiplicado el interés hacia movimientos espirituales y religiones cuyo origen se encuentra en Asia. Una importantísima corriente es el budismo, cuyas enseñanzas se difunden a través de grupos devocionales que abarcan diferentes corrientes. Éste es un fenómeno mundial y nuestro país no es la excepción. Gracias al esfuerzo del Dr. Luis Gómez, especialista mundialmente reconocido, quien durante diez años, y hasta su reciente fallecimiento, fue profesor en El Colegio de México, en esta institución se estudia la filosofía y la historia del budismo con rigor académico y no únicamente devocional. Estos estudios altamente especializados nos ponen en el mismo nivel de importantes universidades del mundo.

Descubrir el mundo no fue únicamente una aventura y un enriquecimiento personal; tanto mis colegas del ceaa como yo tuvimos como meta compartir lo que aprendimos. En 1960, el mundo estaba menos globalizado y México no era la excepción. En un principio, un centro dedicado a Asia y África fue visto con escepticismo y poco interés. No obstante, cuando China inició un proceso de apertura, cuando los países del sureste de Asia fueron importantes actores en la economía mundial, cuando México debía definir su diplomacia hacia Medio Oriente, nuestro país estaba preparado y equipado con especialistas conocedores de la historia, la cultura, la política y la lengua de regiones antes poco conocidas y que cada día tenían mayor importancia estratégica y económica. Los esfuerzos del ceaa se reflejaron en la actividad de funcionarios y diplomáticos conocedores de su región, la proliferación de programas de investigación en universidades de este país y de muchos más, las publicaciones tanto de divulgación como de investigación, las traducciones literarias, los acervos bibliográficos de calidad y los intercambios académicos que ya no se limitan a Europa o Estados Unidos y ahora incluyen a China, Japón, Corea, la India y África. África, que antes se estudiaba mayormente desde un punto de vista antropológico y etnográfico, se ve ahora a la luz de su acontecer político y su doloroso proceso de descolonización. México también descubrió el mundo y El Colegio de México fue esencial en este proceso.◊

 


 * FLORA BOTTON BEJA

Es profesora-investigadora en el Centro de Estudios de Asia y África de El Colegio de México.