Contra “el relato fundacional del boom”

 

BRUNO H. PICHÉ*

 


 

La polis literaria. El boom, la Revolución y otras polémicas de la Guerra Fría.
Rafael Rojas. México, Taurus, 2018, 277 pp.

 

Hace quince años, cuando apareció en inglés la Nueva historia de la Guerra Fría de John Lewis Gaddis, me pareció alarmante y deprimente que, en el prólogo al libro en cuestión, el prestigiado historiador confesara el motivo por el cual ofrecía su versión abreviada: sus alumnos de Yale no tenían nada claro que, apenas unas generaciones antes, la rivalidad entre su país, Estados Unidos, y la Unión Soviética había sido no sólo la más peligrosa que se había conocido hasta entonces en la historia, sino que, además, el conflicto militar había extendido su manto para desplegarse alrededor del orbe en una encarnizada disputa ideológica, que lo mismo penetró sistemas políticos, guerras de descolonización y movimientos de liberación nacional que campus universitarios.

No deja de ser paradójico que, acto seguido, Gaddis emprendiera la colosal biografía de su mentor George Kennan, An American Life, publicada en 2011, y a partir de la cual es posible observar y tratar de entender, desde su larga vida —si bien a contracorriente y casi como el outsider del mandarinato diplomático al que consideraba hueco, solemne y carente de ideas— a uno de los principales arquitectos de la política exterior de su país: me refiero, desde luego, a la práctica de la “contención” frente a la Unión Soviética.

En cualquier caso, y quizá contra lo que hubieran esperado los alumnos del profesor Gaddis, como lo demuestra con amplia suficiencia Rafael Rojas en su provocador ensayo La polis literaria. El boom, la Revolución y otras polémicas de la Guerra Fría, la historiografía acerca de la contienda entre Washington y el Kremlin ha crecido y proliferado en los últimos años, en términos del estudio de sus impactos tanto geopolíticos como ideológicos y literarios, por mencionar apenas un par de sus muchas variantes. Es precisamente en el llamado “Tercer Mundo”, y en concreto en América Latina, donde prácticamente no hubo sistema político ni sociedad que sufriera, casi siempre de manera trágica, sus efectos, como lo ha documentado recientemente Vanni Pettinà en su Historia mínima de la Guerra Fría en América Latina. No hace falta extenderse en las razones por las cuales Pettinà considera la Revolución cubana un auténtico punto de inflexión. Es ahí, en ese preciso punto, donde, en términos matemáticos, el historiador Rafael Rojas va en busca de los límites interpretativos que suponen dos o más derivadas. Con ello me refiero a los interesantes hallazgos que logra en su crítica frontal a lo que llama “el relato fundacional del boom” —la presunta identidad entre la Revolución en Cuba y la novela latinoamericana a partir de 1959—, que desarrolló para su propio provecho político el régimen surgido del triunfo de Fidel Castro.

No hay espacio para comentar el minucioso e informado ejercicio interpretativo que hace Rojas a partir de las estrategias literarias del boom, la fluida interfaz de éstas con las no menos cambiantes maniobras de la Revolución cubana, todo ello frente a un inédito e irrepetible fenómeno literario y editorial. Sin embargo, al hablar del epistolario como fuente documental, Rojas se refiere al hilo más o menos común que intentaban tejer —algunos como recurso necesario pero no imprescindible, otros en forma fatídica y al menos uno más de manera descarada— los escritores del boom desde la idea de la Revolución, “aquella apuesta generacional por la ficción como vía para documentar la historia del autoritarismo en América Latina”. Semejante trasunto histórico, escribir novelas de dictadores y caudillos, sólo podía originarse, como fue el caso, en la figura de Carlos Fuentes, quien ya en 1967, y a pesar de mantener una relación tensa con La Habana, se hallaba en busca de una causa rentable y quizá de un libro provechoso para él, y quien en sus cartas a editores, a Vargas Llosa y a otros autores, escribía extasiado acerca de “uno de los libros capitales de nuestra literatura” al referirse a su proyecto de novelar dictadores, y con ello exaltar de paso lo mismo a patriarcas que a padres de la patria, redentores y benefactores.

El plan de Fuentes no podía más que naufragar. Así no se escriben novelas, nada que valga la pena. Lo cierto es que cada miembro del boom escribió, a su tiempo, la novela del esquivo dictador latinoamericano o caribeño, sin seguir la programática receta propuesta por Fuentes; o bien jamás la escribió. La gran omisión en el relato de Rojas es Augusto Monterroso —si bien entendible debido al oportunismo de Fuentes, para quien Tito quizá no le resultaba una buena inversión. En La palabra mágica, Monterroso, escritor de geniales y perdurables nimiedades, dedica un ensayo a explicar por qué no le pareció atractivo escribir acerca de Anastasio Somoza padre, como se lo había propuesto Vargas Llosa: le respondió que no, que gracias.

Mención final —y justa— merece Guillermo Cabrera Infante. Si en un ensayo de 1969 Fuentes proclamó que “nuestra historia ha sido más imaginativa que nuestra ficción”, Cabrera Infante dejó una novela, Mapa dibujado por un espía, escrita probablemente hacia 1968 y publicada post mortem, que es también un terrorífico retrato del totalitarismo históricamente posible. La imaginación, hecha de guiños, engaños y falsos reflejos, también puede ser una historia más extraña que la ficción.◊

 


           

* BRUNO H. PICHÉ

Es egresado del Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México. Su libro más reciente es la novela La mala costumbre de la esperanza (Penguin Random House, 2018).