Con la brújula de la cordura y la sensibilidad: escribir la conquista en la era Silvio Zavala

El proceso de profesionalización del quehacer de los historiadores en México tiene en Silvio Zavala y en El Colegio de México piezas fundamentales; sobre ese “estilo de trabajo y de producción” para historizar reflexiona Germán Luna en estas líneas.

 

GERMÁN LUNA SANTIAGO*

 


 

En un reciente número de estos Otros Diálogos, Guillermo Zermeño se refiere al rico proceso intelectual que la historia debió experimentar en nuestro país para convertirse en lo que es hoy: una disciplina. Practicante de una profesión en la que, con Michel de Certeau y otros autores, ha aprendido a historizar no sólo el pasado en sí, sino también lo que él mismo produce en su taller, Guillermo Zermeño remonta el tiempo para recolocar la obra pionera de El Colegio de México en tal sentido. En esta entrega me ha parecido interesante pensar también en esa operación historiográfica a la que alude Zermeño: más adicta “a la verdad de la historia que a la verdad de uno mismo”, a “no imaginar cosas que no habían sucedido”, y lo hago alrededor precisamente de la piedra angular que fue Silvio Zavala para la profesionalización de los estudios históricos en la década de 1940.

Yo, que siempre vuelvo a Silvio Zavala, pienso en las formas en las que podemos ver materializadas las enseñanzas del maestro que trabajaba con una “cordura” y “sensibilidad” innatas y un método “aséptico”, como lo elogiara Alfonso Reyes en cierto homenaje. Por un lado, tendríamos, efectivamente, al intelectual que rehúye la ideología que caricaturiza el conocimiento sobre el pasado, esto es, al joven historiador que da la vuelta a los hispanistas e indigenistas ortodoxos y decide ir tras una imagen más verosímil, de los años del dominio colonial más particularmente. Si Miguel León-Portilla desde su lugar quería escuchar la “voz” de los vencidos para exponer su propio sentir ante la colonización y comprobar que no fueron actores totalmente pasivos en ella, Silvio Zavala, por su parte, enseñaba que tampoco la apropiación de los territorios de ultramar por España había sido ni tan horrorosa ni tan sencilla. Como el autor señalaba en su libro fundamental Las instituciones jurídicas en la conquista de América (1935), entonces abundaban las relaciones de hechos que pasaban como verdades de Perogrullo, pero realmente desconocíamos las ideas e instituciones que acompañaron la colonización. Por eso el interés de examinar en aquel volumen las sendas y las variopintas discusiones teológicas y jurídicas del siglo xvi. Para Zavala era claro que dichas discusiones no se redujeron a meras jerigonzas y abstracciones, sino que ejercieron profunda influencia en las disposiciones del Estado español. Ni la implantación del dominio español ni el comportamiento de las huestes quedaron bajo los dictados de la inspiración libre del conquistador: “Los hechos de los conquistadores pueden haberse acercado o distanciado de las reglas por razones económicas o personales, pero el sistema jurídico para la ocupación existió”, insistía el autor.

Una vez ponderada la arquitectura ideológica que daba forma al dominio colonial, Zavala pasaba a examinar en sus volúmenes la suerte de los indígenas sometidos. Y en ellos, él no encontraba una masa humana pasiva, sino todo lo contrario: gente que combatió por integrarse al orden colonial una vez aprendidas las reglas del juego político. Es el caso de sus Fuentes para la historia del trabajo en Nueva España (1939-1946), que rescata episodios sobre la vida indígena tan apasionantes como el siguiente:

Don Luis Enriquez de Guzman, conde de Alva de Aliste etc. Por cuanto Agustin Franco, por don Francisco Tzitziqui, don Agustin Tzitziqui y don Luis Tzitziqui, Sicilia Tzipaqua y Maria Tzipaqua, caciques, principales y naturales del pueblo de Chilchota, me ha representado que los susodichos reciben muchos agravios y molestias de los alcaldes, gobernadores y demas oficiales de república de aquel partido, porque con mano poderosa y en contra de la cédulas compelen a dichas partes a hacer servicios personales por sus particulares intereses, sin atender que son tales caciques y principales, y para que de hoy en adelante sean relevados de ellos, me pidió mandase a la justicia de aquel partido y a la que en adelante fuere ampare a dichas partes en la dicha razón, imponiéndoles a los oficiales de república graves penas, y dejándolos vivir libremente y estar en su casa y pueblo y buscar lo necesario para su sustento y paga de tributos, y que lo notifique persona que sepa escribir con testigos […]. Mexico, diez y seis de septiembre de mil y seiscientos y cincuenta y dos años.

Se trata de un amparo virreinal del siglo xvii dado en favor de un grupo de indígenas nobles de Chilchota, en Michoacán, uno de cientos de documentos legales de su tipo que fueron elaborados, a solicitud de estos súbditos de la monarquía española, en el Juzgado General de Indios, en la posta real donde hoy despacha Andrés Manuel López Obrador. Este tipo de fuentes es testimonio rico del profundo mestizaje que los indígenas habrían recorrido desde la Conquista, la palpable interiorización que habían hecho del orden colonial, pero en la que preservaban —como lo demuestra el exquisito sonido del purépecha de sus apellidos y su gradación social de raíz prehispánica— muchos elementos de las expresiones culturales que solemos identificar como originarias. Por eso entiendo que Jorge Alberto Lozoya elogiara de Zavala, en una reunión en Catedral con motivo de su cumpleaños número 75, el incesante interés que había tenido por rescatar los documentos, las “fuentes nuevas”, los “materiales de primera mano”. Con esta gigantesca labor, el destacado académico traía “nuevas y más fidedignas interpretaciones de la realidad mexicana”. Volviendo a las crónicas y a los documentos coloniales, Zavala había “equilibra[do] en una fina balanza los troncos del mestizaje mexicano”. En las páginas de sus libros, insistía Lozoya en su discurso impreso en el número 117 de los anteriores Diálogos, este mestizaje se comprobaba “a partir de hechos contundentes”, con los intercambios culturales que indios y españoles protagonizaron en el día a día, es decir, este mestizaje no era “mera anécdota” ni folclorismo fácil.

Como bien sostiene Guillermo Zermeño, este “estilo de trabajo y de producción” metódico, científico, es el que habría de inculcarse en el Centro de Estudios Históricos de El Colegio de México, como se puede constatar en los productos de investigación de sus estudiantes, especialmente en los que se vuelve al difícil tema de los indígenas durante la Conquista y la Colonia. Tenemos, por ejemplo, la tesis doctoral que en 1968 Bernardo García Martínez defendía en el Centro bajo la dirección del propio Silvio Zavala: “El Marquesado del Valle”, donde su autor reafirmará que el conquistador de México no fue un simple bandolero, sino un “verdadero conquistador, con sus propios intereses mezclados con los del Estado en expansión”. En su tesis, Bernardo García se ocupaba del gran personaje y su lucha por conseguir riqueza, y además mantenerla: lo primero, explicando a la Corte los gastos y los peligros que soportó en las empresas de descubrimiento y conquista; lo segundo, en medio de las deslealtades y los conflictos de poder entre los actores que no dejaban de arribar a la tierra recién ganada, “insistiendo en que pasaba penurias y en que se veía terriblemente endeudado, pero con la esperanza, como decía, de que la magnificencia del rey le salvaría de acabar sus días pidiendo por Dios que le dieran de comer”. El autor podía comentar así entre paréntesis: “Los autorretratos de Cortés, el servidor del rey, son gloriosos, pero los de Cortés, el servidor de sí mismo, son teatrales”.

De los soldados de a pie se ocupará, en 1973, Víctor M. Álvarez, en “Los conquistadores y la primera sociedad colonial”, una tesis que buscaba romper con la visión general de la Colonia, que pasaba como una sociedad “uniforme”, pero que la documentación mostraba bastante “dinámica”. La tesis, particularmente, refutaba la visión “tradicional” que se hacía de los conquistadores como una tropa homogénea, pero que un estudio más crítico revelaba variopinta por múltiples circunstancias: el rango que cada soldado ocupaba en la tropa, su estatus social, su población de procedencia, el nivel de sus letras, sus conocimientos militares. Además, estos soldados-colonos no habrían permanecido como un cuerpo fijo para la conquista del enemigo. El autor de este estudio veía aquí estereotipos que habían buscado exaltar al conquistador como la personificación del genio de la Europa civilizada, cuya imagen sería, pues, “el vínculo a través del cual se transmiten los beneficios de la vida europea a los pueblos conquistados”. A ésta se oponía, continuaba el autor, una imagen oscura sobre los conquistadores, que los convierte en “gentes con poco o ningún interés por el trabajo, que buscan una vida cómoda y fácil, hombres de espíritu aventurero y soñador con un desmesurado afán de enriquecimiento y dispuestos a las peores actitudes para conseguirlo”. Bajo una imagen semejante, la colonización se reducía a una empresa de devastación, “que explota sin misericordia el trabajo de los nativos y que impone en América las formas de vida de una sociedad española desfigurada y acomodada a su propio beneficio”. Alimentado por una historiografía que había evaluado la actitud de los sujetos históricos desde una perspectiva moralizante, el conjunto de estos prejuicios merecía una “revisión objetiva”.

El propio Bernardo García Martínez dirigió en 1990 la tesis de Sergio Quezada, “Pueblos y caciques yucatecos, 1550-1580”, que versaba sobre el papel que tuvieron las instituciones mayas (en especial el batab) en la construcción del orden hispano. Y en 1993, Carlos Sempat Assadourian acompañó a Armando Martínez Garnica en un estudio por demás interesante: “La Casa de Moctezuma. La incorporación de los linajes nobles del valle de México a la sociedad novohispana del siglo xvi”. Con su examen, el tesista observaba una población indígena activa, con múltiples barreras por vencer, pero nunca pasiva. Además, encuentra el mestizaje que fue teniendo lugar en este proceso complejo:

Escrutando los proyectos de los encomenderos, frailes y funcionarios reales, los nobles indígenas fueron acomodando su propio proyecto, cual era en esencia el de la actualización de sus derechos a la preeminencia social, al usufructo de rentas y al control de tierras. Esta mirada étnica fue construida con la ayuda de algunos ideólogos y juristas del grupo hispano, en un proceso que puede definirse como cruce de miradas, es decir, de intercambios políticos para el diseño negociado de las instituciones de la sociedad novohispana.

En definitiva, encuentro en la evocación que hace Guillermo Zermeño a los padres fundadores de la tribu la oportunidad para repensar su obra pionera, pero también la nuestra: como labor metódica, sustentada en lo que dicen los documentos, y como labor consciente de rescatar la memoria colectiva de los peligros de la fantasía desconcertada.

Tuve una vez entre mis manos Ángeles del abismo de Enrique Serna (2004), una de esas novedades de la industria cultural, donde su autor quiso retratar, a partir de un “serio” trabajo de investigación, los “oscuros” años del dominio colonial. En Ángeles del abismo uno queda atrapado en el cliché: los españoles eran los malos o los feos y los otros, los buenos y los bellos. Crisanta, la criolla que estelariza la novela, se frota la dentadura “con una tortilla quemada, hábito aprendido de las indias del vecindario, que llegaban a la vejez con los dientes de su mocedad”; para nada quería parecerse a las damas de la Corte, “refulgentes de joyas y brocados”, pero afeadas por una “mazorca podrida”. Para mi fortuna, hacía ya años que había descubierto al autor de La utopía de Tomás Moro en la Nueva España y no hace poco había visto su retrato en el Centro de Estudios Históricos, sereno, como para pensar que la historia puede ser más compleja que lo que suponen las identidades atávicas.◊

 


* Es historiador y profesor-investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa. Entre su bibliografía se encuentran los artículos “Cortés, o bárbaro conquistador o Cid desfacedor de entuertos”, Revista de Historia de América 159 (2020) y “Lo medieval en la conquista: el problema del vasallaje indígena”, Relaciones 158 (2019).