Cinco cuentos chinos

 


 

Encuentro extraño

MO YAN1 / TRADUCCIÓN DE LILJANA ARSOVSKA2

 

En el otoño de 1982, regresé desde la cabecera Baoding a la aldea Noreste del condado de Gaomi para visitar a los míos. Como el tren llegó tarde, salí de la estación de Gaomi después de las nueve de la noche. Sólo había un autobús diario que unía la ciudad con la aldea y salía a las seis de la mañana. Mirando hacia el cielo, vi la mitad de la luna colgando en el firmamento. El aire estaba fresco, por lo que decidí no pasar la noche en esta pequeña ciudad del condado. Aprovechando la luz de la luna, decidí volver a casa para ver más pronto a mis padres y, sobre todo, para respirar el aire fresco del campo.

En este regreso a casa sólo cargaba un pequeño bolso, por lo que pude caminar más rápido. Después de cruzar el pasadizo debajo del puente del ferrocarril, no tomé la carretera de asfalto porque el camino era mucho más largo. Caminé en diagonal y tomé el camino de tierra, abandonado hacía ya varios años, que llegaba a la aldea Noreste de Gaomi. En ese camino, lleno de hoyos y baches, los transeúntes eran pocos, pero el pasto y las hierbas abundaban. Sólo en el centro se divisaba una vereda hecha por pisadas. A ambos lados del camino había campos de cultivo: sorgo, maíz, camote… La luz plateada de la luna brillaba sobre las ramas y las hojas. Casi no había viento, por lo que las hojas inmóviles no susurraban, pero el canto de los saltamontes que venía del campo, fuerte y claro, penetraba en mis entrañas, en mis huesos; la luna se veía tan silenciosa ante la vigorosa melodía de los saltamontes.

Entre más avanzaba, entre más espesaban los sembradillos, menos se veían las luces de la pequeña ciudad del condado. Veinte kilómetros separaban a la ciudad de la aldea Noreste de Gaomi. Aparte del canto de los saltamontes, ocasionalmente se oía uno que otro pájaro u otro animalito de campo. De repente, sentí algo frío en el cuello y escuché mis pasos más fuertes y pesados. Lamenté haber emprendido solo el camino de noche. Pensé que había innumerables secretos entre las matas del campo, un sinfín de ojos me miraban desde ambos lados del camino, algo detrás me perseguía y la luna se escondió detrás de una nube. Sin querer, mis pasos se aceleraron y entre más rápido caminaba, más inseguro me sentía.

De pronto, sin querer, miré hacia atrás. Por supuesto que no había nada.

—Sigue adelante —me regañaba mientras caminaba—. ¿Acaso no eres oficial del Ejército Popular de Liberación? ¿Acaso no eres miembro del Partido Comunista? ¿Qué, no eres maestro de marxismo-leninismo? Tú eres partidario del materialismo y los partidarios del materialismo no le tienen miedo a nada. Si los comunistas ni a la muerte le temen, ¿qué los puede asustar? ¡Claro que nada! ¿Existen los fantasmas y demonios? Claro que no. ¿Hay bestias? ¡No, hombre! El mundo es simple, pero al hombre le gusta exagerar…

Y, sin embargo, seguía tenso, mis dientes chasqueaban. Recordé, una tras otra, las historias de fantasmas que me contaron cuando era niño en mi tierra natal. Un hombre caminaba solo por la calle cuando escuchó el crujido de una barra con dos canastas a los lados. Miró de cerca y sólo vio la barra encima de dos patas, la parte superior del cuerpo no estaba… Otro hombre caminaba solo en la noche y de repente oyó una suave risa de mujer, jijiji. Al mirar de cerca sólo vio una enorme boca roja. Era el fantasma “sin rostro”… Otro hombre que caminaba de noche de repente vio a un anciano de barba blanca comiendo pasto…

Más tarde me di cuenta de que el sudor frío mojó toda mi espalda.

Canté en voz alta: “Adelante, avanzar, matar…”.

Claro que no había nada en el camino.

Cuando estaba por llegar a casa ya era de madrugada. El sol rojo, desde el este, apenas se disponía a iluminar el cielo; los gallos cacarearon y todo estaba en paz. Miré el camino detrás de mí, los sembradillos y los campos, y al pensar en mi miedo de anoche, me sentí tonto y ridículo.

Cuando estaba a punto de entrar al pueblo, vi a un anciano salir de la sombra de un árbol. Mirando de cerca, vi a mi vecino, el abuelo Zhaosan. De traje nuevo, estaba apenas a tres o cinco pasos de mí. Le pregunté:

—¡Abuelo! ¿Por qué tan temprano?

Él dijo:

—Al que madruga, Dios le ayuda. Supe que regresarías y decidí esperarte aquí.

Hablamos un poco y le ofrecí un cigarrillo con filtro. Encendió el cigarrillo y dijo:

—Hijo, aún le debo cinco yuanes a tu padre. Mi dinero ya no sirve. Te pido que le des esta boquilla para pipa a tu padre para que yo salde mi deuda con él.

—No es necesario, abuelo —le dije.

—¡Vete a casa, tu padre y tu madre te están esperando! —respondió.

Tomé la helada boquilla de ámbar, me despedí y me apresuré a casa.

Una vez en casa mis padres me miraron y preguntaron muchas cosas. Me regañaron por haber caminado solo de noche.

—¿Y qué tal si algo te sucede? —dijo mi madre.

—Jajaja, yo quiero toparme con fantasmas, pero se esconden de mí.

—Hijo, no blasfemes —dijo mi madre.

Mi padre se puso a fumar y yo saqué del bolsillo aquella boquilla:

—Papá, acabo de encontrarme con el abuelo Zhaosan en la entrada de la aldea. Dijo que te debía cinco yuanes y me pidió que te diera esta boquilla para saldar la deuda.

—¿A quién viste? —preguntó sorprendido mi padre.

—Al abuelo Zhaosan —respondí.

—Seguro te confundiste —dijo papá.

—Claro que no, hablamos durante un buen tiempo; de hecho, le ofrecí un cigarrillo, y además aquí está la boquilla de ámbar —dije, y le entregué la boquilla a mi padre, quien se resistía a tomarla.

—¡El abuelo Zhaosan murió anteayer! —dijo mi madre.

Finalmente, y sin querer, vi un fantasma y ni siquiera me di cuenta. Resulta que los fantasmas no son tan terribles como los pintan los cuentos. Son afables, bondadosos y no dañan a las personas. Quien daña al humano es otro humano. ¡Los humanos sí que son de temer!◊

 

1 MO YAN 

Es novelista chino. Recibió el premio Nobel de literatura en 2012.

2LILJANA ARSOVSKA

Es profesora-investigadora en el Centro de Estudios de Asia y África de El Colegio de México.

 

 

Mi abuelo el cristiano

ZHENG XIAOLÜ3 / TRADUCCIÓN DE JOSÉ ANTONIO CERVERA4

 

Todavía recuerdo al abuelo aquel año en que llegó a la aldea, con una mano apoyada en el bastón que había comprado unos años antes, cuando fue a quemar incienso en la montaña Nanyue, y una boquilla para cigarrillos en la otra. Llevaba un gorro de fieltro y una larga barba de chivo. Era realmente una buena barba, tan blanca que parecía amarilla; cuando se enojaba, temblaba, y entonces las emociones brotaban de la cara. Mi tío cargaba su gran mochila de cuero falso, llena de castañas, tabaco, un estuche para gafas, algunas prendas de ropa gastada y, en el lugar más visible, una vieja Biblia. Aquel año mis padres habían salido de la aldea para trabajar y mi abuelo llegó para cuidarme.

No comía sangre de cerdo y se negaba a matar, diciendo que ésa era la voluntad de Dios. Rezaba todos los días antes y después de comer y de dormir. Delante de Dios, recordaba el nombre de cada miembro de la familia, rezaba a los santos, les daba la paz. “¡Amén, gracias a Dios!”, entonaba al final, prolongando el cántico. Toda la familia odiaba esas prácticas. Esos campesinos no habían oído hablar de Cristo en su vida. Ante las repentinas creencias religiosas del abuelo se sentían confundidos; muchas veces le molestaban y se mofaban de él. No tenían ni idea de dónde está Jerusalén, ni conocían la historia de cómo Dios creó el mundo. Creen en los chamanes, el Señor de la Tierra, el inmortal Lugong, el Emperador de Jade, la Guanyin;5 todos estos seres forman parte de sus creencias espirituales. Para ellos, un bodhisattva eficaz es aquel que cumple todas tus peticiones y a quien puedes rezarle para pedir riqueza y seguridad. Ese Jesús, ¿qué clase de espíritu es?

El abuelo predijo que en 1999 llegaría el fin del mundo. En ese tiempo, el cielo se desplomaría en lluvias torrenciales, todo el planeta quedaría inundado, Dios sólo salvaría a las personas que creían en Él, todos los demás morirían ahogados en el diluvio. Compadeciéndose de los hombres, movía la cabeza repetidamente, suspirando por nuestra actitud obstinada. El año 1999 terminó sosegadamente. Cuando llegó el primer amanecer del nuevo siglo, la profecía del abuelo se convirtió en una gran broma en boca de todos.

Después de que el abuelo se convirtió a Cristo, quemó El romance de la dinastía Tang, El romance de los tres reinos, Viaje al oeste y otros libros.6 Nunca volvió a leer ese tipo de obras, ni siquiera las mencionaba, no hacía más que hablar de Jehová todo el día. “Si alguien te golpea en la mejilla izquierda, preséntale también la derecha”. Tan pronto como te sentabas a su lado, comenzaba con su sermón. Yo no sabía de qué hablaba, pero tampoco sus hijos entendían nada. Pensaban que probablemente el abuelo se había dañado el cerebro al leer aquel libro. Nadie sabe qué día ocurrió. En una feria, alguien le regaló la Biblia, alguien que quizá había dejado de creer en Cristo. Después de leerla, se obsesionó. Desde aquel momento cambió radicalmente.

Desde que empezó a creer en Cristo, el abuelo dejó de ofrecer incienso y ofrendas a los antepasados, y ya no quemaba papel los días 1 y 15 de cada mes. “El espíritu más grande de este mundo es Dios, yo sólo creo en Dios, ya no creo en ningún otro”. Era muy terco. Sus hijos se enojaron porque actuar así significaba que tampoco reconocía a la abuela, que había muerto hacía muchos años. Le escondieron su Biblia, que para él era un tesoro. Cuando rezaba hacían ruido a propósito. Los miembros de la familia se turnaban para hacer un trabajo ideológico porque para ellos lo principal era que dejara de creer, cualquier otra cosa era secundaria. El abuelo pronto se sintió acosado, como en un asedio, luchando solo. Todo a su alrededor eran quejas y acusaciones. El abuelo soportaba todo esto en silencio, manteniéndose en sus ideas sin importarle los demás. Cada día rezaba piadosamente antes de comer y de dormir, pedía a Dios por su ingrata familia, rogaba a Dios que perdonara sus pecados.

Habló con la persona de mayor edad de la aldea sobre Dios y sobre cuestiones relacionadas con la Biblia. Todos los ancianos se burlaban en su cara. No refutaban sus argumentos: se limitaban a interrumpirlo, hablando de cuestiones tales como la República de China, la reforma agraria, la Revolución… Ellos pensaban que de esos temas sí se podía hablar. El abuelo se reunía con ellos con alegría, pero al volver se quedaba en silencio. Lo intentó varias veces, hasta que ya no quiso volver a platicar con sus amigos. “Ellos no entienden, no son el pueblo de Dios; cuando se mueran, no irán al Cielo”; así hablaba de la gente.

Un anochecer de finales de la primavera, anunció su ayuno. A la hora de la cena dijo: “Voy a ayunar durante tres días”.

Yo no creí que fuera a dejar de comer durante tres días enteros. Durante el primer día, por supuesto, cumplió su promesa; en el segundo día, aún se mantuvo en su propósito; el tercer día… ¡todavía aguantó! Todavía puedo recordar esos tres largos días. Hizo sus pasos lo más cortos que pudo. El primer día no necesitó apoyarse en ningún objeto. Al día siguiente, al caminar tenía que apoyarse en una mesa, un taburete, la pared… Sus pasos eran suaves, como si en cualquier momento fuera a flotar hacia el cielo. Su rostro estaba cada vez más gris, como si no llegara ni rastro de sangre a la cara. Llegué a estar realmente preocupado de que pudiera morir en cualquier momento. Cociné una sopa de arroz y le pregunté si se la comería. Delicadamente sacudió la mano. Insoportablemente hambriento, se limitó a beber agua. Con una gran cuchara, la sorbió gorgoteando. Después se sentó en silencio y rezó. Al llegar el tercer día, ya no podía caminar. Estaba allá sentado, como un Buda, totalmente inmóvil. Rezaba todo el tiempo. Estaba inmerso en otro mundo; su voz se oía cada vez menos, como el zumbido de un mosquito. Lavé una manzana y le pregunté si quería. Levantó su mirada hacia mí como con un poco de culpa. Por la noche se despertó hambriento; yo lo escuché caminar vacilante hasta la sala para beber agua. Se inclinaba y se acariciaba el estómago con la mano. Aquella noche no volvió a quedarse dormido, no hacía más que dar vueltas en la cama. Fuera de la casa, ya cercano el amanecer, el zumbido de los insectos se iba deteniendo; el perro negro dejó de ladrar; sólo el ratón de la viga seguía royendo la madera. Había bebido demasiada agua; su estómago a ratos hacía ruidos. Por la mañana me desperté escuchando sus oraciones. Toda su cara tenía un color ceniciento. Las cuencas de sus ojos estaban profundamente hundidas, pero su espíritu estaba mucho mejor.

—¿Hoy puedes comer? —le pregunté.

—Hiérveme un poco de sopa de arroz —me dijo débilmente.

En el invierno de aquel año, mis padres volvieron a casa. El abuelo había terminado su propósito que le había llevado allí, cuidarme. No pasó el Año Nuevo con nosotros y regresó a su pueblo. Pasaron tres o cuatro años. El abuelo nunca volvió a mi casa. Durante ese tiempo casi nada cambió en el mundo. Todas sus predicciones fallaban, convirtiéndose para todos en un chiste a la hora del té y en la comida. Parecía seguir susurrando nuevas profecías. Sus hijos lo reprendían sólo por atreverse a murmurar en soledad. Todo a su alrededor eran obstáculos, nadie apoyaba su fe. Ni uno solo compartía sus creencias religiosas. Nunca había visto una iglesia ni había tocado una cruz. No se había bautizado y nunca se había confesado con un sacerdote… Me temo que era el creyente más solitario del mundo.

En el verano del segundo año sufrió un derrame cerebral. Toda la familia fue a visitarlo, pensando que moriría pronto. Los hijos y los nietos abarrotaban la habitación, no cabía nadie más. Le iban saludando uno a uno. Acostado en un catre quiso levantarse apoyándose en el bastón, pero su pierna no le respondió. Se sentó allí, sollozando amargamente. Cuando alguien lo llamaba, lloraba: “Hijo mío… ¡que Dios te bendiga!”.

Todos pensaban que cuando el verano se estuviera acercando a su fin, su enfermedad le impediría levantarse, pero, sorprendentemente, mejoró. Aunque se tambaleaba, podía dar unos pasos apoyado en su bastón. Él se sintió bendecido por Dios, un ser al que había que temerle y venerarle.

Aunque la embolia no lo mató, su salud física se deterioró bastante y sus ánimos decayeron mucho. La luz de sus ojos se atenuó gradualmente y fue reemplazada por una mirada nebulosa. Su ámbito de vida se redujo de manera considerable, ya no podía ir a ningún sitio excepto al patio. Un día lo vi sentado en el umbral de la puerta, con una daga, raspando una costra de sangre en su pantorrilla. La herida sangraba con un color rojo oscuro; parecía como si derramara escamas de pescado. “¡Me pica, me pica, no puedo soportarlo!”, decía. El remedio era claramente perjudicial. Sus hijos tuvieron la idea de comprarle medicamentos, pero él se negaba a tomarlos. “Yo tengo el consuelo de Dios…”. Tan pronto como habló, ellos empezaron a enfadarse. “Dios, Dios, Dios, ¡pues que Dios te ayude!”.

Me tomé un tiempo para ir a visitarlo. Estaba sentado en una pequeña banca cerca de la puerta. Aunque era abril, todavía llevaba ropa de invierno. Tenía puesto un gorro de algodón y cabeceaba. La luz del sol de primavera resplandecía por encima de él; brillaban los agujeros quemados de sus pantalones de algodón; brillaban sus muslos, que se veían a través de los agujeros; brillaba el resto de dignidad que quedaba en su cara… Me sentí triste por un momento. Mi abuelo era ya lo suficientemente mayor como para no darse cuenta de quién era yo.

En el Año Nuevo Chino de ese año, fui a su casa para tomarle una foto. La habitación se llenó del bullicio de familiares, hijos y nietos. Él permanecía en silencio en el cuarto de al lado, inclinando la cabeza, como si fuera un extraño y no conociera a nadie. Le tomé la foto sentado en un banco apoyado contra la pared; se veía que ya no tenía energía; miraba la cámara confundido. El brillo de sus ojos había desaparecido. Le resultaba difícil enfocar la mirada, me veía como a un extraño.

Después de tomar la foto, lo ayudé a salir a la puerta para tomar un poco el sol. “Dame agua”, me suplicó tristemente. Le pelé dos mandarinas dulces; las recogió tembloroso. Después de comer continuaba murmurando: “Dame agua”.

El sol del invierno impactaba sobre su cara lívida; su barba blanca estaba cubierta de restos de mandarina; sus pupilas se habían vuelto verde grisáceas; ya no había luz en ellas. Aquel hombre que un día me había dicho que podía ver la luz de Dios se estaba marchitando. Ya no me hablaba de la Biblia, de su boca salían susurros inaudibles. Después de buscar en toda la casa, no encontré aquella Biblia; escuché que la habían vendido como basura. Él ya no necesitaba a Dios. “Dame agua”, suplicaba una y otra vez. Miré al abuelo con tristeza.

Unas dos semanas después, la foto que le tomé nos fue muy útil. Aquella noche recibí una llamada de mi padre diciéndome que el abuelo se estaba muriendo. El tránsito fue tranquilo. La noche anterior ya no cenó. Murió por la noche, sin dolor, a la edad de noventa años. Salí de la ciudad corriendo, pero ya no pude despedirme de él. Coloqué una Biblia recién comprada en el ataúd: ya nadie se la quitaría.

Mi abuelo se llamaba Liu Hongfu. Cuando tenía tres años murió su madre. Le tocó vivir la época de los señores de la guerra, los dos períodos de colaboración entre el partido nacionalista y el comunista, la Guerra de Resistencia contra Japón, la Guerra de Liberación, las campañas políticas, la gran hambruna del Gran Salto Adelante, la Revolución Cultural, el sistema de contrato rural de tierras, la planificación familiar y la reforma y apertura… Durante décadas estuvo rodeado de soledad y, finalmente, murió solo. Este anciano que nunca entró en una iglesia ni vio una cruz, que nunca se bautizó, ¿realmente podrá estar junto a Dios? El día del entierro, las flores del durazno ya habían florecido; la lluvia de primavera caía suavemente; era como si el universo entero llorara por él.◊

 

3 ZHENG XIAOLÜ 

Es un joven cuentista chino.

4 JOSÉ ANTONIO CERVERA 

Es profesor-investigador en el Centro de Estudios de Asia y África de El Colegio de México.


5 Deidades o personajes míticos presentes en el budismo, el daoísmo o las religiones populares chinas.

6 Obras clásicas chinas.

 

 

La Resurrección de los Tres Días

ZHU SHANPO7 / TRADUCCIÓN DE PABLO RODRÍGUEZ DURÁN8

 

A los diecisiete años mi abuelo se convirtió en discípulo a puerta cerrada del Maestro Bi.

Entre las artes ocultas del Maestro Bi, destacaba la famosa técnica de la Resurrección de los Tres Días, la cual consistía en lo siguiente: cuando alguien era decapitado en las puertas de la Ciudad Prohibida, si de inmediato le llevaban al Maestro Bi el cuerpo sin cabeza junto con la cabeza sin cuerpo, el Maestro Bi podía coserlas y concederle tres días más de vida al recién decapitado. Durante estos tres días podía caminar, hablar y básicamente hacer todo lo que hacía cuando su cabeza aún pendía de su cuello, pero al llegar el tercer día el cuerpo colapsaba y devenía de inmediato una pila de carne putrefacta y maloliente.

Por supuesto que el Maestro Bi no empleaba sus artes ocultas a la ligera. Para acceder a desplegar su famosa y elogiada técnica, el decapitado tenía no sólo que ser un ser magnánimo, sino, además, tener un noble propósito que pudiera lograrse en menos de tres días.

Un día, tarde en la noche, mi abuelo escuchó que alguien aporreaba la puerta y se levantó de la cama a toda prisa. La escena frente a sus ojos lo dejó boquiabierto. En medio de la penumbra y bajo la escuálida luz de una lámpara, un hombre ataviado con una túnica rasgada estaba parado en la entrada. Su cuerpo era alto y fornido, pero arriba del cuello no había nada, sólo una oquedad, como un gran tazón. Bajó la vista y vio que aquel hombre sostenía sobre su mano izquierda su propia cabeza. Los ojos de la cabeza seguían bien abiertos y su expresión emanaba todo menos resignación.

—¡Vengo a pedir al Maestro Bi la resurrección de los tres días! —exhaló de súbito la boca de aquella cabeza.

—Imposible —respondió el Maestro Bi desde la profundidad de sus aposentos—. La cabeza ya ha dejado el cuerpo; el destino su veredicto ya anunció. Parte ahora en paz, caminante. Nadie soy yo para contravenir los actos del cielo.

Como el Maestro se había negado, mi abuelo se dispuso a cerrar la puerta al acéfalo visitante, pero justo antes de hacerlo la cabeza profirió:

—Maestro, ¡soy Tan Sitong!9

El Maestro Bi, tras un prolongado silencio, finalmente soltó un contenido suspiro y dijo:

—Siendo así, pase usted.

Mi abuelo le abrió la puerta a Tan Sitong. El Maestro lo guio hasta sus aposentos y cerró con un sonoro portazo. Al amanecer, mi abuelo sintió, en medio de los reinos del sueño, que alguien pasaba a su lado. Abrió los ojos y, efectivamente, alguien furtivamente pasó de largo. Era el mismo ser que había llegado la noche anterior, con la diferencia de que cuerpo y cabeza se habían reconectado y que, por lo mismo, su sombra era todavía más imponente que antes.

En esa noche de viento otoñal y sobre las calles rebosantes de ocres hojas caídas, aquel hombre con un largo cuchillo en mano caminaba a toda prisa.

Al tercer día, el abuelo descubrió al Maestro Bi muerto. Estaba en sus aposentos, sentado en posición de loto y perfectamente erguido, como todo un venerable Buda.◊

 

7 ZHU SHANPO

Es cuentista chino, autor de Los trece padres.

8 PABLO RODRÍGUEZ DURÁN

Es investigador y traductor del chino.


9 Tan Sitong (1865-1898) fue un pensador y político reformista de la época final de la dinastía Qing, decapitado por la emperatriz Cixi. Antes de morir dijo: “China lograría renovarse hasta que hubiera hombres dispuestos a morir por ella”.

 

 

El carnicero

ZHAO ZHIMING10 / TRADUCCIÓN DE JUAN PABLO JÁUREGUI11

 

En el reino de Wei había un carnicero inigualable al matar vacas. Había usado el mismo cuchillo para matarlas durante diecinueve años y aún parecía recién afilado. El rey Hui de Wei oyó hablar de este hombre de inusual habilidad, se llenó de curiosidad y quiso verlo en acción con sus propios ojos. Fiel a su reputación, el carnicero hizo un despliegue de movimientos habilidosos en su demostración para el rey, luego de lo cual la vaca quedó destazada en el suelo: su cabeza, su cola y sus cuatro patas quedaron en un sitio; sus vísceras quedaron en otro, y su carne quedó en otro más, subdividida a su vez según estuviera destinada a ser asada, hervida en tiras, estofada o hervida a fuego lento.

El rey Hui y sus grandes ministros lo miraron pasmados. A continuación, el soberano disfrutó la deliciosa comida de carne de res mientras conversaba con el carnicero.

—Esta habilidad tuya es muy bella en verdad. Es una habilidad bajada del cielo. ¿Estás de acuerdo en que la habilidad que tienes es un regalo de los dioses?

—Yo soy un ser humano, no una vaca. Ése es el favor que me ha dado el cielo. Pero tal vez ésa es una respuesta insuficiente y poco cortés para Su Majestad. Una respuesta más precisa es que yo domino el arte de destazar vacas simplemente gracias a la habilidad de mi propia mano.

—Oh, entonces, ¿cuántas vacas has matado?

—En 19 años he matado 3 863 vacas.

—Todo el mundo dice que has usado ese cuchillo durante 19 años. ¿Alguna vez lo has cambiado?

—Desde que empecé a matar vacas he usado este cuchillo y nunca lo he cambiado.

—Yo soy muy curioso, así que déjame preguntarte: desde que empezaste a matar vacas, ¿ya eras tan habilidoso como para saber por dónde meter el cuchillo limpio y sacarlo ensangrentado? Todos dicen que los huesos de vaca son más duros que los de cerdo. Cuando lidias con ese tipo de huesos, ¿puedes evitar dañar el filo de tu cuchillo?

—Cuando decidí convertirme en carnicero no toqué un cuchillo durante tres años, sino que solamente me dediqué a observar sin cesar cómo otros destazaban vacas y a estudiar cada una de las partes de los cadáveres. Al principio veía las vacas como unidades. Después, poco a poco, empecé a verlas como el conjunto de sus partes. Al final volví a verlas como unidades. Sin importar si estaban caminando, paradas o acostadas, podía ver claramente su esqueleto y sus venas, y me imaginaba destazándolas más de diez mil veces. No fue sino hasta que completé este estudio que empecé a destazarlas de verdad. Me paraba frente a ellas y de inmediato comprendían lo que yo iba a hacer, de modo que sin ninguna resistencia bajaban el cuello y yo les clavaba el cuchillo. Se me entregaban así porque sabían que por mi mano recibirían el menor sufrimiento posible. Luego de que yo las desmembraba, sus ojos aún podían ver los fragmentos de su cuerpo y mostraban con sus lágrimas su renuencia a separarse de él. Al mismo tiempo, su cola todavía podía moverse y parecía mostrar satisfacción y agradecimiento hacia mi trabajo.

—Muy bien. Yo necesito este tipo de talento a mi lado. Te aseguro que te daré un puesto importante.

El carnicero recibió un trato de caballero del reino: se movía en carruaje, se le dio una bella residencia, se le servía mucha carne y pescado, se le daba buen vino y tenía sirvientes. Hasta su cuchillo recibió un hermosísimo saco de seda para ser guardado ahí. Cada vez que había un ritual importante de sacrificio a los ancestros o una delegación de otro reino venía de visita, el carnicero mostraba su gran habilidad para destazar vacas y ganaba innumerables flores y aplausos.

Se volvió una celebridad. No sólo en el reino de Wei era conocido por todos, sino que en otros reinos su reputación eclipsaba incluso la del rey Hui de Wei. Decían cosas como: “Hay un carnicero en el reino de Wei que puede destazar una vaca con un solo corte de cuchillo. Es digno de ser aclamado como un artista perfecto”. O: “Estar en presencia del carnicero es una gran fortuna y no poder ver su acto con los propios ojos es un gran infortunio”.

También los ministros pidieron, uno tras otro, audiencia con el rey Hui y le dijeron que consideraban que el carnicero era el tesoro del reino de Wei, así que era preciso valorarlo y tratarlo muy bien. Por otra parte, los reyes de Qi, Chu, Qin y el resto de los otros reinos ansiaban la presencia del carnicero y planeaban atraerlo a sus cortes ofreciéndole un trato más alto que el que recibía en Wei.

Por su parte, el rey Hui de Wei también pensaba lo mismo, pues sólo destazar vacas en realidad era una afrenta para su talento, pero no se le ocurría una posición más apropiada para concedérsela e impedir que se sintiera tentado por las ofertas de otros reinos.

Hasta que llegó un día en el que al rey se le ocurrió súbitamente una extraña idea: hacer que el carnicero matara gente. El carnicero era un maestro de destazar vacas, así que sin duda sería extraordinario matando gente, como una fantástica máquina de precisión. Hizo que un guardia real convocara al carnicero y fingió un tono trivial en la conversación para analizar discretamente la opinión de su interlocutor sobre el asunto.

—Tengo curiosidad: antes de empezar a destazar vacas, ¿mataste algo más?

—He matado ovejas.

—¿Algo más?

—También he matado gallinas, patos y gansos.

—¿Algo más?

—También he matado ranas, perros, erizos y conejos.

—¿Has matado otras aves además de gallinas, patos y gansos?

—Sí, de todos tipos.

—¿Peces?

—También.

—¿Entonces hay algo en este mundo que no hayas matado?

El carnicero se quedó un rato en silencio y luego respondió:

—Humanos. Lo único que no he matado son seres humanos.

—Si te pido que mates personas, ¿lo podrías hacer?

—Si Su Majestad me ordena matar personas, me convertiré en su cuchillo.

—¿Tienes la certeza de que podrás matar personas con una habilidad semejante a la que has mostrado para destazar vacas?

El carnicero asintió. Era un hombre honesto; no sabía mentir.

—Dijiste que, antes de empezar a matar vacas, pasaste tres años viendo a otros matarlas. Entonces, ¿cuántos años necesitas para comprender completamente la anatomía humana?

—Las cosas del mundo se comprenden por analogía. Me bastará un mes.

—Está bien. Te doy tres meses. Puedes aprender a voluntad en los hospitales y en las plazas de ejecución. También puedes disponer de cuantos reos de muerte quieras para tu estudio.

A partir de entonces, el carnicero caminó por todos lados estudiando la anatomía humana. Luego de un mes ya podía visualizar en su mente los cuatro miembros, los cien huesos, los cinco órganos y las seis vísceras. Luego de dos meses ya sabía de memoria los siete estados de ánimo y los seis deseos. Su mirada empezó a parecer la de un buitre, llena de energía oscura, de modo que quien lo veía de frente sentía terribles escalofríos, como si estuviera dentro de un cofre lleno de hielo.

Por lo tanto, todos decían: “Ahora nos ve como veía antes a las vacas”.

Aunque los asustaba y les causaba intranquilidad, lo seguían tratando con especial cordialidad, esperando con ansias su primera exhibición de cómo matar a un ser humano. Hasta el rey Hui de Wei quería ofrecer su propio cuerpo para que el carnicero probara en él su cuchillo y lo destazara enfrente de una gran multitud de espectadores. Varias veces le preguntó quién sería la víctima sacrificial, pero el carnicero se negó a responderle, con lo cual el rey pudo notar que el gran artista consideraba de suma importancia mantener en secreto la identidad del candidato.

Finalmente, llegó el día por todos esperado. El maestro destazador más grande de la historia estaba a punto de mostrarle al mundo su perfecta habilidad con el cuchillo, sólo que esta vez no destazaría una vaca, un cerdo o una oveja, sino a una persona, a una persona viva. ¿Quién sería el afortunado?

Todos estaban presentes para el acontecimiento: el rey Hui, los grandes ministros, los mercaderes importantes y los nobles de la capital de Wei. También había muchachas y señoras de la alta sociedad, niños y ancianos. Por una parte, querían ver la gran ocasión con sus propios ojos; por otra, anhelaban en secreto tener el honor de ser los elegidos para el sacrificio.

Apareció el carnicero. Mientras su fiera mirada recorría el salón, todos se hundieron al mismo tiempo en un temible y expectante silencio. El carnicero levantó con ambas manos aquel cuchillo que había usado durante 19 años. Aunque el instrumento estaba envuelto en varias capas de seda fina, su escalofriante voluntad asesina se escapaba a través de la tela, al grado que inspiró en los presentes un largo gemido lleno de aflicción.

Mientras el público emitía ese lamento, se alzó la mano del carnicero y cayó su cuchillo. Con el poder repentino de un relámpago, se desmembró a sí mismo, dejando la piel y la carne, por un lado, los huesos y los músculos por otro, y los órganos apilados aparte. El gemido colectivo aún no había terminado y el carnicero ya se había convertido en tres montones ordenados e intachables. Su cuchillo parecía estar vivo y, al terminar este magnífico espectáculo, cayó suavemente al suelo, tintineando. Sorprendentemente, los ojos del carnicero aún estaban húmedos y parecían moverse, como si quisieran recordar con precisión la expresión de pasmo de los rostros circundantes. Un momento después les brotaron dos lágrimas.

Cuando el espectáculo terminó, todos se dieron cuenta de que el carnicero había entrado al sitio desnudo, como una vaca cuando es conducida al sacrificio. Eso implicaba que, evidentemente, había decidido de antemano que era él quien habría de morir. Además, había sido extremadamente egoísta, porque había dejado que la gente presenciara su última obra maestra, pero la había hecho desaparecer de inmediato, dejándolos con una profunda insatisfacción. Y es que, puesto que el autor de esta obra se había convertido en ofrenda sacrificial, después del carnicero ya no había quedado un carnicero.

En cuanto al rey Hui de Wei, él también se lamentaba amargamente: “¿Por qué el carnicero no me eligió a mí?”. En realidad, más que su impulso de sacrificio, innato a los gobernantes, lo compungía el hecho de no poder gozar a la vez el placer y la justificación de un asesinato.◊

 

10 ZHAO ZHIMING

Es autor de Extraños cuentos chinos.

11 JUAN PABLO JÁUREGUI

Es egresado de la Maestría en Estudios de Asia y África de El Colegio de México.

 

 

La piedra fea

JIA PINGWA12 / TRADUCCIÓN DE LILJANA ARSOVSKA

 

A menudo lamentaba la existencia de aquella horrible piedra en frente de mi casa: yacía allí negra, como una vaca; nadie sabía cuándo vino aquí y a nadie le importaba. Sólo durante la cosecha del trigo, al extenderlo delante de la puerta, la abuela siempre solía decir: “Esta piedra fea ocupa demasiado espacio, hay que quitarla de allí”.

Un día mi tío decidió construir su casa y quiso usarla para la pared lateral, pero, desgraciadamente, era demasiado irregular, ni esquinada ni plana, y romperla con un cincel implicaba mucho esfuerzo innecesario, porque el banco del río no estaba muy lejos y cualquier piedra sacada del río era mejor. Levantaron la casa y mi tío ni siquiera la quiso para construir las escaleras. Un año, llegó a casa un maestro escultor para hacer un molino de piedra. Mi abuela dijo: “Usa esta piedra fea, para evitar traer otra desde lejos”. El tallador la miró y sacudió la cabeza, diciendo que no servía, pues era demasiado frágil para ese propósito.

No era tan fina como el mármol blanco que permite tallar letras ni era tan lisa como la piedra caliza que se usa para lavar la ropa. Postrada allí, ni la sombra de la acacia la cubría ni las flores crecían a su alrededor. La maleza desbocada, en cambio, crecía, se extendía y poco a poco llenó la piedra de musgo verde y manchas negras. Incluso nosotros, los niños, la odiábamos, pero al no tener suficientes fuerzas para moverla, sin más remedio sólo nos limitamos a maldecirla. El único consuelo era aquel pequeño hoyo donde en días de lluvia se acumulaba el agua que permanecía allí, incluso cuando todo el suelo se secaba después de tres días. Las gallinas venían a beber. Los días quince de cada mes nos subíamos a aquella piedra fea para esperar la luna llena. La abuela siempre nos regañaba, temiendo que nos cayéramos. Efectivamente, un día me caí y me golpeé la rodilla.

Todos culparon a la piedra fea, tan fea, feísima.

Un día, un astrónomo llegó, pasó frente a mi casa y de repente divisó la piedra fea. Sus ojos no pudieron dejar de mirarla y se instaló en el pueblo. Después llegaron muchas personas y nos dijeron que aquella piedra fea era un meteorito que había caído del cielo hacía más de trescientos años. Dijeron que era una piedra extraordinaria y días después llegó un auto y con mucho cuidado se la llevó.

Todos nos asombramos. Esa piedra extraña y fea resultó ser un objeto celestial. Había sido parte del cielo, se sobrecalentaba, brillaba; nuestros antepasados la admiraron, les dio luz, esperanza, anhelo, y luego cayó a la tierra, entre la hierba, y durante cientos de años yació allí.

La abuela dijo: “¡No parecía tan extraordinaria! Pero, ¿por qué ni siquiera sirvió para tapar la pared o hacer un escalón?”.

—Es muy fea —dijeron los astrónomos.

—Sí, es demasiado fea.

—¡Pero justó allí está su belleza! —dijeron los astrónomos—. La belleza de lo feo.

—¿En lo feo está su belleza? —preguntó mi abuela.

—Sí, cuando lo feo llega a su extremo va hacia la belleza. Al no ser una piedra ordinaria, por supuesto que no podía servir para hacer paredes, escalones, para tallar, para lavar ropa. Aquellas cosas que no tienen utilidad inmediata a menudo son ridiculizadas por la gente.

La abuela se sonrojó y yo también.

Sentí que la grandeza de aquella piedra fea era del mismo tamaño que mi propia vergüenza. Por un instante incluso la odié por haber soportado en silencio tantos años de desdén. Pero de inmediato sentí de nuevo la grandeza inquebrantable del existir solitario en medio del desdén.◊

 

12 JIA PINGWA

Es novelista, cuentista, poeta y ensayista chino.