Tres presidentes y un líder

Pocos habrán caído en cuenta de que el México del mediodía del siglo xx se edificó gracias a un cuarteto singular compuesto por tres expresidentes y un líder sindical: Lázaro Cárdenas, Manuel Ávila Camacho, Miguel Alemán y Vicente Lombardo Toledano. Amigos o adversarios, formaron una curiosa asociación cuya esencia fue la paradójica modernidad mexicana.

 

– SOLEDAD LOAEZA –

 


 

Quién sabe qué llevó a Daniel Cosío Villegas a escribir en febrero de 1947 que todos los hombres de la Revolución habían resultado inferiores a sus exigencias. ¿La nostalgia del hombre necesario que responde a todo y a todos? Ninguno ha habido así en la experiencia mexicana, afortunadamente. Lo que sí hemos tenido son hombres atinados que cambiaron el país, orientaron su trayectoria, definieron los rasgos de su modernidad. Es cierto, no hemos tenido gobernantes extraordinarios. Son más los que supieron reconocer circunstancias favorables, oportunidades que los invitaban a actuar, a tomar decisiones arriesgadas para transformar el país, y que apostaron al futuro.

Si se trata de nombrar a modernizadores del siglo xx que desencadenaron dinámicas virtuosas de largo plazo, pienso sobre todo en el afortunado accidente que reunió a Lázaro Cárdenas, Manuel Ávila Camacho, Miguel Alemán y Vicente Lombardo Toledano en la coyuntura excepcional de los años treinta y cuarenta, tiempos que presenciaron el colapso definitivo del Antiguo Régimen y el surgimiento de un mundo nuevo en el que México podía buscar la paz y la prosperidad. El país del siglo xxi es heredero y tributario de decisiones que tomaron estos tres presidentes y el líder sindical. Cárdenas conmovió la esperanza de los desesperanzados, Ávila Camacho sembró el árbol de la reconciliación, Alemán sacudió inercias y Lombardo se lanzó muchas veces al vacío para construir un país moderno. Los resultados de sus acciones no siempre respondieron a la intención original, en más de un caso acarrearon consecuencias imprevistas y costosas, pero los modernizadores vieron en ellas recursos o desafíos, nunca fracasos.

Los hombres extraordinarios no nacen, los hacen las circunstancias. Así, estos cuatro personajes reconocieron en el mundo a su alrededor el momento que cada uno podía representar. En un lapso de menos de veinte años, calibraron las necesidades de México y las que ofrecían los tiempos del cambio para derribar patrones institucionales, hábitos, mitos y creencias que eran un obstáculo para la construcción del país que imaginaban. Estos tres presidentes y el líder sindical se propusieron dejar atrás el país rural, cuya población desarticulada y diversa miraba sobre todo hacia atrás —como ahora—, y construyeron las bases de una sociedad plural y compleja que se reconocía en una identidad propia y discernible.

Cárdenas, Ávila Camacho y Lombardo nacieron al filo de fines del siglo xix, Alemán con el xx, así que todos pertenecían a la misma generación. Los separaban claras diferencias ideológicas, aunque no irreconciliables en el mundo desorganizado de los revolucionarios mexicanos. Unos fueron líderes y ahora son iconos de la izquierda, otros han sido consagrados como figuras emblemáticas de la derecha. Los cuatro compartían la convicción de que México era un gran país que tenía por delante un futuro brillante, aunque su imagen fuera imprecisa. En cierta forma y por imposible que parezca, fueron complementarios en sus contradicciones.

El contexto que les tocó vivir fue definitivo para que la combinación de sus acciones y de su propuesta resultara en un avance notable de la modernización del país. En sus tiempos ocurrieron cambios aterradores y desconcertantes, desde los totalitarismos europeos hasta la bomba atómica y el colapso de la orgullosa Europa, que fue desplazada del centro del universo por dos superpotencias periféricas sin experiencia en el arte de gobernar el mundo. Ahí, México parecía una página en blanco sobre la que podía escribirse la historia contemporánea que antes nos había pasado de largo. Por una parte, el discurso nacionalista y populista del cardenismo se inscribía en una corriente internacional que sostenía los mismos temas, pero con un tono mucho más agudo; asimismo, la coalición cardenista, uno de cuyos pilares era Lombardo Toledano, evocaba la estrategia de frente popular que preconizaban las izquierdas europeas. Dentro de este marco general, el presidente Cárdenas encontró las referencias para organizar a obreros y campesinos. La Segunda Guerra Mundial, el ascenso de Estados Unidos a la condición de potencia mundial y la distribución bipolar del poder internacional inspiraron en Ávila Camacho la idea de concluir una alianza sin tratados con el poderoso vecino, con base en el cálculo de las ventajas que México podía derivar de semejante asociación. El presidente mexicano creyó que tenía los medios, entre ellos la lealtad de obreros y campesinos y un acuerdo nacional, para superar el discurso y algunas de las metas más controversiales de la Revolución, y fundar una democracia. Ese mismo propósito lo indujo al gran atrevimiento de transmitir el poder a un civil.

El viraje hacia la estabilización de la propiedad en el campo y de la organización obrera abrió el camino para la marginación de Lombardo Toledano, pero eso ocurrió una vez que, en coincidencia con Miguel Alemán, afianzó el programa de industrialización del país, que fue el presupuesto rector de sus actividades de organización y formación de la conciencia sindical de miles de trabajadores mexicanos. Haría lo mismo con cientos de miles de obreros latinoamericanos. De los cuatro modernizadores, Lombardo fue el único que cruzó fronteras y ejerció un liderazgo internacional, aunque Cárdenas se convirtió en un referente moral para las izquierdas latinoamericanas, el Gran Sacerdote del antiimperialismo regional.

El pri representaba la feliz convergencia de estos cuatro modernizadores. El partido de Calles de 1929 había sido devorado por su fundador mismo; luego, Lázaro Cárdenas creó el Partido de la Revolución Mexicana por decreto presidencial con el apoyo ideológico, organizativo y retórico de Lombardo Toledano. En 1940 el experimento era considerado un fracaso. Al término de la guerra, cuando la reconstrucción de los sistemas políticos era un tema general en la comunidad internacional, Ávila Camacho vio la oportunidad de cambiar el arreglo mexicano y propuso la fundación de una organización política nueva, el pri, pero el partido liberal que quería formar exigía el desmantelamiento de las corporaciones. El presidente no pudo vencer los intereses creados que había generado la fórmula cardenista. Su proyecto no avanzó con la suficiente celeridad y quedó atrapado entre las luchas que libraban la ctm y la cnop, y los ajustes de cuentas internos que abatieron la posibilidad de que se unificaran las izquierdas mexicanas. No obstante, la propuesta ideológica lombardista fue el catecismo del pri, incluso del nacionalismo revolucionario, hasta que en los años noventa desde ahí mismo quisieron extraerlo para sustituirlo con las promesas de la globalización.

Manuel Ávila Camacho estaba en el centro de las relaciones entre los cuatro modernizadores; actuaba principalmente como intermediario entre ellos porque era naturalmente un conciliador. Tenía la rara virtud de estar en buenos términos con todos los jefes revolucionarios. Su carácter afable le ganaba todas las batallas. Por ejemplo, durante la guerra cristera buscó siempre negociar con las tropas enemigas antes que combatirlas. No es extraño que él fuera el único de los cuatro modernizadores que mantenía relaciones amistosas con los otros tres.

Entre Cárdenas y Alemán hubo mala sangre tan pronto como las políticas de este último pusieron en tela de juicio las decisiones de gobierno de aquél. A partir de la presidencia de Alemán, entre ambos se desarrolló una sorda enemistad que fue insuperable, a pesar de que en 1945 el michoacano había apoyado las aspiraciones presidenciales del veracruzano, y había llegado incluso a aconsejar a Miguel Henríquez Guzmán que renunciara a sus planes de participar en la contienda por la candidatura presidencial del pri. En los Apuntes del general son frecuentes las críticas más o menos oblicuas contra la política alemanista hacia Estados Unidos, las movilizaciones sindicales o la reorientación de la reforma agraria. En cambio, una camaradería castrense unía a Cárdenas y Ávila Camacho, a quien aquél le perdonaba todo, desde el acercamiento a la Iglesia y a Estados Unidos hasta el freno a la reforma agraria. Se visitaban con frecuencia, se reunían en familia y hacían excursiones de fin de semana, incluso cuando Ávila Camacho estaba en la presidencia. Cárdenas en sus Apuntes habla de él con algo más que afecto.

También se reunía con Alemán, muchas veces a instancias de Ávila Camacho, pese a los disgustos que le causaban sus políticas y sus frivolidades, como si los expresidentes y presidentes formaran una cofradía. Probablemente así fue como, en 1951, entre los tres negociaron, por una parte, la renuncia de Alemán a su sueño reeleccionista y a la candidatura de Fernando Casas Alemán; y, por la otra, el aislamiento de Miguel Henríquez Guzmán y de la fppm, y la sucesión a favor de Adolfo Ruiz Cortines.

A primera vista, Cárdenas, Ávila Camacho, Alemán y Lombardo Toledano se parecen poco entre sí; sin embargo, compartían algunos rasgos de carácter. Los tres primeros eran cautelosos, sopesaban cuidadosamente sus palabras y se cuidaban mucho de improvisar. Alemán incluso preparaba las ruedas de prensa con corresponsales extranjeros haciendo simulacros en los que ensayaba sus respuestas a posibles preguntas. Las diferencias de personalidad más notables distinguían a don Manuel de don Vicente, pero entre ellos había una vieja amistad que se remontaba a Teziutlán, Puebla, donde ambos habían nacido y crecido. Se decía que Lombardo tenía derecho de picaporte en Palacio Nacional. Lo cierto es que Ávila Camacho logró que el líder y la ctm lanzaran la candidatura de Alemán, a quien veían como un inexperto detestable y desconfiable.

Alan Knight considera a Cárdenas estoico. Ávila Camacho parece haberlo sido más. Tuvo que aguantar a su terrible hermano mayor, Maximino, así como los egos de sus compañeros modernizadores, que no eran pequeños. Su discreción rayaba en la morosidad, sobre todo al lado del líder sindical que era audaz hasta la irresponsabilidad, impredecible y mercurial. Orador exaltado, desde el balcón central de Palacio Nacional o desde el pódium en la plaza del Monumento a la Revolución, denunciaba al imperialismo, al Vaticano, a la reacción que, según él, conspiraban contra la nación. Nunca sintió la necesidad de probar sus dichos. Gobernado por la emoción sabía transmitirla a su auditorio, agitaba conciencias, inquietudes, prejuicios y miedos. Entre 1936 y 1946 sus apasionadas arengas en la plaza pública encendían los ánimos de los trabajadores, así como la ira de los empresarios y del embajador de Estados Unidos.

El contraste entre la excitación de Lombardo Toledano y la serenidad de Cárdenas y de Ávila Camacho sólo se parecía al que arrojaba la comparación con la frialdad de Miguel Alemán, disimulada por la amplia sonrisa que lo hizo famoso. El presidente que sonreía y que desplegaba su encanto personal con generosidad era el mismo político que sin alterarse se negó a recibir a la Caravana del Hambre de los mineros de Nueva Rosita, Coahuila, a quienes el expresidente Cárdenas había prometido una audiencia con el presidente Alemán. La sonrisa y los escándalos de su vida privada lo diferenciaban de sus antecesores inmediatos y del líder sindical que, en cambio, sonreían poco y aparentaban una vida familiar monógama y casi puritana.

Las relaciones entre el presidente universitario y el líder sindical también universitario tenían que haber sido buenas; después de todo, eran contados los políticos de la época que habían pasado por la educación superior. Así que uno pensaría que tenían mucho en común. Sin embargo, el material histórico que permite rastrear la relación entre Alemán y Lombardo sugiere altibajos que se resolvieron en un distanciamiento definitivo. Primero, el líder sindical asumió una actitud de superioridad frente al político bisoño cuya candidatura a la presidencia de la República presentó el pri en 1945; después de 1946 le ofreció su apoyo incondicional y en 1948 le suplicaba que lo aceptara; pero en 1965 lo declaraba enemigo de los trabajadores y responsable de numerosas represiones antisindicalistas.

Al paso del tiempo, a excepción de Ávila Camacho que murió en 1955, las relaciones entre los modernizadores se agriaron de tal manera que desaparecieron del todo. Sin embargo, sus respectivos legados se sumaron en el México modernizado de los años sesenta, transformado por procesos económicos como la industrialización que impulsaron estos cuatro personajes y por procesos sociales que la acompañaron, como la urbanización. En política, en cambio, los avances fueron menos, pero no porque hubieran fracasado. También en ese tema tuvieron éxito porque entre todos ellos había un acuerdo implícito fundamental a propósito del control de la participación. Aparentemente, ninguno de ellos creía de veras en la libertad del voto, en el sufragio efectivo. Autoritarios eran todos.

Otros modernizadores vinieron después. En José López Portillo y Carlos Salinas encontramos rasgos de Alemán; Cárdenas tuvo algún imitador, pero fallido; no ha habido la oportunidad para que aparezca un símil de Ávila Camacho, y ninguno ha sido como Lombardo. Menos todavía se ha producido una constelación como la que formaron los cuatro: Cárdenas, Ávila Camacho, Alemán y Lombardo Toledano. El relevo del personal político que acarreó la derrota del pri a finales del siglo xx invita a mirarlos de nuevo con los ojos del siglo xxi. No sé si vale la pena compararlos con los de hoy. Hacerlo de manera puntual sería demasiado cruel, pero no podemos dejar de pensar que la transición tenía que haber creado presidentes dignos de ese proceso; lamentablemente, podemos parafrasear a Cosío Villegas y admitir con todo dolor que ninguno de los políticos de la transición estuvo a la altura de sus exigencias.◊