Doce traductores de un poema de W. B. Yeats

 

–PRIMERA PARTE–

 

Doce escritores traducen aquí un mismo poema: “Her Triumph”, de William Butler Yeats. Ellos son: Juan Tovar, Elsa Cross, Pedro Serrano, Mónica Mansour, Tedi López Mills, Pura López Colomé, Hernán Bravo Varela, María Baranda, Juan Carlos Calvillo, Alfonso D’Aquino, Argel Corpus y Francisco Segovia. Como dice este último en la presentación, las diferencias quizá permitan a los lectores formarse una idea del poema —si no completa, al menos suficiente— y tal vez los lleven a reflexionar un poco sobre las dificultades de la traducción, poética o no.

En esta entrega presentamos las versiones de los primeros cinco traductores. Las demás aparecerán en el próximo número de Otros Diálogos.

 


 

Presentación

Hace casi 20 años, mientras escribía en Londres su libro sobre T. S. Eliot y Octavio Paz, Pedro Serrano me llamó la atención sobre “Her Triumph”. Aunque yo no recordaba el poema en ese momento, estaba seguro de haberlo leído antes en la famosa antología de Yeats hecha por Juan Tovar (Símbolos, México, Era, 1977). Con todo, ahora había algo distinto: lo leía en inglés. Su primer verso se grabó en mi memoria, donde reaparecía de tanto en tanto disparado por no sé qué resortes ocultos. Hace un par de años me decidí a traducirlo completo y se lo comenté a Pedro, aunque sin enviarle mi traducción, a la que había añadido un breve comentario. Me respondió que él también había hecho una versión, y que hasta la había publicado. La busqué. Era, previsiblemente, distinta de la mía. Me pareció que sus diferencias tenían mucho que decir —no ya sólo sobre los traductores sino, en especial— sobre el poema mismo, y que mientras más traducciones del poema hubiera en español, más podría uno acercarse al original. Si fuera posible, habría que hacer infinitas versiones, pensé entonces, pero ahora creo que tal vez baste con un breve muestreo para que el lector se forme una idea del poema —si no completa, al menos suficiente— y de paso reflexione un poco sobre lo que significa traducir, y traducir poesía.

La idea no es original. Se inspira en un ejemplo anterior, con el que está claramente en deuda. Me refiero a las múltiples versiones de “El desdichado”, el poema de Gérard de Nerval, que la revista Plural publicó en los últimos meses de 1975. Allí aparecieron las traducciones de Juan José Arreola, Ulalume González de León, Salvador Elizondo, Salvi Pascual, Tomás Segovia, Francisco Serrano, Gabriel Zaid, José de la Colina y Elsa Cross. No sería difícil agregar a ésas las de Xavier Villaurrutia, Octavio Paz y José Emilio Pacheco para reunir a doce espléndidos lectores del mismo poema (y más de doce lecturas, pues algunos ensayaron más de una versión). Unas cuantas pueden leerse en Círculo de poesía (http://circulodepoesia.com/2016/01/gerard-de-nerval-el-desdichado/).

Para la nueva empresa convoqué a diez traductores (once, conmigo), a quienes ofrecí la opción de añadir un breve comentario al poema y su traducción; entre ellos, a Elsa Cross, que representa una especie de puente entre los dos proyectos. Fue ella quien me recordó la antología de Tovar, tan importante en la difusión de la obra de Yeats en México. Si el poema estaba ahí, no podía faltar acá. Y, en efecto, ahí estaba. Le escribí a Tovar, quien no sólo aceptó que reprodujéramos su traducción en estas páginas sino que aprovechó para retocar su último verso. Donde antes decía: “y una extraña ave milagrosa nos grita”, ahora dice: “y una milagrosa ave extraña nos grita” —“más literal y mejor imagen”, comentó en su carta. Esto me parece significativo, no sólo porque Tovar declara así su posición como traductor sino, en especial, porque esa ave, milagrosa y extraña, se queda en sólo milagrosa en las versiones de Serrano, Calvillo y Bravo Varela. Algo que a Tovar le parece digno de una corrección, a más de cuarenta años de distancia, a los otros tres les parece prescindible, y lo omiten. Bravo Varela omite algo más: el título del poema.

Como se ve, no faltan cosas que falten. Juan Carlos Calvillo de plano dejó fuera el pañuelo que cae en los primeros versos. Pero quizá no sobre decir que fue él quien primero sugirió que ilustráramos las traducciones con el cuadro de Edward Burne-Jones en el que se dice que se inspiró el poema —cosa que también menciona Tedi López Mills—, y que en el cuadro no hay tal pañuelo, como tampoco lo hay en los borradores de Yeats que Calvillo se agenció para hacer su traducción. Yo mismo no me decidí a ensayar la traducción completa de esos versos que dicen: “Those deeds were best that gave the minute wings / And heavenly music if they gave it wit”. Como se verá, estas dos líneas son la zona más inestable del poema en español —y también, creo, la más endeble en inglés—, por lo que resulta interesante ver qué dicen y hacen de ellas los distintos traductores. En la carta donde me enviaba su versión, Corpus confesaba, por ejemplo, que esos dos versos le habían dado dolor de cabeza, y terminó usando tres para traducirlos: “Si estas mis hazañas le dieran ingenio entonces / serían las mejores para obsequiarle / las pequeñas alas y la música celestial”. ¿A quién le darían ingenio esas hazañas? Yo supongo que Corpus supone que al amor, pero nadie lo sigue en esta interpretación. Tovar, por ejemplo, tradujo lo mismo como: “eran mejores los hechos que daban alas al minuto / y música celeste si le daban ingenio”, donde son los hechos (o las hazañas) quienes prestan música al minuto, aunque sólo si además le dan ingenio. Serrano difiere de ambos, pues en su versión el ingenio no es algo que se da o se recibe, sino algo que hay o no hay (como hay sol o no hay): “Lo mejor de todo eran las alas que tenía un minuto / y si luego había ingenio es que hablaban los ángeles”. Por su parte, Bravo Varela pone: “Vaya proezas: minutos de los que salían alas, / música celestial ingeniada por ángeles”, donde el sustantivo se vuelve verbo: los ángeles ingenian música. Curiosamente, tanto Serrano como Bravo Varela hablan de ángeles, por más que en el poema no haya mención expresa de ellos. Creo que las soluciones más claras y concisas —al menos desde el punto de vista sintáctico— son las de María Baranda y Pura López Colomé. La primera escribe: “Buenos actos que dieron alas al minuto / y música celeste si se hacían con agudeza”, donde son los actos quienes se hacen con agudeza; la segunda (en una de sus versiones, pues envió tres): “mejores actos al instante daban alas, / música celeste si el ingenio mediaba”, donde el ingenio va de por medio en los actos. Alfonso D’Aquino prefiere —no ingenio ni agudeza sino—sutileza.

Cuatro traductores se animaron a medir sus versos (Mansour, Bravo Varela, Calvillo y yo) y otros cuatro, aunque distintos, los rimaron (Mansour, López Colomé, Calvillo y yo). Esto, que parece extraño, se explica porque Bravo Varela midió sin rimar y López Colomé, en cambio, rimó sin medir. Por lo demás, Calvillo empleó quince versos para traducir los doce del original, y de paso añadió una dedicatoria personal.

El título es otra zona inestable. Aunque la mayoría se contentó con “Su triunfo” o “El triunfo de ella”, hubo otro. Mónica Mansour decía en su carta: “Te confieso que el título me costó trabajo”, y proponía una tercera opción: “Ella triunfa”. Es notable que Tedi López Mills llegara a ese mismo título, y también Pura López Colomé (aunque ella usa los tres: uno para cada una de sus versiones). Parece significativo, también, que Bravo Varela lo haya omitido. ¿Y qué decir del pájaro del último verso, que grita, grazna, chilla o hace alharaca, según quien traduzca?… Con todo, la diferencia más sorprendente viene a cuenta de Elsa Cross, que emplea una voz masculina para traducir el poema: “No se me ocurriría oír una voz femenina”, comentó por carta. Es posible que Calvillo concuerde con ella, pues su comentario habla de una “inversión del mito de Perseo y Andrómeda”, pero la voz que habla en su traducción es femenina. Algo parecido ocurre en el caso de López Colomé, para quien “resulta muy difícil saber a quién Yeats quiere declarar victorioso, al San Jorge que mata al dragón o a la mujer liberada de las cadenas”, pero en sus tres versiones es también una mujer quien habla. Serrano no dejó de advertir el problema, pero también tradujo en femenino. Sin embargo, hay que señalar que el género de la voz que habla es un problema de los traductores, no del poeta: en inglés la voz es neutra, y sólo en el título hay una declaración intencional y explícita del género; es decir, justo ahí donde, en cambio, el español puede ser neutro: her triumph: su triunfo… de ella.

El lector advertirá otras diferencias que acaso valiera la pena comentar, pero no en una breve presentación como ésta. En cualquier caso, en lo que sigue se verán las interpretaciones, omisiones y adiciones de los distintos traductores. Ojalá que entre todos podamos darle al lector un rompecabezas que él pueda armar en su cabeza, en su memoria, quizá en su corazón.

Francisco Segovia

 

 


 

 

William Butler Yeats

Her Triumph

 

I did the dragon’s will until you came

Because I had fancied love a casual

Improvisation, or a settled game

That followed if I let the kerchief fall:

Those deeds were best that gave the minute wings

And heavenly music if they gave it wit:

And then you stood among the dragon-rings.

I mocked, being crazy, but you mastered it

And broke the chain and set my ankles free,

Saint George or else a pagan Perseus;

And now we stare astonished at de sea,

And a miraculous strange bird shrieks at us.

 

 

Juan Tovar

Su triunfo

 

Hice lo que el dragón quiso hasta que llegaste

porque había imaginado el amor una casual

improvisación, o un juego establecido

que yo desataba al soltar el pañuelo:

eran mejores los hechos que daban alas al minuto

y música celeste si le daban ingenio;

y entonces te erguiste entre los anillos del dragón.

Me burlé, estaba loca, pero tú lo venciste

y rompiendo la cadena libraste mis talones,

San Jorge o bien Perseo pagano;

y ahora ambos miramos atónitos el mar

y una milagrosa ave extraña nos grita.

 

 

Elsa Cross

El triunfo de ella

 

Hice la voluntad del dragón hasta que tú viniste,

porque había imaginado que el amor

era improvisación casual, o un juego establecido

que seguiría si yo dejaba el pañuelo caer:

lo mejor, esos hechos que daban alas al tiempo,

y música celestial, si le daban ingenio.

Entonces te alzaste entre los anillos del dragón.

Yo me burlaba, loco, pero tú lo dominaste

y rompiste la cadena librando mis tobillos­­—

San Jorge o algún persa pagano.

Y ahora vemos atónitos el mar

y un raro, milagroso pájaro nos grazna.

 

 

Pedro Serrano

El triunfo de ella

 

Hice lo que el dragón quiso hasta que apareciste.

Porque creía que el amor era una fortuita

improvisación, o un juego establecido

que dura mientras dura la caída de un pañuelo.

Lo mejor de todo eran las alas que tenía un minuto

y si luego había ingenio es que hablaban los ángeles;

entonces surgiste entre los anillos del dragón.

Me burlé, ofuscada, pero tú lo venciste,

rompiste la cadena y liberaste mis tobillos

como un Perseo pagano o un San Jorge;

y ahora vemos atónitos el mar

y un ave milagrosa grazna mientras nos mira.

 

DISCREPANCIAS – Quizás si un mismo poeta intentara escribir un poema —aclaro: escribir, no corregir— en distintas ocasiones, los resultados a los que llegara serían también distintos. Para eso tendría que olvidar lo que ha hecho y remontarse al origen de tal poema y volverlo a escribir. En cierto modo, lo que hace al plasmar un poema es traducir eso que está ahí, y que sigue estando, antes y después del poema que leemos. De la misma manera, cuando leemos un poema, lo estamos traduciendo, pero la traducción a la que llegamos, por ser en la misma lengua en la que está escrito el poema, es copia fiel de su original, con algunas mínimas variantes si acaso lo decimos de memoria. En cambio, al traducirlo a otra lengua las posibilidades se extienden por un campo abierto. Encontramos un espejo en donde ese origen cambia de perspectiva y cae en otro lado.

No es la primera vez que releo mi traducción de “Her Triumph”. He regresado muchas veces a ella y estoy incluso más cerca de mi versión en español que de la de Yeats. Puedo decir que me gusta mucho. Sin embargo, esta vez, al regresar al poema en inglés, mi lectura tomó un sesgo diferente. Si me propusiera hacerla ahora, me di cuenta, mi traducción iría por otros rumbos. Más aproximada quizás a la frecuencia de pentámetros yámbicos del poema en inglés, y aventurándome quizás, si no a perseguir rimas, sí a intentar algunos ecos nuevos. Pero el impulso que hace varias décadas me llevó a traducirlo sería el mismo. Sólo la adaptación sería diferente. En el hipotético caso, habría querido que lo que intentara ahora me pareciera tan bueno como me sigue pareciéndolo la traducción a la que llegué, y que me divirtiera, igual que entonces, en la orfebrería del verso.

Como no puedo hablar de resultados de una hipotética, me ceñiré a la traducción que sí hice. Empezaré por decir que me sigue gustando cómo fluye en español, cómo se engarza y articula un verso con el que sigue, cómo avanza hacia su final. La leo, la releo, y sé que no le cambiaría nada. Me parece que, tal cual es, reacciona a su manera, con sus propios atrevimientos, contorsiones, cambios de ritmo, aceleraciones y caídas, a la manera como reacciona dentro de sí el poema en inglés. Con esto quiero decir, entre otras cosas, que de donde emanó mi traducción es de un original que levita por encima del poema en inglés; es decir, por encima de los pies en los que está acentuado. No surgió del poema que leemos en inglés sino que se internó en lo que ahí sucedía hasta alcanzar lo que emana de su origen. Ese origen produce el ritmo en inglés y el ritmo de mi traducción.

A esa respiración original, no del verso sino del poema, es a lo que respondí, y a lo que respondería de nuevo si empezara de nuevo a traducirlo. Mi respuesta en ese momento fue en versos no medidos que presentan una frecuencia mayor de alejandrinos. Eso por la parte técnica. Circula más lento en español, se demora más lo que quiere decir, aunque paradójicamente siempre es el mismo tempo. El poema tiene una dirección visual de arriba abajo, con una duración marcada por la caída de un pañuelo, y lo que dura es un minuto. Yo necesitaba más aliento para decirlo, y eso, quizás, hizo que fluyera como fluye. pero el poema dura lo mismo. Aunque en inglés no está claro si el sujeto es un hombre o una mujer, es ella quien habla. Se corresponde con la leyenda de la que surge. Quien se salva es él también, incluso sin saberlo. La liberación es milagrosa.

 

 

Mónica Mansour

Ella triunfa

 

Cumplí afanes del dragón hasta verte llegar

porque había imaginado el amor como un vuelo

de improvisación, o quizás un juego habitual

que resultaría al dejar caer el pañuelo:

Los mejores actos daban al minuto alas,

música celestial si daban ingenio y gracia;

y luego entre los anillos del dragón te instalas.

Me burlé, loca, pero venciste con audacia,

rompiste la cadena y soltaste mis tobillos,

cual San Jorge o si no un Perseo pagano;

y ahora atónitos miramos del mar el brillo,

y nos chirría un milagroso pájaro extraño.

 

 

Tedi López Mills

Ella triunfa

 

Hice la voluntad del dragón hasta que llegaste

Porque imaginé el amor como una casual

Improvisación o un consabido juego

Que proseguía si yo dejaba caer el pañuelo:

Eran mejores las proezas que daban alas al minuto

Y música celestial si le daban ingenio;

Y luego apareciste entre los anillos del dragón.

Y en mi locura me mofé, pero lo sojuzgaste

Y rompiste la cadena y liberaste mis tobillos,

San Jorge o acaso un Perseo pagano;

Y ahora miramos con asombro el mar

Y un extraño pájaro milagroso nos lanza un chillido.

 

COMENTARIO – Mi versión se apega, en la medida de lo posible, al poema original. En ese sentido seguramente peca de poco ambiciosa; a lo mucho, un traslado literal y, espero, correcto del texto. El principal escollo fueron los “dragon-rings”. ¿Por qué tendría anillos un dragón? La referencia visual del poema de Yeats parece ser el óleo del prerrafaelita Edward Burne-Jones, The Doom Fulfilled (1888), séptimo cuadro del “Ciclo de Perseo”. En la imagen, Perseo, cuya misión es rescatar a su amada Andrómeda, está parado o, más bien, trepado entre las muchas orlas o anillos de la larga cola del dragón. No todo lector del poema de Yeats (y me incluyo) conoce este vínculo con el cuadro de Burne-Jones. Por lo tanto, en el primer bosquejo de mi traducción puse: “apareciste entre la cola enroscada del dragón”. Escolar y torpe. ¿Por qué explicar algo que no explicó Yeats? El dragón, en la historia de Perseo, es un monstruo marino, una enorme serpiente con alas: su cola se anilla inevitablemente.

Traducir no desemboca necesariamente en entender lo que uno tradujo. La superficie del poema de Yeats es prístina; carece de palabras rebuscadas, inusuales. Sin embargo, no equivale a una paráfrasis exquisita de un episodio de la leyenda de Perseo (o de San Jorge); no es sólo un poema de amor o un divertimento. Yeats creaba símbolos, no mitos. En sus poemas no hay únicamente una forma, sino un sistema. El de este poema no encaja con lo que sugiere su lectura. En el quiebre está el pulso. Creo que no se mide con palabras.