Terrazas

 

–JUAN MANUEL VILLALOBOS*

 


 

Era 1989. Tenía 19 años y loca por un futbolista se fue a seguirle los pasos a Madrid. Un charnego de 22 que hacía su segundo viaje, de vuelta, a la capital. A él, las cosas le empezaban a ir muy bien. Había firmado un contrato con el Atlético de Madrid por un puñado de años y varios millones de pesetas. Él decidió comprar un piso y le pidió buscarlo a ella. Ahí estaba Laia, pateándose las calles de una ciudad que le parecía hostil, hasta que lo encontró: un ático abuhardillado en la calle Hilarión Eslava. Cuando la compra estaba a punto de cerrarse, la dueña puso una condición. Les dijo: “Veréis, espero que no se lo tomen a mal; nos gustaría a mi marido y a mí que permitieran entrar a un pintor que viene cada primavera, sólo unas cuantas semanas, sólo unas cuantas horas, para que termine un cuadro que empezó en el año 62; aquí vivía un amigo suyo, que luego se fue, y él dejó de pintar el cuadro, por pena, por tristeza y por años, pero luego regresó. Les parecerá extraño; yo de arte no entiendo mucho, pero sucede que sólo lo puede pintar a ciertas horas, con la luz del mayo”.

El pintor era Antonio López, el maestro del realismo español contemporáneo, y el cuadro, La terraza de Lucio. El pintor Lucio Muñoz, amigo de Antonio. Laia y Pedro —goleador de una temporada— dijeron que por supuesto. Y en aquel mayo, el del 89, Antonio López se acercaba hasta la casa de Hilarión Eslava y por dos o tres horas pintaba en la terraza lo que veía desde ahí, mientras caía la luz, durante tres semanas casi estivales. El cuadro dormía en el trastero el resto del año. Cincuenta millones de pesetas guardados en un cuartucho —aunque no estaba terminado, estaba valorado—. Cada día, mientras Pedro se entrenaba, Antonio llevaba horchata fresca a Laia y la tomaban en la cocina o mientras charlaban separados por una tabla de madera en la que se apoyaba el caballete. Cuando Antonio se iba, Laia inspeccionaba el cuadro, lo olisqueaba, intentaba localizar la pintura fresca, averiguar lo que había pintado ese día; pero comenzó a sospechar que Antonio no pintaba; pensaba que en realidad se acercaba a aquella terraza a recordar, treinta años atrás, cómo se había forjado una amistad en aquella otra ciudad que había cambiado, la ciudad de todos y de nadie, Madrid. Al año siguiente, por supuesto, el pintor acabó el cuadro. 

—¿Y qué pasó con Pedro? —le pregunté a Laia la tarde de octubre que me contó la historia, la misma en la que le robé un beso en la terraza de su casa, desde donde se podía ver la Sagrada Familia. La última tarde que la vi luego de meses de conocernos.

—Le fracturaron la pierna en un partido contra el Zaragoza, en la Romareda; tibia y peroné; su zurda bendita se convirtió en maldita: se retiró a los 25 años; después nadie lo quiso. También terminó conmigo. Él, no yo.

—¿Y el piso de Madrid?

—Lo compró Antonio.

Fue cuando la besé. Un beso furtivo, en la boca. Y le dije al oído: “Ése fue por Antonio; si me cuentas que conociste a Serrat, te doy otro, con lengua”. “Pues no —dijo—, pero te puedo contar algo mejor”. Y en ese momento llegó su esposo —sí, Laia estaba casada—. Y sus palabras se quedaron sobrevolando el silencio que él interrumpió con estas otras: “I què feu aquí tan apartats?”.

No sólo no me contó aquel “algo mejor”; no volví a saber nada de ella. Simplemente dejó de responder mis llamadas. Después, yo mismo me fui de Barcelona. De todo esto, ha pasado ya mucho tiempo.◊

 


* JUAN MANUEL VILLALOBOS
Es escritor y, actualmente, editor de Revista Interdisciplinaria de Estudios de Género de El Colegio de México.