Sin título (detalle) / Raúl Ullán

Segunda digresión

En esta Segunda digresión, el escritor argentino Alberto Manguel se ocupa de llevarnos al territorio, muchas veces agreste, de las bibliotecas. En el camino, por fortuna, el autor dispone de las herramientas ensayísticas y eruditas para evitar que se nos caiga un librero encima.

 

– ALBERTO MANGUEL*

 


 

Una noche, una de las muchas noches en que yacía febril en la cama, sin aliento y tosiendo sangre, Robert Louis Stevenson, que entonces tenía treinta y ocho años, soñó con un terrorífico tono de color marrón. Desde su primera infancia, Stevenson había llamado a sus frecuentes terrores nocturnos “las visitas de la Bruja de la Noche”, que sólo la voz de su niñera podía calmar, con canciones y cuentos folklóricos escoceses. Pero las apariciones de la Bruja de la Noche eran persistentes y Stevenson descubrió que podía convertirlas en algo benéfico si las exorcizaba con palabras. Así, el espantoso color marrón de sus pesadillas se convirtió en una historia. De esta manera, nos cuenta, nació el cuento del doctor Jekyll y el señor Hyde.

La existencia de creaciones literarias magistrales asombra tanto a los escritores como a los lectores. Algunos de esos instantes de concepción han llegado hasta nosotros. Cervantes nos cuenta que la historia del anciano caballero en busca de justicia se le ocurrió mientras languidecía injustamente en una cárcel; según sabemos, la historia de las trágicas consecuencias de soñar una vida para Madame Bovary se le ocurrió a Flaubert después de leer un suelto en un periódico. Bradbury explica que los primeros indicios del mundo de Fahrenheit 451 le llegaron a principios de los cincuenta, después de ver a un hombre y a una mujer que caminaban tomados de la mano por una acera de Los Ángeles, cada uno con una oreja enchufada a una radio portátil.

Sin embargo, en la mayoría de los casos, el instante de la creación literaria nos es tan desconocido como el de la creación del universo mismo. Podemos estudiar cada momento posterior al Big Bang, así como podemos leer (en los días en que los escritores conservaban sus primeros garabatos) cada borrador de À la recherche du temps perdu. Pero el momento mismo del nacimiento de nuestros libros más queridos es más misterioso. ¿Qué encendió la chispa de la primera idea de la Odisea en la mente del poeta o poetas que llamamos Homero? ¿Cómo fue que un narrador a quien no le interesaba añadir su nombre a su obra soñó la atroz historia de Edipo que más tarde inspiraría a Sófocles y a Cocteau? ¿Qué triste amante de carne y hueso prestó su personalidad a la irresistible figura de Don Juan, condenado por toda la eternidad?

Las confesiones de los autores pocas veces suenan veraces. En un extenso ensayo, Edgar Allan Poe explicó que “El cuervo” surgió de la intención de escribir un poema sobre lo que para él era, “incuestionablemente, el tema más poético del mundo”, la muerte de una mujer hermosa, y de utilizar para el estribillo la sílaba más resonante del inglés, er. De inmediato surgieron las palabras never more y, con el objeto de que pudieran repetirse, decidió que las pronunciara un ave en lugar de una persona. No eligió un loro, que en su opinión no era lo bastante poético (y estaba en lo cierto), sino un cuervo, adecuado a su alma sombría. La explicación de Poe es lógica, está hábilmente presentada y es imposible de creer.

Tal vez deberíamos darnos por satisfechos admitiendo que los milagros son posibles, sin preguntarnos cómo. Todo lo que puede imaginarse termina, de alguna manera, convirtiéndose en realidad: todo, desde creaciones perfectas como el Orlando furioso o El rey Lear, hasta abominaciones perfectas como las minas terrestres o la picana. Y, como todavía creemos en causas y efectos, exigimos una explicación para todo: queremos saber cómo se hizo realidad, qué hizo que sucediera, cuál fue el primer latido que puso a la bestia en movimiento, de dónde vino esta cosa que ahora se presenta ante nosotros.

Por suerte para nosotros, por suerte para la supervivencia de la inteligencia humana, las abominaciones pueden explicarse, aunque tal vez demasiado tarde para solucionarlas, a través del análisis histórico y psicológico. También por suerte, las creaciones literarias no. Podemos averiguar lo que un autor determinado cuenta sobre las circunstancias que han rodeado el acto creativo, qué libros leía, cuáles eran los detalles cotidianos de su vida, su estado de salud, el color de sus sueños. Todo excepto el instante en que las palabras aparecieron, luminosas y claras, en la mente del poeta, y las manos comenzaron a escribir.

 

Recuerdo que el primer día que empecé a instalar mi biblioteca en Francia, saqué de su caja una primera edición de Hypatia de Kingsley, una novela sobre la filósofa y matemática del siglo iv que terminó asesinada por fanáticos cristianos. Abrí el libro y me topé con la descripción de la Biblioteca de Alejandría, un pasaje que había olvidado por completo, excepto por las palabras “el azul sin lluvia”, que no recordaba de dónde eran. El pasaje era el siguiente:

A la izquierda del jardín se extendía la elegante fachada oriental del museo, con sus galerías de pinturas, sus salas de estatuas, sus comedores y sus salas de lectura; en una de sus inmensas alas se encontraba la famosa biblioteca, fundada por el padre de Filadelfo que, en tiempos de Séneca, incluso después de los enormes destrozos que había sufrido durante el asedio de César, contenía cuatrocientos mil manuscritos. Allí se veía, imponente, aquella maravilla del mundo, con su blanco tejado que refulgía contra el azul sin lluvia y, más allá, entre los caballones y los frontispicios de nobles edificios, se vislumbraba el azul fulgor del mar.

¿Cómo era posible que, cuando traté de describir Alejandría y su biblioteca en un libro que escribí años más tarde, hubiera olvidado por completo la descripción de Kingsley? ¿Por qué mi memoria no me fue de más ayuda cuando me estaba esforzando por crear una imagen, real o imaginaria, de cómo podría haber sido aquella antigua biblioteca? Mi mente es caprichosa. A veces es caritativa; en el momento en que necesito una idea consoladora o feliz me arroja, como monedas a un mendigo, la limosna de un acontecimiento que yo había olvidado tiempo atrás, una palabra del pasado, un relato leído una calurosa noche entre las sábanas, un poema encontrado en una antología y que mi ser adolescente creía que nadie había descubierto antes. Pero la generosidad de mis libros permanece siempre, como parte de su esencia y, cuando los saqué de sus cajas, después de haberlos condenado a un silencio tan prolongado, siguieron siendo amables conmigo.

Mientras desembalaba mis libros en aquella lejana tarde que me devolvió el pasaje de Kingsley, la vacía biblioteca fue llenándose con palabras incorpóreas y con los fantasmas de personas que había conocido, que me habían guiado a través de bibliotecas más vastas que la de Alejandría. Además, ese acto conjuraba imágenes de mí mismo, más joven, en distintas épocas: despreocupado, valiente, ambicioso, solitario, arrogante, sabelotodo, y posteriormente desilusionado, desconcertado, un poco temeroso, solo y consciente de mi ignorancia. Allí estaban los talismanes mágicos. Allí estaba una edición de bolsillo con textos selectos de Tennyson en la que a los doce años había leído por primera vez “Tithonus”, subrayando las palabras que no entendía y más tarde aprendiéndome el poema de memoria. Allí estaba De rerum natura de Lucrecio, lleno de anotaciones a lápiz de mi curso de latín. Allí estaba una traducción al castellano de La guerra de Clausewitz que había pertenecido a mi padre, encuadernada en cuero verde y a la que le habían recortado los primeros renglones. Allí estaba La isla del doctor Moreau, que mi amigo Lenny Fagin me regaló para mi décimo cumpleaños. Allí estaba la edición del Quijote editada por mi querido profesor Isaías Lerner y publicada por la Editorial Universitaria de Buenos Aires, más tarde cerrada por las mismas autoridades militares que lo obligaron a exiliarse. Allí estaba el ejemplar de Stalky & Co de Kipling, que Borges leyó durante su adolescencia en Suiza y que me dio como regalo de despedida cuando partí hacia Europa en 1969. Allí estaba Maria Chapdelaine de Louis Hémon, que había pertenecido al empresario canadiense Timothy Eaton y que había sido abierta sólo hasta la página noventa y tres, señalada con un marcapáginas del hotel Savoy de Londres, un libro que para mí representaba mi país adoptado: la emblemática novela de Quebec escrita por un francés, leída a medias por un magnate anglocanadiense en un aristocrático hotel londinense. Esa clase de encuentros tuvo lugar muchas veces durante los felices meses que pasé entre las pilas de volúmenes desenterrados.

Embalar, por el contrario, es un ejercicio de olvido. Es como proyectar una película hacia atrás, encomendando narrativas visibles y una realidad metódica a las regiones de lo distante y lo no visto. Embalar es olvidar voluntariamente. Es, también, el restablecimiento de otro orden, aunque secreto. Un enlace (como los físicos denominan al proceso de nuevas formaciones químicas) que implica la unión de elementos improbables formando grupos e identidades redefinidos a través de los nuevos límites de la cartografía de la caja. Si desembalar una biblioteca es un acto salvaje de renacimiento, embalarla es como darle una cuidada sepultura antes del juicio aparentemente final. En lugar de las columnas bulliciosas de libros resucitados a los que se les otorgará un lugar de acuerdo con virtudes privadas y vicios caprichosos, sus grupos se establecen en una anónima tumba común que transforma su mundo, haciéndolo pasar de la estentórea bidimensionalidad de un estante a las tres dimensiones de una caja.

Varios amigos generosos, que descendieron como buenos espíritus para ayudarnos a superar nuestra renuencia, embalaron la biblioteca de Francia. De Hamburgo vinieron Lucie Pabel y Gottwalt Pankow; desde Montreal, Jillian Tomm y Ramón de Elía, y se quedaron en la casa, catalogando los libros, cartografiando su ubicación, envolviéndolos y metiéndolos en las cajas. A su turno, convocaron a otros amigos que venían a ayudarnos semana tras semana, hasta que ya no quedaron libros en los estantes y la biblioteca se convirtió en una habitación llena de cubos reunidos en medio de estanterías vacías. En 1956, cuando robaron la Mona Lisa del Louvre, las multitudes venían a contemplar el espacio vacío que había ocupado el cuadro, como si esa ausencia poseyera su propio significado. De pie, en medio de mi biblioteca vacía, sentí el peso de esa ausencia hasta un punto casi insoportable.

Cuando la biblioteca ya estaba embalada y llegaron los operarios de la compañía de mudanzas y las cajas partieron hacia su trastero de Montreal, yo oía que los libros me llamaban en sueños. “No me resigno a que los corazones que aman queden encerrados bajo el duro suelo”, escribió Edna St. Vincent Millay. “Se van suavemente, los hermosos, los tiernos, los bondadosos./ En silencio se van, los inteligentes, los ingeniosos, los valientes./ Lo sé. Pero no lo apruebo. Y no me resigno”.

Para mí no puede haber resignación en el acto de embalar una biblioteca. Subir y bajar la escalera para llegar a los libros que irán a parar a cajas, quitar adornos y fotos que estaban ubicados delante como ofrendas votivas, sacar cada tomo del estante, envolverlo en su mortaja de papel, son gestos melancólicos y reflexivos que tienen algo de un largo adiós. Las hileras desmanteladas y a punto de desaparecer, condenadas a existir (si es que todavía existen) en los dominios poco fiables de mi memoria, se convierten en pistas fantasmales de un enigma privado. Cuando desembalaba los libros no me preocupaba mucho por dar sentido a los recuerdos o por ubicarlos en un orden coherente. Pero al embalarlos sentía que tenía que deducir, como en unos de mis relatos detectivescos, quién era el responsable de ese cadáver desmembrado, qué exactamente le había causado la muerte. En El proceso de Kafka, después de que arrestan a Josef K. por un delito que jamás se especifica, su casera le dice que su terrible experiencia le parece “algo intelectual que no entiendo, pero que tampoco hay que entender”. “Algo intelectual”, “Etwas Gelehrtes”, escribe Kafka. Así me parecía a mí la inescrutable mecánica que se ocultaba tras la pérdida de mi biblioteca.

Pero no necesito hacer hincapié en cómo ha tenido lugar todo esto. Por razones que no deseo rememorar, ya que pertenecen al sórdido reino de la burocracia, en el verano de 2015 decidimos abandonar Francia y la biblioteca que allí habíamos construido. Era el absurdo desenlace de un capítulo largo y feliz, así como el comienzo de otro del que apenas me permitía albergar la esperanza de que también fuera feliz o, al menos, igual de largo. Después de las estúpidas circunstancias que nos obligaron a marcharnos, desmontar la biblioteca parecía un acto de contrapeso, similar al de Benjamin tras su divorcio. Embalar los libros había sido, como ya he dicho, un entierro prematuro, y tenía que enfrentarme al consiguiente periodo de ira y duelo.

En este punto debería explicar que no soy de los que buscan novedades y excitación. Me reconforta la rutina, no las aventuras. En especial ahora, que estoy acercándome a los setenta, disfruto de los momentos en los que no tengo que reflexionar sobre acciones cotidianas. Me gusta pasearme por una habitación con los ojos cerrados, sabiendo, gracias a la costumbre, dónde está cada cosa. Tanto en mis lecturas como en la vida, no me interesan mucho las sorpresas. Incluso de niño, recuerdo haber temido los momentos de las historias en los que los días felices del protagonista se ven interrumpidos por un suceso inesperado y terrible. Aunque sabía, por los otros libros que había leído, que habría una resolución y que en la mayoría de los casos sería satisfactoria, prefería demorarme en las primeras y breves páginas durante las cuales Dorothy vive serenamente con sus tíos y Alicia aún no ha caído por la madriguera del conejo. Debido a que mi infancia era en gran medida nómada, me gustaba leer sobre vidas estables que transcurrían con normalidad. Sin embargo, también era consciente de que sin percances no habría aventuras. Tal vez esta idea estaba teñida por la suposición de que los percances —las adversidades, las injusticias, las calamidades, el sufrimiento— son condiciones necesarias para la invención literaria. “Los dioses tejen desventuras para los hombres, para que las generaciones venideras tengan algo que cantar”, dice el rey Alcínoo en la Odisea. Yo quería la canción, pero no el tapiz precedente.◊

 


ALBERTO MANGUEL*  
Es el director de la Biblioteca Nacional de la República Argentina. Esta digresión aparece en el libro Mientras embalo mi biblioteca. Una elegía y diez digresiones, publicado por la editorial Almadía, que está empezando a circular en librerías.