Vereda (detalle)

Ramón Xirau y Francisco de Quevedo en Les Lettres Hispaniques

Con el rescate del ensayo “En torno a Quevedo”, Adolfo Castañón nos acerca a un joven Ramón Xirau de 22 años que desde sus mocedades mostraba una devoción profunda a la literatura y a las letras, virtud que se evidencia en su temprana pero íntegra disección del escritor español del Siglo de Oro.

 

–ADOLFO CASTAÑÓN*

 


 

A los 22 años, poco tiempo después de su llegada a México, Ramón Xirau publicó en la revista trimestral del ifal Les Lettres Hispaniques un ensayo sobre Francisco de Quevedo. El texto llama la atención por la familiaridad que el autor tiene con la obra del escritor español como conjunto, su poesía y su prosa, y por su voluntad de comprensión del proyecto e itinerario quevedianos, en el sentido espiritual. También llama la atención por su capacidad para situar al autor en su tiempo y para esbozar desde esa situación un retrato íntegro. Salta a la vista que el joven catalán que escribe prosa en español y poesía en la lengua de Maragall tiene además una idea afinada de lo que está en juego en la empresa y hazaña de Quevedo. Hasta donde sabemos, Xirau no recogería este texto escrito en sus mocedades y que nos ayuda a comprender de soslayo tanto a su autor como al sujeto que es el tema de su construcción. Ramón Xirau ha recordado en una entrevista:

Joaquín Xirau murió el 10 de abril de 1946, frente a la Facultad de Filosofía de Mascarones. Su hijo Ramón recuerda que en ese mes en la revista del Instituto Francés de América Latina (ifal) —organismo con el que Xirau Palau colaboró de diversas formas— aparecían, uno tras otro, un texto de su padre sobre Antonio Caso, quien acababa de morir; una nota de la revista sobre la muerte de Joaquín Xirau y su primer artículo donde discutía las posibles relaciones entre la filosofía de la existencia y Francisco de Quevedo. “¿Coincidencias dramáticas? Así de temibles pueden llegar a ser las cosas”, concluye Ramón.**

El artículo se publicó poco después de que su padre muriera. Puede imaginarse que fue el último de su hijo Ramón que leyó don Joaquín y que acaso incluyó algunas observaciones suyas. Puede imaginarse también que este escrito es uno de los eslabones donde se anuda la fibra inteligente de este linaje de filósofos. Pero quizá sea más adelante, en la poesía de Xirau, donde puedan discernirse algunos ecos de la poética quevediana. Por lo pronto, léase el texto.

 

En torno a Quevedo***

Ramón Xirau

 

Se tiende a creer que la obra de Quevedo, por la gran diversidad de sus temas, carece de sentido unitario. ¿Dónde encontrar un punto de convergencia entre la sátira agria y amarga del Buscón y las severas reflexiones de la Providencia de Dios, entre los Sonetos burlescos (“Érase un hombre a una nariz pegado”, por ejemplo) y la concepción religiosa de un poema como el que trata del Desengaño de la exterior apariencia con el examen interior y verdadero, entre los sarcasmos políticos del libelo titulado La cabeza del Cardenal y las elevadas razones de sus tratados políticos, entre la farsa y la filosofía, la depravación y la doctrina moral, la pasión desordenada de las obras críticas y la serena presencia de los Tratados Teológicos?

Todo parece indicar que en la obra de Quevedo no existe un hilo conductor que preste sentido a su vida y a su doctrina. Nada hay, sin embargo, más erróneo. Nuestra intención es mostrar que cualesquiera que sean las apariencias hay, en el fondo, una profunda unidad. Unidad dialéctica y vital, jamás estática, pero unidad al fin, que una vez vislumbrada ninguna apariencia engañosa podrá nunca enturbiar.

El mundo es vario: no podemos bañarnos dos veces en las aguas del mismo río. Pero el mundo es, también, uno: unidad en la variedad, estatismo en el cambio; lucha de contrarios que pugnan por una unión suprema: la vida y la muerte, el amor y el odio, la presencia del ser por encima de las sombras fugaces de lo huidizo, la eternidad y la vanidad del tiempo. Ante este mundo de contradicciones, varias actitudes son posibles. En la España del siglo xvii, podemos hallar dos direcciones principales. Por una parte Góngora y los poetas de su escuela creen encontrar en la huida de la realidad y en la creación de una ficción poética, alejada de las penas de este bajo mundo, la solución de todas las contradicciones, aguzadas en la España de la época por un hálito de decadencia, flotante en el ambiente de la corte. Por otra, Quevedo mira el mundo cara a cara para encontrar, en la lucha, en la penetración de esta realidad rebelde el sentido unitario de la vida.

Vemos pues cómo esta intención unificadora, intención moral y religiosa más bien que metafísica, constituye la viga maestra sobre la cual descansa el edificio de la obra de Quevedo. No es difícil concebir, por ejemplo, cómo un solo autor ha podido conciliar la crítica acre y amarga con la doctrina moral más pura. La propia sátira, ¿no necesita acaso, para poder existir, de dos mundos, de dos polos opuestos, de la contradicción misma? La sátira supone dos realidades y mediante ella logramos poner en contacto las facetas más contrarias: lo feo no resalta sino ante la presencia de lo bello, el mal no se destaca sino cuando aparece en contraste con el bien. Vemos, pues, cómo en la contradicción, en la sátira, en la penetración de la realidad por vías opuestas, reside la base de la unidad. La sátira supone una dialéctica en la cual se basa; y en esta dialéctica que va del bien al mal, de la verdad al error, de la vida a la muerte encontraremos la raíz misma de la obra de Quevedo, el último fundamento de su unidad.

Es necesario, para comprender los orígenes de la crítica y la sátira de Quevedo, que vislumbremos, en rápido vistazo, cuáles fueron sus experiencias durante la juventud. Solo —la soledad va a proyectarse como una sombra sobre el curso entero de su vida—, Quevedo tiene una niñez muy corta. Pronto se encuentra lanzado al mundo de la corte, abandonado a sus instintos, precoz en sus deseos; él mismo nos confiesa que era “hombre dado al diablo, prestado al mundo, encomendado a la carne”. Imbuido de las costumbres de la corte, entregado a una vida decadente, se da el caso de que, antes de los veinte años, Quevedo es un joven con los sentimientos de un viejo. Siente repugnancia por todo lo que ha visto: de ahí las amargas páginas que, casi niño, escribe sobre la sociedad de su tiempo. En esta época de su vida hay que buscar, por lo menos en gran parte, los orígenes de su actitud amarga. Su experiencia prematura le lleva de la mano a una reacción violenta, nace la crítica agria y aguzada, como un estilete, mediante la cual pretende intervenir en la realidad que le envuelve, para devolverle su sanidad perdida.

Tres tipos de contradicciones fundamentales y, por consiguiente, tres tipos de superación de las mismas, tendrán que aparecer en nuestro trabajo. Para ello habrá que contestar a tres preguntas: ¿Cómo es posible que exista la virtud si este mundo es un mundo de vicio? ¿Cómo buscar la probidad política en una época de decrepitud entre los grandes? ¿Por qué vivir la vida si todo lo que se ve no es sino la sombra de la muerte? En cada uno de estos casos Quevedo procede mediante una doble actitud. Por una parte, la crítica, la sátira, la burla, el sarcasmo, el razonamiento pesimista. Por la otra, la doctrina. En los tres casos resalta este doble movimiento.

 

La sociedad

 

La vida social estaba en plena decadencia. Era necesario acicatear el cuerpo decrépito de la sociedad para que reaccionara ésta contra sus propios vicios. Por esto, en el Mundo por dentro nos dice Quevedo que su libro contiene “burlas que llevan en la risa, disimulado, algún vicio”.1 Los Sueños, en gran parte, nos muestran esta faceta de la obra. Ataca a los alguaciles “—en el Alguacil alguacilado llama a un pobre alguacil endemoniado: “hipócrita, embeleco vivo, mentira con alma y fábula con voz”— porque, representantes de la justicia, no defienden a la sociedad; antes bien la minan y la destruyen con sus robos y sus abusos. Arremete contra la pereza de sus contemporáneos que se contentan, sin hacer nada, diciendo: “Mañana se hará”, “tiempo hay”, como los funcionarios del siglo xix, descritos por Larra, con sus célebre “Vuelva usted mañana”. Critica a las mujeres que no saben pensar sino en vestirse y adornarse y en burlona parodia dice de ellas:

 

Sus arreos son tocarse

su descanso ataviarse.2

 

Y ante esta época de desengaños, en este mundo cuya calle primicial es la calle de la Hipocresía, recuerda a los españoles, sus contemporáneos, la grandeza de sus antepasados que, mediante una vida sombría y sencilla, supieron conquistar un mundo:

 

Carnero y vaca fue principio y cabo

y con rojos pimientos y ajos duros,

tan bien vivió el señor como el esclavo.3

 

Ante esta sociedad de truhanes y gariteros, de jueces corrompidos y de pereza general, ¿cuál es la actitud que hay que adoptar? La reacción contra su propia experiencia en esta sociedad le lleva a dar algunos consejos a los hombres de su tiempo para que puedan reaccionar contra sus vicios.

Es necesario, por una parte, temer a la muerte; si no se sabe que la vida es paso —“sueño”— que lleva hacia una vida superior, se corre el riesgo de abandonarse a los instintos y de hacer de esta vida —que no es más que medio— el fin de todas las actividades del hombre. Pero ello no significa que el hombre deba temer excesivamente a la muerte: el temor mata la acción. De ahí la segunda sentencia: “Entre las desventuras ninguna hay mayor que la falta de alegría”. Hay que temer la muerte para no caer en el vicio, porque después de la muerte está la justicia divina. Pero si la vida es bien vivida, nada hay que temer de la muerte; y nada hay de más puro, que el gozo elevado, el optimismo bien entendido. He ahí la tercera advertencia de Quevedo: “No es filósofo el que sabe dónde está el tesoro, sino el que trabaja y lo saca. Ni aun ese lo es del todo, sino el que después de poseído usa bien de él”.4 Aquí vemos el sentido profundamente español —recordemos el refrán: “A Dios rogando y con el mazo dando”— del pensamiento de Quevedo. Su carácter arraigadamente “práctico”, como veremos más abajo, moral.

Ante la pereza, requiere la acción; ante el vicio, el temor del castigo eterno. Y a quien sepa hacer el bien, le recomienda el gozo, suprema virtud del hombre en esta tierra.

 

Política

 

El mismo movimiento, de la crítica a la doctrina, encontramos también en la política de Quevedo. Ante los hechos de su época —recuérdese que la vida de Quevedo se desarrolla entre los años de 1580 y de 1645, tiempos en que la crisis empieza ya a vislumbrarse en el horizonte—, reacciona Quevedo criticando, para después edificar. España, antes todopoderosa, empieza a perder fuerzas; y hay para ello dos causas fundamentales: los ataques de los países extranjeros y la decadencia interior. Quevedo, en esta parte de su obra, reacciona acaso con más amargura que nunca. Las flotas extranjeras son “sanguijuelas” que los “extranjeros han echado desde España al cerro del Potosí”. Los holandeses y los ingleses atacan los convoyes españoles que cruzan todos los mares de la tierra. La defensa se hace cada vez más difícil. Los flamencos protegidos por los franceses —cuya caballería, “aclamada hasta hoy por noble y valiente, hoy queda condenada por sacrílega”— se sublevan en el Norte. Los catalanes se levantan en armas contra los abusos de las tropas de Castilla. La unidad del país está en peligro y hay que defenderse de alguna manera. La crítica y la sátira se desencadenan y el espíritu mordaz de Quevedo se lanza al ataque contra el exterior y contra el interior. Contra los gobernantes extranjeros y contra los privados que se aprovechan de su influencia sobre el rey para hacerse todopoderosos en el reino. Es típico, desde este punto de vista, el cuento de Quevedo sobre aquellos franceses que, en los Pirineos, se encuentran con un español que va en dirección a Francia. Los franceses vienen a España a vender sus instrumentos; el español va a redimirse de una falta, combatiendo, en Flandes, por su rey. Los viajeros entran en conversación. A las preguntas del español que les interroga acerca de su presencia por aquellos parajes, responde uno de los franceses: “Nosotros somos gentilhombres, malcontentos del rey de Francia; hémonos perdido en los rumores y yo he perdido más por haber hecho tres viajes a España, donde en este carretoncillo y esta muela sola he mascado a Castilla mucho y gran número de pistolas, que vosotros llamáis doblones”.5 Y añade más tarde el mercader: “Vosotros debéis mirar a los amoladores de tijeras como a flota terrestre, con que vamos amolando más vuestra barras de oro que vuestros cuchillos”.

El español, indignado con las bravuconadas de los extranjeros, grita a voz en cuello: “Yo haré que España sepa estimar su caspa y su moho, para que vayáis al infierno con vuestros fuelles y vuestras ratoneras”. Y diciendo esto, se “abernarda”, y después de desparramar los instrumentos de los franceses por todas partes, exclama: “Ya empiezo a servir a mi rey”. ¡Cuántas sugestiones en un pequeño cuento! ¡Quién no verá en él una especie de anticipo de lo que más tarde habrá de representar el progreso técnico e industrial de los países europeos frente a una España cada vez más cerrada que empieza a envanecerse de su moho!

La actitud de Quevedo es intransigente. España, sola —no creo que sea pura coincidencia el hecho de que Góngora en esta época escriba sus “Soledades”—, se cierra en sí misma y se alimenta de su propia carne. Como en la época del Renacimiento, en que Vives levantaba una voz nueva y noble, España sigue siendo la defensora de la Cristiandad. Pero ¡a costa de cuántas pérdidas! A costa de la pérdida misma del sentido de España, de aquella España que, siglos antes, proyectara, por los más remotos confines del mundo, su fuerza y su evangelio. Quevedo, que piensa aun como humanista, siente ya de muy distinta manera que los hombres del siglo xv y del siglo xvi. Ante la amenaza, se pone en actitud de defensa —no olvidemos su España Defendida—. Y la defensa indica, las más de las veces, falta de imaginación y de proyectos. En América, unos cuantos españoles intentaron encarnar la Utopía que andaba huida por los cielos de las tierras nórdicas. En el siglo xvii, España, en el fondo, no cree ya en su sentido de misión. Quevedo lo ve y cree que, afirmando más este sentido, mostrándose más intransigente, llegará a renacer el ideal perdido. Pero la sombra del derrumbe se yergue en el futuro.

De ahí la contradicción entre su crítica y su doctrina política. Esta conserva aún el ideal misionero de los humanistas del siglo xvi. Pero, en la práctica, actúa ya como hombre de su siglo. Quevedo se encierra, solo, en su castillo. No ceja, empero, en su empeño de deshacer entuertos; lucha, critica, ataca. Góngora, solo, se cierra en el espacio multiforme de su mundo poético y, envuelto en el ropaje luminoso de su verso, sueña. El uno se afronta a la realidad; el otro huye de ella. Ellos son los símbolos de dos actitudes diversas ante las mismas circunstancias. España es el hecho.

La Teoría Política de Quevedo, expuesta principalmente en su “Política de Dios y Gobierno de Cristo”, conserva aún las características idealistas de los mejores tiempos. Contra los tiranos y contra los privados, predicando la misericordia y la justicia, sigue paso a paso los Evangelios y propone el reino de Cristo en la tierra.

Nos parece que, en un rápido resumen como éste, es necesario centrar la Política de Quevedo en torno a un tema fundamental: el de la razón de Estado. Los Privados y los Reyes, siguiendo, en la práctica, las doctrinas de Maquiavelo, ponían ante todo y por encima de todo la razón de Estado. La injusticia misma podía considerarse justa si servía para salvar a la patria o injusticia misma podía considerarse juta si servía para salvar a la patria o —en el peor de los casos— para favorecer a intereses individuales. Quevedo arremete contra una doctrina de tal especie; porque la doctrina política de Quevedo es doctrina moral y porque, a su parecer, es imposible separar la Ética de la Política. Los filósofos, como Hobbes o Maquiavelo, pretendían erigir en normas morales lo que veían en la experiencia. Pero el hecho de que en la práctica el hombre sea un lobo para el hombre, no quiere decir que ello sea justo ni que así deba ser. El reino del acontecer tiene que someterse a las leyes del Deber Ser. La base de la doctrina está en los Evangelios. Y Cristo fue pastor —y “pasto” —. El ideal de la Política es el ideal Cristiano, como lo era para Vives y para Victoria, para Suárez y para Ayala. Entre Moral y Política hay una profunda unidad: en el mundo cabe pensar en una “Ciudad de Dios”

 

La vida y la muerte

 

En los planos más altos de la experiencia humana rige aun la misma oposición. Si todo es muerte en este mundo; ¿cuál ha de ser el sentido de la vida? Esta parte de la doctrina de Quevedo, principalmente su doctrina de la muerte, que prefigura, en muchas partes, los pensamientos de escritores modernos —pensamos, por ejemplo, en Unamuno—, adquiere en nuestros días, en que la filosofía parece teñirse de un matiz fuertemente existencialista, una importancia capital.

La teoría de la muerte la encontramos, en toda la obra de Quevedo, esparcida, aunque principalmente centrada en su comentario, hecho párrafo por párrafo de una obra de Séneca: “De los remedios de cualquier fortuna”.

Mucho se ha hablado del senequismo de Quevedo. Pero nos parece que hay en Quevedo mucho más que un mero comentario del filósofo hispano-romano. En el texto de Séneca encontramos la actitud puramente estoica, de resignación ante lo inevitable. En Quevedo no hay resignación; hay lucha, hay un sentimiento “agónico” de la vida, como diría Unamuno; y hay, sobre todo, una seguridad indeleble hacia la verdad de la vida eterna. Tras la muerte está la verdadera vida, y la vida no es sino tránsito y muerte; más aún, la vida es la muerte que se va haciendo y, considerada en sí misma, se reduce a la nada; porque lo esencial, en ella, es el tránsito, el tiempo; y el tiempo es muerte. La vida es la nada que se va anonadando. Si el hombre se encerrara en este mundo pasajero; si, enmurallado dentro de los lindes de su propio ser, perdiera la fe en la vida eterna que lo transciende y le da una razón para el ser de su vida, podría entregarse, en cuerpo y alma, a la desesperación, a la angustia más desconsoladora. La vida es lucha —es guerra— dirá Quevedo. Y Cristo vino a traernos guerra. El hombre es un ser de anhelos y de impaciencias y, en él, no todo es razón. Hay que luchar para conseguir la salvación, para llegar a la vida eterna, si no, ante los hombres se abre el abismo de la nada. Dejemos a Quevedo hablarnos con sus propias palabras:

 

“Morirás”. Fuera verdad entera si dijeras; Has muerto y mueres. Lo que pasó lo tiene la muerte, lo que pasa lo va llevando… Morirás. No dices bien; di que acabaré de morir y acertarás, pues con la vida empecé la muerte… Morirás. Si he vivido bien, empezaré a vivir; si mal, empezaré a morir.6

 

Pero de esta oscilante luz que es la vida, muerte ya desde empezada, se puede salir por dos caminos; el de la salvación o el del anonadamiento. Séneca acepta, estoicamente, sin tener fundamentos para la resignación. Quevedo acepta; pero sus razones son poderosas. Tampoco el paralelo entre Quevedo y Unamuno es del todo exacto. Porque el sentimiento trágico de la vida, en éste, proviene, sobre todo, de la duda: duda de la vida eterna. En Quevedo la tragedia está en la vida misma. Pero, más allá de la vida y de la muerte, existe la eternidad.

Ahora entenderemos el último paso de la obra de Quevedo. La superación de todas las oposiciones, la unidad que buscamos en las cosas de la vida, hay que buscarla más allá de ella, en la eternidad. “Morirás”, dice, escuchando el eco de las palabras de Séneca. Y responde: “tanto menos tendré que morir cuanto menos viviere”,7 “Caí en manos de los ladrones”, dice Séneca. Y Quevedo responde: “En naciendo caíste en ellas, pues caíste en las manos del tiempo, que es el mayor ladrón de todos, y el que a todos los ladrones hurta lo que hurtaron. El tiempo te hurtó la vida que tenías, te hurta la que tienes, te hurtará la que tuvieres”.8 Pero no hay que temer a la muerte. Ya Santa Teres, ya San Juan, hablaban así en sus versos: “muero porque no muero”. Porque por encima de la muerte está la vida, una vida eterna de amor.

 

Vencida de la edad sentí mi espada,

y no hallé cosa en qué poner los ojos,

que no fuera recuerdo de la muerte.9

 

Así habla Quevedo. Pero su contestación está pronta:

 

Alma a quien todo un Dios prisión ha sido,

venza, que humor a tanto fuego han dado

médulas que han gloriosamente ardido,

su cuerpo dexarán, no su cuidado;

serán cenizas, pero tendrá sentido,

polvo serán, más polvo enamorado.10

 

En una doctrina del amor, principalmente desarrollada en su Sonetos y en sus Sentencias, culmina la concepción del mundo que se puede destacar entre las páginas de Quevedo. Por encima de la muerte está la vida. Y ya no hay contradicción entre la vida y la muerte. Más allá de ambas, la eternidad espera. Y así Quevedo puede decirnos:

 

El amor es la última filosofía de la tierra y del cielo.

El amor, sustento de la vida humana; hambriento vive el siglo, mucho ha, de su sustento.

 

Si no fuera por la presencia de un ser amoroso que por nosotros vela y que a los hombres guía, nada en el mundo habría que no fuera “recuerdo de la muerte”.

La vida tiene su sentido y podemos repetir con Quevedo: “Entre las desventuras, ninguna hay mayor que la falta de alegría”.

 

Como hemos visto, la obra de Quevedo que podía parecernos tan dispar, al contemplarla por sus diversas, tan diversas facetas, ha adquirido una unidad indudable. Mediante una dialéctica clarísima, paso a paso, del mundo de lo temporal, al reino de lo eterno. Quevedo lanza un puente que no es posible derribar. Todo queda unido bajo la presencia de la unidad misma. El mundo entero, desde las burlas picarescas del “Buscón” hasta las reflexiones Teológicas de la “Providencia de Dios”, queda ahora comprendido dentro de una totalidad indestructible.

Quevedo, en la encrucijada de los siglos, sintiendo un pasado que abre de par en par al mundo sus ventanas, para que penetren las brisas de la tierra, y contemplando en su porvenir la presencia de todas sus ilusiones, busca, más allá de los afanes de la tierra, la raíz última de la vida. Y, desde el fondo de la caverna oscura, en que una luz dudosa se mezcla a las tinieblas, vislumbra el brillo resplandeciente, bajo cuya presencia todo se sume en la unidad.◊

 


 

** La Jornada Semanal, 12 de abril de 2009: http://www.jornada.unam.mx/2009/04/12/sem-adriana.html

*** “En torno a Quevedo”, Ramón Xirau, Les Lettres Hispaniques. Revue trimestrielle de L’Institut Français d’Amérique Latine, México, 31 de marzo de 1946, pp. 35-42.

1 Los Sueños, Colección Universal, vol. II, p. 5.

2 Genealogía de los modorros, Edición Aguilar, p. 7.

3 Antología poética, Colección Austral, p. 150.

4 Los Sueños, Colección Universal, t. II, p. 17.

5 Para este cuento, ver La hora de todos, en Los Sueños, Colección Universal, pp. 70-74.

6 De los remedios de cualquier fortuna, Edición Aguilar, p. 885.

7 De los remedios de cualquier fortuna, Edición Aguilar, p. 887.

8 Idem, p. 896.

9 Antología Poética, Colección Austral, p. 38.

10 Idem, p. 24.

 


* ADOLFO CASTAÑÓN
Es miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.