Retrato de Ramón Xirau / Elvira Gascón

Permanencia de Ramón Xirau

Eduardo Ramos Izquierdo recuerda al maestro providente, al filósofo excepcional, al amigo prudente, sin anteponer distancia alguna, pero también al padre enlutado por la muerte de su hijo, el poeta Joaquín Xirau Icaza, en 1976.

 

– EDUARDO RAMOS IZQUIERDO – 

 


 

In memoriam

 

Albor ¹

Ramón Xirau ha sido, desde hace más de medio siglo, una muy destacada figura intelectual en México y, más aún, en el ámbito ibérico e iberoamericano. Es de los contados pensadores que poseen una visión panorámica de la cultura de diversas épocas, espacios y lenguas, y que son capaces, a su vez, de ahondar en sus temas fundamentales.

Si sus vertientes principales han sido la filosofía y la poesía en su mejor complementariedad, también ha sido un incansable traductor, crítico, editor y maestro. Quizá esta última de sus facetas esté más presente en el espacio del texto que se presenta a continuación, cuyas líneas, sin lugar a dudas muy personales, aspiran a la levedad de la que hablaba Tournier y, sobre todo, a la sinceridad. Oscilan, me parece, entre dos formas genéricas, la semblanza y la memoria, al proponer un bosquejo biográfico de Ramón Xirau a partir del recuerdo de algunos momentos que tuve el honor de compartir con él a lo largo de un poco más de cuarenta años. Ardua sin duda esta mezcla genérica en la que espero no caer demasiado en las trampas de las memoria y que mi “moi haïssable” no abuse de protagonismo y de la paciencia del lector.

Ecos iniciales

Hice mis estudios desde la primaria hasta la preparatoria en un colegio que estaba en una calle de Polanco, en Moliere 222, y que se llamaba Instituto Patria. En 1966 teníamos un excelente profesor de literatura en cuarto de bachillerato. Se trataba de Isidoro Enríquez Calleja, un exiliado republicano, gracias al cual leí en aquel año las comedias y los sonetos de Sor Juana (de quien él había escrito un libro) y los dos volúmenes de ficción de Juan Rulfo. Recuerdo que la primera vez que escuché algo acerca de Ramón Xirau y de su obra filosófica y literaria fue al final de uno de sus cursos cuando, discretamente, Enríquez Calleja llamó a Joaquín, un compañero de clase, para hablar de una publicación de su padre. Meses después, en sexto, vi que la Introducción a la historia de la filosofía era el libro del programa del curso de filosofía, obra que a través de los años siempre me ha acompañado.

Hacia el final de ese año escolar, recuerdo que una de las llamadas actividades extracurriculares del colegio a la cual asistí fue precisamente una conferencia que impartió Ramón Xirau. No tuvo lugar en los salones de sexto en forma de anfiteatro del tercer piso, sino creo recordar que en uno de los del primero. Debe de haber habido alrededor de unas veinte personas en el público, entre las que se encontraban algunos adultos y en particular Eva Norvind, una conocida vedete de la farándula mexicana de aquella época, que a varios nos asombró ver allí y sin maquillaje.

Ramón llegó unos minutos después de la hora y comenzó la conferencia cuyo tema era la poesía mexicana actual. Ese día descubrí su forma muy particular de hablar: un habla rápida, en voz más bien baja, con las sonoras eles catalanas y cuya articulación por momentos mascullaba las palabras. Eva Norvind nos sorprendió al pedirle, desde el fondo del aula, que hablara más fuerte; Ramón le contestó que se acercara, lo que ella hizo sin protestar.

Si al principio de la conferencia evocó los grandes nombres de Reyes y López Velarde, con él muchos descubrimos a Villaurrutia, Gorostiza y Paz; a Huerta, Chumacero, Bonifaz y Sabines; a García Terrés, Aridjis, Pacheco y Becerra. Recuerdo su lenguaje preciso y claro que se adaptó a un público de adolescentes y de no especialistas para trazar las grandes líneas de la escritura poética, ilustradas con la lectura de poemas, y que supo despertar en nosotros el placer de la lectura.

El azar de algunos encuentros

Algunos años después, en una cola frente a las ventanillas de la unam, me encontré con Joaquín. Acababa de regresar de Oxford en donde había estado cuando su padre fue profesor invitado y pudo cursar un semestre. Si recuerdo bien, me dijo que estaba viendo lo de la revalidación de algunas materias y la presentación de algunos exámenes.

Algún tiempo después, y aquí sí puedo ser preciso en la fecha, asistí a la exposición El arte del Surrealismo, patrocinada por el MoMA de Nueva York, que tuvo lugar en nuestro Museo de Arte Moderno en 1973. Había descubierto la pintura surrealista gracias a una colección de pequeños volúmenes editada por la unesco que me había regalado mi madre años atrás y recientemente me había apasionado por Nadja en los cursos de la Alianza Francesa. Recuerdo que el día de la inauguración llegué bastante temprano porque sabía que no podría quedarme mucho tiempo. Comencé a recorrer la muestra en la que descubrí, en la parte de obras precursoras de los surrealistas, un cuadro de Ensor, La dama sombría, que me impresionó particularmente y sobre el que alguna vez escribí un relato. En algún momento alcancé a ver a Joaquín que estaba hablando con Carlos Monsiváis. Recuerdo que él y yo recorrimos el “Poema circulatorio” de Paz pintado en la pared superior de una galería del museo y que más tarde fue recogido en Vuelta. Hablamos de manera cómplice de nuestra discreta práctica de la escritura poética.

En aquellos años había comenzado a frecuentar el edificio de Filosofía y Letras por las clases de idiomas del cele y algunas materias de literatura; en particular, asistí a los vivaces y creativos cursos de Arreola. En alguna ocasión me crucé nuevamente con Joaquín cuando iba a recoger en coche a su padre.

De una carta afortunada

En esos mismos años estaba redactando la tesis de matemáticas cuyo tema había derivado hacia la lógica formal y el sistema axiomático. No encontré en los catálogos de la biblioteca de la Facultad de Ciencias los volúmenes que necesitaba, pero sí aparecieron en la del Instituto de Investigaciones Filosóficas. Una tarde fui a la Torre de Humanidades, la única en aquel entonces, y subí a esa biblioteca que tenía una pequeña sala de lectura con una mesa grande y rectangular rodeada por una decena de asientos confortables. El bibliotecario me dijo que era una biblioteca exclusiva para los investigadores de filosofía y que la única forma de que yo consultara su fondo era si un investigador del Instituto me lo autorizaba con una carta. Salí, entre molesto y decepcionado, y me dirigí hacia los cubículos de los investigadores en donde, azar o predestinación, había uno solo cuya puerta estaba abierta: el de Ramón Xirau.

Llegué, como era en aquel entonces, apresurado e impetuoso. Le expliqué el tema de mi investigación y la necesidad de los volúmenes. Se me quedó viendo con una sonrisa, sacó una hoja blanca del escritorio, me preguntó mi nombre y me redactó la carta manuscrita. Me despedí realmente muy agradecido.

Volví con el bibliotecario, asombrado de que regresara tan rápido, a darle la carta. No se quedó con ella, y momentos más tarde me trajo los libros de Mates, Lukasiewicz y Quine. Durante varias semanas trabajaría en esa serena biblioteca. Allí descubrí el delgado volumen de El teorema de Gödel, la primera traducción a otra lengua del valioso ensayo de Nagel y Newman publicada en 1959, apenas un año después del original en inglés, cuyo traductor había sido Ramón Xirau. Allí conocería más tarde a Adolfo García de la Sienra, que también estaba de bibliotecario, con el que trabé alguna cómplice amistad y a quien no he vuelto a ver desde aquel entonces, aunque sí a su hijo Rodrigo, muy parecido a él, en cuya defensa de tesis en Paris-Sorbonne fui jurado. Esa carta, que me abrió la puerta de esa biblioteca, la he conservado hasta hoy en día y recuerdo que hace algunos años se la mostré a Ramón.

De corredores peripatéticos

Después de un viaje iniciático a Europa en el otoño de 1975, regresé a México con la firme convicción de emprender estudios literarios de posgrado. Me impuse volver en dos años a París e inscribirme al doctorado en la universidad. Terminé y defendí la tesis de lógica matemática a principios de 1976 y, después de algunas semanas de lecturas y reflexión, seleccioné y me documenté sobre un tema de poesía comparada entre las obras de José Gorostiza y de Paul Valéry. Después de escrutar los tableros de materias y horarios, fui con desfachatez juvenil a la puerta del salón de clases a acechar a Ramón Xirau a la salida de su curso para pedirle que me dirigiera la tesis. Xirau era una de las personas más ocupadas que he conocido, siempre embarcado en una multitud de proyectos. Realmente me asombró aquel día que, por el mismo corredor, en el camino hacia la salida, me escuchara y me pidiera precisiones del tema. Al llegar a la altura de la torre, ya cerca del estacionamiento, se me quedo viendo un momento y sonrió, antes de decirme que fuera a ver a Luis Rius para preguntarle si era posible que él dirigiera una tesis de literatura. Me dio también su número de teléfono personal y me dijo que podía llamarlo, pero por las mañanas temprano. Ese mismo día conseguí hablar con Rius, quien, por supuesto, estuvo de acuerdo. Días después Ramón me citó en el Instituto para que le llevara en el espacio de una hoja la síntesis del proyecto. Recuerdo una cita breve y densa con sus consejos puntuales y precisos. Más tarde me prestaría algunos volúmenes (Santayana y Dehennin). Nunca dejaré de agradecerle la confianza que tuvo en mí desde un principio y la plena libertad de trabajo que me concedió.

De un seminario gongorino

Me inscribí en la maestría, aunque con una lista de materias de prerrequisitos, y obtuve la beca para hacerla. En aquel entonces los becarios tenían la obligación de ir a trabajar a la Biblioteca de Estudios Superiores (y firmar su asistencia). Me hice amigo del bibliotecario que un día, cuando se enteró de que estudiaba a Gorostiza, me mostró un ejemplar de la prínceps de Muerte sin fin (México, R. Loera y Chávez, 1939) que conservaba celosamente en un cajón con llave de su escritorio. Otra obligación era hacer el servicio social, que podía cumplirse de varias maneras, entre ellas, la de dar cursos en la facultad y/o ser asistente de un profesor.

Ramón siempre impartía un seminario de literatura. El tema de aquel año era las Soledades de Góngora, un poema que me apasionaba desde aquel entonces y cuya lectura él me había aconsejado para la tesis. Asistí a la primera sesión del semestre. Al día siguiente por la mañana sabía que tenía consejo en la facultad y lo fui a buscar a la entrada de la dirección. Le propuse con vehemencia si podía ser su asistente del seminario: para mi júbilo me dijo que sí, de lo que me he sentido muy orgulloso toda mi vida. La labor del asistente consistía en aquel entonces en ir a todos los seminarios y, si en alguna ocasión el maestro no podía impartir el curso, el asistente tenía que hacerlo. La responsabilidad era enorme y recuerdo que leí y releí las Soledades ayudado siempre por la prosificación de Dámaso Alonso.

Los cursos de Ramón eran, si mi memoria no me engaña, los martes por la tarde. Impartía tres seminarios de una hora a partir de las 4: el último era el de Góngora, del que nos decía que le era particularmente placentero. Uno de los otros seminarios era de filosofía moderna y del segundo no me acuerdo. Esto lo debe recordar Alberto Constante, que era el asistente de esos dos cursos y a quien no he vuelto a ver desde cuando estuvo en mi estudio de Xavier Privas en París en el otoño de 1978.

Fui asistente del seminario durante tres semestres. En él se inscribieron, entre otros estudiantes, Aline Pettersson, Ignacio Díaz de la Serna, Sebastián Lamoyi y Fernando Cros; más tarde asistieron a algunas sesiones Ruth de la Colina, Lucy Carús, Alberto Rodríguez, Luis Rojo y José Luis Serrato. Recuerdo muy bien a estos amigos porque después de las sesiones del seminario comenzamos a tramar una publicación que Ramón generosamente apoyaría.

La triste noticia

Una mañana de aquel año de 1976 descubrí con asombro y tristeza, en la primera página de la sección cultural del Excélsior, la nota de la muerte de Joaquín en Boston. Fui al entierro que tuvo lugar por la mañana de un día soleado y me encontré con algunos compañeros de bachillerato, entre ellos dos a quienes apreciaba mucho: Juan Rozada y Juan Rebolledo Goût. Recuerdo la dignidad y la entereza de Ramón durante la ceremonia, particularmente sobria, y en el momento de la despedida de mano de los asistentes.

La muerte de Joaquín lo afectó profundamente, quizá tanto o más como la de su padre, funesto azar de las cifras, treinta años antes. Durante las semanas siguientes lo vimos adelgazar mucho, pero continuar sus cursos. En alguna ocasión me habló por teléfono para prevenirme de que no impartiría el seminario y pedirme que me encargara de la sesión.

Callejón de San Antonio 64

Los Xirau vivían en San Ángel, en una bella casa blanca de dos pisos con una enredadera que cubría buena parte del muro de la entrada. Una discreta puerta daba a un breve corredor y permitía el acceso a una dilatada sala bellamente decorada, donde hacia el fondo a la derecha, antes de desembocar en el apacible jardín, se encontraba el comedor. Antes del corredor había una escalera que comunicaba con el amplio estudio del primer piso cuyas paredes estaban plenamente cubiertas de volúmenes escogidos y objetos personales. La solida mesa de trabajo, atiborrada de libros y papeles, estaba junto a la ventana que tenía vista hacia la calle; había además varios asientos delante de las bibliotecas que facilitaban las reuniones. Lugar privilegiado de reflexión y encuentro, creo que es uno de los más bellos estudios de trabajo que he conocido en toda mi vida.

Recuerdo que la primera de las veces que estuve allí, fue cuando fui a exponerle los avances iniciales de la tesis y hablé con él de las diversas connotaciones de la rosa en Muerte sin fin. La memoria me acerca en particular otro par de ocasiones en las que nos recibió en grupo, aunque no soy capaz de precisar cuál de las dos fue la primera. Una fue cuando nos reunimos para una sesión especial del seminario gongorino; la otra, cuando le expusimos el proyecto de nuestra revista literaria, Rilma, y le pedimos que fuera nuestro asesor. Aceptó serlo y nos dio algunos consejos editoriales y contactos como, por ejemplo, el de Alicia Reyes. Confieso que nos agarró en curva cuando evocó la distribución, de la cual no teníamos ni la menor idea. Nos contó los inicios de Diálogos, cuando hizo una intensa promoción personal para conseguir lectores y suscriptores. Recuerdo también la vez que lo grabamos para la entrevista que preparamos con Fernando Cros, quien pacientemente la transcribió.

La revista y los eventos

El primero y único número de la revista que apareció fue el de mayo-junio de 1977. Al volverla a ver después de cuarenta años, me doy cuenta de la influencia de Diálogos. Los textos de más peso fueron el par de inéditos de Alfonso Reyes que nos dio Alicia y el rescatado primer cuento de Juan Rulfo que publicamos, orgullosamente, un poco antes de la edición de Jorge Ruffinelli. Incluimos traducciones de Bernard Noël y Bertold Brecht, la entrevista de Ramón y, por supuesto, los variados textos de nosotros, los miembros del comité editorial. En la sección “Biblios”, presentamos la reseña de la primera novela de Aline Pettersson. Del diseño se ocuparon el hermano de Ignacio y Tomás Gómez Robledo, quien también nos hizo al vuelo, en el momento del montaje del número en la imprenta, un bello dibujo que acompañó otros magníficos de un amigo suyo a quien no conocimos en persona: Gabriel Macotela.

En el mismo mes de junio organizamos un ciclo de conferencias y mesas redondas en la Facultad de Filosofía y Letras que para algunos de nosotros fue la ocasión de una primera presentación académica en público. En particular, Ramón tuvo la generosidad de coordinar una mesa redonda con escritores y profesores exiliados de su generación para la que conseguí que participaran voces diversas: José Pascual Buxó, César Rodríguez Chicharro, Luis Rius y Tomás Segovia.

De la celeridad del tiempo

Durante los meses siguientes todo se aceleró. Terminé los créditos de la maestría y me inscribí al doctorado; recibí la carta de aceptación de Saúl Yurkievich para la preinscripción de la tesis sobre Octavio Paz en Vincennes; pude tramitar la beca con el apoyo de Ramón y más tarde la visa; concluí la redacción de la maestría, que al final sólo trató Muerte sin fin; fui a ver a Paz al Colegio Nacional, quien días después me recibió en aquel departamento del sexto piso en la Cuauhtémoc y a quien le dejé un ejemplar de la tesis; dos días antes del vuelo a París, presenté el examen profesional frente a un jurado en el que figuraron Ernesto Mejía Sánchez, José Pascual Buxó y Ramón.

La lúcida voz

Efectivamente, tuve la felicidad de ver a Ramón Xirau con mucha frecuencia durante 1976 y 1977, años decisivos en mi vida. Después lo vi de manera esporádica: una vez en París a fines de los setenta y siempre cuando volvía a México en las vacaciones.

A pesar de mi residencia en el extranjero, él fue el único maestro con quien durante más de cuarenta años mantuve contacto. Me vio avanzar y supo darme la frase de apoyo en todas las etapas importantes de mi vida: el proyecto de estudiar en París, la decisión de ser docente en la universidad francesa, el apoyo para la publicación de un libro de ficción que la burocracia impidió.

Sabía escuchar y tenía la capacidad, que muy pocas personas poseen, de dar el consejo preciso en el momento preciso.

El proyecto de un homenaje

En octubre de 2010 tuvo lugar un coloquio internacional para conmemorar la simbólica fecha del 1910 en México, que organizamos de manera conjunta nosotros, los de Paris-Sorbonne, con los colegas de la Sorbonne Nouvelle. El proyecto comenzó cuando nos contactaron a principios de ese año Carolina Becerril y Andrés Ordóñez, buenos amigos personales, para la organización del evento. Tuve la ocasión de conocer entonces al embajador Carlos de Icaza, con quien simpaticé y me enteré de que era sobrino de Ana María, la esposa de Ramón.

Ramón al salir al exilio tuvo una sólida formación francesa inicial en el Lycée Montaigne de París, en el Périer de Marsella y en el Liceo Franco Mexicano, donde más tarde sería durante muchos años profesor de filosofía. En el ámbito universitario, defendió en la unam una tesis de maestría sobre Descartes y realizó estudios en la Sorbonne. Sabía que tenía un muy buen conocimiento del inglés, el italiano y el alemán; y, sobre todo, que era totalmente trilingüe (español, catalán y francés). Siempre me extrañó, incluso hasta hoy en día, que su alta calidad intelectual nunca haya sido plenamente reconocida en Francia. Pensé en organizarle un homenaje en la Sorbonne.

A fines de abril confirmé la idea con Carlos de Icaza a su regreso de México, en donde había visto bien de salud a los Xirau en la ceremonia en la que Ramón recibió el Premio Paz en el Colegio Nacional. Le escribí también a la muy querida Elsa Cross, que me reiteró el dicho buen estado de salud. Llamé entonces por teléfono a México y hablé con Ramón, quien me sugirió que me pusiera de acuerdo con su esposa. Había pensado organizar con tiempo el homenaje para el otoño, pero Ana María me sugirió que convenía que fuera antes de las grandes vacaciones de verano, cuando pensaban viajar a París. Fijamos la fecha del 16 de junio.

De esa manera, les propuse el proyecto a algunos colegas hispanistas y catalanistas del Instituto: Annie Molinié, Marie Claire Zimmermann, Mònica Güell y Paul-Henri Giraud. También invité a André Laks, a Bernard Sicot y a Andrés Sánchez Robayna, poeta y traductor de la obra de Ramón, con quien en los meses anteriores había comenzado una amistad. Salvo André, que lamentó no asistir porque estaba muy delicado de salud, todos confirmaron su presencia o el envío de un texto (Andrés). Georges Molinié, presidente de Paris-Sorbonne, aceptó inaugurar el evento. Carlos de Icaza corroboró la colaboración de la embajada en el homenaje, aunque me recordó la edad avanzada de los Xirau.

Durante semanas hablé por teléfono con Ana María para ir perfilando el proyecto y por fin imprimimos las invitaciones y el cartel. Desgraciadamente, una semana antes de la fecha prevista, el médico personal de los Xirau les desaconsejó el viaje.

Algunos trazos

Recordar los encuentros con una persona es evocar las diversas imágenes que el tiempo ha producido de ella en sus variadas declinaciones. Vivir es transitar en el cambio continuo de un río, pero también está aquello que permanece.

En las imágenes que el recuerdo me trae de Ramón Xirau distingo alguna forma de permanencia en la cortesía y la finura de sus modales, que precedían las de su comportamiento altamente ético. Había algo en él que inspiraba respeto y a la vez era alguien con mucho entusiasmo y generosidad, paciencia y delicadeza, equilibrio y mesura, buen juicio y buen gusto.

Siempre me asombró su discreción y su modestia en un ambiente intelectual donde abundan, por una parte, las variadas y múltiples encarnaciones de la egolatría, la soberbia y el culto de la personalidad; y, por la otra, la facilidad acomodaticia y la capacidad de adulación. No había en él orgullo sino dignidad.

Admiro ante todo su entereza moral, en particular, frente al dolor de la muerte de sus seres queridos.

Ecos del maestro

Ramón Xirau constituye sin duda un alto ejemplo del pedagogo tanto en el aula como en la charla informal. Sabía escuchar e interesarse por la investigación del estudiante que trabajaba con él. Su forma de dirigir era dar las pistas fundamentales, abrirle el camino y dejar que el mismo trabajara.

Han pasado los años y me doy cuenta, al escribir estas líneas, de algunos actos concretos y cotidianos heredados de él: tener con frecuencia la puerta abierta del despacho, siempre ayudar al estudiante en el que veo una voluntad de trabajo, redactar cartas rápidamente, tener la paciencia de ser abordado en los corredores, escuchar los proyectos de trabajos y dar de inmediato una bibliografía, tenerle confianza a los estudiantes y respetar su libertad de pensamiento.

De algunos autores

Durante años le escuchamos a Ramón Xirau la evocación de una amplia diversidad de autores: desde los presocráticos hasta Heidegger, desde Homero y Píndaro hasta los jóvenes poetas de la actualidad. Inmensa sería esa lista de autores. En este momento, por la voluntad de mi memoria, recuerdo en particular su fervor por la poesía de San Juan, por la Grandeza mexicana, por la obra de sor Juana y su intenso interés por el Ulysses y el Finnegans Wake.

En agosto de 1976 murió Lezama Lima. En esos días, Ramón me contó que lo había conocido durante un viaje a Cuba realizado con su padre en los años cuarenta y que apreciaba mucho su poesía. Yo había batallado con Paradiso al principio, pero después de las primeras ochenta paginas lo pude terminar de leer con alguna soltura. Desde esa época me nació la voluntad de desciframiento de su poesía. En otra ocasión, cuando ya salíamos de su casa para ir a la facultad, vi que guardaba en su portafolios la edición de Emecé de El hacedor. Yo era un apasionado lector de las ficciones borgianas, pero ese libro no lo había leído. Gracias a él lo descubrí, y se ha vuelto, junto con Ficciones y El Aleph, uno de los volúmenes que más he frecuentado de Borges.

Coincidencia estética

He vuelto a leer en el primer número de Diálogos (1964) el Epígrafe de RX, el texto inicial que marcaba la pauta de la revista. Me doy cuenta de la fuerte resonancia de esas líneas en un concepto esencial para mí que he llamado Escrituras plurales y que preside mi percepción de la literatura: no imponer ningún punto de vista, armonizar la colaboración de los maduros y los jóvenes, dar la voz a los modernos y a los antiguos, conciliar todas las nacionalidades y culturas sin barreras geográficas, crear un espacio crítico de distinción, reflexión y diálogo.

De las despedidas renovadas

La primera vez que me despedí de Ramón Xirau fue el día siguiente del examen profesional de maestría, que para mí marcó claramente el fin de una etapa y el inicio de otra. Llegué a media mañana a su casa para agradecerle toda su generosa ayuda. Me contó de la importancia de París en su vida a los siete y a los catorce años. Me habló también de las librerías de cerca de la Sorbonne: la de Vrin y la del sagaz librero de la rue de la Sorbonne. Un poco antes de despedirme pude evocar algo muy delicado que no sabía y que nunca antes había podido encontrar el momento oportuno de contarlo. Le dije que había sido compañero de colegio y amigo de Joaquín. Se despidió de mí con un fuerte apretón de mano y un abrazo.

Durante muchos años, en los regresos a México en las vacaciones de invierno o de verano, tuve el gusto de ir a visitarlo a su estudio de San Ángel y recibir sus lúcidos libros con alguna bella dedicatoria. Hubo varias despedidas que los efectos del tiempo fueron convirtiendo en una paradójica costumbre.

En algún verano reciente fui a verlo nuevamente: no sabía que sería la última vez. Fue un sábado cuando me invitó a comer a su casa. Lo vi un poco cansado por momentos, pero con una particular lucidez y vitalidad cuando se evocó en la sobremesa la poesía de San Juan. Ahora el recuerdo me trae, del momento de esa despedida, su sonrisa plena de sabiduría y de bondad.

Un albor renovado

Quizá estas líneas que he escrito, con un tono plenamente subjetivo, puedan tener algún eco de lo que otros jóvenes vivieron en su trato con Ramón Xirau. Tengo la convicción de que todos los que lo frecuentaron con asiduidad tienen alguna bella historia que contar.

Sí, ciertamente, somos seres para la muerte; sí, quizá, somos seres para la resurrección. Percibo la muerte como el final de un ciclo y el ciclo de Ramón Xirau fue intensamente luminoso. Al haber escrito estas líneas —a pesar de su ausencia física, desde hace días más radical— he estado con él. En ellas me doy cuenta de que de múltiples maneras su presencia siempre me ha acompañado en el pasado y espero que me siga acompañando en el futuro.◊

 


1   En el mes de noviembre del año pasado, en las inmediaciones de un par de coloquios sobre Borges organizados por Ca’Foscari Venezia y Paris-Sorbonne, tuve el gusto de comer con Rafael Olea Franco en un pequeño restaurante de la rue Saint-Jacques. En algún momento, al evocar a nuestros maestros, le hablé de Ramón Xirau. Así pues, le agradezco encarecidamente la invitación a participar en esta publicación, cuyo proyecto aprecio mucho, con un texto no académico sino personal. Cuando estaba revisando los detalles finales del artículo, falleció Ramón Xirau. He modificado el texto que considero ahora más como un homenaje a su vida y a su obra.