Nelson Mandela: su legado universal frente al racismo, la intolerancia y la exclusión social

El centenario del nacimiento de Nelson Mandela, que se cumple en este 2018, es una oportunidad para reflexionar sobre su legado, sobre el carácter de su vida y sobre su significado para el presente y el futuro de la humanidad —incluido nuestro atribulado, políticamente sacudido y esperanzado país.

 

–MAURICIO DE MARIA Y CAMPOS–

 


 

Tres rasgos le dan a Mandela una dimensión particular, difícil de encontrar en otros de los grandes luchadores sociales, líderes políticos y estadistas del siglo xx y de lo que va del xxi.

Primero: A lo largo de su vida, Nelson Mandela supo inspirar a un pueblo e ir sumando a un número creciente de adeptos —incluso a los que lo criticaron— gracias a su valor moral y al testimonio permanente de justicia, perseverancia y sacrificio personal por un ideal compartido por sectores crecientes de la sociedad. Dejó siempre claro que la Sudáfrica democrática —un hombre, un voto— y el fin de la discriminación racial y la exclusión social estaban por encima de cualquier beneficio o interés personal.

Segundo: Mandela aprendió y practicó siempre el arte de negociar y conciliar intereses, escuchando a todas las partes para convencerlas de que era en bien del interés común llegar a acuerdos y pactos. Lo hizo entre sus compañeros de etnia y de partido, así como con otros grupos que tenían intereses o visiones divergentes; y lo logró también con sus rivales y enemigos entre la población blanca, para lograr sus fines últimos: una nueva Constitución y la transición a una sociedad democrática, con justicia e inclusión social. En este sentido, como lo señalara un asistente muy cercano a Anthony Sampson —uno de sus mejores biógrafos—, Mandela combinó cualidades de santo y de Maquiavelo. “Si hubiera sido siempre ángel o santo, no hubiera logrado lo que logró”.

Tercero: Mandela (Madiba) fue capaz de llevar a la práctica su nueva visión de sociedad. No fue sólo un líder moral y un luchador social ejemplar y perseverante, a la manera de Gandhi, sino también un consumado negociador. Fue, a partir de su liberación en 1990 —tras 27 años de cárcel—, capaz de emprender la construcción de una nueva sociedad, comprometida con el cambio, y de establecer las bases de un Estado de derecho para realizar sus sueños y los de la población mayoritaria de su país. Lo hizo con símbolos (himno nacional en cuatro idiomas, nueva bandera, deportes compartidos), pero también creando leyes, instituciones y programas de crecimiento con inclusión social e instrumentos de política pública (por ejemplo, el empoderamiento negro por la vía educativa y financiera).

En este proceso mostró un gran pragmatismo y flexibilidad con amigos y rivales. Llegó, incluso, después de una juventud impetuosa y siempre echada para adelante en contra de la injusticia, a dominar sus rencores y a forjar una sólida personalidad en sus años de reclusión, que aprovechó para el aprendizaje y la transformación de nuevas condiciones de lucha a partir de una realista comprensión de las demandas y expectativas del otro —del adversario—, pero también para desarrollar el arte de perdonar y promover la reconciliación entre víctimas y victimarios.

Este enriquecimiento personal lo habría de conducir a legendarias actuaciones tras su liberación y ascenso a la presidencia, como fue la visita a las viudas de sus verdugos —entre ellos el expresidente Botha—, su entusiasta apoyo al equipo blanco de Rugby cuando obtuvo la Copa Mundial y, por supuesto, la creación de la Comisión para la Verdad y la Reconciliación, que ha sido ejemplo y motivo de reflexión para muchas sociedades divididas y sumergidas en pantanos de conflictos.

 

La evolución de Mandela a lo largo de su vida

 

Como lo destacan Henry Louis Gates, Wole Soyinca y Cornel West en su muy interesante biografía The Meaning of Mandela, las condiciones de vida de Madiba fueron cambiando y él se fue transformando consecuentemente como ser humano. Nunca consideró la libertad como algo que debía alcanzarse de una sola vez, sino como una meta que se mantiene elusiva y que requiere de un proceso y de acciones permanentes. En su nuevo libro, Mandela vuelve a citar ese párrafo que ahora me permito destacar de El largo camino a la libertad:

He andado ese largo camino a la libertad. He tratado de no desfallecer. Pero he descubierto el secreto de que, después de remontar una gran colina, uno se encuentra que hay muchas más colinas que remontar. Yo puedo descansar sólo un momento, porque con la libertad vienen responsabilidades y no me atrevo a descansar, porque mi larga travesía no ha terminado aún.

Mandela nunca quiso admitir que hubiera “otorgado” la libertad al pueblo sudafricano. La libertad, nos dice Raymond Suttner, fue para él “producto de muchas luchas de mucha gente que murió, sufrió y se sacrificó para hacer posible su liberación y la de otros prisioneros políticos”. Y, como él mismo recuerda, “había mucho más que hacer después de 1994 para que cristalizara, se mantuviera y profundizara en todas sus facetas la calidad de la libertad alcanzada en 1994”.

Otra característica destacada de Mandela es que nunca fue una persona unidimensional. Poseyó más de una identidad, unas desplazadas a lo largo del tiempo, otras coexistiendo y algunas identidades tempranas que emergieron de nuevo a lo largo de su vida. Mandela cambió mucho, ya sea por propia voluntad o, a veces, como resultado de las condiciones que enfrentó, ya en la lucha política, ya en su largo periodo en la cárcel, o durante la transición democrática; después, como presidente de Sudáfrica y, finalmente, en su retiro voluntario, como abuelo de la nación.

Bajo la influencia de sus circunstancias, de sus mentores —como Ghandhi y Walter Sisulu— y de sus compañeros de lucha —como Oliver Tambo—, pasó de ser, en su juventud, un africanista extremista, conocido por reventar mítines del Congreso Indio y del Partido Comunista, a madurar su personalidad y a convertirse, en los años 50, en uno de los grandes líderes promotores de la multirracial y luego antirracial Carta de las Libertades (Freedom Charter).

Fue en esos años cuando Mandela y sus compañeros de lucha más cercanos, comprometidos con la visión pacifista gandhiana, comenzaron a considerar la posibilidad de crear un brazo de lucha armada, desilusionados porque todos los espacios para las acciones legales y pacíficas se estuvieran cerrando. Para ello, sin embargo, era indispensable que las bases del partido y las masas pudieran comprobar que toda vía pacífica se había agotado, como sucedió con el levantamiento de Sharpeville, en 1970, en contra de la portación obligatoria del pase de identificación racial, mismo que terminó en una sangrienta masacre, para horror de la gran mayoría sudafricana y del mundo.

Nelson Mandela habría de cambiar, tanto para adaptarse a la lucha dual como para lograr una asociación con el Partido Comunista, lo que le permitió continuar varias vertientes de lucha colaborativa, manteniendo siempre su personalidad como sudafricano y su liderazgo sin ataduras con Moscú. Todo esto contribuyó, sin duda, a que siguiera creciendo a los ojos de las mayorías del Congreso Nacional Africano (cna) y a que obtuviera un respaldo cada vez mayor, hasta que fue capturado y llevado a prisión.

Fue entonces cuando ocurrió una de sus transformaciones más significativas, cuando el peleonero Mandela, terco en sus principios, comenzó a realizar un proceso de síntesis de pensamiento y a adoptar una polémica posición negociadora mientras la lucha continuaba afuera y, más tarde, en el extranjero. ¿Cómo puede evaluarse esta actitud?

Suttner concluye, en un estupendo artículo reciente (Polity,11-6-18), que lo que el concepto de liderazgo de Mandela revela es que “mientras frecuentemente tuvo que ser persuadido para seguir o renunciar a algún curso de acción, fue al mismo tiempo un líder que tuvo la intuición y la sagacidad para encontrar caminos para destrabar conflictos y arriesgarse a cambiar las condiciones de la lucha, de manera que pudieran lograse pragmáticamente ventajas duraderas en la lucha por la libertad”.

Su terquedad siempre estuvo limitada por el fin último que perseguía. Esto se mostró de forma especialmente dramática cuando todas las partes coincidieron en la necesidad de realizar las negociaciones que condujeron a las metas anunciadas el 2 de febrero de 1990: legalización de los partidos políticos, liberación de Mandela y de sus compañeros de lucha, elecciones libres e inicio de las negociaciones constitucionales para la transición a la democracia.

 

Capacidad de escuchar, negociar, incluir y convencer para lograr consensos

 

Todos los biógrafos de Mandela coinciden en que una de sus más grandes cualidades, que fue desarrollando con el paso del tiempo, fue su capacidad de escuchar, no sólo como forma de respetar al otro sino como medio para aprender. Su lucha política como abogado lo llevó a entender no solamente lo que era relevante en términos legales; también los sufrimientos y padecimientos de una sociedad desigual, y en especial los de sus clientes discriminados y excluidos. La misma actitud mantuvo con sus compañeros de lucha, deseoso de conocer todas sus cuitas, dudas y sugerencias. “Escuchar —decía Mandela— es fundamental para desarrollar una visión política realista” y para entender los cambios que la gente quería y la Sudáfrica a que aspiraba. El cna y sus aliados comprendieron que el peso político de su Carta por la Libertad dependía del nivel de participación popular efectiva y de que cada persona pudiera, de alguna manera, comprobar su contribución. “Si uno quiere cubrir cabalmente las necesidades de la gente, no basta con leer libros y diagnósticos. El líder necesita escuchar lo que le duele a la gente, cómo entiende su condición humana y sus necesidades en el conjunto de la sociedad en diferentes estratos sociales y regiones del país”.

Mandela mostró siempre este respeto hacia todos los seres que lo rodearon y a quienes tuvo acceso en todas las etapas de su vida. Antes de ir a prisión, así como durante su vida en reclusión y en los procesos de transición y ejercicio de la presidencia. Se aprendía los nombres de las personas que lo rodeaban y procuraba conocer y atender las preocupaciones más simples… hasta las de sus carceleros.

Me tocó experimentar esa sensibilidad cuando, como director general de la Organización de las Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial (onudi), visité Mali en 1995 y tuve la suerte de coincidir con el viaje de agradecimiento de Mandela al presidente Alpha Konaré por el apoyo de su pueblo durante la lucha contra el apartheid. Invitado a la cena oficial, pude sentarme cerca de Mandela, conversar brevemente con él, que me reconoció por un encuentro anterior en Midrand. Mandela agradeció al presidente Konaré el obsequio de un toro —típico símbolo de amistad africano— y, girándose hacia mí y el presidente, le preguntó juguetonamente: “¿Y qué le va a regalar a su distinguido huésped mexicano de la onudi? Konaré respondió: “Le tenemos una sorpresa”. Al día siguiente, antes de salir de regreso a Viena, me informaron en mi hotel que tenía esperándome un obsequio del presidente Konaré: un barbudo chivo blanco, que obviamente no pretendí llevar en mi vuelo de Air France y dejé encargado al representante de la onu en Bamako, un noruego que gustaba de la vida suburbana y tenía casa con gallinas y patos. Al año siguiente regresé a Mali y descubrí que el berrendo había provocado tantos desmanes que la familia lo había convertido rápidamente en barbacoa. Para mi desgracia, no tuve oportunidad de probarla.

Esta actitud de respeto e interés genuino por el ser humano permitió desarrollar a Mandela una gran sensibilidad ante las demandas de las mayorías negras, pero también ante las ansiedades de las minorías blancas y otros grupos minoritarios excluidos o que temían ser excluidos en una sociedad democrática en la que los negros serían mayoría, en 80% o más. Madiba estuvo alerta respecto de estas preocupaciones hasta el último día antes de la elección y durante sus cinco años como presidente.

 

Capacidad de construir y gobernar eficazmente una nueva Sudáfrica

 

La llegada de Mandela al poder significó una oleada de idealismo ante el cambio en la vida de los negros sudafricanos. Sin embargo, cuando fue electo presidente de Sudáfrica, se enfrentó al hecho de que el país dependía fuertemente del capital y de las habilidades desarrolladas por la comunidad blanca. Encaraba, pues, una avalancha de expectativas de toda la población. Por estas razones, Mandela se enfocó en una política conciliadora entre blancos y negros.

Entre los retos que debía atender estaba el de reformar áreas como el gobierno, las fuerzas armadas, la educación, la salud, la vivienda, la banca y los sectores productivos, de donde los negros habían sido segregados. Además, el país estaba permeado por múltiples actos de corrupción, por lo cual, en 1997, se implementó un código de comportamiento del servicio público, con aplicación recomendada también para el sector privado.

 

Evolución económica

 

Una de las consecuencias que el apartheid trajo a Sudáfrica fue el bloqueo económico: el país estaba, además de aislado por las sanciones, marginado diplomáticamente. Una vez finalizado el régimen del apartheid, quedó entre sus habitantes un legado de desigualdad económica que el gobierno debía enfrentar, como uno más de sus desafíos. Las buenas noticias eran que Sudáfrica destacaba como la nación que más oro producía en el ámbito global, además de contar con 44% de reservas de diamantes en el mundo, entre otros minerales, además de una gran capacidad y experiencia agrícola, industrial y de servicios financieros. Las malas noticias indicaban un déficit de 8.6% en el pib, una gran deuda doméstica del gobierno y una recesión con enorme desempleo. En una primera etapa, Mandela concentró su atención en la atracción de capital extranjero. Los inversionistas extranjeros titubearon, por los antecedentes de control estatal de Sudáfrica y la opción de nacionalización planteada frecuentemente por el Congreso Nacional Africano durante la lucha. Los inversionistas se mostraron reacios, esperando a que el nuevo gobierno diera pruebas, en sus acciones, de que no haría esto (Meredith, 2006, p. 656).

En ese contexto, Mandela pidió a Mbeki, su vicepresidente, que era economista, poner en marcha una Estrategia de Crecimiento, Empleo y Redistribución (gear, por sus siglas en inglés), con la cual se buscó estimular el crecimiento de la economía a una tasa de 6% anual y crear 500 000 trabajos para el año 2000. Parte esencial de esta estrategia era promover los negocios, hacer que creciera la clase media negra y que los beneficios se difundieran de igual manera entre los pobres (Meredith, 2006, p. 672).

Mbeki jugó un papel discreto, primero como vicepresidente y luego como presidente, en el proceso de relanzar un crecimiento con estabilidad y emprender el polémico, pero políticamente indispensable, empoderamiento educativo y económico negro.

Las tres cualidades descritas hasta aquí son esenciales para cualquier gran estadista, pero yo quisiera añadir y destacar aquí una cuarta que caracterizó a Mandela: su gran habilidad en materia de política exterior, sin la cual difícilmente hubiera logrado alcanzar los resultados que alcanzó.

 

La dimensión internacional de la revolución política de Mandela y su actitud justiciera y pragmática en el contexto mundial de su época

 

El discurso de F. de Klerk del 2 de febrero de 1990, sobre la “ventana de oportunidad internacional” para el cambio en Sudáfrica, tuvo sus raíces no sólo en la larga lucha dentro de Sudáfrica sino también en el proceso de emancipación continental, en el efecto dominó que tuvieron los procesos independentistas en el sur de África y en el amplio escenario mundial.

Desde sus primeras luchas al lado de Gandhi y sus compañeros de partido, Nelson Mandela comprendió el impacto internacional que habían tenido los errores del régimen del apartheid desde las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial. El régimen racista de Sudáfrica concitó la atención mundial desde 1946, cuando la India se quejó ante la recién creada onu por la discriminación de que eran objeto los indios que vivían en Sudáfrica. Esa protesta formó parte de una andanada más amplia y creciente de países —africanos, asiáticos y algunos latinoamericanos, México incluido— que condenaron las políticas racistas de Sudáfrica, sobre todo a partir de la victoria electoral del Partido Nacional, en 1948, que adoptó su rígida y doctrinaria legislación y política del apartheid. La oposición internacional al régimen de Pretoria fue in crescendo y se incendió de manera particular en 1960, con la ya mencionada masacre de Sharpeville, los juicios de Rivonia, el encarcelamiento de Mandela por supuesta subversión comunista y la supresión de los partidos de oposición, así como con la matanza de 1976 por el levantamiento de Soweto frente a la educación obligatoria en afrikáans.

Estos sucesos dieron lugar a una reacción internacional que Mandela manejó a favor de su causa a partir de una red nacional, continental y global, encabezada por el cna, frente a la red establecida por Pretoria, que nunca dejó de contar, hasta finales de los años 80, con la simpatía de la comunidad internacional anticomunista, propia de la Guerra Fría y de la era Reagan-Thatcher, y acompañada por las grandes luchas finales que ocurrieron en el cinturón colonial que protegió a la Sudáfrica racista hasta el último momento: Rhodesia, Angola y Mozambique.

Hasta 1976, Occidente —con honrosas excepciones— hizo un doble juego, bastante hipócrita, en función de los intereses económicos que tenía en el rico país minero, agrícola e industrial. Condenaba las violaciones a los derechos humanos, pero se resistía a imponer sanciones amplias y detener la proveeduría de armas. En ese año, Oliver Tambo, el líder del cna en el exilio, se dirigió por primera vez a la Asamblea General de la onu, criticando tanto a Pretoria como a los países occidentales y pidiendo el cese del suministro de armas al régimen racista. La reacción adversa a la matanza de Soweto y, un año después, al brutal asesinato policiaco de Steve Biko, uno de los grandes héroes de la lucha democrática, comenzó a cambiar las cosas. En el Consejo de Seguridad de la onu se impuso, en 1977, la prohibición obligatoria a los envíos de armas a Sudáfrica.

Los doce años siguientes habrían de caracterizarse por un creciente jaloneo a nivel internacional, dominado en el continente africano por la caída del régimen de Ian Smith en Rhodesia, los enfrentamientos entre los Estados Unidos y la urss a través de las guerras en Mozambique y Angola y, finalmente, la independencia de Namibia. En todo este periodo, Mandela estuvo atento y activo desde Robben Island y utilizó toda oportunidad para exhibir los excesos y errores del presidente Botha, combatir a los amigos occidentales de Pretoria y ampliar el bloqueo al régimen supremacista blanco en todos los frentes.

El colapso soviético y el fin de la Guerra Fría fueron clave en la liberación de Mandela: dejó de ser la supuesta “amenaza comunista”. Los años de transición a la democracia (1990-1994) fueron de una intensa actividad y rivalidad internacional entre Mandela y De Klerk, que luchaban por obtener recursos económicos y fortalecer sus imágenes y posiciones negociadoras, aun dentro de sus propios grupos, de cara a la formulación de una nueva Constitución y a la preparación de elecciones.

El premio Nobel otorgado a ambos fortaleció tanto sus vínculos como su rivalidad por el estrellato. Pero la suerte ya estaba echada. A pesar de la excelente nueva imagen de De Klerk —que confesó que Sudáfrica había llegado a ser potencia nuclear en los 70 (con apoyo de Estados Unidos, Francia, Alemania e Israel) y luego haber renunciado a ello—, Mandela se convirtió —con su carisma, su bonhomía y una buena dosis de pragmatismo en sus declaraciones políticas tras del colapso soviético— en un imán político y en ejemplo de liderazgo para el continente africano.

A lo largo de su convulsionada carrera ascendente, Mandela fortaleció su visión con respecto a la necesidad de una reconciliación. Los 27 años de cárcel le permitieron reflexionar —“madurar”, como él mismo señala en sus memorias— y acercarse a las posiciones negociadoras de algunos de sus compañeros, como Oliver Tambo. Pero también tenía buenas razones políticas para hacerlo. En todo el proceso de negociación, desde la cárcel, en la transición y hasta los últimos días antes de la elección, Mandela tuvo que desactivar a políticos de extrema derecha, como Hartzenberg y Terreblanche, así como negociar y reconciliar a Buthelezi y sus enemigos zulús. Mandela, nos dice Anthony Sampson, se convenció en la cárcel de la necesidad de conciliar a los afrikáners, un acto de valor, no de debilidad. “No debemos dejarnos atrapar por la maldad pasada”, le dijo a Sampson. “La gente valiente no debe temer perdonar en pro de la paz”. El perdón era para Mandela un recurso del poder, y establecía una supremacía moral que a todo mundo le recordaba que la balanza del poder había cambiado. Esta posición nunca fue compartida por su esposa, Winnie.

Pero la bonhomía natural de Mandela lo inclinaba hacia la reconciliación. Siempre tuvo claro que había que lograrla y que no se trataba meramente de perdonar y dejar sin respuesta a las decenas de miles de víctimas de la tortura y de la violencia que demandaban justicia, barriendo simplemente los horrores del pasado debajo de la alfombra. Consideraba que, con excepción del genocidio de Hitler contra los judíos, “no hay maldad que haya sido más condenada que el apartheid”.

 

El legado de Mandela y las lecciones para la humanidad de la Comisión de la Verdad

 

El legado de Mandela ha permitido a los gobiernos que lo han sucedido y a las instituciones sudafricanas, públicas y privadas, académicas y de la sociedad civil, realizar un papel importante en África, y en el resto del mundo, a favor de la prevención y negociación de conflictos y de la reconciliación nacional. Esas lecciones están haciendo posible que hoy, en otras latitudes —Argentina, Colombia, Guatemala—, se construyan capacidades y procesos de reconciliación, algunos de ellos con un fuerte apoyo internacional, para resolver largos y difíciles conflictos, injusticias y abusos de poder.

Todas las naciones pasan por momentos en que sólo la verdad puede dar una respuesta contundente a una crisis de Estado. México se encuentra hoy en una encrucijada que demanda acuerdos compartidos de toda la sociedad, pero también de acciones ejemplares y reconciliatorias. Se piden respuestas que convenzan e inspiren a toda la sociedad frente a:

1º La crisis económica nacional, sin solución tras 30 años de estancamiento del pib y de la inversión, la persistencia de la pobreza y la mala distribución de la riqueza y el ingreso, el deterioro del empleo formal y del salario real y, ahora, la dramática caída de los ingresos petroleros —una tercera parte del presupuesto nacional.

2º La crisis de violencia, inseguridad, corrupción, impunidad y malestar ciudadano acumulados por décadas y exacerbados por Ayotzinapa, Tlatlaya y tantas otras corruptelas y actos de violencia que siguen impunes, desatando los demonios internos y las condenas nacionales e internacionales.

Hasta el momento de las elecciones del 1 de julio, la ciudadanía pidió respuestas creíbles, contundentes y esperanzadoras de su gobierno, pero no las obtuvo. La llegada de Andrés Manuel López Obrador al poder, con 53% de los votos y una mayoría en ambas Cámaras, después de una polémica campaña, constituye un claro mensaje de la sociedad, que demanda combatir la violencia, la inseguridad, la corrupción y la impunidad, pero también dejar atrás tres décadas de estancamiento económico, con un crecimiento mediocre y manteniendo la pobreza, las desigualdades y un elevado nivel de exclusión social.

¿Cuáles son las lecciones de Mandela para México? ¿Se requiere de una Comisión de la Verdad y la Reconciliación, como en Sudáfrica, sobre todo para atender asuntos pendientes como la tragedia de Ayotzinapa? ¿Qué factores serían cruciales para que en el corto y largo plazos se dé un proceso nuevo de crecimiento con prosperidad efectiva, equidad e inclusión social?

México, de manera similar a Sudáfrica, tendrá que encontrar su propio camino. Los tiempos, nuestra geografía política y las condiciones nacionales e internacionales indudablemente son distintos. Nos encontramos, globalmente, en medio de una gran crisis política, económica, social y moral, detonada en buena medida por Donald Trump, pero también por las condiciones objetivas que impulsaron su llegada al poder en los eua —por no hablar ya de otros polémicos líderes mundiales.

Nuestra configuración política y nuestros liderazgos también difieren mucho de los de Sudáfrica. Pero quiero ser optimista tras de las elecciones del 1 de julio, que dieron un mensaje contundente de cambio a la sociedad mexicana. Tenemos un nuevo líder, con sensibilidad social y un compromiso firme de emprender un cambio de fondo en la nación. Me queda claro, sin embargo, que en una nación tan dividida se requiere de mecanismos políticos y sociales innovadores, que faciliten y promuevan el desarrollo compartido, el diálogo, la tolerancia y la negociación entre los grupos sociales en conflicto, además de un proceso efectivo y creíble de reconciliación nacional a través de la justicia, el Estado de derecho y el fin de la corrupción, la violencia y la impunidad. No hay de otra.◊