Manuel José Othón

Entre la poesía y el conocimiento, de donde escogemos estas líneas como una prueba más de la intimidad de Ramón Xirau con la poesía mexicana, es una recopilación esencial sobre la lírica de nuestra lengua. A Manuel José Othón dedicó Xirau estas meditaciones, acaso definitivas.

 

– RAMÓN XIRAU –

 


 

Escena campesina (detalle) / Henry Robert Brésil

Publicado originalmente en Mito y poesía. Ensayos sobre literatura contemporánea de lengua española, Ramón Xirau, México, unam, 1973; y recogido posteriormente en Entre la poesía y el conocimiento. Antología de ensayos críticos sobre poetas y poesía iberoamericanos, Ramón Xirau, México, Fondo de Cultura Económica (Tierra Firme), 2001, pp. 111-115.

 

Al análisis que Alfonso Reyes dedica a los Poemas rústicos en 1910 debemos una idea ya indispensable y reconocida por todos. Othón no es un poeta bucólico si por bucolismo entendemos “lo que tiene por principal y único fin la narración de la vida de los pastores, y no tanto de los pastores reales cuanto de los de aquella fingida Arcadia…”  (Obras completas, i, 185). Sólo podría llamarse a Othón poeta bucólico si se entendiese por poesía bucólica “la que gusta de describir el campo y toma pie en el sentimiento del paisaje natural para llegar por allí a la expresión de todo sentimiento” (op. cit. 185). También a Alfonso Reyes se debe la idea de que Othón no hace sólo poesía descriptiva —forma objetiva del paisaje—, sino que revela en su obra un mundo “trascendental” y, más específicamente, cristiano, católico. El padre Valdés hace observar con atingencia que entre monseñor Pagaza y Othón “vendría más a propósito hablar de oposición que de paralelo” (Poesía neoclásica, xl). Y si bien Manuel Calvillo afirma que la influencia de Pagaza existe —especialmente en Sonetos paganos—, no deja de aclarar que se trata de influencia y no de “paralelo” (Paisaje, xxii). Por lo menos dos autores —Calvillo y Paz— coinciden en ver a Othón como poeta “crepuscular”: “hay un constante gusto por el tema del crepúsculo, en el que nos da frecuentemente tantos de sus más afortunados hallazgos” (Calvillo, op. cit., xxviii); “Othón, el seco, el desgarrado Othón, sí posee lucidez, la angustia, el resplandor herido del sol en el crespúsculo” (Octavio Paz, “Émula de la llama”, en Las peras del olmo, 54). Pero Paz ve con agudeza que en Othón “no hay medias tintas” … “¿Será porque el crepúsculo del norte es más violento, más vital y neto, menos complaciente, que el del valle de México?” (op. cit., 54). Dejando a un lado cuestiones de influencias y de escuelas, obtenemos tres elementos medulares en la obra de Othón: el paisajismo (desde Reyes, en Valdés, en Calvillo), la religiosidad (en Reyes, Valdés, Calvillo), el tono crepuscular (en Calvillo y en Paz).

¿Qué nos dice Othón? La pregunta parece superflua después de que ya el propio Othón ha dicho su palabra poética y después de que la crítica ha sido tan veraz como generosa con su obra, Sin embargo, no creo que la pregunta sea exactamente superflua. Tengo para mí que la expresión poética está en razón inversa a la expresión lógica. Si la segunda procede mediante la identidad, la primera procede mediante semejanzas decisivamente alteradas por la diferencia. Lo cual quiere decir que cada quien percibe en la misma obra de un mismo autor —identificación básica sin la cual la comunicación sería imposible— puntos de vista, perspectivas personales. Lo que dice el poeta es, por un lado, lo mismo para todos; por otro, lo que despierta en cada uno de sus lectores. Y es en este sentido preciso que la poesía es comunicación. Toca lo más hondo de nuestra íntima subjetividad.

Ya en 1910 decía Reyes: “Si hay libros que producen la impresión de cosa unificada, orgánica, éste es uno de ellos” (op. cit., 183). Y si esto podía afirmarse de los Poemas rústicos, creo que la afirmación sigue siendo válida para toda la poesía de Othón. Por lo menos para toda aquella obra de Othón posterior a los Poemas rústicos, única que el poeta aceptaba como suya: ¿En qué consiste esta unidad? Cuando se trata de un poeta, la unidad hay que buscarla en algunas imágenes que repiten, ventana y ojo abiertos a su mundo interior, las mismas perspectivas, las mismas ideas, las mismas emociones y sentimientos.

Aceptemos, por el momento, que Othón es un poeta del paisaje. El paisaje que Othón describe es, en general, el paisaje del norte. La primera impresión que tenemos es de un paisaje duro, áspero, salobre. Palabras como “petrificarse”, “barrancos”, “seco”, “ardiente”, “escarpadas”, “serranías”, “peñascal salvaje”, “granito”, “tronco”, “retorcido” (en Idilio salvaje, violentamente ligadas al acto amoroso: “las lianas de tu cuerpo retorcidas”), “rojo peñón”, “árido y gris”, “llanada amarguísima y salobre”, revelan un mundo hecho de sequedad, de piedra y sol ardiente, dureza de roca impenetrable.

Pero la dureza del paisaje de Othón es tan sólo un aspecto (sin duda el aspecto dominante) del paisaje que describe. Muchas veces el paisaje adquiere características de suavidad y hasta de dulzura. El sol poniente se envuelve con la “túnica blanda” de la “neblina”, y vemos el crepúsculo “envuelto en la neblina —y en los vapores, gráciles del lago”—. El sol naciente inaugura el día con “sus dedos de niebla luminosa”. En Surgite “otros astros se ocultan en el seno de la húmeda niebla”. Bruma y niebla, humedad, lo gris y lo azul sobre lo rojo, modifican la sequedad agostada del paisaje. Sí, duro y seco; también suave y “grácil”. El paisaje de Othón no es tan áspero como pudiera parecerlo a primera vista. El mundo que contempla es un mundo matizado. Una lectura rápida deja una impresión, si no engañosa —que no lo es del todo— por lo menos parcial.

Si la dureza y la sequedad, la suavidad y el medio tono, caracterizan el paisaje de Othón, no es menos característico de su paisaje el sentido de la distancia. Poeta del espacio abierto, muchas veces recuerda Othón a su contemporáneo Velasco, pintor rugoso y brumoso del valle de México. Así, en Una estepa del Nazas, dice,

 

Tan sólo miro, de mi vista en frente,

la llanura sin fin, seca y ardiente

donde jamás reinó la primavera.

 

Y en Pastoral

 

Lo azul, lo inmensamente azul, se pierde

en la infinita lontananza verde.

 

En tono más grave y amargo del Idilio salvaje:

 

¡Qué enferma y dolorida lontananza!

 

Othón se encuentra frente a un mundo inmenso (la palabra se repite y adquiere pleno sentido: “Mira el paisaje: inmensidad abajo, inmensidad, inmensidad arriba”), frente a un mundo que es todo paisaje abierto, lontananza sin fin. Pero las palabras “frente a” ¿son acaso palabras exactas? No es creíble. El paisaje de Othón es la imitación del alma del poeta. En el paisaje se proyectan sus anhelos, sus deseos, su sentido de la vida, su religión. Ya en el soneto dedicado a Clearco Meonio, decía:

 

Hay en mi seno voces interiores

jamás por los mortales escuchadas.

 

Y el ritmo del mundo era su propio ritmo, íntimo ritmo personal: el “ritmo de mis plácidos rumores”. El mundo seco y duro y suave revela a Othón la existencia de este Dios católico en quien nunca dejó de creer, así como revela también la soledad del poeta. El mundo, el campo, la tierra —no la naturaleza abstracta— “alza a su Dios en rítmicos acentos / como grata oración del nuevo día / himnos” … Y al contemplar “el humo en el pardo caserío”, el espíritu “al cielo se levanta / hasta perderse en ti… Dios mío!”. Las cosas claman “como un grito del universo”, y su clamor es el “grito prepotente / que a una vida sublime nos despierta y pone al corazón de Dios enfrente”. “Enfrente”. Entiéndase bien. ¿Cómo ha podido decirse que Othón fue panteísta? Dios no es el mundo. El mundo, más precisamente, la tierra y el campo, son el libro de Dios en el cual los hombres leemos la obra divina.

La dureza que Othón percibía en el paisaje es la dureza misma del hombre en esta tierra, de este hombre bueno y culpable y, fundamentalmente solo, que pide olvido en la oración erótica del Idilio salvaje. Es el mundo en que estamos, el de los recuerdos perdidos, el del amor pasado, el del paraíso abandonado: “la llamada amarguísima y salobre”.

La suavidad de Othón es la misma suavidad, el mismo amor con que Dios creó la naturaleza y que, en su hosca y terrible soledad, le permite al poeta esperar. Y si Othón puede decir, recordando al clásico:

 

De mis oscuras soledades vengo

y tornaré a mis tristes soledades

a brega altiva, tras camino luengo,

 

puede decir también, con la paz en el alma:

 

Nada sucumbe: el escondido germen,

la crisálida envuelta en su capullo,

la célula y el grano… ¡todos duermen!

 

La “inmensidad del paisaje” es signo también de la trascendencia, imagen de lo eterno:

 

Ya en las cumbres destácase el granito

ya se bañan de azul los horizontes

y el alma…

¡Oh infinito! ¡Oh infinito!

 

Lo que permite —yo diría obliga— a Othón a percibir el mundo como lo percibe, en su sencilla y clara religiosidad de aristas luminosas: Dios, el Ángelus, la Virgen, y, en el nivel de lo humano, la soledad, la culpa, el amor, la esperanza. Othón ha proyectado su soledad en paisaje, su infinito en distancia. Del mismo modo ha proyectado su luminosidad en la noche. Aunque hable del crepúsculo, Othón no es un poeta crepuscular. En su poesía todo es claridad y pleno sol del mediodía interior. El sol poniente “reverbera cual boca de un horno”. La oscuridad no hace sino mostrar más a las claras la verdad de la luz. Sí, la noche es lúgubre y es misteriosa:

 

Noche profunda, noche de la selva

de quimeras poblada y de rumores,

sumérgenos en ti: que nos envuelva

 

el rey de tus fantásticos imperios

en la clámide azul de sus vapores

y en el sagrado horror de sus misterios.

 

Pero la noche es también luminosa, de una luminosidad más penetrante y más pura que la del mismo día:

 

Y Venus, melancólica y tranquila,

desde el perfil del horizonte lanza

la luz primera de su azul pupila,

 

Y en plena noche, en plena luminosidad nocturna, el poeta no puede sino esperar que el nuevo día alboree:

 

Cuando en el mar del cielo ya no bogue

la luna y en el golfo del Ocaso

el grupo de las Pléyades se ahogue;

cuando entonen los pájaros la diana,

del pobre hogar saldré con paso firme

a bañarme en la luz de la mañana.

 

El paisaje de Othón es Othón mismo. Su paisaje es, aquí, propiamente, su alma y su vida. Y en este paisaje se encuentran dos dimensiones que se complementan; la sequedad y la suavidad, la finitud de la roca y la infinitud del paisaje, la limitación del hombre y la perfección de Dios, la culpa y el amor, el mundo concreto de la materia y el mundo ideal. Othón, luz interior de su paisaje oscuro, luz interior de su paisaje meridiano, es el hombre que está colocado por excelencia en un mundo donde lo real y lo ideal se atraen sin contradicciones, tierra y cielo, rojo y azul, piedra e inmensidad, culpa y redención. ¿No lo dice, más claro que su propio sol, en el más exacto de sus versos?:

 

la frente en Dios y en tierra la rodilla…