Mariposa de amor (detalle) / Arnoldo Ramírez Amaya

Los días que siguieron

La poca disposición para regular el control de armas en Estados Unidos tiene un nuevo e inesperado aliado. La falta de contundencia en el discurso de Trump contra los grupos de derecha más extremos crea la ilusión de que hay alguien en la Casa Blanca que los respalda. En este texto, Juan Carlos Serio Covarrubias repasa algunos episodios de este debate.

 

– JUAN CARLOS SERIO COVARRUBIAS*

 


 

One person’s ‘barbarian’ is another person’s

’just doing what everybody else is doing.

Susan Sontag

Regarding the Pain of Others

 

I

Desde su fundación en 1897, la preparatoria de Newtown, Connecticut, ofrece a sus estudiantes una variedad de cursos introductorios a los distintos campos que podrán explorar en su educación universitaria. Los temas van desde arte y música hasta negocios y desarrollo tecnológico. Este último curso da la posibilidad a los estudiantes interesados —casi todos hombres y blancos— de explorar desde la práctica lo que significaría estudiar una ingeniería. En dicho curso, Adam, hijo de Nancy y Peter Lanza, conoció a su “único amigo de la vida”, con el cual se juntaría, por lo menos una vez al mes, a jugar videojuegos o para ir al cine. Las pláticas de ambos variaban entre los temas que a cualquier joven de 20 años le interesan y, también, sobre aquellos secretos que sólo pueden compartirse en la seguridad de una verdadera amistad. Entre estos secretos, Adam compartía frecuentemente con su amigo la fascinación que sentía por las películas de terror, en especial aquellas que trataban de asesinos seriales. Del mismo modo, Adam le confiaba a su amigo los detalles de la desastrosa relación que llevaba con sus padres, que apenas tres años antes se habían divorciado, dejándolo solo con su madre y las armas que apasionadamente coleccionaba. El amigo de Adam dejaría de verlo a partir del verano de 2012 debido a diferencias irreconciliables sobre una película, pero esto no duraría demasiado, pues volvería a ver la cara de Adam seis meses después, el 14 de diciembre, durante la transmisión de los noticieros nacionales. Adam, con las armas que consiguió fácilmente en casa, había asesinado a su madre, a seis profesores y a una veintena de niños de la primaria en la que ella trabajaba.

Los días que siguieron en Newtown fueron todo menos normales. La tranquila ciudad en Connecticut se volvió el epicentro del debate nacional sobre control de armas. El presidente Barack Obama, horas después del incidente, se dirigió a la nación con palabras que sintetizaban el horror de una tragedia que no era única en la historia de Estados Unidos:

Como país, hemos pasado por esto en demasiadas ocasiones. Ya sea en una escuela primaria en Newtown, o un centro comercial de Oregon, o un templo en Wisconsin, o una sala de cine en Aurora, o una esquina de Chicago; estos vecindarios son nuestros vecindarios y esos niños son nuestros niños. Y vamos a tener que juntarnos a hacer algo significativo para prevenir que más tragedias sucedan, sin importar la política.

Es raro que un presidente se dirija a la nación entre lágrimas, pero en esta ocasión ni siquiera la presencia de éstas hicieron que sus palabras resonaran más allá de los días posteriores a la masacre. Era evidente que, dentro de la agenda pública estadounidense, el debate sobre el control de armas se encontraba estéril incluso frente a un hecho tan escalofriante como el asesinato de niños inocentes.

 

II

Fue otra masacre, esta vez en Charleston, Carolina del Sur, la que sirvió de catalizador del debate que, hasta hoy, sigue en la agenda pública. ¿Debemos o no respetar y mantener los monumentos de la Confederación? Los liberales de ciudades como Nueva York, Los Ángeles, Boston, argumentaban que la inversión de recursos públicos en el mantenimiento de esos monumentos era una vergüenza en una sociedad en la que frecuentemente se cometían abusos sistemáticos hacia los afroamericanos. Su argumento, popular entre rectores de universidades y alcaldes, causó que se removieran monumentos y se bajaran banderas que hacían referencia a la causa confederada.

Dos años después, el debate llegó a Charlottesville, Virginia, en un contexto muy diferente a aquél en el cual había comenzado. La elección de Donald Trump a la presidencia, gracias a su discurso populista, había dado seguridad a los grupos de extrema derecha: podían defender sus causas y sus símbolos sin ser linchados de forma unánime. En este contexto, la noticia de la remoción de la estatua del Gral. Robert E. Lee de un parque de Charlottesville se volvía una causa más a defender para los grupos de extrema derecha. Unite the right rally fue el nombre que los organizadores le dieron a la serie de movilizaciones que realizaron entre el 11 y el 12 de agosto en esta ciudad, en donde se ondearon cientos de banderas confederadas, con suásticas, y se vocearon eslóganes antisemitas, bajo un mismo lema: “jews will not replace us!”.

Del mismo modo, en la misma ciudad, se organizó una serie de contraprotestas a este rally. Grupos de defensa de los derechos civiles de la comunidad afroamericana, como Black Lives Matter, y otros más radicales, como las fuerzas antifascistas del Metropolitan Anarchist Coordinating Council, coordinaban marchas cuyo objetivo era hacer frente a las muestras de racismo y xenofobia que el Unite the right rally trataba de normalizar. El 12 de agosto, antes del rally final, la movilización de ambos grupos se intensificó y causó una reacción violenta por parte de los grupos de derecha, teniendo como consecuencia el arresto de varios de sus participantes y la cancelación del rally. Victoriosa, la contraprotesta se dirigió al centro de la ciudad. La felicidad por la victoria terminó a la 1:45 pm, cuando James Alex Fields Jr. asesinó a una persona e hirió a 19 al acelerar deliberadamente frente a la contraprotesta que se dirigía al centro. Fields, de 20 años, había participado en el Unite the right rally y durante la preparatoria había mostrado simpatía por Hitler.

Ante el desconcierto de la tragedia, el presidente Trump salió dos días después a referirse al hecho como un acto “imperdonable y horrible”. Pero en el momento de hablar de su perpetrador, su juicio fue que en ambos lados de la protesta había culpables y que no debíamos de juzgar a aquellos que defendían su derecho a mantener la estatua del Gral. Lee, pues entre esos cánticos antisemitas estaba seguro que había “gente muy buena”.

Los días que siguieron, el debate público se centró no en las circunstancias que habían hecho que esta tragedia pasara, sino en las razones detrás del presidente para sostener tal afirmación; no eran los neonazis, sino la declaración de un presidente, donde los demócratas y la oposición centraron su enojo, y el debate sobre el resurgimiento de la extrema derecha se volvió estéril.

 

III

Es Susan Sontag, en Ante el dolor de los demás, quien dilucida sobre el uso inútil de imágenes y expresiones de dolor para responder a la pregunta de Virginia Woolf acerca de “¿cómo evitamos la guerra?”. La realidad nos obliga a exponer una tensión similar entre lo que es y debiera ser; pareciera que no importa la cantidad de tragedias que —a culpa de la ligereza de la regulación de armas, a culpa de la ambigüedad con la que se persiguen y castigan los actos de odio— le arrebatan la vida a cientos de inocentes cada año. Como Sontag insiste:

La compasión es una emoción inestable. Necesita ser traducida a la acción o se marchita. La cuestión es qué hacer con los sentimientos que se han despertado, el conocimiento que se ha comunicado. Si uno siente que no hay nada que “nosotros” podamos hacer —pero ¿quién es ese “nosotros”?— y nada que “ellos” puedan hacer tampoco —¿y quiénes son “ellos”—, entonces uno comienza a aburrirse, cínicamente, hacia la apatía.

Y es que, insistiendo, lo que el último año (y un poco más) nos ha mostrado es la incapacidad del sistema político estadounidense de poder definirse entre el espectro de “nosotros” y “ellos”; ¿quiénes somos “nosotros”? ¿Los que defendemos las armas o los indiferentes a las tragedias? ¿Los que defendemos la dignidad de Roy Moore o los que mostramos indiferencia ante un abuso sexual? ¿Los que acusamos al racismo innegable de un gran sector estadounidense o los que deseamos seguir ganando elecciones? Dentro de esta duda, es muy difícil —si no imposible— que la oposición a Trump tenga éxito si aún no saben definirse entre el “ellos” y el “nosotros”, teniendo como consecuencia la visible inutilidad de su compasión frente a la tragedia; la necesidad importante de que se respondan ¿quiénes seremos nosotros frente a esta nueva sociedad estadounidense?, ¿qué toleramos y qué no? Frente a una realidad así de compleja, el discurso catch’m all de Hillary traerá más noches como la del 8 de noviembre de 2016. Sin una oposición clara y un discurso crítico definido durante los tres años que le quedan al presidente Trump, vendrán más días y vendrán más muertes y vendrán más discursos vacíos, ante a la imposibilidad de la sociedad americana de definirse entre la vida o la tragedia.◊

 


* JUAN CARLOS SERIO COVARRUBIAS
Es estudiante de la licenciatura en Ciencia Política y Administración Pública de El Colegio de México.