Retrato de Lya Cardoza y Aragón (detalle) / José Chávez Morado

Françoise Héritier: las distintas maneras de ser iguales

Karine Tinat entrevistó a la antropóloga Françoise Héritier (1933-2017) en marzo del año pasado, tan sólo unos meses antes de su lamentable pérdida. A manera de homenaje, aquí se presenta un diálogo sobre la trayectoria personal y profesional de quien fuera presentada al Colegio de Francia en 1982, al suceder a su maestro, Claude Lévi-Strauss.

 

– KARINE TINAT* 

 


 

Karine: ¿Cómo nació el interés por las desigualdades entre hombres y mujeres en su vida personal?

Françoise: Me interesé por la cuestión de las desigualdades desde muy pequeña. Con frecuencia los niños tienen un sentido agudo de las injusticias y a mí, desde mi más tierna infancia, varias cosas me lo parecían: injustificadas y sobre todo injustificables. Hacía preguntas como: “¿por qué esto es así?”, y siempre recibía respuestas inaudibles de los adultos: “¡Porque así es esto, así es!”. A decir verdad, no había respuesta a mis preguntas, pero puede decirse que las ideas vinieron a mi mente a causa de un choque cultural.

Karine: ¿Un choque cultural?

Françoise: Fui criada en una familia que se consideraba moderna para la época; estaba compuesta de padre, madre y de tres hijos, más una abuela que vivía con nosotros; todo el mundo comía de la misma olla, en la misma mesa. No había desigualdades evidentes en el seno de nuestro pequeño grupo familiar. Después llegó la gran guerra de 1939-1945. La guerra se desencadenó cuando yo tenía siete años y, como no teníamos nada que comer, mis padres nos enviaron con su familia a pasar las vacaciones largas, que duraban de junio a octubre. Entonces, en el verano fui a la granja de los campesinos auverneses donde había vacas, cerdos, cabras, gallinas, conejos… y donde se vivía a la antigua, se sembraba, se cosechaba. En la granja viví una vida que, si bien era contemporánea de la época, era la misma que 35 años antes, durante la Primera Guerra Mundial. Fue ahí donde me di cuenta de una cosa que me pareció incomprensible, injustificable e injusta; yo veía que, a la hora de la comida, los hombres se sentaban a la mesa y las mujeres se quedaban de pie y les servían. Me acuerdo de que el primo hermano de mi padre, con el que nos estábamos quedando, tenía el “lugar más alto” —el lugar a la derecha de la ventana—. Además de tener ayudantes en la granja, estaban sus hijos, que eran niños menores, estaba yo, la pequeña prima que venía de vacaciones, y la mamá y la mujer de mi primo. Ellas dos se quedaban de pie y pasaban su tiempo sirviéndoles a los hombres en la mesa: iban por el agua y el vino, cortaban el pan, servían la carne, salteaban las papas y traían todos los platos. Ellas comían de pie, después de servirles a los hombres, y comían lo que sobraba.

Karine: ¿Y qué sobraba? 

Françoise: No digo que se les matara de hambre; siempre sobraba algo que comer, sobre todo verduras y papas. Pero cuando había carne —pollos o conejos de la granja—, generalmente los mejores pedazos ya estaban repartidos. Los hombres se servían copiosamente los muslos, las pechugas, las alas, las mejores piezas de pollo; quedaban la rabadilla y la carcasa al por mayor para las mujeres. Ellas se deleitaban, lamían los huesos con gusto diciendo que les encantaban y que la carcasa era “la pieza de las mujeres”. Ahí había algo bastante interesante. Yo siempre había vivido en una familia donde se servían porciones más o menos equitativas y donde cada quien podía, más o menos, escoger su pedazo; en la granja, no era así: las mejores piezas iban a los platos de los hombres y no quedaban más que las sobras para las mujeres. Eso fue mi primer acercamiento a la cuestión de la desigualdad…

Karine: Y usted tenía entre seis y ocho años…

Françoise: Sí, ya se imaginará que yo no podía hacer preguntas. Cuando las hacía, me remitían a mi condición de niña pequeña y albergada; me respondían: “¿Qué nos puedes decir tú? Siempre ha sido así; además, a las mujeres les gusta la carcasa, es uno de sus manjares favoritos”. Y ellas mismas decían: “Claro que sí, nos gustan los huesos”.

Karine: Era un orden establecido.

Françoise: Exactamente. Pasada esa experiencia directa, tuve también una experiencia cognitiva diferente, en otra granja donde vivían un tío joven de mi padre, su mujer y sus hijos. Ellos también nos albergaron durante las vacaciones de verano. Para irme a dormir, tenía que subir una pequeña escalera y cada noche, en el rellano, veía dos grabados colgados en el muro, uno frente al otro. Me tomaba mi tiempo, los veía atentamente al punto de sabérmelos de memoria. Eran dos imágenes de Épinal a color, hechas en el siglo xix, que representaban “Los años de la vida”. Se trataba de dos pirámides, con niveles ascendentes de diez años cada uno: 10, 20, 30, 40 y culminaban en los 50 años; después descendían: 60, 70, 80, 90 y 100 años. En el centro había un león, flores, frutas y cuernos de la abundancia, y en cada nivel había personajes que representaban la edad en cuestión con una pequeña leyenda debajo.

Karine: Imagino que las leyendas para la mujer eran muy distintas de las del hombre.

Françoise: Sí. Para el hombre era simple: se veía un niño a los 10 años que jugaba con un aro. A los 20, se enamoraba y se veía abrazado de una bella joven vestida a la moda de 1900. A los 30, estrechaba en sus brazos a su mujer y a sus hijos. A los 40, se iba de caza o, más bien, regresaba porque se veía el conejo en su morral y a su hijo mayor recibiéndolo. Finalmente, a los 50 años se le veía en el escalón más alto, con los brazos abiertos, y la leyenda decía: “A los 50 años, él abraza el pasado, el presente, el futuro”. Si a los 40 años él tenía un hijo a su lado, a los 50 estaba solo. A partir de ese momento, siempre estaba solo y descendía progresivamente. Estaba representado envejeciendo, pero siempre lozano; se paseaba por el país, era curioso, viajaba, se instruía. A los 100 años, se le veía en su sillón con su bata de dormir y la leyenda decía: “Sin miedo, él espera la muerte”.

Karine: ¿Y del lado de la mujer?

Françoise: Se veía, primero, a la niña pequeña con sus muñecas; después, a los 20 años, “su cándido corazón” se abría al amor. A los 30, era la maternidad, y no el amor, lo que le daba felicidad. A los 40, ella bendecía a sus hijos que se casaban. Y a los 50 años… Nacía en mí una verdadera duda, que duró varios años antes de que pudiera comprender de qué se trataba. La leyenda decía: “A los 50 años, ella se detiene; a sus nietos consiente”. Yo no comprendía de qué se detenía… Después se le veía descender. Nunca se encontraba sola, siempre apoyada en un nieto o bisnieto, a diferencia del hombre que siempre estaba solo. Cuando llegaba a los 100 años, era “sin valentía” como ella esperaba la muerte mientras que, en él, era “sin miedo”. Evidentemente, no podía sino sentirme perturbada por esta discordancia en los tiempos; las temporalidades eran las mismas, pero lo que se veía en cada peldaño era totalmente diferente. El destino del hombre me atraía más que el de la mujer.

Karine: Entiendo.

Françoise: Se le veía verdaderamente entregada a sus hijos, a sus nietos, a sus bisnietos. Nunca estaba sola. A los 50 años, se detenía “de algo” para mimar a sus nietos y me llevó mucho tiempo comprender qué quería decir la leyenda. Nadie lo podía expresar claramente, pero, de hecho, significa: a los 50 años, ella está menopáusica, deja de reproducirse, ya no puede tener hijos y, si ella ya no puede tener más hijos y si ella deja de procrear, si ya no es capaz de concebir, entonces ya no existe más como persona. La prueba de ello está en que, por su debilidad, siempre debía apoyarse en un macho joven, nieto o bisnieto, nunca era en una nieta… Puede decirse que ella nunca abandonó el yugo de los hombres porque desde los 20 años su cándido corazón se abría al amor. A los 40, el marido desaparecía, pero ella se casaba con sus hijos, y a los 50, ella consentía a sus nietos, pero sobre todo ella se detenía. En otros términos, ella abdicaba y todo acababa; después, no se le veía más que con sus nietos y bisnietos para terminar en el temor… ¡Dios mío, qué destino!

Karine: No era un destino envidiable…

Françoise: Para nada. Era mucho más vigorizante y tonificante cuando el hombre dominaba el pasado, el presente y el futuro, e iba por el país con su bastón para viajar y aprender cosas; me apetecía mucho más ese destino.

Karine: Esas imágenes de Épinal estuvieron cerca de constituir el principio de un cuestionamiento, antes de la vocación de etnóloga…

Françoise: Sí, eso pudo ser el principio de un cuestionamiento, de una curiosidad. Creo que para ser etnólogo se necesita haber tenido esa curiosidad y sé que la tengo, la he tenido siempre. Todo me interesa, quiero conocer todos los pormenores de la menor cosa, quiero saber qué hay detrás de las cosas, quiero comprender. Cuando veo una foto, la examino desde todas sus caras…

Karine: Pero, cuando comenzó su carrera, las relaciones entre los sexos no eran el centro de sus intereses de investigación, ¿no es así?

Françoise: En efecto, eso vino después, diría yo, por la fuerza de las cosas. Para mi gran suerte, caí en una población que tiene un sistema de parentesco muy particular, un sistema de tipo “omaha”, como el que se encuentra en las comunidades indias de América del Norte. Me maté, perdón por la palabra, intentando comprender qué era esa rareza. No se había descubierto todavía, en los años sesenta, ese sistema de parentesco en África, por lo que traté de comprender. Eso me llevó a observar cierto tipo de relación hermano-hermana y sus consecuencias en la terminología, que no era nada habitual en nuestro sistema de parentesco. A partir de ahí, me interesé en el incesto y en lo que puse en evidencia y que llamé el incesto del segundo tipo. Poco a poco, partiendo de los sistemas de parentesco, del incesto del segundo tipo y, después, de la violencia inherente a los sistemas de parentesco, llegué a las cuestiones de género. Hubo, pues, esta primera curiosidad infantil y, posteriormente, una suerte de confluencia que hizo que la reencontrara más tarde, pero no fue la que me puso en el campo. Lo que me condujo al trabajo de campo fue una curiosidad más científica sobre los otros sistemas de parentesco y eso mismo que, por la lógica de sus fuerzas y estructuras internas, me permitió detectar la relación masculino-femenino en el interior de los sistemas de parentesco, eso que llamé la valencia diferencial de los sexos.

Karine: Exactamente. La valencia diferencial de los sexos es una herramienta conceptual formidable, no solamente para abordar nuestros temas de interés, sino también para comprender el mundo social. Puede observarse no importa qué realidad social y la valencia diferencial de los sexos se asoma en el horizonte… ¿Podría definirla para los lectores que no están familiarizados con su reflexión?

Françoise: Es una doble ecuación, pues engloba los sexos y las generaciones. La valencia diferencial de los sexos se basa, en primer lugar, en la idea de que hay una forma de jerarquía “natural” entre las generaciones. Cuando digo “natural”, pongo atención en mis palabras: no significa “innata”; “natural” se sostiene en el hecho de que nosotros, humanos en cuanto especie, somos “neoténicos”, es decir que nos lleva mucho tiempo ser autónomos. A un niño le lleva mínimo siete u ocho años poder prescindir de la comida proveída por la madre, de la protección de los padres y para salir de la autoridad de los padres sobre los hijos. Esto es, los hijos dependen de los padres de diversas maneras: dependencia alimentaria, dependencia afectiva, pero también, de igual forma, dependencia de estatus. En otros términos, están bajo la autoridad de sus padres, deben obedecerlos… Puede decirse que los padres son superiores a los hijos porque los tienen bajo su tutela autoritaria, afectiva y alimentaria. Los padres son superiores a los hijos, pero, de la misma manera, diremos que los hijos mayores son superiores a los menores porque nacieron antes. Esto se experimenta muy seguido en las familias grandes; en todo caso, en las familias africanas, observamos una autoridad de los mayores sobre los menores. Diremos, pues, que los mayores son a los menores como los padres son a los hijos, o a la inversa, los menores son a los mayores como los hijos son a los padres. Sorprendentemente, por un desplazamiento cognitivo del que intenté hallar los engranajes, en casi todas las sociedades humanas, las mujeres son a los hombres como los hijos son a los padres, como los menores son a los mayores o, al contrario, los hombres son a las mujeres como los padres son a los hijos, o como los mayores son a los menores, es decir, existe una relación de dominación de los unos sobre las otras. La valencia diferencial de los sexos se encuentra en todas partes, funcionando de la misma forma; equivale a una valencia diferencial de generaciones, ya que los hombres son considerados como superiores a las mujeres tanto como los padres son considerados superiores a los hijos o los mayores superiores a los menores; es considerado como una diferencia de generación.

Karine: Salvo que, cuando la hermana mayor es mujer y el hermano menor es hombre, la jerarquía se invierte: la mayor no está en posición de superioridad en relación con el menor: el hombre domina a la mujer…

Françoise: El menor se vuelve como si fuera superior. En ciertas sociedades, como en el mundo árabe, por ejemplo, las cosas funcionan así, sea cual sea la edad del hermano menor. El hermano pequeño no tiene más que cinco años y la hermana mayor puede ser que tenga 18, y eso no impide que el hermano pequeño acompañe a la grande y le dé legitimidad si quiere salir a la calle, porque él es el hermano, está en la posición del mayor por su estatus.

Karine: En su familia eran tres hijos y usted tenía un hermano menor; ¿él tenía más libertades que usted y que su hermana?

Françoise: Sí, éramos tres, mi hermano era el menor y, por supuesto, él tenía más libertades que nosotras. Cuando mi hermana y yo éramos niñas, íbamos seguido a pasar las vacaciones al lado de mis dos abuelas en una misma casa en Saône et Loire. En las tardes, mi hermano salía a andar en bicicleta con sus amigos y mi hermana y yo tejíamos guantes o calcetas a los pies de nuestras abuelas, en el patio. No era nada parecido.

Karine: Era en ese momento en el que se impregnaba de conversaciones…

Françoise: Sí, escuchaba las conversaciones sobre los matrimonios de unos y otras. Ahí es donde mi gusto por las cuestiones del parentesco verdaderamente se manifestó. Mi hermano, mi hermana y yo no éramos iguales en absoluto; lo mismo ahora, mi hermano viene seguido a verme, se encarga mucho de mi hermana y de mí, es el hermano menor de las dos, pero él se considera el jefe de familia. Tiene ese comportamiento, nos quiere proteger. Ciertamente, tenemos necesidad de eso porque las dos estamos más viejas, en silla de ruedas y tenemos más problemas de salud que él. Yo soy completamente autónoma intelectualmente, pero él viene a ver si hay algo que hacer que implique un desplazamiento u otro. Él realiza estos pequeños cuidados porque él quiere ser el jefe de familia; no me molesta, pero lo que quiero decir es que él, a pesar de todo, ha interiorizado esta idea de que él es el hombre de la familia, no solamente de la que él formó, sino también de la que él viene.

Karine: En su familia, ¿sólo trabajaba su padre?

Françoise: Mi padre y mi madre, trabajaban los dos. Vivíamos con una abuela que no tenía recursos porque había trabajado toda su vida, pero en la casa. Ella era viuda de la Primera Guerra Mundial; cuando mi mamá tenía tres o cuatro años, su padre murió —creo que desde los primeros días de la guerra del 14, en la batalla de Yser—; así pues, su madre regresó a la casa de sus padres donde vivió como la niña de la casa con su hija, y después, cuando mi mamá se casó, mi abuela siguió a su hija y nunca la dejó. No tenía un céntimo, solamente cobraba una pensión de viuda de guerra y le aseguro que no alcanzaba para mucho, era irrisoria.

Karine: ¿Y sus padres estuvieron en la Educación Nacional?

Françoise: No, para nada. Mi madre era funcionaria de Correos y mi padre trabajaba en París-Lyon-Mediterráneo (plm), una línea privada que comunicaba estos destinos. Después, el plm formó la Sociedad Nacional de Caminos de Ferrocarril (sncf). Los dos eran, pues, funcionarios del Estado francés. Mi padre terminó su carrera en la sncf y mi madre en los ptt (Servicios Postales, Telégrafos y Teléfonos de Francia).

Karine: ¿Su hermana era la mayor o usted era la mayor de los hermanos?

Françoise: Mi hermana es la mayor; ella era cirujana dentista; ahora está retirada y mi hermano era ingeniero de minas. Él trabajó durante un tiempo como ingeniero de minas en el norte de Francia, antes de que se detuviera la industria carbonera; después, estuvo en la industria petrolera y terminó en la industria privada; creo que era consultor para todo un grupo de sociedades de países lejanos. Éramos muy diferentes los tres: una dentista, un ingeniero petrolero y una etnóloga.

Karine: Cuando se fue a hacer trabajo de campo por primera vez, tenía 20 años, era joven. ¿Cómo recibieron sus padres la noticia de que se iba a África por un año?

Françoise: Tenía 23 años y no estaban contentos, en lo absoluto. Me creían seria; había hecho las pruebas para ser profesora de historia, por lo que me veían tranquila, como profesora de historia en alguna preparatoria en París o sus alrededores. Después, de repente se enteran de que dejo todo, que quiero partir a un país exótico en África donde hay enfermedades, serpientes y bestias salvajes. Estaban furiosos.

Karine: Fue un primer acto de emancipación, ¿o había habido otros antes?

Françoise: Había habido otros antes. ¡Me había ido de su casa! Estamos obligados a hacer cosas para emanciparnos. Había esperado la mayoría de edad, por lo menos, pero a los 21 años me fui de su casa en París, partí una noche.

Karine: Cuando sus padres vieron que fue elegida en el Colegio de Francia, deben haber hecho otra lectura de sus primeros actos emancipatorios, ¿no es así?

Françoise: En ese momento, estaban tranquilos; si hicieron otra lectura, no lo sé. No mentiría si dijera que ni mi padre ni mi madre leyeron un solo texto que escribí. Sin embargo, les di todo para mostrarles lo que era. Pero estuvieron orgullosos el día que vieron a toda la gente que quería entrar a la Conferencia Inaugural… Se dieron cuenta cuando vieron que estaba en la portada de Le Monde. Esa noche, organicé una pequeña fiesta e invité a algunos amigos; Lévi-Strauss estuvo presente con su mujer, mis padres lo conocieron y él los felicitó por su hija…Entonces ahí, francamente, felicitaciones de parte del Señor Lévi-Strauss, eso quiere decir algo… De otra forma, ellos nunca se hubieran dado cuenta realmente; ellos veían que esto tenía importancia socialmente, intelectualmente, pero ellos nunca comprendieron.

Karine: ¿Para usted era importante que sus padres comprendieran el significado intelectual de sus escritos y de su elección en el Colegio de Francia?

Françoise: Sí, por supuesto que habría sido importante. Hacia el fin de su vida, mi mamá no podía quedarse sola. Nos turnábamos para estar al lado de ella, mi hermano, mi hermana y yo, porque ya estábamos retirados. Nos tocaba cada 15 días y, cuando era mi turno, llevaba trabajo. Me instalaba en la mesa del comedor para escribir y sé que eso enfadaba considerablemente a mi madre. Pienso que, para ella, si yo estaba ahí en su casa, debería encargarme de algo material. Si le hubiera dicho: “debo hacer el jardín”, no habría tenido ningún inconveniente, pero como me instalaba en la mesa del comedor a escribir, eso en verdad no le gustaba; tal vez le molestaba que no le prestara toda mi atención.

Karine: ¿Qué consejos podría darles a las generaciones jóvenes que trabajan sobre las diferencias entre hombres y mujeres?

Françoise: Pienso que debería intentarse modificar el tipo de investigaciones que llevamos a cabo. Generalmente, están escritas desde el punto de vista de las mujeres y quisiera leer algunas que no sean las de masculinistas que se quejan de los avances de las mujeres en sus terrenos, sino esos escritos desde un punto de vista masculino sobre la marcha común a la igualdad. Me interesaría mucho ese tipo de investigación. Me encantaría ver cómo sería posible vivir distintas maneras de ser iguales. Cuando hablo de igualdad, no me refiero al mimetismo ni a la indiferenciación. Pienso que es normal que busquemos ser femeninas; me gusta mucho su vestido, por ejemplo, su falda muy elegante y sus medias negras. La coquetería me gusta, pero existe una elegancia masculina y una investigación masculina que también me gusta. Se expresan de diferente forma porque, efectivamente, estamos sexuados. Pero, en las relaciones de género para lograr la igualdad, es decir, para comenzar con el respeto mutuo, tiene que haber un mismo sentido de las cosas. Me gustaría escuchar qué es lo que tienen que decir los hombres que hablan como gente que camina de nuestro lado y que dicen: “Sí, podemos caminar juntos, pero escúchennos cuando decimos esto o aquello”. Tal vez todavía no hemos llegado a esta fase, pero me parece que no debería tardar mucho porque hay un brote femenino y feminista que, espero, no se detendrá. No debe detenerse, pero debería escuchar qué propuestas hay del otro lado, no sobre el modo de reivindicación estéril del género: “las mujeres, no los queremos en nuestros terrenos”. Si es así, no. Compartamos los terrenos y veamos cómo.

Karine: Y si hoy tuviera que comenzar un proyecto de investigación, ¿sobre qué tema trabajaría?

Françoise: Trabajaría con niños para intentar comprender, visualizar, captar a partir de qué momento todo está dado. La diferencia genérica se recrea muy rápido. Desde los primeros días, desde los primeros parpadeos, se le dice algo del género al niño, pero me interesaría observar el momento a partir del cual el niño lo comienza a reproducir. Me gustaría comprender a partir de qué momento y bajo qué influencias, este pequeño ser amorfo, de repente, tiene conciencia de su sexo y de su género, y del sexo y del género de sus parientes y amigos.

Karine: Tengo la impresión de que eso se da un poco entre los dos y los cuatro años. Mi hija, que tiene tres años y medio, no deja de decirme desde hace una semana: “Yo soy niña y niño, los dos a la vez”, y ella ha comprendido perfectamente que hay una cuestión de poder entre los dos. Creo que todavía no hace la relación con la cuestión genital, es puramente una cuestión de género. Y realmente le gusta repetir: “Tú, mamá, eres niña; papá es niño y yo soy los dos”.

Françoise: Sí, el problema es que va a tener que escoger. Ésas son las cuestiones alrededor del género que me interesan, ver cuándo aparecen y ver a partir de qué momento esa valencia diferencial de los sexos y de generaciones se recrea plenamente, porque pasa muy temprano, de la misma forma. Y quisiera estudiar los diversos modos de aplicación, en diferentes regiones, si tuviera 20 años, pero evidentemente no tendría la posibilidad de lanzarme a este tipo de investigaciones…

Karine: La última vez que la vi, en julio pasado, después de los atentados en Niza, recuerdo que, desde su cama en el hospital, me dijo que había todo un trabajo que hacer alrededor del yihadismo, de la violencia y del género.

Françoise: Sí, me hubiera gustado trabajar esas cuestiones. Siempre puedo reflexionar de nuevo sobre la violencia, pero ahora tengo casi 84 años, ya no tengo 20 años, y si me pregunta “¿qué escogería ahora?”, bien, yo le respondería que trabajar sobre la violencia me obligaría a ir a sitios a donde ya no puedo ir, mientras que trabajar acerca de la infancia podría ser posible todavía, aun a los 84 años.

Karine: Tengo otra pregunta: ¿se acuerda de alguna conversación precisa que haya compartido con Claude Lévi-Strauss acerca de las desigualdades y las relaciones de sexo?

Françoise: Tengo una, pero me causa conflicto porque tuvo que ver conmigo. Claude Lévi-Strauss ya me había dicho que él deseaba que yo le sucediera en el Colegio de Francia. Yo tenía una relación un poco más libre que la mayor parte de los investigadores tenían con él y sabía que yo le caía muy bien, que podíamos hablar. Un día, no me acuerdo cómo llegué ahí, tal vez porque ya estaba hasta la coronilla —perdón la expresión— de mi estado de mujer casada con mi primer marido —no era un muy buen matrimonio; mi marido tenía todos los servicios y yo todos los quehaceres—. Por eso, ese día le dije a Claude Lévi-Strauss que era difícil para una mujer desempeñar bien la profesión de etnóloga porque no solamente debíamos trabajar como los hombres; además, debíamos encargarnos de los niños y de la casa, pensar en la comida, organizar las vacaciones, en breve, que debíamos ocuparnos de lo cotidiano. Le describí todo eso y me respondió: “Eso ve usted. Usted no está obligada a querer ser una intelectual, a ser una etnóloga. El lugar de las mujeres es en el hogar, junto a su esposo, a sus hijos; si usted no quiere eso, debe asumirlo; por lo tanto, no venga a quejarse…”, a lo que le contesté inmediatamente: “No me quejo, lo constato y lo asumo”, y lo asumí.

Karine: Increíble.

Françoise: Sí, para él estaba claro. “El lugar de una mujer es al lado de su esposo y de sus hijos, en la casa. Si usted quiere ser una intelectual, una etnóloga, no veo ningún inconveniente, pero en este momento, está en usted asumir y no venga a quejarse”. En última instancia, él esperaba más de las mujeres que de los hombres.

Karine: ¿En qué año él tenía esta visión? ¿Eran los años setenta, antes de la segunda ola del feminismo?

Françoise: Era antes del 80, hacia el fin de los años setenta.

Karine: ¿Cree usted que él haya cambiado de mentalidad después, en el último tercio del siglo xx?

Françoise: No, en lo absoluto.

Karine: Entonces tenía una visión muy tradicional y dominadora de los hombres sobre las mujeres. Y al mismo tiempo hizo todo para que usted accediera al puesto más alto que se puede tener en la academia.

Françoise: Totalmente. Lo que le interesaba era la producción intelectual de conceptos nuevos, lo que hice con las nociones de incesto del segundo tipo y la valencia diferencial de los sexos. Creo que él me tenía cierta admiración porque se daba cuenta de que cumplía mis promesas, que tenía palabra, o sea que, dirigiendo el Laboratorio, publicaba y hacía investigación interesante. Un día me reprochó que me dispersaba demasiado, ¿sabe por qué? Porque yo presidía el Consejo Nacional del Sida. Para él, era una distracción, mientras que, para mí, era una experiencia fundadora y fundamental.

Karine: Y cuando él le contestó eso, ¿no tuvo la necesidad de sugerirle imaginar una sociedad donde las mujeres no fueran las únicas responsables de los quehaceres domésticos?

Françoise: Simplemente le dije que, de cualquier forma, no tenía que preocuparse por mí. Debí haber añadido que esperaba que los tiempos futuros no fueran los mismos para las mujeres, pero nunca tuvimos la ocasión de profundizar. Él no quería hablar de eso, él dijo de una vez por todas lo que tenía que decir: “las mujeres deben quedarse en el hogar” y realmente lo pensaba. Si alguien le cuenta un día lo contrario, estará diciendo mentiras; yo he dicho la verdad porque ¡él me lo dijo a mí!

Karine: Usted sustituyó entonces a Lévi-Strauss, usted fue elegida en 1982 en el Colegio de Francia, usted llegó a una esfera de poder alta; debió haber sido duro luchar ahí contra los colegas envidiosos, una cierta misoginia quizá. Quiero decir, en ese momento, usted, sin duda, padeció la valencia diferencial de los sexos (incluso de las generaciones) en carne y hueso.

Françoise: En carne y hueso, oh sí, eso es seguro y cierto, pero era muy ingenua. Pensaba que casi alcanzábamos la igualdad entre los hombres y las mujeres. Había llegado a esa cima y sé perfectamente todo lo que le debo a Lévi-Strauss, pero sé también que Isac Chiva no estaba equivocado cuando me dijo después de mi elección: “Por supuesto que puede agradecer a Lévi-Strauss haber pensado en usted; sin embargo, fue usted la que se lo ha ganado, usted ganó el consentimiento de los votantes; es entonces, en primer lugar, su personalidad y su investigación”.

Karine: Se lo debe a usted, antes que todo.

Françoise: Así es, pero me llevó tiempo decirme: “Sí, me lo debo a mí”. Desde luego, nunca hubiera pensado en lanzarme, pero a partir del momento en el que debía ir a esa candidatura, lo hice. Lo que fue duro fue cuando me di cuenta de la cantidad de asperezas, de antipatías, de envidias que eso pudo haber suscitado a mi alrededor, ese torbellino de fetidez mortífera que no pensaba que pudiera existir. Después supe que eso había dado pie a verdaderas habladurías: parecía insoportable la idea de que Lévi-Strauss me hubiera escogido a mí y no a un hombre. Tenía tres colegas que todos juzgaban calificados para ocupar el puesto de antropólogo: Maurice Godelier, Michel Izard y Claude Tardits. Esperábamos a uno de ellos, pero me encontré en la línea de partida, impulsada por Lévi-Strauss. Por supuesto, si él me escogió es porque tenía buenas razones; pero no me hice preguntas, fui con toda la inocencia, mientras que muchas personas creyeron que tenía años de estrategia detrás.

Karine: Y, de ningún modo, ése fue el caso.

Françoise: No, para decirlo claramente, las cosas me pasaron sin que las pidiera. Quizá se lo debería agradecer al cielo, no sé, o tal vez me lo debería agradecer a mí misma. En cualquier caso, las cosas me llegaron sin buscarlas; por eso no me siento culpable de haber usurpado sea lo que sea. Por otra parte, no creo tener mérito, necesariamente; sea lo que sea, resulta que es así.

Karine: El día de la “Conferencia Inaugural” debe haber sido imborrable, inolvidable…

Françoise: Ah, el día de la Conferencia Inaugural…, no, eso no puede olvidarse. Todavía lo veo como si hubiera sido ayer. Esperaba en la pequeña sala de profesores con todos los profesores que habían venido ese día, en fin, todos los que habían querido venir. Ellos estaban ahí, firmaban el libro de asistencia, te felicitaban y te apoyaban. Llevaba un vestido muy bonito, de diferentes telas, esencialmente de terciopelo, un poco serio; el color principal era granada; también tenía dorado, azul, amarillo, verde; era un vestido muy bonito; además, llevaba un chongo bien apretado. Cuando entré, Lévi-Strauss me tomó de la mano; yo temblaba totalmente. Estuve cerca de llorar de la emoción. Es muy impresionante. El director dio un breve discurso y me cedió la palabra. Empecé a hablar y sentía cómo la voz me temblaba en las primeras frases. Pensé: “no debo llorar, no debo llorar”. Tenía, como siempre, un pañuelo que apretaba y entonces debía decir: “Señor Director, Señor Ministro, Señor…”. Saludé a las diferentes personalidades que me habían dicho que tenía que saludar: “mis queridos colegas, queridos amigos, etc.”. Después mi voz se reafirmó y comencé a hablar con una voz serena.◊

 


* KARINE TINAT
Es profesora e investigadora del Programa Interdisciplinario de Estudios de la Mujer de El Colegio de México.