¿Elogio sin mesura?

Los seres humanos nos contamos nuestras experiencias y explicamos el mundo comunicando. Para esto necesitamos palabras, lenguaje —sistemas de símbolos que entendemos entre nosotros y que nos distinguen de los demás animales y de otras tribus hablantes de otros idiomas—.

 

– LUDGER PRIES –

 


 

Elogio de la fronteras
Regis Debray
Barcelona, Gedisa, 2016

 

Los seres humanos nos contamos nuestras experiencias y explicamos el mundo comunicando. Para esto necesitamos palabras, lenguaje —sistemas de símbolos que entendemos entre nosotros y que nos distinguen de los demás animales y de otras tribus hablantes de otros idiomas—. Actualmente, nos ubicamos en el mundo con términos como globalización, neoliberalismo, cambio climático, desigualdad social o competencia internacional. Cada grupo social tiene sus propios vocablos y conceptos clave que hoy en día circulan por las redes sociales, la prensa y los talkshows televisivos; son las formas modernas de lo que hace miles de años era la fogata donde se juntó la horda para interrelacionarse. Términos y palabras, idiomas y lenguas, al mismo tiempo, son productos y medios de distinciones, igual que artefactos y prácticas sociales como otros elementos de culturas.

Desde hace algunas décadas, casi todo el mundo empezó a hablar de globalización; en Francia se usó el término mondialisation. Globalización o mondialisation: en casi todo el mundo surgió y creció la sensación de que las cosas en un lugar del mundo están cada vez más estrechamente relacionadas con las cosas en otros sitios; de que hay cambios —como el cambio climático— que afectan a todos los que vivimos en este globo; de que el intercambio de mercancías, capital, informaciones, ideas, modas y hallazgos científicos es cada vez más intenso y ubicuo en el planeta. Algunos argumentan que con la globalización las distinciones culturales son cada vez menos tangibles, que las distintas culturas progresivamente se mezclan y homogeneizan. Pero, ¿realmente es así?

Elogio de las fronteras arguye en estos debates sobre la globalización. El texto de Régis Debray recoge una ponencia presentada por el autor en la Casa Franco-Japonesa en 2010; ese mismo año fue publicado en francés y la editorial Gedisa nos lo presenta en 2016 en español. Consta de cinco breves capítulos distribuidos en cien páginas: I. A contrapelo, II. En el principio era la piel, III. Nidos y nichos, el retorno, IV. Cierres y portales, el ascenso y V. La ley de separación.

Intenta ser una intervención en los debates actuales acerca de la globalización con un énfasis filosófico, en un afán de escribir alta literatura, demostrando una sabiduría y cultura elevadas, que van desde los clásicos griegos y romanos por lo que hace al pensamiento europeo hasta las tradiciones japonesas.

El argumento principal del ensayo va en contra de algunas ideas expuestas al inicio de las discusiones en torno a la globalización. Como parte de su premisa, Debray cita el “mantra de la desterritorialización” y argumenta lo contrario, es decir, que el mundo se territorializa cada vez más; por ejemplo, las actuales disputas en torno a los mares, que anteriormente no eran tema de controversia entre países. También analiza las tesis de la desfronterización y de la apertura total de los espacios territoriales y geográficos: las diferenciaciones en general y especialmente el significado y la importancia de fronteras se esfuman parcial o completamente. Repetidamente, Debray critica un concepto y entendimiento de globalización como la evaporación y nivelación de límites, delimitaciones y distinciones, como si el mundo se convirtiera en una masa uniforme, un caldo primigenio de billones de años atrás, como “un planeta hub, vasto aeropuerto sin pueblos”.

Una y otra vez construido este concepto y entendimiento de la globalización, Debray se extiende en demostrar que está mal. Subraya que sí siguen teniendo importancia los espacios físico-territoriales y cita el ejemplo del mismo Japón que, según algunos, no tiene fronteras pero sí limitaciones geográficas muy importantes. Para Debray, la capacidad de distinguir caracteriza a los seres humanos igual que la piel marca la limitación del cuerpo. Las fronteras han existido y su concepto permanecerá, aunque sus formas concretas cambien: “si bien no hay fronteras para siempre, siempre hay una última frontera”. Como esta palabra es parte del título del libro y, por lo tanto, clave para el autor, cabe mencionar las referencias etimológicas que hace: “La frontera es tan poco unívoca que en cada lengua existe más de una palabra para referirse a ella (limes, en latín, no es finis, como tampoco border, en inglés, simple límite entre dos Estados, es frontier, límite provisional entre un espacio civilizado y una zona bárbara que hay que conquistar)”.

Para Debray, el “elogio de las fronteras” es necesario para defender la historia, la cultura, los pueblos y la existencia humana: “Una comunidad sin un exterior que la reconozca o la invista ya no tendría lugar de ser, como una nación que estuviera sola en el mundo vería desaparecer su himno nacional, su equipo de fútbol o de críquet, y hasta su idioma”. Para Debray, “la ‘comunidad internacional’ no es tal comunidad. Esa petaca zombi no es sino una fórmula hueca, una coartada retórica en manos del directorio occidental que hasta ahora se ha arrogado el mandato”. En contra del “caos de mercantilismo y de exhibicionismo” y del “sinfronterismo”, Debray afirma la necesidad de que “podamos de nuevo distinguir lo auténtico de lo falso”; y en contra del imperialismo de Occidente disfrazado en el lema del “deber de inferencia”, enfatiza: “Todas las culturas tienen que aprender a hacer oídos sordos, a refugiarse detrás de una actitud de reserva, incluso una negativa a comprender” (92ss). Muy elocuentemente, el autor demuestra su arraigo a la cultura e historia del pensamiento occidental y francés; evidencia su dominio de palabras y tradiciones clásicas del griego y del latín, sus sapiencias de grandes pensadores europeos y su conocimiento de contextos japoneses. Debray reúne buenos argumentos en contra de ciertas perspectivas muy globales hacia la globalización. Pero más que un “elogio de las fronteras”, el ensayo de Debray es la celebración de una perspectiva muy específica, una manera euro o francocentrista y romántica de ver el mundo.

Primero, Debray construye un cuadro medio sesgado, para no decir un fantasma del debate científico sobre globalización, que no recupera aportaciones sustanciales hechas a partir de los años noventa. Conceptos como glocalización, transnacionalización, renacionalización o diáspora-building indican que en ciencias sociales la perspectiva no es simplemente hacia lo que Debray caracteriza como desterritorialización, desfronterización o sinfronterismo. Los debates, más bien, se centran en analizar las recomposiciones de lo local, lo regional, lo nacional y lo global. Los espacios y las fronteras no desaparecen, sino que se recomponen. Los espacios sociales de interacción y comunicación pueden extenderse sobre varios espacios geográficos, como es el caso de las familias transnacionales que frecuentemente surgen en el contexto de la migración. Estas familias comparten el espacio social de solidaridad, intercambio de información y de remesas, además de estrategias de vida y del porvenir. Al mismo tiempo, están repartidas en partes y hogares sobre muchos lugares como espacios geográficos.

Segundo, Debray —aunque no explícitamente— se queda en lo que Wimmer y Glick-Schiller llamaron el nacionalismo metodológico. Según este enfoque, se considera que para el análisis de sociedades y de lo social en general, las unidades de referencia espaciales por naturaleza son los Estados-naciones. Los debates en ciencias sociales sobre la transnacionalización dieron como resultado que contenedores geográficos coherentes y contiguos —como los Estados-naciones o macrorregiones como la Unión Europea— no son las únicas unidades de análisis, y que también hay que considerar espacios sociales que se distribuyen sobre varias localidades dispersas y que se construyen por medio de prácticas sociales, símbolos y artefactos. Este tipo de espacios sociales plurilocales y transnacionales siempre han existido, como la asociación de comercio La Hanse que existió del siglo xii al xvii. Debray —con razón— defiende los conceptos de espacios y de fronteras, pero sin reflexionar sobre los cambios y las reestructuraciones que estos mismos experimentan en el contexto de baratos medios de transporte y comunicación globales. Los espacios sociales transnacionales retan la idea clásica de la exclusividad mutua entre espacio social y espacio geográfico. Según ésta, cada espacio social requiere de un espacio geográfico y, al revés, en cada espacio geográfico hay lugar para sólo y justamente un espacio social. La realidad social es mucho más compleja para meterla y clasificarla sólo en contenedores de “culturas nacionales”, “grupos étnicos”, etc. Personas, familias y grupos mayores se sienten ligados a espacios culturales, de creencias, de tradiciones, etc., variados y múltiples. Por lo tanto, los espacios sociales son multidimensionales y multinivelares; pueden extenderse más allá de un espacio geográfico, pueden contener localidades múltiples. Al revés, en el mismo espacio geográfico pueden juntarse diferentes espacios sociales en convivencia.

Esto lleva a un tercer punto. Defendiendo la idea de discernimientos, espacios, territorios y fronteras, Debray se queda con una visión simplista de las construcciones y reconstrucciones espaciales y culturales actuales. Subraya, pero también cuestiona, que el “derecho internacional territorializa el mar —antaño res nullius— en tres zonas distintas (aguas territoriales, zona contigua y zona económica exclusiva)”. Pero, ¿qué alternativas habrá frente a la competencia cada vez más aguda entre las grandes potencias para explotar mares y polos? Cuando el autor exige que las culturas “tienen que aprender a hacer oídos sordos” ante las tendencias de convergencia, ¿esto también aplica para la circuncisión de mujeres o para “tradiciones” de apedreamiento? ¿No tenemos conflictos estructurales no tan fácilmente de resolver entre principios globales y particulares? Debray critica la referencia y el reclamo de una comunidad internacional como “petaca zombi”. Pero, ¿no ha movido e impactado mucho a la política local, nacional e internacional el concepto de derechos humanos que se basa en la idea de una comunidad internacional de todos los seres humanos? El autor argumenta que las tradiciones culturales (nacionales) siguen pesando mucho. Critica a la Unión Europea (ue) como una “Eurolandia” homogeneizante y destructora del “concierto de las naciones”, y califica la “mísera mitología de la efímera Unión Europea, que la priva de cualquier affectio societatis”. Pero, ¿no nos indica el Eurobarometer  que una parte considerable de personas en la ue se identifican primordialmente como europeos y no como pertenecientes a una región o un país? El autor quiere defender las fronteras en contra de las mezclas, el mélange, lo híbrido, lo “zombi”; pinta el peligro de “la bomba de diáspora”. Pero, ¿no son cada vez más complejas las (re)construcciones individuales y colectivas de identidades y pertenencias?

Finalmente, al buscar “distinguir lo auténtico de lo falso”, el autor —como buen anterior acompañante del Che— descubre a los pobres como testigos y partidarios de su fronterismo simple y romántico: “Son los desposeídos quienes tienen interés en la demarcación franca y neta. Su único activo es su territorio”. Pero, ¿no son los cientos de millones de migrantes los que tienen que buscar su porvenir en contra de las demarcaciones? ¿No hay muchas fronteras y distinciones que usan los ricos y poderosos para excluir y controlar el acceso a sus espacios sociales y geográficos? Por lo tanto: un “elogio de las fronteras” no refleja el nivel de diferenciación del debate científico ni tampoco es un buen consejo político-social en sí. La discusión más bien deberá centrarse en preguntas como: ¿qué tipo de demarcaciones excluyen e incluyen de qué? ¿Qué fronteras habrá que derrotar y qué fronteras habrá que defender y fortalecer?

Cuando Debray señala que “la indecencia de la época no procede de ningún exceso, sino de un déficit de fronteras”, nos demuestra su capacidad grandilocuente para redactar y de apículo de argumentos, pero éstos llevan a posturas y conclusiones un tanto dudosas. En un subtexto Debray argumenta: En Europa (y quizá en algunas otras partes del mundo) tenemos cultura e identidades específicas; ante las tendencias de homogeneización y de desarraigo, tenemos que defender nuestras fronteras, argumento afincado muy específicamente en algunas posturas en Francia. El autor identifica a Norteamérica como un lugar sin diversidad y arraigo: “Es en Norteamérica, mínimo de diversidad para un máximo de espacio, donde las calles están numeradas. En Europa llevan nombres”. ¿A qué Norteamérica se refiere el autor? ¿A los Estados Unidos de América? ¿O a México, donde las calles también llevan números? ¿O a Canadá que explícitamente se entiende como país multicultural? ¿O todo es lo mismo para el autor y por esto es que se atreve a este tipo de generalizaciones? ¿No hay mucha diversidad cultural, de idiomas, costumbres, historias, etc. en México, igual que en los Estados Unidos de América y en Canadá?

Caracterizar a “Norteamérica” como región de “mínimo de diversidad” dice más sobre el autor que sobre este subcontinente. Aunque no siempre reconocidos y valorados, ¿no hay una alta diversidad de tradiciones, lenguas e identidades, incluso precoloniales y más antiguas que en Francia en la actualidad? ¿Hay algo parecido a los desfiles orgullosos y bien recibidos con la Virgen de Guadalupe que organizan los grupos de raíces mexicanas en ciudades como Nueva York o Chicago, en París o Berlín? ¿No se menosprecia la diversidad cultural y religiosa en Francia bajo el concepto homogeneizante del republicanismo? ¿Los movimientos de la ultraderecha y xenófobos en muchos países europeos no nos reflejan su intolerancia frente a un “mínimo de diversidad”? ¿Queremos un “elogio de las fronteras” en el sentido de la “defensa de nuestra cultura occidental” como lo lanzan intelectuales nacionalistas y de la derecha, por ejemplo, en contra de una supuesta islamización? Podamos suponer que Debray no tiene nada que ver con estos discursos. Pero en el siglo xxi no basta un simple “elogio a las fronteras”.◊

 

Bibliografía consultada

 

  • Besserer, Federico, Topografías transnacionales: hacia una geografía de la vida transnacional, México, Plaza y Valdés, 2004.
  • Khagram, Sanjeev y Peggy Levitt, The Transnational Studies Reader: Intersections and Innovations, Londres/Nueva York, Routledge, 2007.
  • Pries, Ludger (ed.), New Transnational Social Spaces. International Migration and Transnational Companies, Londres, Routledge, 2001.
  • Pries, Ludger, La transnacionalización del mundo social. Espacios sociales más allá de las sociedades nacionales, México, El Colegio de México, en prensa.
  • Vertovec, Steven, “Migrant Transnationalism and Modes of Transformation”, International Migration Review, 38 (3), 2004, pp. 970-1001.
  • Wimmer, Andreas y Nina Glick Schiller, “Methodological Nationalism and Beyond: Nation-State Building, Migration and the Social Sciences”, Global Networks, 2, 2002, pp. 301-334.
  • Wihtol de Wenden, Catherine, Monika Salzbrunn y Serge Weber, “Beyond Assimilation: Shifting Boundaries of Belonging in France”, en Ludger Pries (ed.), Shifting Boundaries of Belonging. New Migration Dynamics in Europe and China, Houndsmills, Palgrave, 2013, pp. 26-53.